Con la tradicional celebración de este domingo, dedicado a la realeza universal de Cristo, se cierra el ciclo dominical del presente año litúrgico, para dar lugar a la apertura de uno nuevo que tendrá lugar, Dios mediante, el primer domingo de Adviento próximo. Por lo demás, ello no supone ninguna novedad, ya que es lo que sucede cada año, si bien es preciso echar con frecuencia una mirada de conjunto que nos ayuda a captar el profundo significado de la disposición de las celebraciones litúrgicas. Como lo señalamos en el post anterior, el tono escatológico es el que impregna tanto las últimas semanas del tiempo ordinario (fiesta de Cristo Rey incluida), cuanto las primeras del Adviento, dominadas por la idea de la Segunda Venida del Señor.

Instituida como tal por el papa Pío XI en el año 1925, la solemnidad en cuestión (que se celebra en el Vetus Ordo el último domingo de octubre) remite ciertamente a un período de la vida de la Iglesia marcado por el amplio desarrollo de la doctrina social y política en el magisterio pontificio, a la vez que el auge de movimientos como la Acción Católica, que con la energía de su testimonio y celo apostólico buscaron devolver a los valores cristianos su lugar correspondiente en la vida pública, gravemente amenazado a la sazón por la acción del laicismo imperante. No puede decirse que la situación haya cambiado sustancialmente desde aquel entonces, antes al contrario, dado el avance vertiginoso del proceso de secularización que se vive actualmente en Occidente. Ahora bien, no puede decirse lo mismo respecto de la pujanza social del catolicismo, a la que antes aludíamos, pues el retroceso en la vigencia de los valores tradicionales es inversamente proporcional a la difusión de la mentalidad liberal. Cabe preguntarse, ante este panorama, cuál es el sentido de continuar hablando de “realeza social” de Jesucristo, cuando asistimos a la progresiva instauración a nivel social y cultural de una mentalidad inmanentista cerrada.

Tenemos, ante todo, la interpretación del liberalismo católico, que se sale por la tangente al reducir la soberanía de Jesucristo a su dimensión espiritual, interior a las conciencias, sin ningún tipo de manifestación pública necesaria. Todo aquello es verdad, pero solo la mitad de esta, pues la tarea de la consagración del orden temporal a Dios resulta ineludible para todo católico, que no puede resignarse a limitar su condición de tal al fuero interno o privado. De ahí que una ausencia sistemática de testimonio público, convertida en principio de acción, no pueda decirse “católica”.

En el lado opuesto se encuentra la actitud, mucho menos frecuente, de quienes conciben la misión de Cristo y su Iglesia en términos de triunfo político mundano. Desde luego que apenas si existe hoy día algún resabio de esto que podríamos llamar “mesianismo temporal”, pero no debe olvidarse que un reproche inspirado en mentalidad semejante fue el que los judíos dirigieron a Cristo en su momento, y que los llevó a rechazar su mensaje. “No queremos que este reine sobre nosotros” (Lc. 19, 14), como dice veladamente el mismo Señor en una de sus parábolas, refiriéndose al endurecimiento de su pueblo para con Él.

El desarrollo de la imagen de Cristo como Rey se vio ciertamente alimentado con el correr de los siglos por elementos vinculados a la vida de los pueblos en particular, tal como se puede apreciar en múltiples representaciones iconográficas. Sin embargo, un sólido fundamento doctrinal, de raigambre incluso bíblica, permite hablar con toda propiedad de “Cristo Rey”, por lo mismo que nos referimos a Él como “Señor”, esto es, aquel que ejerce dominio sobre algo. Esta majestad y soberanía se insinúa, y se afirma aún explícitamente, muchas veces en el Nuevo Testamento, cuando de una forma u otra se exalta el poder de Cristo, o bien se alude a su regreso en gloria y majestad al fin de los tiempos. El mismo Señor, en la parábola de San Lucas antes citada, utiliza la imagen del Rey para significarse a Sí mismo.

Pero quizá la afirmación más categórica es aquella contenida hacia el final del evangelio de San Mateo, a saber, situada en el período que va de la Resurrección a la Ascensión: “Todo poder me ha sido dado en el cielo y en la tierra” (28, 18). El lenguaje es inequívoco, y no deja a lugar a las sutiles distinciones que buscan mermar la fuerza de su significado, que en todo caso debe exponerse con claridad, pues no menos cierto es que la misión de Nuestro Señor no fue primariamente temporal, sino solo en la medida en que ello estuviera exigido por la salvación de las almas que vino a rescatar, y por las que dio su Sangre.

“Cristo Rey” significa, entonces, que a Él debe subordinarse, y a Él debe estar ordenada, toda realidad según su propia naturaleza; “Cristo Rey” significa que “en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4, 12); “Cristo Rey” significa, en fin, que “Él vendrá de nuevo con gloria, para juzgar a vivos y muertos; y su reino no tendrá fin”.

Martín Buteler