Entrevista exclusiva sobre la reciente defensa de Traditionis custodes por parte de monseñor Roche
Diane Montagna
Roma, 20 de enero de 2026.– Monseñor Athanasius Schneider ha publicado una enérgica crítica del informe sobre la liturgia presentado por el cardenal Arthur Roche, en el que afirma que «se basa en razonamientos manipuladores y distorsiona la realidad histórica».
El texto de dos páginas del mencionado cardenal, presentado como una «minuciosa reflexión teológica y pastoral» fue distribuido entre los miembros del Sacro Colegio durante el consistorio celebrado el 7 y 8 de enero pasados, el cual había sido convocado por S.S. León XIV. Aunque por falta de tiempo no fue presentado oficialmente ni fue tema de debate, el informe suscitó una significativa resistencia entre el clero y los fieles tras su publicación en los medios informativos.
En un detallado análisis, monseñor Schneider rechaza los supuestos históricos y las premisas teológicas en que se basa el texto. A partir de documentos del Concilio, enseñanzas pontificas y testimonios de especialistas y testigos directos de la reforma litúrgica postconciliar, sostiene que el informe no denota un análisis imparcial y detallado , sino una actitud ideológica marcada por lo que denomina un «rígido clericalismo».
La crítica del prelado se centra en la afirmación de que la reforma litúrgica efectuada en 1970 supone una ruptura con el desarrollo orgánico del Rito Romano. Monseñor Schneider sostiene que la Misa más fiel al Concilio fue el Ordo Missae de 1965, y que la que promulgó posteriormente Pablo VI –el Novus Ordo Missae– fue sustancialmente rechazada por el primer sínodo de obispos que tuvo lugar después del Concilio en 1967.
Refuta igualmente la interpretación que hace Roche de la encíclica Quos primum de San Pío V, junto con su afirmación de que el restablecimiento de la Misa Tradicional fue una mera concesión y lo que da a entender de que el pluralismo litúrgico perpetúa la división en la Iglesia.
Según monseñor Schneider, el informe del cardenal Roche «hace pensar en un violento esfuerzo por parte de una gerontocracia que es objeto de una crítica cada vez más acerba y ruidosa, la cual procede principalmente de una generación más joven a la que dicha gerontocracia trata de sofocar con argumentos manipuladores y, en el fondo, instrumentalizando como armas el poder y la autoridad».
En la entrevista que publicamos a continuación, Su Excelencia pone la mira en el consistorio programado para fines de junio y expone alternativas que considera podrían restablecer la paz litúrgica en la Iglesia.
Diane Montagna: ¿Qué opinión general tiene Vuestra Excelencia del documento sobre la liturgia presentado en el consistorio extraordinario por el cardenal Roche para que lo estudien los miembros del Sacro Colegio Cardenalicio?
Athanasius Schneider: Para cualquier observador objetivo, el documento de monseñor Roche manifiesta un claro prejuicio contra el Rito Romano tradicional y su utilización actual. Da la impresión de ser fruto de un plan que tiene por objeto denigrar esa modalidad litúrgica y a la larga eliminarla de la vida eclesial. Se diría que el purpurado está resuelto a negar al rito tradicional un lugar legítimo en la Iglesia actual. Se echa de menos un compromiso con la objetividad y la imparcialidad, que se caracterizarían por la falta de parcialidad y un sincero interés por la verdad. Por el contrario, el documento se basa en argumentos manipuladores y hasta distorsiona la realidad histórica. El clásico principio sine ira et studio –o sea, una actitud serena y sin partidismos.
DM.: Pasemos revista a algunos pasajes concretos del informe en cuestión. En el apartado 1, declara monseñor Roche: «Se podría decir que la historia de la liturgia es una historia de continuas reformas a lo largo de un proceso de desarrollo orgánico». De aquí surge una cuestión fundamental: ¿es lo mismo reforma que desarrollo? Reforma da a entender una intervención positiva y deliberada, mientras que desarrollo da la idea de un crecimiento orgánico cuya eficacia ha sido probada por el tiempo. ¿Se puede afirmar con exactitud que, históricamente, la liturgia ha necesitado una reforma constante, o es mejor entender que ha tenido un desarrollo orgánico al que sólo ha sido necesario efectuar ocasionalmente algún ajuste?
