Don Curzio Nitoglia expone en este libro titulado “Sintesi di filosofia della politica. L’ABC della filosofia politica tradizionale” (Proceno di Viterbo, Edizioni Effedieffe, 2018)[1] lo que la sana filosofía de Aristóteles y de Santo Tomás de Aquino ha enseñado sobre la naturaleza de la “política”.

Para Aristóteles, “la virtud de la prudencia en relación al bien común se llama política”[2]. Según el Aquinate, la política es una parte de la filosofía moral y precisamente la parte “social”.

Según el Estagirita, la felicidad de la Ciudad depende de la virtud, pero la virtud vive en cada uno de los ciudadanos, y por ello la Ciudad puede volverse y ser feliz en la medida en que se vuelva y sea virtuoso cada ciudadano.

En la Ética a Nicómaco[3], Aristóteles afronta el problema del fin del hombre y responde que es la felicidad. Pero ¿en qué consiste la felicidad? No consiste en los placeres de los sentidos, que vuelven al hombre semejante a los animales[4]. No consiste tampoco en el honor, ya que “éste es algo externo y no intrínseco al hombre, mientras que el bien o la felicidad es algo íntimamente propio e inalienable”[5]. Además, el honor consiste en el reconocimiento público de la bondad interna de una persona. Por tanto, la honestidad del hombre es más noble que el honor. Finalmente, no consiste sobre todo en el amasar riquezas. En efecto, la avaricia o crematística/financiaria (arte de enriquecerse cada vez más como fin de la vida humana) no tiene ni siquiera las apariencias de bien o de felicidad que pueden parecer tener la búsqueda de los placeres y de los honores. Aristóteles escribe: “placeres y honores son buscados en sí mismos, en cambio, las riquezas no. Por tanto, la vida gastada en amasar riquezas es contra natura, es la más absurda, la más inauténtica, por gastarse en buscar cosas que valen como medios útiles en función de un objetivo y no como fines”.

Aristóteles divide los bienes en los que consiste la felicidad en: 1º) externos, que no pueden hacer conseguir la bienaventuranza intrínseca al hombre, y entre estos pone las riquezas; 2º) internos del cuerpo, que siendo la parte menos noble del hombre no puede ser la que le hace obtener el fin último o la felicidad, y entre estos pone los placeres, que son menos contra-natura que las riquezas; 3º) internos espirituales, que son “bienes en el sentido más propio y en el grado más alto”[6].

Según el Estagirita, como el alma y la razón mandan sobre el cuerpo y sobre los sentidos, así en política deben gobernar los hombres en los que predominan el alma y el intelecto, mientras que los que viven sobre todo según el cuerpo y los sentidos o las pasiones deben ser gobernados[7].

Para ser ciudadano en una polis no basta vivir en una aldea, sino que es necesario participar en su gobierno mediante el derecho y las leyes[8]: por esto, aristotélicamente, la democracia[9] o gobierno de todos los hombres en vista del bienestar temporal de la masa es una degeneración de la politeia, que es el gobierno de una multitud capaz de poder servir al Estado en el ejército y en la magistratura, o sea, la mayor parte de aquellos que participan en la vida pública mediante las leyes y el derecho (magistrados y guerreros) para el bien común de la Sociedad y no de una sola clase (masa/pueblo). Por ello, la politeia, para Aristóteles, no es el gobierno de todos o de la masa informe, sino del pueblo entendido como la mayor parte de los ciudadanos (“los más/la multitud”), o sea, la sanior pars civitatis. La democracia es para Aristóteles una degeneración de la politeia[10], ya que no busca el interés común, sino de la masa y, por tanto, es una auténtica tiranía de la masa o demagogia (del griego demagogós, jefe-pueblo, agogós-demos, que cautiva el favor de la masa con promesas de bienes difícilmente realizables), que vuelve ingobernable la polis[11].

El error en el que cae la democracia es el de considerar que, ya que todos son iguales en la libertad, todos pueden y deben ser iguales también en todo lo demás.

Aun no teniendo la concepción de un orden sobrenatural y de una Iglesia divinamente fundada, Aristóteles concibe el bienestar común del Estado subordinadamente al espiritual o intelectual y prácticamente virtuoso. En efecto, en la Ética a Nicómaco y a Eudemo, había enseñado que los bienes son de dos tipos: externos o materiales (del cuerpo) e internos o racionales (del alma). Los primeros son simples medios ordenados a los segundos como a su fin y “esto vale tanto para el individuo como para el Estado. Por tanto, también el Estado debe buscar el bien común temporal de manera limitada u ordenada, esto es, en función de los bienes espirituales, solamente en los cuales consiste la felicidad individual y social. De modo que la polis virtuosa es feliz y floreciente. No puede ser feliz quien no vive virtuosamente y según la razón, ya sea el individuo o el Estado. Por tanto, como el buen juicio y la virtud hacen justo, sabio y juicioso al ciudadano privado, así es para la ciudad”[12]. Como se ve, la Realeza social de Cristo está contenida virtualmente en la política aristotélica.

Podemos concluir diciendo que la filosofía política consiste en proponer una ciencia de la vida moral social, es decir: indicar cuáles son los principios especulativos que guían la vida moral humana y social. La ética es normativa, o sea, da reglas que hacen vivir virtuosamente al ciudadano en cuanto tal, y tales normas deben deducirse de la metafísica. La buena y verdadera política (arte de vivir bien – material y virtuosamente – en Sociedad, de modo que se alcance el fin de ésta: el bienestar común temporal subordinadamente al espiritual) es justificable metafísicamente, como la acción deriva del ser y el modo de actuar del de ser.

