Una vez más…y van… Otra vez una intervención del papa Francisco es motivo de escándalo y confusión. El viernes 29 de mayo de 2015 en la Casa Santa Marta durante un encuentro con 20 niños gravemente enfermos –acompañados de sus padres y voluntarios– el papa intentó decirles “algo” sobre el dolor. Y nuevamente, como hace algunos meses atrás, cuando una niña filipina le preguntó sobre por qué Dios permite que incluso los inocentes sufran, el papa dijo esencialmente que “no hay respuesta” (Encuentro con los jóvenes en la Universidad de Santo Tomás, Manila, 18 de enero de 2015). En ese momento, en Filipinas, el papa, improvisando, dijo textualmente: “Ella hoy ha hecho la única pregunta que no tiene respuesta y no le alcanzaron las palabras y tuvo que decirlas con lágrimas”. Y en vez de responder uno de los interrogantes más acuciantes y profundos de la historia, se limitó a decir que “no tengamos miedo de llorar”.

Por supuesto hay que ver cómo casi todos los medios del mundo titularon al día siguiente: “Una niña filipina dejó al papa sin respuesta”, “La pregunta de una niña filipina que el papa no supo responder”, redactados casi con la lógica conclusión de que, justamente, si un papa no puede responder esto, qué pretensión más estúpida es la de una religión, la católica, que en el pasado supo acreditarse como “experta en Humanidad” como la calificó alguna vez Paulo VI. Y para risa de los incrédulos, no faltaron por supuesto los papólatras francisquistas que, ciegos ante el escándalo de un papa que no sabe hablar sobre el dolor, no tuvieron mejor idea de decir que lo que había logrado la niña era inspirar al papa una “sublime teología del llanto” (¡la idiotez humana no tiene límites!).

En el caso de la homilía en Santa Marta no es que no hubo algún tipo de declaración. Sí, por supuesto, algo se pretendió decir, pero si esta es la respuesta del papa católico, si esta es la respuesta de los cristianos frente al dolor, entonces nos merecemos toda las diatribas de los humanistas ateos que siempre nos han acusado de “vender humo”, de “dar opio” a la gente, de disolver los problemas “tirando la pelota al córner” (como decimos “futboleramente” cuando alguien quiere eludir el asunto). Frente al tema del dolor y el sufrimiento, y especialmente frente al sufrimiento de los niños, no basta hallar una mera solución retórica que satisfaga mi inteligencia. Es mi alma herida la que quiere ser confortada sin ser engañada, ser curada sin ser anestesiada.

Y el papa comienza su intervención con una comparación cuanto menos confusa:

“Cuando en la catequesis nos han enseñado la Santísima Trinidad, nos han dicho que era un misterio: que sí, está el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, pero que comprenderlo todo no se podía. Es cierto, tenemos las pruebas de que es verdad, pero comprenderlo es otra cosa. Las pruebas las tenemos. También aquí, si miramos a Jesús, la Eucaristía, en aquel pedazo de pan está Jesús, es verdad. Pero ¿cómo así? No entendemos cómo puede…pero es verdad, es Él. Es un misterio, decimos. Es así, si hacemos algunas otras preguntas de la catequesis, no podemos explicar profundamente, pero tenemos las pruebas”.

¿Realmente tenemos las “pruebas” de la Santísima Trinidad? Esto es novedad, jamás lo había escuchado así. Si se refiere a las pruebas “de la fe” entonces no tiene sentido la comparación respecto al dolor porque también los católicos tenemos las “pruebas de la fe” para creer que el dolor tiene un sentido, incluso el dolor de los niños inocentes. Lo mismo para el caso de la transubstanciación eucarística (salvo que queramos incluir como pruebas “racionales” los milagros eucarísticos, pero sabemos que los milagros son motivos de credibilidad de nuestra fe y que son creídos como tales justamente en un contexto de fe. Que los milagros no reemplazan el acto de fe es algo evidente para cualquiera que haya experimentado la necedad de corazón del incrédulo. Por  eso Cristo advierte que para algunos los milagros son inútiles: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, ni aún cuando alguno resucite de entre los muertos”, Lc 16, 31). Por lo tanto, el papa comienza con una indebida comparación entre el misterio de la Santísima Trinidad y el misterio eucarístico (de los que tenemos “pruebas”, aunque no aclara cuáles) enfrentándolos al misterio del dolor (del que parece –y veremos que lo sugiere– que no tenemos “pruebas”). Respecto a la Santísima Trinidad el papa olvida distinguir (y por lo tanto confunde), como sí distingue santo Tomás de Aquino, que se puede probar racionalmente la existencia de Dios, incluso deducir sus atributos entitativos y algunos operativos a partir de la noción del “ipsum esse subsistens”, pero no podemos hablar con puras razones filosóficas del misterio de la Santísima Trinidad, y si intentamos hacerlo daremos pábulo a la “irrisión de los infieles”.

