SOMOS HIJOS DE LA IGLESIA, NO ARQUEOLOGISTAS

Editorial de Radicati nella fede, julio de 2015, Comunidad Católica de Vocogno, Diócesis de Novara, Italia

Por amor a la Iglesia, nos mantenemos en la Tradición. Por amor a la Iglesia, nos obstinamos contra viento y marea celebrando la Misa según el rito tradicional. Y por amor a la Iglesia nos resistimos a la propia Iglesia cuando ésta nos pide celebrar también el nuevo rito y asistir a él.

Y no por arqueologismo en modo alguno, ni por un amor desmedido al pasado. En realidad, la última reforma litúrgica, que lleva cincuenta años trastornando la vida de la Iglesia, no nació del amor a la Iglesia y a su historia, sino del vicio del arqueologismo.

En realidad, con la última reforma litúrgica (la misa nueva, para que nos entendamos), se ha ha querido borrar de golpe la historia bimilenaria de la Iglesia, inventando una liturgia simplificada en extremo que pretende volver a una mítica edad de oro en los comienzos de la Iglesia, en tiempos de los apóstoles, y por tanto de Nuestro Señor. Si se pregunta a personas sencillas, responden eso mismo: que la liturgia moderna refleja en su sencillez la simplicidad del Evangelio. Al fin y al cabo, hay muchos sacerdotes que piensan así. Y piensan que los amantes de la Tradición son unos debiluchos que necesitan de solemnidades inútiles para vivir su fe.

En el fondo, también la vuelta al birritualismo a raíz del Summorum Pontificum nace de esta postura errónea: conceder le cose vecchie, lo antiguo, a los fieles que todavía lo necesiten, pero apoyando en términos inequívocos la nueva liturgia, que nació precisamente para deshacerse de la tradición litúrgica de la Iglesia.

El problema es gravísimo y requiere un juicio serio y riguroso. La reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II es nociva, porque es fruto de un juicio negativo de todo lo que ha producido la Iglesia en el terreno de la liturgia desde los tiempos de Constantino. Fruto de la falta de aprecio por todo lo que ha aportado la Iglesia a la liturgia a lo largo de los siglos para fomentar la fe y la oración.

No es este el lugar para escribir un tratado de liturgia, pero podemos poner un ejemplo sencillo entre muchos: el ofertorio. La nueva misa ha eliminado completamente el antiguo ofertorio con la excusa de que no se añadió hasta la Edad Media, y lo ha sustituido por una oración hebrea de bendición de los dones de la tierra. El razonamiento en que se apoya esa eliminación es típico: como la oración del ofertorio se añadió en la época medieval, no pertenece a la verdadera Misa. No es sino una anticipación redundante de la consagración, y por tanto hay que eliminarla.

En realidad, es todo lo contrario. Las palabras que pronuncia el sacerdote durante el ofertorio se agregaron en la Edad Media para explicar con más claridad la intención de la Iglesia al celebrar el Santo Sacrificio del Señor: evitar que el celebrante y los fieles se alejen de la verdadera naturaleza de la Misa. En efecto, el ofertorio tradicional es un añadido medieval, pero un añadido que aporta profundidad a la Misa de siempre y la vuelve más clara; un añadido que ayuda a mantenerse fiel a la única Misa de siempre, la de Cristo y los apóstoles.

Y ahí está el meollo de la cuestión: la liturgia moderna es producto del rechazo de todos los añadidos que ha hecho la Iglesia a los ritos a lo largo de los siglos. Esta claro que este rechazo de la obra de la Iglesia es peligrosísimo, porque suscita en la mente y el corazón un juicio sobre la propia Iglesia, que habría traicionado al propio Cristo con esa añadidura. Y ése es el espíritu de todas las herejías: Cristo sí, la Iglesia no. Separar a Cristo de la Iglesia es lo que hacen todos los herejes, y el resultado es quedarse sin el propio Cristo.

En cambio, para nosotros es importante todo lo que ha hecho la Iglesia para transmitir la fe, para predicar con más claridad y pureza a sus hijos, para comunicar con más nitidez la gracia salvífica.

La Iglesia siempre ha hecho aportes para purificar la oración, para hacerla menos ambigua, para precisar más cada vez la recta intención. Y cuando ha suprimido algo, ha sido lo que no era auténtico, inscrustaciones culturales producidas por hombres y no reveladas por Dios. Ha quitado lo que podía dar lugar a la herejía, pero nunca ha eliminado lo que hacía más clara la oración cristiana.

Por esta razón, los tradicionalistas nos sentimos más hijos de la Iglesia. Todos aquellos que constantemente modernizan la liturgia despreciando la historia lo son muchísimo menos. Quien no ama la historia de la Iglesia, quien no le reconoce su valor, no ama a la Iglesia.

Nosotros somos más hijos de la Iglesia, aunque tengamos que resistir todas las normas nuevas que nos quieren imponer. Normas escritas por las que saltándose dos mil años pretenden remontarse a un Jesús que, por no habérnoslo legado la Iglesia ni su historia, es fruto de la ideología, no de la verdad. Sin la Iglesia no se tiene al verdadero Jesús, sino el concepto que tiene de Él la ideología dominante. Y se tiene a la Iglesia cuando se tiene toda su historia, en vez de tener por todo referente a la institución eclesiástica presente desvinculada de su pasado.

Saltándose dos mil años pretenden vincular la Iglesia de hoy a un mítico origen de la propia Iglesia. Y para eso tienen que decir que hoy el soplo del Espíritu Santo ha liberado a los católicos de un pasado que los estorbaba.

Por amor a la Iglesia, Cuerpo místico del Señor, no podemos ni debemos obedecer a los innovadores arcaizantes. No debemos obedecerlos a ellos, sino a la Iglesia, que lleva dos mil años esforzándose por que toda alma encuentre la Salvación en Cristo.

[Traducido por J.E.F. Artículo original]