[Imagen: Giuseppe Antonio Petrini. San Pedro durmiendo. Museo del Louvre]

Publicación invitada del Dr. John C. Rao

Hace 35 años di una conferencia titulada “El Papado: más allá de la debilidad y la obstinación”. Su  propósito fue doble y las conclusiones, quizá, de mayor utilidad en las condiciones actuales que en 1980.

Mi charla fue, ante todo, diseñada para demostrar cómo en numerosas ocasiones a través de la historia, aquellos católicos más fervientes defensores de la misión y autoridad de la Santa Sede,  tuvieron que ser abiertamente críticos de las declaraciones y comportamiento de los pontífices reinantes. Estos firmes seguidores del Papado consideraron culpables a los papas específicos a los que estaban confrontando, ya sea de servilismo a poderosas facciones lo cual hacía ilusorio su rol como legítimos gobernantes de la Iglesia, o de una consecución de políticas desastrosas, miopes y arbitrarias, destructivas de las verdaderas responsabilidades, dignidad y fuerza del Vicario de Cristo. En segundo término, esta conferencia subrayó el hecho de que los verdaderos amigos del Papado, el cual que estaba en una convulsión autodestructiva  y requería una seria ayuda para volver a su sentido apostólico, casi nunca se encontraron inicialmente entre “los de adentro” cercanos al trono. Por el contrario, tendieron a provenir principalmente de “afuera”, muchos de los cuales aprendieron, a su pesar, que su apasionado amor por Pedro permaneció por mucho tiempo sin corresponder. La buena noticia es que tales foráneos repetidamente emergieron victoriosos. La mala, es que lo hicieron sólo después de largas y penosas luchas que con frecuencia implicaron reveses desesperados, poniendo en duda el éxito de toda su misión de rescate. Y es triste decirlo, pero su victoria final en un momento dado de la historia de la Iglesia obviamente no aseguró que el problema que en apariencia habían resuelto, no se presentaría de nuevo, en otra forma, tiempo después. Permítaseme saquear esta vieja conferencia para delinear brevemente cuatro ejemplos de eras papales marcadas por la debilidad o la obstinación y el rol central de “los de afuera” para poner a San Pedro nuevamente de pie en cada uno de estos ejemplos. Aquellos deseosos de ahondar su conocimiento en el periodo en cuestión pueden consultar mi libro “Legendas Negras” o los artículos en mi website jcrao.freeshell.org que se indican abajo. Vale la pena tomar el tiempo de hacerlo cuando el espíritu afloja en el invierno actual de nuestro propio disgusto “externo”.

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El Papado de inicios del siglo séptimo estuvo comprometido a un programa pastoral que el siglo dieciocho etiquetaría como uno de “noble simplicidad”. Una característica importante de este acercamiento  fue el menosprecio de controversias teológicas, nada menos que lo que el Papa Honorio (625-638) llamó el exagerado “croar de las ranas”. Dado que tales batallas fueron precisamente mucho más que inútiles balbuceos, Roma pagó el precio por su frívola negligencia de pureza doctrinal, convirtiéndose en una marioneta indefensa; el juguete de emperadores que eran conscientes de la importancia de la teología y buscaron manipularla con el propósito de obtener una solución política a la altamente explosiva Controversia Monofisita que asoló largamente a la Cristiandad.

Fue “desde afuera”, oriente, migrantes de habla griega – monjes y pensadores que huían del cesaro-papista con espadas en sus mano, San Máximo Confesor (c. 580-662)el más famoso de entre ellos – como se salvó la situación. Su influencia directa en Roma se extendió hasta la mitad del siglo octavo. Estos griegos estimularon estudios teológicos cruciales pero moribundos, dirigieron la lucha contra la herejía y enriquecieron la liturgia romana. Un buen número de ellos llegaron a ser papas y – irónicamente, dada la actitud futura de prelados ortodoxos e intelectuales – defendieron la supremacía papal y la validez de las tradiciones latinas más efectivamente que muchos de sus aletargados predecesores de origen local. Fue el papa de habla griega Sergio I (687-701) que peleó contra la indignante condena de las prácticas occidentales por un arrogante Oriente deseoso de imponer sus tradiciones peculiares (incluyendo su posición relajada sobre el celibato sacerdotal) en la Iglesia Universal en el llamado  Concilio de Trullo del 692. (¿El papa es Griego?)