“Es imposible llegar al conocimiento de la Trinidad de las Personas divinas por medio de la razón natural. (…) Luego mediante la razón natural puede conocerse de Dios lo que pertenece a la unidad de esencia, pero no lo referente a la distinción de personas. El que, pues, se empeña en demostrar la trinidad de personas por medio de la razón natural, atenta contra la fe de dos maneras. Primero, contra la dignidad de la misma fe, que tiene por objeto las cosas invisibles que exceden la capacidad de la razón humana… Segundo, contra el intento de atraer a otros a la fe, pues cuando alguien, para probar los dogmas, alega argumentos que no son demostrativos, la expone a la irrisión de los infieles, quienes se imaginan que nosotros nos apoyamos en semejantes razones y que en virtud de ellas creemos. Por consiguiente, no debe intentarse demostrar las verdades de fe más que por vía de autoridad, para con los que la acaten. Respecto a los otros, es suficiente probar que en el contenido de la fe nada hay que sea imposible…”(S.Th. I, q. 32, a.1 c).

Después el papa continúa:

Hay también una pregunta cuya explicación no se aprende en la catequesis. Es la pregunta que tantas veces me he hecho, y tantos de ustedes, tanta gente se la hace: ‘¿Por qué sufren los niños?’. Y no hay explicaciones. También esto es un misterio. Solo miro a Dios y pregunto: ‘¿Pero por qué?’. Y mirando la Cruz: ‘¿Por qué tu Hijo y ellos? ¿Por qué?’. Es el misterio de la Cruz. Tantas veces pienso en la Virgen, cuando le han dado el cuerpo muerto de su Hijo, todo herido, escupido, ensangrentado, sucio. ¿Y qué hizo la Madre? ‘¿Llévatelo?’. No, lo abrazó, lo acarició. También la Virgen no comprendía. Porque ella, en aquel momento, recordó aquello que el ángel le había dicho: ‘Será Rey, será grande, será profeta…’; y dentro de sí, seguramente, con aquel cuerpo así herido entre los brazos, con tanto sufrimiento antes de morir, dentro de sí seguramente habría tenido deseo de decirle al ángel: ‘¡Mentiroso! Fui engañada’. También ella no tenía respuesta.

Como vemos, el papa no aprende ni siquiera de sus errores. Tropieza dos veces con la misma piedra. Esta expresión ya había causado escándalo. Pero vuelve a repetir la inaudita blasfemia contra la Virgen Santísima que ya había formulado en un sermón de Santa Marta en diciembre de 2013:

“La Madre de Jesús ha sido el icono perfecto del silencio. Desde el anuncio de su excepcional maternidad hasta el Calvario. Pienso, ha observado el papa, en “cuántas veces se ha callado y cuántas veces no ha dicho lo que sentía para preservar el misterio de la relación con su Hijo”, hasta el silencio más crudo, “a los pies de la Cruz”:

“El Evangelio no nos dice nada: si ha dicho una palabra o no… Era silenciosa, pero dentro de su corazón, ¡cuántas cosas le decía al Señor! ‘Tú, ese día –esto y aquello que hemos leído– me has dicho que sería grande; tú me has dicho que le darías el Trono de David, su padre, que reinaría para siempre y ahora ¡lo veo ahí [en la Cruz, ndr]!’. ¡La Virgen era humana! Y tal vez ella tenía el deseo de decir: ‘Mentiras! ¡He sido engañada!’: Juan Pablo II decía esto, al hablar de la Virgen en ese momento. Pero Ella, con el silencio, ha cubierto el misterio que no entendía y con este silencio ha dejado que este misterio pudiera crecer y florecer en la esperanza”.

