Carta a un católico perplejo por la crisis de la Iglesia

Estimado amigo:

Gracias por plantearme sus interrogantes y objeciones. Me lanzo de lleno a responderle.

Me señala con tristeza que, a su juicio, la HSSPX ha hecho una especie de privatización de la vida religiosa. Según me dice, «eclesiásticamente, actúan por su cuenta».

Para mí, el gran escándalo, y desde luego el mysterium iniquitatis de nuestros tiempos, es nada menos que el Papa y los obispos están haciendo lo mismo. No enseñan el depósito común de la fe; al menos no lo hacen con mucha coherencia. Se comportan como si su cargo les confiriera la misma autoridad que tenía Cristo para decir: «Oísteis que la Ley de Moisés decía… pero Yo os digo…», y proceden a alterar, embrollar o socavar algo que durante siglos o milenios nadie había discutido. Francamente, una crisis epistemológica y metafísica está causando estragos en Occidente, y la jerarquía está atrapada en ella, a la manera de un pez medio muerto que es arrastrado por la corriente. A consecuencia de ello, impera la falta de unidad, y no sólo en grupos minoritarios: ¡he aquí el estado de la Iglesia Católica en 2026!

En modo alguno niego la autoridad de la jerarquía. Objetivamente, la Iglesia sigue adelante y nunca será destruida. Pero eso no quita que se esté desviviendo por tentar al Señor y provocarlo a intervenir (cosa por la que, con toda sinceridad, rezo).

Entiendo que le parezca que la nueva liturgia está muy bien porque hay fieles que se santifican mediante ella, pero no creo que tal opinión resista la crítica. Para empezar, será muy raro que un tradicionalista niegue que Dios pueda santificar al hombre por medios mínimos. Puedo hacerlo incluso sin los sacramentos. O con un mendrugo de pan y un dedo de vino en un campo de concentración, como algunos sacerdotes heroicos, sobre todo en países comunistas.

Ahora bien, lo normal, y lo que dicta la norma, es que el Señor en su Providencia sirva un banquete a los fieles para nutrirlos, ya que nos creó como criaturas para las que tal cosa es de provecho. La sana actitud católica es la de heredar un patrimonio con gratitud y humildad y transmitirlo con fidelidad.

No fue eso de ninguna manera lo que se hizo con la reforma litúrgica, que es por tanto como una hemorragia incontenible en el cuerpo de la Iglesia que no parará hasta que se sane al restablecerse la continuidad. Los buenos frutos de los que usted me habla son más bien algo así como un río bloqueado que busca por donde abrirse camino para seguir avanzando pero entretanto está empantanado y es un criadero de mosquitos. El agua sigue corriendo… pero tiene sus consecuencias.

Me dice: «Procuro tener en cuenta la historia, y en este sentido, la historia de los abusos litúrgicos no es la única». Es cierto; no toda celebración del rito nuevo es abusiva en sentido estricto. Pero la historia, como usted dice, ha sido catastrófica se mire por donde se mire. Lo que usted está haciendo es poner de relieve las excepciones. Los triunfos de la intervención de la gracia divina en una situación de poco menos que circunstancias apocalípticas.

Me dice además que «la cuestión litúrgica no es tan litúrgica como eclesiástica». Seguramente, su intención no es imitar el ejemplo del texto del cardenal Roche, ni al papa Francisco al que él cita (a propósito, le recomiendo encarecidamente leer este artículo de Alcuin Reid [nota del traductor: quien no maneje bien el inglés puede leer esta entrevista a monseñor Schneider sobre el mismo tema por la autora que publicó el mencionado artículo de Reid, en la que resume muy bien la cuestión]), pero yo diría que lo usted afirma es bastante exacto. La eclesiología de la reforma litúrgica está tremendamente distorsionada, porque se desvía en innumerables maneras de lo que siempre ha hecho la Iglesia desde que existe documentación al respecto. Tampoco tiene nada de sorprendente que el fruto de tantas desviaciones haya sido predominantemente negativo. Dondequiera que la reforma esté funcionando bien se debe a que la mantienen en vereda infundiéndole un espíritu tradicional externo a ella. Usted sabe también que los adversarios de la Misa tradicional son los mismos que se oponen a que el Novus Ordo se celebre de una forma reverente y respetuosa para con la Tradición.