(AS): En ese aspecto, lo que afirmó S.S. Benedicto XVI sigue siendo pertinente e incontrovertible: «En la historia de la Liturgia hay crecimiento y progreso pero ninguna ruptura» (Carta a los obispos que acompaña la publicación de la carta apostólica Summorum Pontificum del 7 de julio de 2007). Es un hecho histórico atestiguado por las autoridades litúrgicas que desde Gregorio VII en el siglo XI (o sea, hace casi un milenio) el rito de la Iglesia de Roma no ha sufrido reformas de consideración. En cambio, el Novus Ordo de 1970 representa para cualquier observador objetivo una ruptura con la tradición milenaria del Rito Romano.
Esta afirmación queda corroborada por el dictamen del liturgista archimandrita Boniface Luykx, perito en el Concilio y miembro de la comisión litúrgica vaticana (el conocido como Consilium), presidido por Annibale Bugnini. Luykx identificó fundamentos teológicos erróneos en el trabajo de su comisión. Escribió:
«Tras esas exageraciones revolucionarias se ocultaban tres principios típicamente occidentales pero falsos. 1) el concepto, típicamente bugniniano, de la superioridad y valor normativo del hombre y la cultura occidental sobre todas las demás culturas: 2) la ineludible y tiránica ley del cambio constante que algunos teólogos aplicaron a la liturgia, el Magisterio, la exégesis y la teología; y 3) la preponderancia de lo horizontal» (A Wider View of Vatican II, Angelico Press, 2025, p. 131).
DM: ¿Se ajusta a la realidad la descripción que hace la bula Quos primum de San Pío V? ¿Acaso no permitió este papa que continuase cualquier rito que tuviera más de dos siglos de antigüedad? ¿No se permitió que otros ritos, como el ambrosiano o el dominico, permanecieran y fructificaran?
(AS): El cardenal Roche alude a Quos primum escogiendo lo que le gusta y distorsionando con ello su sentido e instrumentalizando el documento de San Pío V en apoyo de una interpretación antitradicional. Lo cierto es que Quos primum autoriza la continuación legal de todas las variantes del Rito Romano que se venían utilizando ininterrumpidamente desde al menos doscientos años. Unidad no es sinónimo de uniformidad. La historia de la Iglesia da constancia de ello.
Dom Alcuin Reid, liturgista especializado en el desarrollo del culto divino, describe con las siguientes palabras esa parte de la historia de la Iglesia:
«No caigamos en el error revisionista de imaginar que se ha hecho borrón y cuenta nueva de un modo total y centralista en la liturgia latina. Dentro del abrazo de la unidad siguió habiendo diversidad. Las iglesias locales (Milán, Lyón, Braga, Toledo, etc., así como los centros más importantes del Reino Unido, siguieron disfrutando de sus respectivas liturgias. Pero todas pertenecían a la familia litúrgica romana» (The Organic Development of the Liturgy, Farnborough 2004, pp. 20–21).
La realidad histórica confirma que San Pío V efectivamente autorizó que continuaran los ritos que llevaban al menos doscientos años de historia ininterrumpida, entre los cuales había ritos tan arraigados como el ambrosiano y el dominico, que no sólo se mantuvieron sino que siguieron prosperando dentro de la unidad de la Iglesia de Roma.
DM: En el apartado 4 del documento escribe monseñor Roche: «Podemos afirmar con certeza que la reforma litúrgica deseada por el Concilio está (…) en plena sintonía con el verdadero sentido de la Tradición». ¿Qué opina de dicha afirmación, sobre todo en vista de la experiencia que han tenido la mayoría de los católicos con la Misa nueva en sus respectivas parroquias?
(AS): Que sólo es verdad en parte. La intención de los padres conciliares era ciertamente de una reforma dentro de la continuidad de la Tradición de la Iglesia, como queda de manifiesto en esta importante declaración de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia: «No se introduzcan innovaciones si no lo exige una unidad verdadera y cierta de la Iglesia, y sólo después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes» (Sacrosanctum Concilium, 23).
Monseñor Roche comete el típico error de las ideologías, el razonamiento circular, que se puede sintetizar con el siguiente silogismo: 1) La Misa reformada de 1970 está en plena sintonía con el sentido de la Tradición; 2) la intención de los padres del Concilio Vaticano II estaba en plena sintonía con el verdadero sentido de la Tradición: 3) luego la Misa de 1970 está en plena sintonía con el verdadero sentido de la Tradición.
Ahora bien, contamos con declaraciones de destacados testigos que participaron personalmente en los debates del Concilio y que sostienen que la Misa de 1970 es producto de una especie de revolución litúrgica contraria a la verdadera intención de los padres conciliares.