Solo basta repetir aquí lo que ya se ha dicho acertadamente en Panorama Católico Internacional cuando el papa se mandó esta burrada:

La fe de la Santísima Virgen era perfecta, sus pasiones completamente ordenadas, sus emociones no pudieron haber sido afectadas por las sombras que afectan al resto de los mortales, inclusive a los más grandes santos antes de alcanzar la cima de las virtudes. Ella fue concebida, nació y vivió con la plenitud de gracia. Llena eres de Gracia. (No de gracias, sino de gracia). Plenitud absoluta de todas las virtudes. Altísima contemplación, inmutabilidad de sus pasiones, aún cuando el dolor, la tristeza, la desolación ante la Pasión y Muerte de Jesús hayan sido en ella tan arrasadores casi como en la adorable humanidad de su Hijo. Casi, por eso es Corredentora. Lo más alto que un ser humano podía alcanzar siendo solamente humano.

La Santísima Virgen no pudo tener nunca una duda de fe ni una moción de rebeldía para con Dios.

Esto lo define la dogmática mariana y lo explica la abundante teología tradicional sobre ella. (Panorama Católico Internacional, ¡Hay que ser bestia!, 23 de diciembre de 2013).

Pero vamos a las afirmaciones papales de que “ella no comprendía” y “ella no tenía respuesta” que es el núcleo de lo que tenemos que decir frente a esta nueva intervención confusa, confundida y disolvente del predicador de Santa Marta.

¿Es que la Virgen no tenía ninguna luz sobre lo que le estaba pasando a su Hijo? ¿Es que no tenía idea alguna de que era Dios mismo ofreciéndose en holocausto y en expiación por los pecados de todos los hombres? ¿No sabía nada, a punto tal que lo único que se le puede ocurrir al papa es que la Virgen interiormente se sentía engañada, y encima calificando de “mentiroso” a un enviado directo de Dios? ¿Cómo hubiera podido el magisterio de los papas hablar de la “corredención de la Virgen” si simplemente hubiera sido una pobre madre como cualquier otra viendo a su hijo sin comprender siquiera por qué estaba recibiendo tan crudelísimo suplicio? ¿Dónde queda aquello de que la Virgen vivió y padeció en su corazón los dolores acerbísimos de la cruz? ¿Dónde aquello de san Pío X: “Y cuando fue para Jesús la hora suprema, se vio a la Virgen de pie junto a la cruz, horrorizada por el espectáculo; dichosa, sin embargo, porque «su Unigénito era ofrecido por la salvación del género humano, y además tanto padeció con él, que, si hubiera podido hubiera sufrido con más gusto Ella todos los tormentos que sufrió el Hijo»” (San Buenaventura I sent. D. 48, encíclica de san Pío X Ad diem illum, 2 de febrero de 1904). Evidentemente, el papa Francisco parece ignorar todo esto (si no es algo mucho peor).

Hasta el pobre de Mel Gibson (con todas sus macanas personales a cuestas) lo vio con mucha más fe católica que el papa Francisco, al expresarlo de manera clarísima en su película “La Pasión del Cristo”, cuando muestra a la Virgen acompañando con sus miradas maternales el Vía Crucis de su Divino Hijo, y asintiendo con casi imperceptibles gestos a que continuara su camino a la Cruz para completar su misión (es notable cómo, en el film, cada vez que aparece Cristo en el suelo, luego de un cruce de miradas con su Santísima Madre, se levanta para continuar).

Y siguen las confusiones de Francisco:

‘Pero Señor, ¿por qué? ¿Por qué los niños sufren? ¿Por qué este niño?

El Señor no nos dirá palabras, pero sentiremos su mirada sobre nosotros y esto nos dará fuerza. No tengan miedo de preguntar, también de provocar al Señor. ‘¿Por qué?’. Quizá no llegará alguna explicación, pero su mirada de Padre te dará la fuerza para seguir adelante. (…) La única explicación que podrá darte será: ‘También mi Hijo sufrió’. Pero aquella es la explicación. La cosa más importante es la mirada. Y su fuerza está ahí: la mirada amorosa del Padre.