2

Quizá es lógico que un griego “de afuera”, el Papa Zacarías (741-752), haya presidido los primeros pasos para buscar asistencia militar en defensa de un papado débil en contra de emperadores heréticos y Lombardos hostiles, a través de un llamado a una segunda fuente extranjera: los no romanos y bárbaros francos. Estos francos fueron ellos mismos convertidos por “forasteros” –los obispos no germánicos de las ciudades galo romanas – y después mucho más eficientemente catequizados incluso por otros forasteros – los monjes anglosajones e irlandeses.  La fe católica no es xenofóbica. Los forasteros son siempre bienvenidos.

Los fervientes militantes fráncicos en el siglo octavo querían un vínculo más cercano con el papado, del cual esperaban ayuda litúrgica y canónica para moldear y gobernar su naciente Iglesia. La asistencia militar proporcionada a Roma por la familia carolingia sí reforzó la deseada conexión, aunque el enriquecimiento que de hecho derivó de ello resultó con frecuencia de afuera hacia dentro – con la iglesia fráncica uniéndose a los griegos al añadir su propio embellecimiento a la todavía sobria liturgia romana. Pero las labores de Pepin y Carlomagno fueron problemáticas. Su revivido imperio romano de occidente se dirigió velozmente en caída libre. Para finales del siglo noveno, el papado se había convertido en la marioneta de familias políticas feudales obsesionadas  con asuntos seculares insignificantes, su misión universal reducida a un sinsentido práctico. Con pocas excepciones – debido al involucramiento temporal de las fuerzas que ultimadamente cambiaron la situación – esta fue desastrosa a mediados del año 1000.

Una vez más, fueron personas “externas” quienes vinieron al rescate: monjes de casas benedictinas reformadas en el mundo fráncico fieles a un rol de San Pedro que fuera más allá de servir las necesidades materiales de familias miserables; conversos normandos llenos de amor por un papado que no sabían se había convertido en un cero a la izquierda; y , sobre todo, la práctica interferencia política de los Reyes-Emperadores Germánicos quienes abatieron la península italiana, echaron despiadadamente a los simoniacos y títeres papas reinantes, así como a sus consejeros “internos” y los reemplazaron con católicos respetables que actuaran conforme a su propia autoridad. El más importante de estos reputados extranjeros, el Papa San León IX (1049-1054), fue quien creó la curia internacional de extranjeros que se transformaría en el Colegio de Cardenales y pugnó por la total independencia de lo que todavía era un papado sólo parcialmente liberado; la independencia que después lo colocó a la cabeza de ese glorioso esfuerzo para transformar todas las cosas en Cristo que caracterizó a la civilización de la Alta Edad Media. (Soñando los sueños de la Hija más Grande”; Navidad, 800”; “Cluny y la Reforma de la Iglesia en la Edad Media”).

Incluso el magnificente papado de la Alta Edad Media, ejerciendo su autoridad con una consciencia plena de su papel como guía de la Iglesia Universal, manifestó terribles fallas prácticas que acarrearon consecuencias desastrosas. San Bernardo de Claraval (1090-1153) expresó sus miedos concernientes a la causa central de aflicción en el “De Consideratione” que dirigió a un antiguo pupilo cuando resultó electo como Papa Eugenio III (1145-1153). Bernardo vio que el daño residía en lo que podría denominarse una especie de “secularización práctica”: a saber, la presunción del día a día de que se puede depender de los juicios papales, sustentados por el derecho canónico,  una bien aceitada maquinaria administrativa  y un llamado al apalancamiento político y militar, para confeccionar un paquete pulcro y mayormente terrenal del complejo trabajo de transformación de todas las cosas en Cristo. Pues un papado con sus energías dirigidas a tan mundano enfoque no estaría buscando su apoyo principal de donde realmente debe venir: la fe y la gracia. Le faltaría la jerarquía apropiada de valores en sus actividades y sería inevitablemente el títere de las fuerzas legales, administrativas y políticas que falsamente pensó estaba solamente usando en consecuencia.

