Es quizá menos raro de lo que pudiera esperarse oír todavía hoy a quienes están persuadidos de que la Inmaculada Concepción que celebramos en este día se refiere a la concepción milagrosa de Jesucristo en el seno de la Virgen María. En realidad, apenas es necesario explicar que la celebración de ese acontecimiento corresponde a la solemnidad de la Anunciación, que justamente por ello ocupa en el calendario litúrgico el día 25 de marzo, nueve meses exactos antes de la Navidad. La Inmaculada Concepción, en cambio, tiene la misma correspondencia con otra fiesta, bastante más ignorada en nuestros días, como es la de la Natividad de la Virgen, el 8 de septiembre, nueve meses exactos después de la gran solemnidad que hoy llena de júbilo a toda la Iglesia.

Cualquier reseña actual, por sintética que sea, y que aborde el tema en cuestión, contiene necesariamente la referencia a la proclamación de este famoso dogma, acaecida el 8 de diciembre de 1854, por parte del beato papa Pío IX. También huelga señalar, ya a esta altura, que el hecho de que recién entonces haya sido definida esta verdad como “de fe católica”, no obsta, antes presupone, su profesión por parte de los fieles como verdad perteneciente al depósito de la fe revelada, si bien no faltaron a lo largo de la historia arduas disputas y controversias en torno al asunto de marras.

A este respecto, es un lugar común el afirmar que el doctor común de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino, se opuso a la tesis de la Inmaculada Concepción de María, mientras que fue el franciscano Juan Duns Escoto su principal sostenedor para la posteridad; lo cual, si bien es cierto, se requieren ciertos matices y precisiones, fundamentalmente la explicación de que el pensamiento de ambos giró en torno a la idea de la “universalidad de la redención”, de carácter dogmático, según la cual nadie en absoluto podía quedar al margen del rescate del pecado obrado por Cristo en la Cruz, conforme a las palabras del Apóstol: “Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Rm, 3, 25).

En ese contexto, es verdad que Santo Tomás no alcanzó a vislumbrar la noción de una redención preventiva, mérito que quedaría reservado para el teólogo escocés: la Virgen fue ciertamente rescatada del pecado, pero solo ella lo fue de tal manera que nunca se vio alcanzada por él, y esto en ninguna de sus formas (tampoco el original, por tanto). Esto es lo que la Iglesia sostiene y enseña como verdad de fe, lo que sancionó el ilustre Pío IX como dogma, y lo que cada año celebramos los católicos de todo el mundo: “la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo-Jesús, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y por tanto debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles” (PÍO IX, Bula Ineffabilis Deus, 8-XII-1854).

La definición, rigurosamente verdadera y apropiada en cada una de sus palabras (al mejor estilo romano), tiene inevitablemente, como todo lo que hace al lenguaje humano, sus propios límites. En efecto, apenas si podemos alcanzar a través de ella un conocimiento acabado de la pureza y plenitud de gracia que inundó el alma de la Santísima Virgen desde el primer instante de su existencia. Se cuenta que el mismo Pío IX tuvo una experiencia de este tipo en el momento mismo de proclamar el dogma, atisbando la inconmensurable grandeza de la realidad que la definición expresaba, sí, de modo cierto e inmejorable, pero en palabras humanas al fin….

Esto nos lleva a pensar en la trascendencia de lo divino, algo que quizá no se resalta lo suficiente en la figura de nuestra Madre Santísima, pero que ciertamente le corresponde, en cuanto partícipe singularísima de la naturaleza de Dios; no solo de su ternura, sino también de su excelsa gloria y majestad, que hoy comienza a manifestarse de acuerdo al designo de Dios.

Martin Buteler