¿Es lo único que se le ocurre decir? ¿Nada sobre la naturaleza caída, sobre un mundo roto por el pecado, y cómo el Único Inocente cargó sobre sus espaldas todos los pecados del mundo? ¡¿2000 años de teología para que un Papa diga que lo único que se puede decir es que Cristo también sufrió?!

Son este tipo de respuestas las que provocan “la irrisión de los infieles”. Frente al dolor del niño inocente no se puede, simplemente, decir que “no hay explicación”, pero que “la mirada del Padre te dará la fuerza para seguir adelante”. ¿Adelante hacia dónde? Como siempre, el papa nos deja en la estacada. No lo dice. Simplemente no lo dice.

Pongámonos por un momento en la piel de un ateo, tratemos de entrar en la mente de esas personas que ven justamente al mal y al sufrimiento de los inocentes como el motivo principal para no creer en Dios, porque si un dios así existiera, donde no hay respuestas de ningún tipo para el problema del mal, estaríamos frente a una especie de Sádico cósmico que nos entretiene un rato cual ratas en su experimento de laboratorio. Escuchemos la respuesta que da Camus a la religión en la boca de uno de los protagonistas de su obra La Peste: No, Padre. Yo tengo otra idea del amor y estoy dispuesto a negarme hasta la muerte a amar esta creación donde los niños son torturados”. “Humanistas ateos” se llaman a sí mismos, “ateos” porque no creen en Dios, y “humanistas” porque pretenden defender al hombre de un dios que si así existiera (desentendiéndose del sufrimiento humano) evidentemente sería un dios malo.

Pongámonos en el lugar de estos “humanistas”, lo que pueden llegar a opinar frente a este tipo de respuestas del papa. Sería bastante lógico que se preguntaran: ¿“Estos católicos pretenden creer que una persona histórica, Jesucristo, es LA clave de toda la historia humana, el alfa y la omega, y resulta que frente a la simple pero fundamental pregunta de una niña de 12 años, lo único que se le ocurre decir al representante principal de esa religión es que “no hay respuesta”? ¡Por favor!”.

Seguramente lo único que logran este tipo de salidas (más que “salidas” parecen “huidas”) papales es confirmarlos en su ateísmo.

Y estos ateos (y cualquier persona medianamente inteligente lo puede ver) se ven fortalecidos en su opinión de que la religión es el opio del pueblo cuando el papa reafirma una y otra vez que no tiene respuestas frente al dolor:

“ ‘Pero él que es obispo –ustedes pueden hacer la pregunta–, que ha estudiado tanta teología, ¿no tiene nada más que decirnos?’. NO. [destacado mío] La Trinidad, la Eucaristía, la gracia de Dios, el sufrimiento de los niños son un misterio. Y se puede entrar en el misterio solamente si el Padre nos mira con amor. Yo de verdad no sé qué cosa decirles…”.

¿Por qué sufren los niños? Es un misterio. Se debe llamar a Dios como el niño llama a su papá y dice: ‘¿Por qué? ¿Por qué?’, reclamar la mirada de Dios, que la única cosa que nos dirá es: ‘Mira mi Hijo, también Él’.

Y sigue insistiendo el Papa en que no hay respuestas:

Les agradezco su ejemplo. No sé qué cosa más decir, de verdad, porque estas cosas me impresionan tanto. También yo no tengo respuesta. ‘Pero él es papa, ¡debe saber todo!’. No, sobre estas cosas no hay respuestas, solamente la mirada del Padre. Y después, ¿qué cosa hago yo? Rezo por ustedes, por estos niños, por aquel sentimiento de alegría, de dolor, todo mezclado, del cual ha hablado nuestro hermano [se refiere a la intervención de un padre de los niños enfermos]. Y el Señor sabe consolar este dolor en modo especial. Que dé Él la consolación justa a cada uno de ustedes, aquella que necesitan”.