Pero el quid de la cuestión es lo que usted afirma de que «la Iglesia no puede emponzoñar a sus hijos». Estoy de acuerdo. Los nuevos ritos sacramentales no son heréticos en sí. No podrían serlo. Tampoco son inválidos ni podrían serlo. Sin embargo, por lo que se refiere a la función central que ocupa la liturgia la vida de la Iglesia, ponen el listón muy bajo.

No sólo eso: con frecuencia se exagera en extremo el sentido y el alcance de la infalibilidad. En mi artículo Why They Are Taking Away Your Traditional Latin Mass, dije:

Nuestro Señor sólo garantiza dos cosas a la Iglesia: la transmisión de la Fe ortodoxa (al menos de forma distinguible e impoluta, a pesar de las herejías que surjan de vez en cuando) y la administración de la gracia santificante a quienes tengan fe, recen y reciban los sacramentos. En eso consiste la indefectibilidad de la Iglesia: en que la verdadera Fe permanece y la gracia siempre está disponible a través de los cauces que instituyó Cristo.

Ahora bien, eso es mínimo para la naturaleza humana. De la misma manera que podemos vivir a pan y agua y durmiendo a duras penas en una cueva, podemos también vivir sobrenaturalmente con lo mínimo. Pero el Señor no quiere que eso sea lo habitual […] Puede que alguna vez nos ponga la prueba de privarnos de la claridad que debe acompañar al Magisterio y la probidad que debe distinguir la conducta de los clérigos; son males que podemos tolerar aunque nunca aprobar, y Él hace lo mismo. Es posible que por un tiempo nos prive de ciertos sacramentos o de los ritos tradicionales que en su Providencia nos dio. Pero jamás de forma que nuestra salvación corra peligro o la perdamos.

Que la Iglesia permanezca hasta que el Hijo del Hombre regrese en gloria y majestad no quiere decir que no se húnda en Europa o en una diócesis cualquiera cuyos administradores hayan sido negligentes. Lo que nunca se perderá será la Fe, y nunca desaparecerán los sacramentos ni se volverá imposible la vida de fe.

Después me habla del problema ocasionado por los malos pastores, en particular durante el pasado pontificado. ¿Cuándo y cómo pueden los fieles decirle que no a un prelado, y más si se trata del Papa? Creo que en este caso encontrará muy útil esta conferencia de Roberto de Mattei sobre el sensus fidei.

En cierta ocasión escribí a un joven con escrúpulos que se estaba devanando los sesos para cuadrar el pontificado de Francisco con los de los papas anteriores, y amargándose así inútilmente la vida. Le dije:

¿Cuánto tiene que saber un seglar para salvarse? En serio. Piense en un mecánico cualquiera. En un agricultor. Un tendero. Un contador. ¿Qué es lo que tienen que saber y hacer? Lo básico que dice el Catecismo. Ir a Misa los días de precepto. Procurar no infringir los Mandamientos. Es importante también que tengan una actitud general de aceptación de los dogmas de la Iglesia. Así como en todo lo relacionado con las circunstancias de su vida (al tendero de la esquina le tiene sin cuidado la herejía monotelista, de la cual desde luego no ha oído hablar en su vida).

En resumidas cuentas: resolver este problema actual está por encima de capacidad. No es necesario que se ponga a leer una pila de documentos, repasar cada afirmación ni determinar su nivel teológico ni cómo encaja en el Magisterio. A eso se dedican los profesionales de la teología. Y en caso de que llegara a un punto en que nos afecte a los demás, ya lo dejaría claro la jerarquía. Cosa que, desgraciadamente, se han negado en general a hacer desde hace sesenta años.

De modo que no se preocupe. Su actitud es la correcta. Pero en lo que tiene que centrar es en su vida espiritual y en la oración. A la jerarquía se le ha confiado la misión de expresar, aclarar y defender el Magisterio, y explicarme a mí, que soy laico, lo que tengo que hacer y creer y lo que no tengo que hacer ni creer. Y de la misma manera, tiene el deber de proporcionarme un culto tradicional apropiado. Y si no me lo proporciona, la culpa no es mía sino de la jerarquía. Yo no tengo la culpa de que no cumpla sus funciones. Igualmente, si introducen confusión en sus enseñanzas o en las obligaciones que impone, es cosa de ella y no tengo la culpa. Mi obligación es atenerme sin falta a lo que a mi entender se me exige, y hacerlo de una forma razonable teniendo en cuenta que soy humano. Esta actitud realista me brinda mucha tranquilidad.

