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Santos del Antiguo Testamento. San Abrahám, Patriarca.

Hoy, el Martirologio Romano conmemora al Santo por excelencia del Antiguo Testamento. Hoy nueve de octubre es la fiesta de los Santos Mártires Daniel, Obispo de París y sus compañeros el sacerdote Rusticus y el diácono Eleuterio. Pero inmediatamente después, el Martirologio enumera: “ El mismo día, la conmemoración del Santo Patriarca Abraham, padre de todos los creyentes”.

Los títulos que el Martirologio da a Abraham – “Santo Patriarca” y “El padre de todos los creyentes” – eco del Canon de la Misa que lo llama: Patriarchae nostri Abrahae, “nuestro Patriarca Abraham” títulos que nos recuerdan que Abraham es reverenciado como “el padre de los fieles.” La vida de Abraham se cuenta en el Génesis, que nos informa de que era un jefe Caldeo en Mesopotamia y que vivió en el 2000 antes de Cristo (unos 11 siglos después de la inundación de Noé según el texto de la Septuaginta griega) cuando Dios lo llamó a salir de su nación idólatra y migrar a Canán. En el Génesis, Moisés nos dice que Dios bendijo a Abraham con innumerables descendientes en el sentido biológico, genealógico, haciendo de él no sólo el antepasado de la nación de Israel sino también de varios pueblos de Oriente Medio, como los Edomitas, Ismaelitas y Madianitas. Pero mientras muchos católicos hoy en día tienen orígenes étnicos con trazas que se remontan a los Judíos y sus primos Abrahamitas, no es por esto que reconocemos a Abraham como como Patriarchae nostri, sino porque recordamos la enseñanza del último profeta del Antiguo Testamento, San Juan Bautista, quien advirtió a sus compañeros Judíos:

Y no digáis dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre. Porque os digo que Dios es capaz de estas piedras, dar hijos a Abraham.” (Mateo 3, 9).

La salvación de una persona no depende en modo alguno de si se puede o no rastrear su genealogía hasta Abraham. Cuando Dios le prometió a Abraham, “Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra: si alguien es capaz de contar el polvo de la tierra” (Génesis 13,16), no era sólo una promesa de la innumerable descendencia biológica, sino aún más una declaración del Todopoderoso respecto a que todo el que recibe la gracia de la Fe sobrenatural se convierte en un descendiente espiritual del creyente Abraham. Esta es la razón por la que San Pablo afirma que las promesas que Dios hizo a Abraham no pertenecen sólo a sus descendientes genealógicos, sino sobre todo a todos los que tienen fe y que por tanto son descendientes espirituales de Abraham. Como San Pablo dijo a la Iglesia Romana:

Por tanto, ¿es de fe que por la Gracia, la promesa sea firme para toda su descendencia; no solamente para la que es por ley, sino también para la que es por la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros , (como está escrito: te he puesto por padre de muchas naciones) delante de Dios, a quien él creía, el cual da vida a los muertos y nombre a las cosas que no son y a las que son “. (Rom. 4, 16-17)

San Pablo también nos recuerda que las promesas hechas a Abraham fueron promesas mesiánicas, y por lo tanto sabemos que la fe de Abraham fue esencialmente la fe en el Mesías prometido que salvaría a la humanidad del pecado y de la muerte. San Pablo explica esto en su epístola a los Gálatas:

Pues todos sois hijos de Dios por la fe, en Cristo Jesús, porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. No hay ni Judío ni Griego, ni esclavo ni libre, ni masculino ni femenino. Pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, entonces sois la descendencia de Abraham, herederos según la promesa “. (Gal. 3, 26-29)