Fue está exagerada confusión del papel de la Santa Sede y su maquinaria legal y burocrática “interna”, que el documento “Consilium de emendada ecclesia” de 1536, elaborado por la comisión designada por el Papa Paulo III (1534-1549) para estudiar las causas de la Reforma Protestante, identificó a esta confusión como el talón de Aquiles del papado medieval.  El desastroso financiamiento de una hiperactiva curia romana a través de la designación de sus miembros como Ordinarios de las diócesis, que robaron de sus legados y nunca visitaron o gobernaron efectivamente, fluyó de sus axiomas centrales. Así lo hizo también el intento para obtener una configuración política “perfecta” en Italia, con el llamado de dudosas cruzadas en Sicilia y la maquinación de conspiraciones renacentistas que generaron nada más que despotismo, nuevos dilemas militares, negligencia criminal de responsabilidades espirituales cruciales y un odio en aumento por la Santa Sede como tal.

Una vez más, fue trabajo de “externos” – reformadores de todos los países con poca o sin influencia inicial “interna”  – quienes salvaron la situación. En este caso, con una enorme cantidad de sufrimiento precedida de un serio intento por expulsar a los cambistas del templo. Tomó literalmente siglos a los reformadores, durante los cuales muchos se sintieron cada vez más impotentes e incluso llenos de desesperanza, antes de que un pontífice como Paulo III los empezara a tratar seriamente, permitiéndoles “entrar del frío” para comenzar a mostrar al papado  cómo enfocar su atención en su rol apostólico primario. Durante la mayor parte de los siglos catorce, quince y dieciséis, estos “externos” fueron tratados por los “leales” legalistas y burócratas como ingenuos en el mejor de los casos; traidores a la Santa Sede en el peor. Tales falsos amigos internos exhibieron el carácter de su propia fiabilidad como Defensores de la Fe, al distorsionar la autoridad papal de su contexto adecuado, al otorgar a los papas el derecho de abolir la Escritura si así lo consideraban necesario. (“Los Teatinos y la cuestión de la renovación”)

Incluso la Reforma Católica, aunque guiada en última instancia por una papado fortalecido apoyado por innumerables hombres y mejores santos e inteligentes, no estuvo exenta de muchas fallas e insuficiencias. Trento de ninguna forma resolvió todas las cuestiones doctrinales que la última parte del mundo medieval había generado; el asunto eclesiológico de la exacta autoridad de la Santa Sede, figuró prominentemente entre estas cuestiones. Consideraciones políticas locales y asuntos familiares insignificantes nunca fueron borrados enteramente de las mentes papales. Demasiado dependiente en el poder de los aparentemente estados “católicos” amigos que probaron estar dispuestos a realizar lo que fuera necesario para sobrevivir, la Santa Sede, paso a paso, sucumbió a las tentaciones de los monarcas de prestar atención a las enseñanzas de los pensadores naturalistas de la Ilustración, particularmente aquellos considerados de una clase moderada como Newton y John Locke.

Muy pocos contemporáneos católicos se dieron cuenta que la mitad del siglo antes del estallido de la Revolución Francesa vio a papas, así como literalmente a ejércitos de obispos, retirar débil y obstinadamente el apoyo de todo lo que tuviera indicios de confiar en la guía y enseñanza “sobrenatural”, permitiendo que la versión de un “cristianismo natural” como el de “la limpieza se acerca a la divinidad” contenida en el “Almanaque del Pobre Ricardo”, tomara su lugar. Santo Tomás de Aquino fue desterrado de los seminarios, las procesiones y devociones que damos por sentadas fueron prohibidas, el esplendor litúrgico ridiculizado en el nombre de una “noble simplicidad”, y órdenes religiosas efectivas  suprimidas o reducidas a tareas meramente utilitarias. Siendo francos, todo lo que la Revolución Francesa hizo fue perseguir más violentamente lo que ya se estaba haciendo “desde adentro”. Roma misma se unió afanosamente con jansenistas y naturalistas, en la tarea de quitar el apoyo a los aparentemente desafortunados e indolentes papas que se comportaban bien oyendo a sus maestros del mundo externo.