Entre los más importantes se encuentra Josef Ratzinger. En una carta que dirigió en 1976 al profesor Wolfgang Waldstein expresó con meridiana claridad:
«El problema del nuevo Misal radica en el abandono de un proceso histórico siempre continuo, antes y después de San Pío V, y en la creación de un libro completamente nuevo, aunque compilado con material antiguo, cuya publicación fue acompañada por una prohibición de todo lo que le precedió, lo que, además, es inédito en la historia tanto del Derecho como de la Liturgia. Puedo decir con certeza, basado en mi conocimiento de los debates conciliares y mi lectura repetida de los discursos pronunciados por los Padres del Concilio, que esto no corresponde a las intenciones del Concilio Vaticano II».
Otro testigo descollante es el arriba mencionado archimandrita Boniface Luykx. En su reciente libro A Wider View of Vatican II. Memories and Analysis of a Council Consultor, declara con toda veracidad:
«Entre el periodo preconciliar y el Concilio había plena continuidad, pero más tarde esa continuidad fue alterada por las comisiones del postconcilio. (…) El Novus Ordo no se ajusta a la Constitución sobre la Sagrada Liturgia. En sustancia va más allá de los parámetros que fijó dicho documento para el sacrificio de la Misa (…) Lo que más salió perdiendo en este proceso fue el misterio, el cual, por el contrario, debería ser el objeto y contenido principal de la celebración» (pp. 80, 98, 104).
DM: ¿Qué le parece lo que afirma el cardenal Roche en el apartado 9 de que «el bien primordial de la unidad de la Iglesia no se alcanza mediante una división inmovilizante sino compartiendo lo que no podemos menos que compartir?
(AS): Por lo que se ve, para monseñor Roche, la mera existencia del principio y la realidad del pluralismo litúrgico en la vida de la Iglesia es una división que inmoviliza. Es una afirmación manipuladora y falta de honradez, porque no sólo contradice lo que lleva haciendo ya dos mil años la Iglesia, que nunca ha considerado la diversidad de ritos reconocidos –o mejor dicho, las variantes legítimas de un mismo rito– causa de división, sino una forma de enriquecer la vida eclesial.
Hay que ser un sacerdote estrecho de miras y con mentalidad clericalista para demostrar, como siguen haciendo todavía, intolerancia para con la pacífica coexistencia de diferentes ritos y prácticas litúrgicas. Entre muchos ejemplos deplorables se podría citar a los cristianos de Santo Tomás en la India, que el siglo XVI fueron obligados a abandonar sus ritos y adoptar la liturgia de la Iglesia latina con la excusa de que a una lex credendi debía corresponder una sola lex orandi; o sea, una sola modalidad litúrgica.
Otro ejemplo trágico fue la reforma litúrgica de la Iglesia Ortodoxa en el siglo XVI, que prohibió el rito antiguo e impuso uno totalmente revisado. De haber permitido las autoridades eclesiásticas la coexistencia de ambos ritos, no se habría perpetuado la división y se habría evitado un doloroso cisma entre los Viejos Creyentes y los nuevos, el cual perdura hasta el día de hoy. Al cabo de un tiempo considerable, la Iglesia Ortodoxa rusa reconoció el error pastoral de imponer la uniformidad litúrgica y restableció el uso del rito antiguo. Desgraciadamente, apenas una minoría de los viejos creyentes se reconcilió con la jerarquía. La mayor parte mantuvo el cisma, pues los traumas eran demasiado profundos y el ambiente de desconfianza y alejamiento se había prolongado por un tiempo excesivamente largo. En ese caso, la intolerancia de la jerarquía para con el uso legítimo del uso antiguo perpetuó en efecto la división. Los viejos creyentes fueron exiliados por el Zar a la remota Siberia.
El apego a la forma más antigua del Rito Romano no consolida la división. Todo lo contrario: dijo S. Juan Pablo II que la Iglesia debía garantizar el respeto a sus justas aspiraciones (cf. Carta apostólica Ecclessia Dei del 2 de julio de 1988, 5.c). La pacífica coexistencia de ambas modalidades en el Rito Romano, iguales en derecho y dignidad, sería señal de que la Iglesia ha mantenido la tolerancia y la continuidad en su vida litúrgica poniendo por obra el consejo del dueño de casa elogiado por el Señor que «saca de su tesoro lo nuevo y lo viejo» (nova et vetera) (Mt.13,52). En cambio, el documento del cardenal Roche da muestras de un rígido e intolerante clericalismo litúrgico que rechaza toda posibilidad de verdadera unidad ante diversas tradiciones litúrgicas.
DM: En el apartado 10 del documento –tal vez el que ha causado mayor consternación–, dice monseñor Roche: «El empleo de los textos litúrgicos que intentó reformar el Concilio fue, desde San Juan Pablo II hasta Francisco, una concesión que no tenía en modo alguno por objeto su promoción». ¿Cómo rebatiría al purpurado en este punto, sobre todo teniendo en cuenta lo que dijo Benedicto XVI en Summorum Pontificum y en la carta que acompañaba a este motu proprio?