Es concretamente promesa de Dios a Abraham, que en él y en su semilla, todas las naciones de la tierra serían bendecidas, que la Virgen recuerda en la Anunciación, cuando la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. En su Magnificat, la Virgen claramente declara que su concepción del Mesías era el cumplimiento de las promesas a Abraham: “Él ha recibido a Israel, su siervo, acordándose de su misericordia: Como había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su

descendencia para siempre “. (Lucas 2, 54-55). Esto se reitera aún más explícitamente por San Zacarías, padre de San Juan Bautista, que oraba en su Benedictus:

Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque se ha ocupado de rescatar a su pueblo. Nos ha suscitado una eminencia salvadora en la Casa de David, su siervo, como había prometido desde antiguo por boca de sus santos profetas: salvación de nuestros enemigos, del poder de cuantos nos odian, tratando con lealtad a nuestros padres y recordando su alianza sagrada, lo que juró a nuestro padre Abrahán que nos concedería, ya liberados del poder enemigo, servirle sin temor en su presencia, con santidad y justicia toda la vida…. ” (Lucas 1, 68-75).

Las promesas de Abraham eran un pacto eterno e incondicional que Dios hizo, un pacto que como observa San Juan Pablo II, nunca ha sido y nunca puede ser revocado, se funda en el juramento de Dios que el creyente Abraham sería el antepasado del Mesías, el Salvador del mundo. Esta es la razón por la que San Mateo refiere que Jesús es “el hijo de David, hijo de Abraham” (Mat. 1,1), a partir de su Evangelio con un linaje encabezada por el patriarca Abraham, bajando a través del rey David y concluyendo con Jesucristo. Es evidente, entonces, que la salvación de una persona no depende de su descendencia genealógica de Abraham, sino que la descendencia genealógica de Cristo desde Abraham, era una alegoría de su ascendencia sobre Jesús. Fue esta mesiánica fe de Abraham – confiando en que, a pesar de que no tenía ningún hijo legítimo y heredero, no obstante, de su propia descendencia Dios enviaría al Mesías, la “Semilla” prometida que aplastaría la cabeza de la serpiente – lo que le mereció el título de “padre de los fieles.”

Las promesas hechas a Abraham son las “mejores promesas” en las que se basa la Nueva Alianza (Heb. 8, 6), y por lo tanto, en el Sacrificio de la Misa, en que la Iglesia ofrece la Sangre del Nuevo y Sempiterno Convenio, el Misterio de la Fe, recuerda el sacrificio que nuestro patriarca Abraham ofreció a Dios.

La misma esperanza de salvación para nuestros antiguos padres fue fundada en la fe mesiánica de Abraham, y es por eso que, como explica Santo Tomás de Aquino, los Judíos dieron el nombre de “seno de Abraham” (Lucas 16, 22) al Limbus Patrum – el Limbo de los Padres, que “aislado” del infierno, era donde todas las almas de los santos del Antiguo Testamento esperaban la venida del Mesías. Todos los que murieron en la esperanza del Mesías prometido fueron al Seno de Abraham, que se mantuvo seguro en su corazón fiel, por así decirlo, para la venida del Señor Jesús, que los sacó su larga espera cuando descendió a los infiernos y los trasladó al Cielo. También nosotros, como los padres, debemos basar nuestra fe y nuestra esperanza firmemente en la fe de Abraham, el prototipo y el padre espiritual de los fieles, y tratar de seguir sus pasos.

Como St. Paul dijo a los Hebreos:

“Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido. Por lo cual también, de uno, y ése ya casi muerto, salieron como las estrellas del cielo en multitud, y como la arena innumerable que está a la orilla del mar. Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra. Porque los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria; pues si hubiesen estado pensando en aquella de donde salieron, ciertamente tenían tiempo de volver. Pero anhelaban una mejor, esto es, celestial; por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos; porque les ha preparado una ciudad. Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito, habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia; pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir.

Que la intercesión y méritos de nuestro patriarca Abraham nos lleve a la ciudad celestial. Todos vosotros patriarcas y profetas,
¡Oren por nosotros!

[Traducido por Alberto Guzmán. Artículo original.]




RORATE CÆLI
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