En realidad hay mucho por decir. No porque seamos genios ni nada por el estilo. No porque hayamos “resuelto” el problema del dolor. No porque no sea un misterio, ¡claro que sí lo es! Pero la Iglesia no se ha “sacado de encima” el problema del dolor diciendo “frasecitas hechas” que “suenan lindo”. Hay mucho más que “solamente la mirada del Padre” (por cierto, el papa Francisco jamás aclara a qué se refiere con eso de “la mirada del Padre”). Notemos que el papa está hablando no solo a niños sino que también hay adultos: están presentes sus padres y otras personas (y además el papa sabe con absoluta certeza que sus palabras serán reproducidas ad nauseam por todos los medios del mundo). Hay una cantidad de cosas que ha dicho la Iglesia durante siglos, algo que por cierto no parece saber o tener en cuenta el predicador de Santa Marta. Quizás, ante la cantidad de veces que deja de lado los discursos escritos y se lanza a la improvisación, cree (“humildemente” por supuesto) que cada una de sus intervenciones están inspiradas por el Espíritu Santo.

Estoy seguro que a varios de los que han llegado hasta aquí les gustaría saber de qué manera me comporto al experimentar dolor, no cuando escribo artículos o doy charlas sobre ello.

Pero hay que arriesgarse a hablar. Los católicos se han arriesgado a hablar (y también muchos han arriesgado hasta la vida al hacerlo a lo largo de la historia). Pretendemos decir algo sobre el sentido del sufrimiento, insisto, no porque tengamos resuelto el problema como si de un teorema matemático se tratase, sino porque la experiencia nos dice que la quintaesencia del sufrimiento es la falta de sentido en el dolor humano: sufre más profundamente el que no sabe por qué sufre. “Cuando un hombre tiene un porqué vivir, soporta cualquier cómo” (Nietzsche).

Como señala ese gran filósofo católico, Robert Spaemann, la pregunta acerca del sentido del sufrimiento es la pregunta acerca de la experiencia de la falta de sentido, pues justamente en esa experiencia consiste el verdadero sufrimiento.

Podríamos empezar, quizás, por el pecado original, que el papa, en esta intervención, nunca menciona. ¿Será acaso que comparte la visión de su hermano de la orden jesuita, el hereje modernista Teilhard de Chardin?:

“El Pecado original, bajo la figura actual, contraría a cada instante la expansión de nuestra religión, corta las alas de nuestras esperanzas y nos lleva cada vez más inexorablemente hacia las sombras dominantes de la reparación y de la expiación… Si el dogma del pecado original nos ata y nos anemia se debe simplemente a que, en su expresión actual, representa una sobrevivencia de las vistas estáticas perimidas, en el seno de nuestro pensamiento, que se ha convertido en evolucionista. La idea de caída no es, en efecto, en el fondo, sino un ensayo de explicación del mal en un Universo fixista… de hecho y a despecho de las distinciones sutiles de la teología, el cristianismo se ha desarrollado bajo la impresión dominante de que todo el mal alrededor nuestro ha nacido de una falta inicial. Dogmáticamente vivimos en la atmósfera de un Universo en el que el principal negocio es reparar y expiar… Por todas especies de razones científicas, morales y religiosas la figuración clásica de la caída no es ya, para nosotros, sino un yugo y una afirmación verbal con la que no alimentamos nuestros espíritus y nuestros corazones” (“Cristología y evolución”).

Por algo los modernistas siempre han odiado este misterioso dogma. Sin el pecado original, se cae de raíz todo el edificio de la dogmática católica, empezando por la Redención de Cristo y, si esto es así, queda mutilada, desde la base, cualquier reflexión que se quiera hacer sobre el sufrimiento humano que pretenda ir más allá de la racionalización pagana y atea. Sin la Revelación y la “condición humana caída” la visión sobre el hombre queda radicalmente incompleta y deformada, y, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, “ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres” (CIC, N°407).

