La cercanía de la solemnidad de Cristo Rey y del sagrado tiempo del Adviento dirige nuestra mirada hacia las realidades postreras de nuestra existencia y del Universo, conocidas precisamente con el nombre de novísimos (del latín novissimum, esto es, lo último) o postrimerías en el lenguaje de la teología católica tradicional; o bien, más modernamente, con el de escatología (de ésjaton, análogo al novissimum latino). Esta reflexión se halla dirigida incluso por la liturgia de estos días, en cierto modo, que en su Evangelio cotidiano trae a colación diversos pasajes alusivos, para terminar desarrollando, en las jornadas inmediatamente previas al comienzo del Adviento, el discurso escatológico del Señor, tal como está reproducido por el evangelista San Lucas.

Muerte, juicio, infierno, gloria: en estos cuatro términos se resume el contenido concreto de este capítulo de la doctrina católica, que gira precisamente en torno a ellos como ejes fundamentales. Desde luego que cada uno merece un cuidadoso desarrollo en particular, que aquí no podremos llevar a cabo, brevitatis causa; sin embargo, ampliando la información brindada por los términos a secas, podemos decir que la muerte, entendida como separación del alma y el cuerpo, constituye el presupuesto necesario del juicio particular que recibe el alma de cada uno de parte de Dios, y que se resuelve finalmente, de acuerdo al estado de gracia o de pecado y los méritos concretos acumulados, en sentencia de recompensa eterna, que se identifica con la visión beatífica de Dios, o de condenación, igualmente eterna, por la separación definitiva de Dios y el sufrimiento de otros castigos anejos. Como realidad provisoria, y destinada por tanto a desaparecer, tenemos el purgatorio, estadio de purificación previo a la visión beatífica que deben experimentar las almas de quienes mueren en gracia, mas no habiendo satisfecho enteramente por sus pecados. El juicio final, por último, que constituye la confirmación al fin de los tiempos de la sentencia del juicio particular, tendrá como presupuesto a su vez la resurrección de la carne, esto es, la reunión de los cuerpos con sus almas respectivas para compartir su misma suerte eterna.

Como lo han señalado con lucidez numerosos pensadores católicos de fuste, quizá sean los pertenecientes a la escatología los artículos de la fe más silenciados en nuestro tiempo, que no sería equivocado calificar como la era de la inmanencia. El P. José María Iraburu, por citar solo un ejemplo, ha puesto de relieve el olvido en que incurre a este respecto el último Sínodo, que apenas si hace referencia a la cuestión; siendo esta quizá la menor de las deficiencias que se le pueden achacar, con todo. Lo cierto es que, tanto dentro como fuera de la Iglesia, la realidad de todo lo que se ubica más allá de la muerte, de suyo ineludible, ha devenido una suerte de tema tabú, que en el mejor de los casos es preciso ignorar, como si ello bastara para suprimir la verdad de lo que expresan.

En el trasfondo de semejante atmósfera intelectual no es difícil descubrir una auténtica crisis de fe, que se halla en la base del proceso unitario de secularización de la vida occidental, manifiesto en la impugnación de los símbolos que remiten a toda realidad trascendente. En lo que al tema en cuestión se refiere, al concepto de la muerte cristiana, con todo lo que en ella está implicado (cruz, sacramentos, oración por los difuntos, etc.) ha sucedido la vaga idea de una pueril despedida, que puede sugerir a lo sumo la posibilidad de un reencuentro no se sabe dónde, pero en todo caso seguramente feliz, sin referencia alguna a la calidad de la propia conducta ante Dios y ante los hombres. La filosofía de la eutanasia incluso, que encontró hace unos días su expresión extrema en el dramático caso de la joven norteamericana Brittany Maynard, da por sentada implícitamente la afirmación de que “todo acaba aquí”.

Ante el reto que supone reconducir el propio discurso a su tenor original, en el seno de un mundo que desprecia hasta la noción misma de trascendencia, es preciso volver a la enseñanza de estos elementos fundamentales de la fe cristiana, en la medida en que lo que se halla en juego es la salvación de las almas, nada menos.

Martín Buteler