¿Nos debería sorprender en la actualidad que la caballería que vino al rescate entrara a Roma por afuera de la Puerta Flaminia? En esta ocasión, fue un equipo de pensadores y activistas, clérigos y laicos,  germanos, franceses, españoles, saboyanos, piamonteses y napolitanos, quienes redescubrieron lo obvio: la necesidad de la Iglesia de arraigar todas sus actividades no en los mensajes recibidos por los poderes fácticos naturalistas referente a lo que piensan “sirve” para ganar ventajas materiales, sino en su misión sobrenatural para transformar todas las cosas en Cristo; la necesidad del papado de salir de su aletargamiento dogmático actual para llevar a cabo el papel de dirigir a las tropas católicas hacia la batalla en vez de ordenarles bajar sus únicas armas efectivas  y aceptar al enemigo. Fueron estos extranjeros quienes crearon ese movimiento de renovación espiritual que condujo a una acción política, social y económica adecuada, despreocupada de la hostilidad que esto pudiera ocasionar por parte de aquellos largamente habituados a mantener a raya al monstruo sobrenatural. Fueron ellos quienes finalmente vinieron de afuera hacia dentro – lentamente en el reinado de Gregorio XVI (1831-1846) y en un maremoto en el del bendito Pio IX (1846-1878) – por tanto ganando la Santa Sede a la tarea de guía en el restablecimiento de una adecuada jerarquía de valores a través de enseñanzas como las encontradas en el “Sillabus de Errores” y en las Encíclicas sociales subsecuentes. (“Perder el pasado, Perder el presente”; “La mitad del negocio de destrucción hecho”, “Porqué el pasado es prólogo”; “Toda armadura prestada nos asfixia”; Días Escolares”.)

Permítaseme terminar este breve ensayo remarcando dos puntos de especial relevancia hoy en día. Antes que nada, no siempre es sólo una acción específica de un papa determinado en un momento limitado en el tiempo lo que ha demostrado ser dañino a la vida de la Iglesia en el pasado. Ha sido ocasionalmente todo el espíritu creado durante el curso de un número de pontificados que se extiende a décadas e incluso siglos lo que ha tenido un impacto mortal – y esto incluso sin pronunciar un solo comunicado oficial que pudiera ser criticado como doctrinalmente dudoso y, por tanto, amenazante del dogma de la infalibilidad papal. En otras palabras, no se puede juzgar por su portada – incluso uno que podría llamarse “El Papa habla”. Lo que vez es lo que se recibes y se tienes que confrontar.

En segundo lugar, “los internos” con frecuencia no son de fiar. En vez de ser escudos fieles de la Santa Sede, debido a su defensa vocal y acrítica de todas y cada una de sus declaraciones y acciones, son aniquiladores, conscientes o inconscientes, de la autoridad papal. Al repetir mecánicamente su mantra “obediencia”, a lo que realmente están llamando es a la rendición a un títere y a su titiritero. Pues las declaraciones papales y las acciones débiles u obstinadas no son expresiones del mandamiento de Cristo de alimentar a su rebaño, y por tanto no son infalibles. De hecho, en última instancia son el trabajo de un ventrílocuo “fuerte” que sujeta las marionetas papales en sus manos. Esto es más obvio cuando se trata de papas débiles, pero es más dolorosamente patético con los obstinados. El papa débil puede por lo menos saber que es un cobarde y estar apenado por su servilismo ante los tiranos, el obstinado realmente piensa que está a cargo, cuando es meramente un clásico ejemplo del tirano-esclavo mencionado por Platón; un hombre “rudo” haciendo lo que los locos por el poder del mundo exterior le dicen que haga para ser exitoso. El papa-títere puede ser sirviente de un emperador, un potentado local romano legalista y burócrata, un monarca ilustrado o un “espíritu moderno que no juzga”. Pero sin importar quien esté jalando los hilos, es sin embargo un títere, y un no creyente católico debe obediencia católica a las órdenes de su títere.

