CORRISPONDENZA ROMANA

Santa Clara, una verdadera discípula de San Francisco

La “compasión” es la clave de la lectura que la Santa Sede hace de la profundis deuda con la Constitución apostólica Vultus Dei Quaerere y su Instrucción aplicativa Cor Orans de los monasterios de clausura: no se dice que la demolición de la autonomía jurídica (sui juris) de cada claustro es puesta en marcha para aplicar (con la creación de la Federación de monasterios, la Asociación de monasterios, la Conferencia de monasterios, la Confederación de monasterios, la Comisión Internacional, la Congregación monástica) una nivelación del régimen según un único modelo, definido como  «afiliación», pero que a los monasterios aislados con pocos monjes, les será solicitada una «toma de conciencia de la propia realidad, en un diálogo con la Santa Sede y con los responsables previstos en la Comisión», como lo especificó, en la conferencia de prensa del último mes de mayo, Monseñor José Rodríguez Carballo, Secretario de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y la Sociedad de vida apostólica.

Y el “diálogo”, gracias a la novedad legislativa, se transmutará en monólogo y en eliminación, como se deduce de las mismas palabras de Monseñor Carballo: «Novedad preciosa, porque permitirá que muchos monasterios en dificultad sean acompañados y sustentados por otras comunidades más florecientes, si se abren en espíritu de fe y de comunión a esta posibilidad de ayuda fraterna, que podrá por una parte abrir vías de revitalización y por otra preparar un terreno adaptado a la transferencia y a la acogida de los monjes en el caso de clausura, para que puedan continuar viviendo con dignidad su propia consagración», sin seguir teniendo un Padre fundador o una Madre fundadora como referencia.

Resistencia y coraje deberán levantarse en los mismos monasterios  revolucionados y pisoteados. Si muchos claustros están reducidos a pocos miembros es porque del post-concilio en adelante, se produjo una creciente disminución de vocaciones como consecuencia del laxismo eclesiástico en todos los frentes, educativos y pastorales. Es la elección en su integridad, sin cortar ni pegar, en función de las conveniencias humanas, del anuncio de la Revelación para conquistar las almas, no el falso diálogo, la ignorancia, la cínica compasión.

Bien lo experimentó, en su tiempo, Santa Clara (Asís, 1193 -aproximadamente- Asís, 11 de agosto de 1253), quien, conquistada por la Verdad gracias a San Francisco, dejó todo para consagrarse a Cristo, no aceptando más directrices erróneas e infieles a la promesa original.

A San Francisco, a efectos de hacer aprobar por la Santa Sede la Regla de los Hermanos menores, le era necesario no tomar en consideración, temporalmente, la rama femenina, porque, a diferencia de su contemporáneo Santo Domingo, que había adoptado para sus Predicadores la Regla ya existente de San Agustín, él no quería una atribuible única y exclusivamente a su Orden. Por esta razón Santa Clara debió quedarse de lado, sacrificarse y tener paciencia.

Ella y sus hermanas no fueron más llamadas Hermanas menores, sino Pobres damas reclusas de San Damián, a las cuales el Cardenal Ugolino envió, en 1218, hace ochocientos años, un visitador cisterciense, para las cuales redactó, un año después, una Regla que las unía a la familia benedictina, imponiéndoles clausura y propiedad.

Desde ese momento comienza un juego sutil entre Clara y el Cardenal, protector de las damianite, del 1218 en adelante, también cuando se convertirá en Pontífice en 1227 con el nombre de Gregorio IX. La intención de Ugolino es la de servirse del movimiento franciscano femenino para reformar todo el mundo monacal en un período en el cual el nivel de observancia y de religiosidad dejaron mucho que desear en numerosos monasterios, sin tomar en cuenta que el IV Concilio de Letrán hacía poco había prohibido la fundación de nuevas órdenes.

Pero Clara no tiene ninguna intención de colocarse a la cabeza de la Orden que Ugolino intentaba constituir, otorgando la Regla de las Pobres Damas de Asís a las nuevas fundaciones (24 en el 1228) de origen muy diverso.

Durante algún tiempo el Cardenal trata con consideración a la Madre Clara, llegando a renovar en 1228 el Privilegio de la pobreza para el monasterio de San Damián y para algunos otros monasterios que lo requirieron. Pero, después de 1230, adopta una línea más dura e intransigente, prohibiendo a los Frailes menores visitar el monasterio de las Pobres damas y asimilando siempre más el funcionamiento de estas últimas al de las numerosas instituciones monásticas preexistentes, es decir, una afiliación como se diría hoy.