Si un católico serio, competente y conocido, ya sea laico o eclesiástico, dice: «Tal enseñanza del papa Francisco no es verdad, no está en continuidad, no es aceptable, confunde, es contradictoria», o lo que sea, es motivo más que sobrado para no obedecer o suspender el juicio. Tenga presente que no es lo mismo decir «no veo cómo se puede asentir a esto» o «en vista de que esto va contra una obligación que sé que tengo», que decir «rechazo a este papa y su magisterio». Es contención, no negación. Priorizar la verdad definida. Fíjese que ni siquiera Dios puede hacer compatible la afirmación de que «la pena de muerte es lícita de por sí» con «la pena de muerte es contraria a la dignidad humana y al Evangelio».

Habrá quienes digan que esta postura desemboca en el sedevacantismo. Nada de eso. Al contrario; pincha con un agudo alfiler el enorme globo del ultramontanismo y ayuda a reevaluar la función y el lugar de todas las fuentes de conocimiento de la Fe: la Escritura, los Padres de la Iglesia, Santo Tomás, los catecismo de todos los tiempos, la infinidad de papas santos, etc., etc. etc.

El actual pontífice no es sino un eslabón más en la cadena, y sin embargo, como eslabón voluntario que es, puede enlazar bien o rebelarse contra su función conectora, y hasta tratar de romper la cadena. A la larga, sólo conseguiría quedar como un tonto odioso una vez que quede clara la verdadera situación. Cosa que ya empezó a pasar con Francisco, dicho sea de paso, como se puede ver en este libro, que he tenido el honor de publicar en mi editorial.

Afirma usted que «más que en la teología, sólo puede encontrar justificación para esta [defensa del rebaño de los pastores descarriados] en la historia»; le recomiendo leer el texto de la conferencia «The Pope’s Boundedness to Tradition as a Legislative Limit». Los principios que expongo en ella son muy contundentes. Apuntan a un esquema preestablecido dentro del cual la autoridad pontificia (o cualquier otra) son coherentes, pueden funcionar y ser racionales. Fuera de ese contexto, se contradicen. No hasta el extremo de anularse, pero sí de neutralizar o alterar su obligación de obediencia.

Concuerdo con usted en que no todo el que tiene una postura de escepticismo fundamental hacia un pontífice vive según una forma mentis católica. De hecho, nuestra adhesión al Papa tiene que ser una postura de aceptación y docilidad general (lo que incluye desvivirnos por armonizar con la verdad lo que nos resulte chocante; es decir, tener caridad hermenéutica). Eso sí, salvo que haya motivo suficiente para no asentir, como señalé más arriba en mi comentario sobre el joven escrupuloso.

Yo diría que eso es lo que pasa en toda relación entre un superior y un subordinado: siempre se da por sentado que se acepta y obedece en tanto que lo que se enseñe o mande no contravenga una ley superior vinculante. Por supuesto, puede resultar bastante complicado reconocer cuándo pasa eso y cómo se puede o debe resistir. Y puede haber desacuerdo prudencial en ese sentido. Pero no importa. Que un cuerpo social tolere diferencias de opinión sin venirse abajo o sentirse amenazado es saludable.

Me dice: «En toda reforma de la Iglesia es fundamental la santidad». ¿Cómo no estar de acuerdo con eso? Con todo, no será habitual que ello suceda cuando la doctrina y la liturgia están en orden, como tiene que ser: densas, ricas, empapadas de espíritu religioso, tradicionales a fondo. Eso, creo yo, es lo importante en el tradicionalismo, independientemente de las diferencias que puedan tener los tradicionalistas entre sí o con los católicos normales. Lo que no queremos es que la Iglesia (o mejor dicho, los eclesiásticos de este mundo; es importante distinguir) pongan trabas en el camino que dificulten a los fieles crecer en la fe, alcanzar la santidad y cultivar las demás virtudes. Preferimos que la Iglesia vuelva a prosperar en este mundo una vez más, como cuando se priorizaban los bienes espirituales y la perspectiva espiritual.

En Cristo,

Dr. Kwasniewski

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Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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