Pero volvamos a lo del sentido del sufrimiento. Si los niños enfermos de Santa Marta o la niña filipina de Malinas hubieran estado frente a un verdadero maestro de la fe (y no, por lo que parece, frente a un “humilde ignorante”), podrían haber escuchado algo sobre un cierto pecado en los comienzos del Tiempo, sobre cómo el pecado del hombre hizo entrar la muerte en el mundo, cómo el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, se rebeló contra él y provocó una ruptura de proporciones cósmicas en todos los órdenes, físicos y espirituales. Incluso hasta podrían haber escuchado que, como enseña el padre Giocchi, apóstol de los niños sufrientes, sus cuerpecitos enfermos e inocentes pueden llegar a salvar al mundo si sus dolores son ofrecidos en reparación por los pecados de los hombres. ¡Tantas cosas les podría haber dicho el papa! ¡Tantas maravillas de la fe les podría haber transmitido!

La cuestión sobre el sentido del sufrimiento es específicamente bíblica. Presupone la fe en una ilimitada totalidad de sentido, la fe en que el universo en su conjunto descansa dentro de un contexto de sentido. Sólo desde ahí tiene sentido preguntar sobre el sentido del sufrimiento. Tal pregunta se plantea ante todo allí donde se cree en un Dios omnipotente y bueno, es decir, allí donde, por tanto, es posible preguntar: «¿cómo se armoniza ese hecho con la existencia de sufrimiento en el mundo?». (Spaemann).

Y también podrían haber escuchado todo lo que está dicho y, especialmente, lo que se ha vivido desde siempre en la religión católica…: la aceptación cristiana del dolor (que no es mera resignación fatalista), el amor al dolor de los discípulos de Cristo (“el que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día y sígame”, Mt 16, 24), que el dolor nos hace más comprensivos, que la gente madura por el sufrimiento y, entonces, logra una profunda sabiduría e indulgencia para con el prójimo. Se podría hablar de la finalidad física del dolor, timbre de alarma de los peligros, fuente de alegrías (como cuando encontramos a un hijo extraviado), el dolor inspirador del arte (solo el sufrimiento puede lograr que una Comedia sea “divina”). O hablar de la finalidad moral del dolor: que expía nuestras culpas, que purifica y sana, redime, preserva, identifica el verdadero amor porque éste solo puede llegar a conocerse en medio de las pruebas más dolorosas. O hablar del valor social del dolor, que puede disipar la atmósfera envenenada de todo un pueblo con una tempestad purificadora. Y para el final, por qué no hablar de la finalidad religiosa del dolor, que es, en definitiva, el camino al Cielo (del cual, como vimos, tampoco el papa les habla a los niños enfermos), y de los grados de amor al sufrimiento cuyos ejemplos vivos y patentes se han dado en toda la historia cristiana por medio de la acción transformadora de la gracia divina: la de aquellos que no omiten ningún deber a pesar del dolor que producen, los de quienes aceptan con resignación las cruces que Dios permite o nos envía, los de quienes practican la mortificación voluntaria, los de quienes llegan a preferir el dolor al placer (no por masoquismos enfermizos sino por identificación con Cristo mismo), o los ejemplos de quienes llegaron a ofrecerse a Dios como “almas víctimas” como san Pío de Pietrelcina, cuya vida entregada en la identificación total de sus dolores con los de Cristo, no fue óbice para aliviar también los dolores físicos y espirituales de sus semejantes.

Y si me apuran podemos enriquecernos con la Pedagogía del dolor inocente, esa reflexión asombrosa del padre don Carlo Gnocchi, uno de los más grandes apóstoles de la Caridad en el siglo XX, que dedicó su vida al auxilio espiritual primero, y físico después, de los niños sufrientes (cfr. Sánchez, Sebastián, Don Carlo Gnocchi, pedagogo del dolor inocente, revista Arbil).

De todo esto y más todavía podría haber hablado el papa Francisco. Pero no, frente a la fundamental pregunta de una niña de 12 años, frente al testimonio provocador de niños inocentes enfermos gravemente, lo único que hay por parte del líder católico es…silencio y confusión. Silencio, confusión y…escándalo, porque si una religión tiene la pretensión de ser la única revelada por Dios (por lo tanto la única verdadera) y, frente a lo que ha sido por siglos desde siempre un espantoso enigma para el mundo pagano, su líder principal no puede decir nada, entonces esta religión “divina” debería ser considerada, lisa y llanamente, un gigantesco fraude.

