En 1964, unos pocos meses después de la aparición de la Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia, Sacronsanctum Concilium, el liturgista inglés JD Crichton comentó: “He pasado unos 30 años en el apostolado litúrgico, y leyendo la Constitución he reconocido en ella todo lo que he estado tratando de propagar hasta este momento”, agregando que “la base subyacente del documento son los resultados y experiencias del movimiento litúrgico de los últimos 60 años” y “se abre una ventana hacia un futuro cuyo final ningún hombre puede ver”.

No hay duda de que la Sacrosanctum Concilium, solemnemente promulgada por Pablo VI el 4 de diciembre 1963 después de recibir 2.147 votos a favor y cuatro en contra de los obispos del mundo, ganó tal apoyo abrumador a la luz de la renovación litúrgica iniciado en las décadas anteriores. Del mismo modo, es evidente que allanó el camino para un futuro que no estaba previsto. Porque mientras que la Constitución articulaba principios teológicos y litúrgicos, en las palabras de Aidan Nichols OP “lleva en su interior, encerradas en el lenguaje inocuo del bienestar pastoral, parte de la semilla de su propia destrucción”.

 “La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, es la fuente de donde mana toda su fuerza”, se nos enseña. Nada podría ser más cierto. Así, el Concilio declaró que la Iglesia “desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa [participatio actuosa] en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la Liturgia misma” . Para lograr esto, el Concilio pidió a los pastores que se impregnaran “totalmente del espíritu y de la fuerza de la Liturgia”, impartiendo este espíritu a su gente a través de la formación litúrgica generalizada.

Seguidamente, la Constitución articula los principios y las políticas que consideran oportuno para la realización de sus objetivos subsidiarios – un programa de reforma moderada. Se debía “conservar la sana tradición” sin dejar de estar “abierta a un progreso legítimo”. Por lo tanto, mientras que “se conservará el uso de la lengua latina” en la liturgia, se permitió la extensión del uso de la lengua vernácula. Se admitirán las “variaciones y adaptaciones legítimas a los diversos grupos, regiones, pueblos, especialmente en las misiones”, siempre y cuando la unidad sustancial del rito romano se conservara. “El Tesoro” de la música sacra debe ser preservado y fomentado con gran importancia y al canto gregoriano “hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas”, mientras que pueden tener un lugar adecuado “otros géneros de música sagrada” y “pueblos con tradición musical propia”.

Estas propuestas de reformas son equilibradas e inocuas. Por desgracia, en su aplicación oficial y no oficial fueron ignorados los matices que permitieron a los obispos aprobar el documento en el Concilio con tanto entusiasmo. Se puede decir que la revisión de la Misa y otros ritos litúrgicos -en el papel, en sus diversas traducciones y en su aplicación a nivel local- estaban muy lejos de lo previsto por los obispos en 1963. Tanto es así que en el 25 aniversario de la Constitución Juan Pablo II observó que la Sacrosanctum Concilium “ha conocido los rigores del invierno”, habló de “sombras” y “nubes oscuras de inaceptables … practicas” con respecto a la celebración de la Eucaristía. Benedicto XVI consideró necesario escribir sobre “la necesidad de una hermenéutica de la continuidad … con respecto a la correcta interpretación de la evolución litúrgica que siguió al Concilio Vaticano II” en 2007.

Esto no es negar que muchos han encontrado en la liturgia reformada la fuente y cumbre de la vida cristiana: los nuevos ritos son válidos. Tampoco se trata de negar que aspectos de estos ritos -tales como la lectura más amplia de la Palabra de Dios- están de acuerdo con los deseos del Concilio y son ventajosos. También es cierto que felizmente la expectativa de participación consciente en la liturgia -vieja o nueva- se ha extendido.

Sin embargo es preciso afirmar que estos últimos 50 años no han sido la primavera litúrgica y eclesial universal que muchos esperaban. El actual descenso de los números de asistentes a Misa puede tener muchas causas, pero la liturgia moderna no es la vanguardia en la detención de los mismos. Es preciso aprovechar la conmemoración del 50 aniversario de la Constitución para hacer un examen de conciencia en este sentido. ¿Es la formación litúrgica de los clérigos y laicos lo que el Concilio pidió? ¿La participación en la liturgia es lo que de verdad entendía Sacrosanctum Concilium como actuosa participatio? ¿De hecho se ha conservado la sana tradición (para que también nosotros podamos nutrirnos de sus riquezas)? ¿Las políticas contingentes de hace 50 años son útiles hoy en día? ¿Para ser fieles al propio Concilio, no sería el momento de tomar en serio la cuestión de una “reforma de la reforma”, como el cardenal Ratzinger sostenía?

Los principios fundamentales de la Sacrosanctum Concilium interpretados con una hermenéutica de la continuidad -y no de acuerdo a un “espíritu del Concilio” indeterminado y subjetivo- nos ofrecen vías auténticas para la renovación litúrgica y eclesial. Están, como observó Crichton, fundamentados en el movimiento litúrgico que surgió en el siglo 20 bajo el impulso de Pío X y con raíces en las décadas y siglos anteriores. Son fundamentales también para el nuevo movimiento litúrgico del siglo 21, un movimiento que debe estar abierto al progreso legítimo y que conserve manteniendo la sana tradición.

Dom Alcuin Reid 

Dom Alcuin es un monje del Monasterio Saint-Benoît en la diócesis francesa de Fréjus-Toulon, y ha sido el principal organizador de “Sacra Liturgia 2013”, una conferencia internacional celebrada en Roma el pasado Junio.

Publicado en newliturgicalmovement.org Traducido por Adelante la Fe