Para Santo Tomás de Aquino, el fin último del hombre es el conocimiento de la Suma Verdad y el amor del Sumo Bien (Dios), que lleva consigo la alegría o felicidad; por ello, cuando un hombre ha alcanzado su Fin último, ha obtenido la máxima felicidad o su salvación, que consigue cuando alcanza el Fin que le ha sido asignado por Dios, o sea, la idea o el plan mismo de Dios, que ha presidido su creación.

El Fin último de un ente es aquello a lo que tiende, en último lugar, su naturaleza: es el último término de su devenir. Los bienes creados de aquí abajo, riquezas, honores, ciencia, no pueden ser el Fin último del hombre, ya que no pueden proporcionarle la felicidad completa y plena; sin duda son bienes, pero a menudo aparentes y no reales, son bienes limitados y pasajeros o medios, cuya posesión es siempre turbada por el temor de perderlos y que a menudo se excluyen unos a otros. Dios es el único objeto beatificante, cuya posesión nos hace verdaderamente felices, ya que sólo Él realiza el Sumo Bien concebido por la inteligencia y propuesto por ella a la voluntad.

Por ello, el criterio de la moralidad de los actos humanos, o sea, si son buenos o malos éticamente, es su conformidad o deformidad al Fin y a la Ley natural, que es el camino que lleva al Fin. Existiendo un Fin del hombre en cuanto tal (el conocimiento de Dios que da la bienaventuranza), está vigente una regla objetiva de la moralidad de los actos humanos. Por tanto, para justificar racionalmente la moralidad y para actuar moralmente es necesario conocer con certeza, con la razón natural, la existencia de Dios, Fin último, que es el último grado del camino metafísico. Quien niega la existencia de Dios no es excusable, ya que no quiere remontarse del efecto a la causa, mediante un simple razonamiento; esto no significa que toda acción del impío sea un pecado, quiere sólo decir que quien se esfuerza en negar la existencia de Dios y quiere justificar el deber de actuar bien prescindiendo de Dios yerra y su “moral” es a-moral[13]. Maquiavelo, el padre de la ‘política moderna’, enseñaba: “mi fin justifica los medios”. En cambio, San Pablo revela exactamente lo contrario: “no hagamos el mal para obtener un bien”.

La tendencia a separar la ética de la política se funda sobre la pretensión de hacer de la primera una ciencia privada y de la segunda una ciencia pública. En cambio, la filosofía perenne enseña a subordinar la política a la ética, esto es, el vivir bien en común (ética social) debe tener como principios los mismos que regulan el bien vivir del individuo (ética individual), la Ley natural o el Decálogo aplicado a la Sociedad civil. Creer en Dios, no ofenderlo y honrarlo públicamente (los primeros ‘Tres Mandamientos’); respetar a la Autoridad, no matar al inocente, usar el poder generador según la naturaleza, no robar, no dañar con las palabras al prójimo (los últimos ‘Siete Mandamientos’). El Fin último del hombre no es la polis, la civitas terrena, sino Dios y la Ciudad celeste (San Agustín, De Civitate Dei). Con Santo Tomás de Aquino tenemos una auténtica filosofía política en estado perfecto, ésta tiene un valor subordinado y relativo al Bien absoluto, que es Dios y el Reino de los Cielos.

Estos son los principios fundamentales de la filosofía política tradicional que el Autor resume y explica en las páginas de su libro. A partir de ellos, trata el problema de la democracia/demagogia; el de la política moderna maquiavélica contrapuesta a la tradicional aristotélico/tomista; el de la enseñanza política dada por los Doctores (especialmente Suárez y Belarmino) de la Segunda Escolástica; el de las 4 causas de la Sociedad civil; el del origen del poder político; el del bien común, el de la Persona en la Sociedad; el de las 3 formas de gobierno; el de la tiranía y del tiranicidio y, finalmente, el de Cristo Rey.

Aconsejo el estudio del librito para que el lector pueda afrontar la parte más ardua: ponerla en práctica tras haberla estudiado y profundizado.

G. D. M.

[1] 100 páginas, 10 euros. El libro puede ser solicitado a www.effedieffeshop.com ; edizionifdif@virgilio.it ;

tel.  (+39) 0763. 71. 00. 69; 335. 45. 74. 64.

[2] S. Th., II-II, q. 47, a. 10.

[3] EN, I, 1, 1094 a 1-3.

[4] EN, I, 5, 1095 b 19 ss.

[5] EN, I, 5, 1095 b 24-26.

[6] EN, I, 8, 1098 b 12-15.

[7] Política, I, 5, 1254 b

[8] Política, III, 1.

[9] Para Platón, la democracia es “el gobierno del desorden, de la licencia y de la lucha de clases” (República, VIII, 555 b-558 c). Por tanto, “el hombre democrático es el hombre de la inconsecuencia y de la inmoralidad” (ivi, 558 c-562 a) y la situación política actual le da ampliamente la razón.

[10] Política, III, 6, 1278 b 8-10; III, 7, 1279 a 28-31.

[11] Política, III, 11-13; IV, 11, 1295 b 25-38.

[12] Política, VIII, 1, 1323 b 73.

[13] S. Th., I-II, q. 85, a. 5; ivi, q. 64, a. 1; ivi, q. 2, a. 6; ivi, q. 19, a. 7; ivi, q. 107, a. 1; Summa contra Gentiles, lib. IV, cap. 19; ivi, cap. 95; In II Ethic., c. 6.

(Traducido por Marianus el eremita/Adelante la Fe)

SÍ SÍ NO NO
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