Tradicionalistas “externos”, reconozcamos la gravedad de la situación en la que nos encontramos, sin convertirnos nosotros mismos en algo único al responder a ello. Después de todo, somos en un sentido nada más que los últimos en una larga cadena de externos que tienen que tratar con la convulsión en el papado. Estamos en una noble compañía que incluye a migrantes griegos, el conglomerado de fuerzas tras la renovación fráncica y germánica de la cristiandad medieval, los monjes de Cluny y los vikingos conversos, los largamente sufrientes precursores de la Reforma Católica y los contrarrevolucionarios del siglo diecinueve. Mirando en retrospectiva su experiencia, no deberíamos sorprendernos de ser rechazados por los sirvientes del momento “internos”, que nos llaman enemigos de las “tradiciones” de la Iglesia Romana y de una “autoridad papal” que no son sino falsas y corruptas costumbres aceptadas, debido sólo a la duración de su reinado de terror.

Nuestra batalla “externa” tenía que llegar. Magnífica como fue la renovación del siglo diecinueve, esta, tampoco resolvió todos los problemas doctrinales que aquejaban a la Iglesia, con el asunto eclesiológico, una vez más, en el centro de estos. Lo que pareció ser una definición suficiente de la infalibilidad papal – y definida en una manera extremadamente limitada – no impidió que muchas personas exageraran las prerrogativas papales a nuevos niveles estratosféricos como los de la última etapa del medioevo. De ahí la ayuda otorgada a los promotores actuales de lo que equivale a un estalinismo papal  en lugar de la verdadera enseñanza dogmática de la Iglesia Romana.

Nosotros inevitablemente ganaremos, porque estamos luchando por la substancia y no por la mera palabra “papado” y “autoridad papal”; el papado y la autoridad papal que permanecen más allá de la debilidad y la obstinación, soportados por la promesa y la fuerza que viene de nuestro Salvador y no de un Zeitgeist  y sus conscientes e inconscientes servidores del momento. Ganaremos la batalla teniendo a la vista una meta que nunca puede cambiar: la necesidad de que nosotros mismos lleguemos a ser “internos” para así despertar al papado de su actual debilidad y obstinación; “internos” que, ojalá, estarán en guardia contra lo que llegue a ser la causa de futuros problemas para nuestros herederos en la fe.

Pero el campo de batalla ante nosotros promete aún ser extenso y traicionero; plagado con innumerables minas terrestres. ¿Cómo podría ser de otra forma? Después de todo, como muchos de nuestros antecesores, no peleamos contra una sola declaración o acción específica de un solo papa, sino contra el espíritu erróneo y el programa que ha hecho prisionero a Pedro y a casi todo el resto de la Iglesia por más de un siglo. Nuestra tarea como “externos” es reabrir meticulosamente los ojos de los “internos” que han estado cerrados a la enseñanza de lo que San Agustín llamó “el Cristo entero”: la enseñanza de Cristo en su cuerpo físico en la tierra y en su cuerpo místico a través del tiempo, incluyendo aquellos abandonados años antes de 1962.

Ojos que pueden estar enfocados en el “Cristo entero” verán sin problema lo que es y no es la verdadera autoridad papal y misión. Ellos reconocerán sin problema las adhesiones de lealtad a todas y cada una de las palabras y hechos contradictorios de un pontífice reinante en lo que realmente son: slogans recitados mecánicamente que justifican debilidad tras debilidad y obstinación tras obstinación. Abrir esos ojos no es una tarea para cobardes. Necesitará de una fe católica valiente y de una razón con un correcto sentido de la verdadera jerarquía de valores. Y no está de ninguna manera fuera de lugar en estos días antes de Cuaresma notar que tal sentido correcto de la jerarquía de lo supernatural sobre lo natural, en el análisis final, significa que la grave situación que confrontamos es más que humana;  y que “esta clase sólo puede ser expulsada con oración y ayuno”.

[Traducido por Ramses Gaona. Artículo original]