Por el contrario, lo mejor de la reflexión católica sobre el dolor nos recuerda que esta vida no es LA VIDA. Desde las Sagradas Escrituras, pasando por todos los santos y doctores de la Iglesia, esto está clarísimo. Todo hombre sabe que algo anda mal cuando está sufriendo. El dolor destroza la ilusión de que todo anda bien. Destroza la ilusión de que lo que tenemos, ya sea bueno o malo en sí mismo, es nuestro y suficiente para nosotros. Como señala brillantemente M. Schmaus, Teología dogmática, tomo 1, pág. 627):

El hombre olvidadizo, amenazado continuamente por la tentación de enamorarse de sí mismo y del mundo, necesita esta revelación constante y recuerdo. El dolor es un profundo y oscuro misterio iluminado por la luz de un futuro glorioso. Nos impide que consideremos la Tierra como patria definitiva; mantiene viva en nosotros la inquietud y comunica dinamismo a nuestra alma. El dolor es un testimonio de la finitud del mundo y en pro de la infinitud de Dios, hacia el cual estamos siempre en camino, lo sepamos o lo ignoremos. El dolor nos saca fuera de nuestra sujeción al mundo, de nuestro egocentrismo, de nuestro autoenamoramiento. El dolor hace brotar valores que de otro modo quedarían siempre en un estado de penumbra. Descubre profundidades psíquicas que de otro modo quedarían siempre ocultas.

Es cierto que, como señala el papa Juan Pablo II en la Salvifici doloris (26), Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. Como señala Claudel, Cristo no vino a explicarnos el dolor. Contrariamente a las expectativas puramente humanas (“Pues mis pensamientos no son vuestros pensamientos y vuestros caminos no son mis caminos, dice Yavhé”, Is 55, 8) no vino a destruir la Cruz sino a extenderse sobre ella. Pero esa misma Cruz es un gigantesco faro que nos ilumina en tema tan oscuro. No destruyó el dolor sino que vino a transformarlo. Y como escribí en otra parte, yo, vaso de barro, soy testigo de ello…

13 de enero de 2004. Martes. Ocho de la noche. Estoy doblado sobre mis rodillas porque me acabo de desplomar en mi cuarto por el dolor. Estoy al pie de la cama. Las manos aprietan mi estómago. Mi boca se abre en un grito silencioso porque no sale ningún sonido. Me falta el aire. Me ahogo. Mi corazón arde como si tuviera clavado un dardo de fuego. Acabo de recibir la noticia más terrible que un padre puede escuchar. Las palabras se atropellan en mi mente: “Hubo un accidente…”, “un pozo…”, “¡venite ya!…”.

Mi hijo de 15 años acaba de morir en el campo de sus abuelos, aplastado por un bloque inmenso de hormigón.

Todavía no hay lágrimas en mi rostro, aún no, ya habrá tiempo para eso. Levanto la cabeza y mi mirada se clava en el cuadro de la crucifixión que está en el centro de la pared. Lo observo detenidamente. Me fijo en cada detalle: los rostros, los gestos… Lo miro de una manera como nunca antes. Y,  de repente, una gracia, un don… Ahora entiendo… por fin entiendo…

Frente a las posturas ateas y agnósticas, y concretamente, frente a todos los dolores de toda la historia, Dios no sólo no ha permanecido indiferente sino que ha respondido. ¡Y cómo! Y lo ha hecho de la manera más inaudita: enviando a su propio Hijo a  “hacerse cargo”.

Si me preguntaran si creo en la existencia de Dios, creo que ahora no diría que “creo”. Supongo que sería más sincero decir que simplemente  “lo sé”. Curioso, ¿no? Porque esto lo descubrí gracias a la muerte de mi hijo.

Pero esto es algo íntimo y personal. Un don, la gracia de vivirlo y experimentarlo. Un dolor terrible que nos ha transformado a todos y a cada uno. Un dolor que incluso ha sido transformador y vivificante para otros. Ya veremos cuando el dolor físico me invada personalmente. Ya veremos. También ahí necesitaré de la gracia de Dios para aceptarlo y vivirlo…como Dios manda. Pero mientras tanto, nos arriesgamos a hablar, nos arriesgamos a decir algo que ayude a los demás a mirar con otros ojos, con los ojos de la fe católica, el sufrimiento, para decirles que “no existen las casualidades”, la “suerte”, que si hay un Dios providente y amoroso, no existe el absurdo y el sinsentido del dolor.