AS: Respondería con esta observación tan sagaz del archimandrita Boniface Luykx: «En mi opinión, la pluralidad o coexistencia de diversas formas de celebración litúrgica sin apartarse del núcleo esencial sería de gran utilidad para la Iglesia Occidental (…) Juan Pablo II adoptó en efecto este principio de multiformidad cuando restableció la Misa Tridentina en 1988 (A Wider View of Vatican II. p. 113).
Esta reflexión desmiente la afirmación de que se permitió que continuara el uso de los libros litúrgicos como una simple concesión sin ánimo de fomentarlos ni promoverlos. Una enseñanza del papa Wojtyła aclara más la cuestión:
«En el Misal Romano de San Pío V, al igual que algunas liturgias orientales, existen oraciones muy hermosas con las que el sacerdote expresa su más profundo sentido de humildad y reverencia ante los santos misterios. Manifiestan la sustancia misma de la liturgia» (Mensaje a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, September 21, 2001).
En conjunto, estos autorizados testimonios demuestran que el reconocimiento y restablecimiento de los antiguos libros litúrgicos no se consideró una concesión hecha a regañadientes, sino expresión de la legítima pluralidad en la vida litúrgica de la Iglesia que puede enriquecer a la Iglesia latina manteniendo el núcleo esencial del Rito Romano.
DM: Es bastante probable que, de haberse debatido el texto de Roche en el consistorio del 7 y 8 de enero pasados, el conjunto de los purpurados no habría estado en condiciones de discernirlo debidamente, dada la falta de formación litúrgica tan extendida en la Iglesia actual, incluso entre el clero y la jerarquía. ¿Cuántos, por ejemplo, habrían sido capaces de rebatir lo que dijo Roche sobre Quos primum? El Papa tiene autoridad suficiente para llevar a un futuro consistorio a un perito que exponga trabajo más documentado y argumentado a los miembros del colegio cardenalicio sobre el tema que quiera que debatan. ¿Sería una forma de salir adelante en el consistorio extraordinario previsto para fines de junio?
AS: A mí me parece que está muy generalizada la ignorancia entre obispos y cardenales en lo que se refiere a la historia de la liturgia, la naturaleza de los debates conciliares en torno al tema y hasta el texto mismo de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Concilio Vaticano II.
Con frecuencia se olvidan dos cosas muy importantes: la primera es que la verdadera reforma de la Misa según el Concilio ya se había publicado en 1965. me refiero al Novus Ordo Missae. En aquel momento la Santa Sede lo describió claramente como la puesta en práctica de las disposiciones de la mencionada constitución. Aquel Ordo Missae era una reforma sumamente prudente que conservaba todos los detalles esenciales de la Misa de siempre, con muy pocos cambios. Entre ellos estaba la omisión del Salmo 42 al comienzo de la Misa, modificación que no carecía de precedentes, pues ese salmo siempre se había omitido en las misas de réquiem y en Semana Santa, y también se suprimió la lectura del Evangelio de San Juan al final.
La verdadera innovación consistió en la utilización de la lengua vernácula durante la celebración, con la excepción del Canon, que se siguió rezando en latín en silencio. Los propios padres conciliares celebraron esa Misa reformada en la sesión de clausura de 1965 y manifestaron en general su satisfacción. El mismo arzobispo Lefebvre celebró esa forma de la Misa y mandó que se celebrara en su seminario de Écône hasta 1975.
Lo otro que se olvida es que en el primer sínodo de obispos que se celebró después del Concilio, que tuvo lugar en 1967, Annibale Bugnini presentó el texto y la celebración de un Ordo Missae con reformas radicales. Se trataba esencialmente del mismo que promulgaría más tarde Pablo VI en 1969 y constituye en la actualidad el rito ordinario de la Iglesia Católica Romana.
Sin embargo, la mayoría de los padres que asistieron al Sínodo de 1967 –casi todos los cuales habían participado en el Concilio– rechazaron este Ordo Missae; es decir, el Novus Ordo actual. De ahí que lo que hoy se celebra no sea la Misa del Concilio, que era en realidad el Novus Ordo de 1965, sino el rito que habían rechazado en 1967 los padres del sínodo por ser excesivamente radical.
DM: ¿Qué otras soluciones propondría a los cardenales en sustitución del texto de Roche si pudiera ofrecerles algunas ideas?
