Esta semana ha sido movidita en casa de Jorgito. Todo empezó el lunes pasado, cuando la maestra envió una nota solicitando a los padres que llevaran a sus hijos disfrazados en Halloween. Mamá se molestó nada más leerla, pero como madre de cinco que es, lejos de mostrar enojo, se creció ante la adversidad y buscó solucionar el problema.

–¡Mamá, quiero ir de brujo! —le sugirió ansioso Jorgito, sin saber muy bien lo que decía—. Javi irá de demonio, María irá de bruja y Antonio de esqueleto…

—Ni hablar, Jorgito—le interrumpió mamá con decisión—. ¡Irás de San Miguel!

—¿De San Miguel? —contestó incrédulo Jorgito.

Nuestro Jorgito sabe muy bien quién es este Arcángel. De hecho, le pide protección todas las noches. Su pregunta no iba destinada a indagar sobre la identidad del Arcángel, sino sobre la razón de incluir al Ángel protector en la fiesta de Halloween del cole. A los ojos de Jorgito, aquella respuesta carecía de toda lógica.

—Claro, cariño —le respondió hábil mamá—. Alguien tiene que poner orden entre tanto demonio. Y, ¿qué fue lo que hizo San Miguel?

Mamá sabía muy bien la respuesta que iba a dar Jorgito. Se la había contado miles de veces… De hecho, es uno de los relatos favoritos de nuestro niño:

—¡Expulsar al demonio del cielo…! ¡Pues claro, mamá! ¡Seré el mandamás de la fiesta! Verás que cara ponen mis amigos cuando les persiga por el patio…

Mamá sabía que su decisión traería problemas en el cole, uno más que añadir a la lista. Pero mamá es cabezona (como toda madre de familia numerosa) y una vez que toma una decisión, rara vez se retracta. Buscó en Amazon (la tienda más socorrida para familias que no tienen tiempo) dos disfraces que podían servir y los combinó a la perfección para fabricar la estampa perfecta: un centurión romano y un de querubín de Navidad. El resultado fue un más que aceptable San Miguel Arcángel.

A Jorgito se le salieron los ojos de las órbitas cuando se vio en el espejo. El uniforme de centurión le sentaba de maravilla, y las alas del querubín estaban muy conseguidas. Tan solo le faltaba la espada para completar su atuendo, y aquí intervino papá para dar el toque de gracia. Sacó de su chaqueta una preciosa espada (de plástico) que solo se la entregó una vez obtenida la firme promesa de no golpear a ningún demonio con ella.

—Al menos, mientras me hagan caso, papá —indicó con aire angelical.

A papá le bastó esa afirmación y se la confió con gallardía. Y Jorgito marchó feliz al cole, sabiéndose el amo del cotarro. Todo fue bien hasta que a la seño se lo ocurrió preguntar a Jorgito por la razón de su extraño atuendo. Y nuestro Jorgito, que de eso sabe mucho, no dudó en contarle con todo lujo de pelos y señales la expulsión del demonio de las cortes celestiales. Aquello no tuvo que hacerle mucha gracia a la seño, que se incomodaba más y más conforme avanzaba el relato. Pero mucho peor fue la reacción del resto de niños de la clase, cuando de pronto se dieron cuenta de que representaban al bando de los malos. Y claro, a nadie le gusta sentirse perdedor… El resultado fue toda una clase llorando por la injusticia del asunto y pidiendo a la seño que les quitara el abominable maquillaje de la cara. Jorgito, que se encontraba en una nube, empeoró aún más las cosas corriendo de un lado a otro agitando su espada sentenciadora.

Cuando mamá llegó a recoger a nuestro protagonista del cole, se topó con una seño bastante molesta que, no obstante, tuvo el detalle de llamarla a parte. Le exigió que, para el año que viene, hiciera el favor de ceñirse a lo que le pedía, y que buscara un disfraz aterrador para su hijo. “Como todo el mundo”, remató la seño.

Fue un momento incómodo, pero el cristiano o se crece ante el mundo o muere. Mamá optó por lo primero. Ni corta ni perezosa, le contestó con gran aplomo que si lo que quería era un atuendo que diera miedo, que no se preocupara, porque pensaba vestir a su hijo como uno de los cuatro Jinetes del Apocalipsis.

Otra de las virtudes de nuestro Jorgito es que es un lince. Por ello, no se le escapó la lividez de rostro de la profesora al escuchar a su madre. Desde entonces, no logra pegar ojo pensando en lo divertido que será la fiesta de Halloween el año que viene. Si con tan solo nombrar a ese misterioso Jinete, la seño casi pierde el conocimiento… ¡qué pasara con sus compañeros!

Por la noche, una vez que en casa terminaron de preparar los dulces caseros para celebrar la Fiesta de Todos los Santos, se acostó listo para contarle a Jesús su gran día. La sorpresa fue mayúscula al encontrarse en la oración al mismo Arcángel San Miguel.

—¡Hola, Jorgito! Hoy he estado muy orgulloso de ti. Me has representado muy bien.

Jorgito sonrió de emoción y le dio las gracias. Era el mejor colofón que podía soñar.

—Una única cosa, Jorgito. La próxima vez, cuando persigas a los demonios, acuérdate de apuntar también a tu seño…

Y con un pícaro guiño de ojos, San Miguel se despidió para dejar paso a su gran Amigo, que aguardaba ansioso por escuchar el día de Jorgito.

Mónica C. Ars

Mónica C. Ars
Madre de cinco hijos, ocupada en la lucha diaria por llevar a sus hijos a la santidad. Se decidió a escribir como terapia para mantener la cordura en medio de un mundo enloquecido y, desde entonces, va plasmando sus experiencias en los escritos. Católica, esposa, madre y mujer trabajadora, da gracias a Dios por las enormes gracias concedidas en su vida.