Spaemann cuenta que lo que le causaba la impresión más honda cuando estaba en el santuario de Lourdes no eran las curaciones (él fue testigo de alguna), totalmente incomprensibles para la medicina. Lo que más lo impresionaba eran los enfermos que se iban de Lourdes sin haber sido curados. Se hubiera podido suponer que estarían llenos de la más profunda desesperación. Por el contrario, señala Spaemann, el mayor milagro de Lourdes es la serenidad de los que la abandonan sin ser curados. Y reflexiona el filósofo alemán: “¿Cómo puede suceder eso? Tal realidad está relacionada con el hecho de que para ellos la curación milagrosa de alguno les hace entender que el sufrimiento que padecen no es un fatal destino. Si Dios puede curarme, debe tener un motivo para no hacerlo. Un motivo, es decir, ¡un sentido¡ y el sentido consuela” (R. Spaemann, El sentido del sufrimiento. Distintas actitudes ante el dolor humano).

Además, los enfermos de Lourdes saben positivamente que el dolor que sufren no tiene la última palabra. Desde el Domingo de Resurrección, los cristianos saben que la muerte no es lo último. Y para los enfermos de Lourdes que no han sido curados, pero han sido testigos directos de curaciones milagrosas, la fe y la esperanza se han fortalecido aún más.

“[La frase] sentido del sufrimiento –escribe Spaemann– solo puede significar la integración del sufrimiento en un contexto absoluto, donde al final ya no sea sufrimiento. Es como en el caso del hambre, que solo tiene pleno sentido en cuanto que impulsa a comer y se ha comido. Del mismo modo, la historia de Job tiene como final natural que se le devuelva todo; si esa historia no hubiese acabado así, todo el discurso no hubiese sido sino puras palabras”.

La fe católica es fe en la verdadera supresión del sufrimiento. El dolor que se ha sufrido, de manera contraria al pecado, no es un motivo de tristeza sino de alivio cuando se considera retrospectivamente. Cualquiera puede entristecerse, aunque las cosas vayan bien, por el dolor que haya causado a alguien. Pero nadie se entristece porque haya padecido dolor, si ese dolor ya no se padece. El sufrimiento aparentemente total solo alcanza a tener sentido cuando ha sido ya relativizado por una más total alegría.

Spaemann dice que fuera de la perspectiva cristiana no se puede hablar del sentido del sufrimiento. Afuera de eso solo existe la “ oscura lucidez” del sinsentido y el absurdo.

Por eso san Pablo advertía que si Cristo no hubiera resucitado no solo hubiera sido vana nuestra fe sino que hubiéramos sido los más desgraciados de todos los hombres (porque sin duda habría más desgracia en cuanto buscadores de la verdad en un hombre que creyera en “la mentira más grande la historia”, como calificó Nietszche al cristianismo, que en aquel ateo o incrédulo que simplemente aceptara el absurdo del sufrimiento). El sufrimiento solo puede tener sentido si es relativo, y solo es relativo si todos los sufrimientos pueden ser suprimidos. Y la respuesta real a eso solo se encuentra en el cristianismo. Cristo, con su resurrección, ha demostrado que esa supresión será total y real.

“¡He aquí la morada de Dios entre los hombres El habitará con ellos y ellos serán sus pueblos, y Dios mismo estará con ellos, y les enjugará toda lágrima de sus ojos y la muerte no existirá más, no habrá más lamentación, ni dolor, porque las cosas primeras pasaron. Y Aquel que estaba sentado en el trono dijo: “He aquí, Yo hago todo nuevo” (Ap 21, 3-5).

No despreciemos la reflexión sobre el dolor y el sufrimiento de tantos santos y doctores de la Iglesia. Somos, como tantas veces se ha dicho, “enanos subidos a los hombros de gigantes”. Sería bueno que el papa Francisco lo recordara y confiara un poco más en la sabiduría católica de siglos y mucho menos en sus “iluminadas” improvisaciones.

Augusto del Río