En el medio tiempo Clara vive con dolor el alejamiento de su hermana Inés, designada para dirigir el monasterio de Santa Maria di Monticelli en Florencia,  así como el fallecimiento de Fray Francisco, con el cual ha mantenido a lo largo del tiempo una relación espiritual jamás aletargada. Si ella le había aconsejado, cuando dudaba entre la vida eremítica y la de apostolado, por la elección de esta última; él, antes de morir, le aconseja rechazar cualquier concesión sobre aquello que es esencial. Así lo dejó escrito San Francisco al expresar su última voluntad a Santa Clara:

«Ya que, por inspiración divina, os habéis hecho hijas y esclavas del altísimo sumo Rey, el Padre celestial, y os habéis desposado con el Espíritu Santo, eligiendo vivir conforme a la perfección del santo Evangelio, quiero y prometo, por mí mismo y por medio de mis hermanos, tener siempre de vosotras, lo mismo que de ellos, diligente cuidado y especial solicitud. Yo, fray Francisco pequeño, quiero seguir la vida y pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin; y os ruego a vosotras, mis señoras, y os aconsejo que viváis en esta santísima vida y pobreza. Y guardaos mucho de apartaros jamás de ella, ni por enseñanza ni por consejo de nadie.»

Dicha voluntad no podía, de ningún modo, ser abandonada por la fiel Clara «dama» de Francisco, esposo de la Dama Pobreza.

Cuando el dia del funeral es transportado el cuerpo del primer estigmatizado de la Historia de la Iglesia de la Porciúncula a la Catedral de Asís, el cortejo hace un alto en el monasterio de Santa Clara. Por nada del mundo, tampoco ante el Papa en persona, la Madre Clara podría renunciar al ideal de San Francisco: pobreza, humildad, penitencia.

Y la mortificación, que para el Poverello había sido un medio para alcanzar la libertad interior, en Clara es vivida como un aspecto fundamental de la perfección cristiana. En la perspectiva de unión y asimilación al Divino Esposo, Clara vive la renuncia como vía predilecta para acoger en ella a aquel Niño Jesús que algunas de sus hijas afirmaron haberlo visto repetidas veces entre sus brazos. Por otra parte, en su breve obra escrita que llegó hasta nosotros (Oración a las cinco llagas de Jesús; tres bendiciones dirigidas a Inés de Praga, a Ermentrude di Bruges y a todas las monjas de su Orden; cuatro cartas enviadas a Inés de Praga entre el 1234 y el 1253), deja en evidencia siempre con insistencia su compromiso por la pobreza y por la humildad, testimonio de sus nupcias con el Espíritu Santo.

Principal sobreviviente de la primitiva epopeya franciscana, Clara se convirtió en un punto de referencia en el momento en el cual la Orden de los Frailes menores, alentada por el Papa, evolucionaba rápidamente hacia nuevas formas, comenzando a conocer en su interior tensiones entre quienes querían mantenerse fieles a la Regla de San Francisco y sus adversarios, que solicitaban novedades, acomodamientos y menor rigor, voluntad que Dante colocará en verso en la Divina Comedia («Mas la órbita que fue la parte suma/de su circunferencia, está abandonada,/tanto que donde hubo tártaro hay mufa./Su familia, que caminó derecha/ los pies tras sus huellas, está tan mudada/ que en el de atrás pone el de adelante;/y pronto se verá cual es la cosecha/de mal cultivo, cuando la cizaña/se queje de que el granero le niegan». (Paraíso, canto XII, 112-120)

La orden de San Damián, así denominada desde el año 1230, rápidamente se expande tanto en Italia como más allá de los Alpes, pero esto no impedía a Santa Clara el continuar la lucha para mantener viva la llama del ideal originario. La historia institucional de las Clarisas en esta época tiene una grave complejidad: las iniciativas papales para que asimilaran a las monjas de clausura permanecen prácticamente letra muerta, de lo que da testimonio que las mismas se renuevan con frecuencia.

En el año 1245 Inocencio IV impone nuevamente la Regla de Ugolino del 1218, denominándola aún Regla de San Francisco y no Regla de San Benedicto. Pero Clara no podía estar satisfecha con este cambio de nombre, dado que el texto autorizaba a las monjas a poseer propiedades y réditos, algo contrario a sus firmes y sólidas convicciones. Por otra parte, los esfuerzos del Pontífice para unir las Monjas a los Frailes menores en el ámbito jurídico chocaban contra la resistencia de estos últimos, que no querían hacerse cargo de las mismas monjas.

Para intentar salir de aquello que juzgaba una injusticia, Clara decide con determinación emprender, hacia 1217, la redacción de la Regla, inspirándose en aquella de la rama masculina y en las observaciones de San Damián, previendo explícitamente la renuncia a toda propiedad. Aprobada por el nuevo protector de la Orden, el Cardenal Rainaldo, tuvo también el consenso, en 1253, del Papa Inocencio IV, dos días antes de la muerte de la Santa.

La prueba de la victoria de la tenacidad en la batalla de Santa Clara, que defendió con ardor y hasta el final la impronta franciscana, basada en la humildad, la pobreza, está en el hallazgo, en 1893 (640 años después) del texto de la Regla de oro, escondida en un pliegue de su vestido fúnebre. La Regla esperada, solicitada, conquistada, como habitus perenne de su Orden.

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