En un fenómeno análogo al de lo que sucede con la Navidad, son muchas las festividades y símbolos religiosos del cristianismo que han experimentado, sobre todo en las últimas décadas, un progresivo vaciamiento de su contenido sagrado y, paralelamente, una creciente secularización, transformándose poco a poco en meras excusas para el ejercicio del comercio. Caso paradigmático en este sentido es el del día de San Valentín, celebrado cada 14 de febrero, día en se conmemoraba en el antiguo calendario litúrgico al santo que precisamente da el nombre a la fiesta, conocida asimismo como el Día de los Enamorados.

Al parecer, San Valentín fue un sacerdote de la Iglesia de Roma durante el siglo III, cuya peculiaridad consiste en haber desafiado por aquel entonces al emperador Claudio II, quien había prohibido la celebración de matrimonios entre jóvenes, convencido de que los solteros sin familia era mejores soldados. Valentín, con todo, considerando injusto el decreto, decidió continuar con dichas celebraciones en forma secreta, lo que a la postre le valdría el martirio, acaecido el 14 de febrero del año 270. Durante mucho tiempo la celebración litúrgica del santo se realizó ese mismo día del año, hasta que la reforma postconciliar del calendario romano la suprimió, debido a la dudosa autenticidad de la historia en que se basa. El día de San Valentín, sin embargo, ya era para entonces el Día de los Enamorados, y como tal habría de permanecer en adelante.

Al margen de esta circunstancia, y del provecho casi exclusivamente publicitario que se obtiene de la fiesta en cuestión, nada hay que objetar en principio a la elección del día de San Valentín para celebrar el amor cristiano en el noviazgo y el matrimonio, tratándose de algo tan noble y elevado. En efecto, aún cuando se estuviera ante una mera costumbre popular (como, de hecho, se está), ello es normal y obedece incluso a una lógica profundamente cristiana, expresada en la máxima de la consagración del orden temporal. El mismo Cristo, sin ir más lejos, instituyó el matrimonio como sacramento, a fin de que el amor entre los esposos quedara definitivamente santificado, vale decir, incorporado a la vida de la gracia y ordenado finalmente a la gloria eterna. Como lo señala San Pablo a los Efesios, “grande es este misterio”, y está referido a su vez “a Cristo y a la Iglesia” (5, 32).

Ahora bien, la realidad que se nos ofrece es muy otra, desde todo punto de vista. Ante todo, debemos tener en cuenta que la moderna celebración secularizada de San Valentín se origina inmediatamente, no en la festividad litúrgica de la Iglesia romana, sino en una costumbre difundida sobretodo en los países anglosajones a partir del s. XIX, que terminaron por imponerse en estas latitudes, de la misma manera que lo que sucedió con Halloween, por solo citar un ejemplo de entre tantos. Ello explica en parte el talante que parece haber tenido desde un principio el festejo al que asistimos año tras año; por lo demás, la misma evolución del mundo moderno, desacralizado y desacralizante, basta para explicar cualquier profanación de lo sagrado, por grave que sea.

La referencia explícita a las variadas formas concretas en que nuestra sociedad celebra el “Día de los Enamorados”, puede implicar en muchos casos una verdadera pérdida del decoro, por lo que es conveniente apenas sugerir. El año 2015, en particular, nos sorprende con el estreno cinematográfico de las “Cincuenta sombras de Grey”, producción basada en la novela del mismo nombre escrita por la autora británica E. L. James en el 2011. La fecha del estreno fue especialmente elegida, dado el contenido de la misma, si bien este no gira precisamente en torno a la vivencia del amor cristiano, sino de una relación perversa entre un magnate del mundo de los negocios y una estudiante universitaria. En efecto, lo que ya desde el comienzo se manifiesta como un encuentro meramente pasional, pierde más tarde aún lo poco que tiene de romance, para convertirse en una historia en que se dan cita las más abyectas prácticas sadomasoquistas, para escándalo de las almas, pese a las ansias con que se dice espera el estreno la platea femenina. Increíble pero real.

Resultaría cómico, si no fuera trágico, el pensar para lo que puede servir la invocación de la palabra “amor”, cuando se llega al extremo de suprimirlo, incluso explícitamente, y esto en nombre suyo.

Martín Buteler