AS: Les expondría varios puntos fundamentales. En primer lugar, les recordaría la innegable realidad de la auténtica Misa del Concilio. Me refiero al Ordo Missaede 1965, así como que, en esencia, el Novus Ordo que presentó Bugnini a los padres del Sínodo en 1967 fue, en esencia, rechazado por éstos.
En segundo lugar, les señalaría los principios, siempre vigentes, por los que se rige el culto divino. El propio Concilio expresó dichos principios: el carácter teocéntrico, vertical, sagrado, celestial y contemplativo de la verdadera liturgia. Enseña el Concilio:
«En ella lo humano esté ordenado y subordinado a lo divino, lo visible a lo invisible, la acción a la contemplación y lo presente a la ciudad futura que buscamos. (…) En la Liturgia terrena tomamos parte en la Liturgia celestial» (Sacrosanctum Concilium, nº 2; 8).
En tercer lugar, yo destacaría el principio de que la diversidad litúrgica no perjudica la unidad de la Fe. Los padres conciliares lo pusieron de relieve:
«El sacrosanto Concilio, ateniéndose fielmente a la tradición, declara que la Santa Madre Iglesia atribuye igual derecho y honor a todos los ritos legítimamente reconocidos y quiere que en el futuro se conserven y fomenten por todos los medios» (n.º 4).
Por último, apelaría a la conciencia de los cardenales afirmando que hoy en día el Papa tiene una oportunidad excepcional de restablecer la justicia y la paz litúrgicas en la vida de la Iglesia otorgando a la forma más antigua del Rito Romano la misma dignidad y derechos que a la ordinaria, que al Novus Ordo.
Es una medida que podría tomar mediante un generoso mandato pastoral ex integro. Así pondría fin a las disputas que surgen de interpretaciones casuistas sobre el rito antiguo. Y también se acabaría la injusticia de tratar a tantos hijos ejemplares de la Iglesia como católicos de segunda clase.
Con esa disposición pastoral se tenderían puentes, y sería un gesto de empatía con las generaciones anteriores y con quienes, a pesar de ser minoría, siguen relegados y discriminados en la Iglesia actual; precisamente cuando tanto se habla de inclusión, tolerancia y diversidad y escucha sinodal a las experiencias de los fieles.
DM: ¿Le gustaría añadir algo más, Excelencia?
AS: De qué mejor manera podría afirmar sobre la crisis litúrgica que atravesamos que citando estas luminosas palabras del archimandrita Boniface Luykx: autoridad en temas litúrgicos, ardoroso misionero en África, hombre de Dios que celebraba la liturgia latina y la bizantina, por lo que puede decirse que respiraba por los dos pulmones de la Iglesia:
«El cardenal Ratzinger también le ha brindado su apoyo. Ha declarado que la Misa de antes es parte viva e integral del culto y la Tradición católicos, y predicho que contribuirá con su singularidad a la renovación litúrgica que pidió el Concilio» (p.115).
«Al desaparecer la reverencia, toda forma de culto se convierte en un entretenimiento horizontal, en una fiesta o encuentro social. Una vez más, los pobres, los humildes, son las víctimas. Porque la patente realidad de la vida que procede de Dios en el culto se la han escamoteado los supuestos expertosy disidentes» (p.120).
«Desde el Papa hasta el último de los obispos, nadie puede inventarse nada. Todo miembro de la jerarquía es sucesor de los Apóstoles. Eso quiere decir que, por encima de todo, es siervo y custodio de la Santa Tradición. Tiene el deber de garantizar la continuidad en la doctrina, el culto, los sacramentos y la oración» (p. 188).
El documento publicado por el cardenal Roche hace pensar en un violento esfuerzo por parte de una gerontocracia que es objeto de una crítica cada vez más acerba y ruidosa, la cual procede principalmente de una generación más joven a la que dicha gerontocracia trata de sofocar con argumentos manipuladores y, en el fondo, instrumentalizando como armas el poder y la autoridad.
Pero la eterna juventud y belleza de la liturgia, aliada con la fe los santos y de nuestros mayores, terminará por imponerse en todo caso. El sensus fidei percibe instintivamente esta realidad, sobre todo entre los humildes de la Iglesia: niños inocentes, juventud heroica y familias jóvenes.
Por eso, aconsejaría encarecidamente a monseñor Roche y a muchos eclesiásticos mayores y algo rígidos que se dieran cuenta de los signos de los tiempos. O, como se dice, que se suban al carro para no quedarse atrás. Porque están llamados a reconocer los signos de los tiempos que les da el propio Dios a través de los humildes de la Iglesia que tienen hambre del pan sin adulterar de la doctrina católica y de la perdurable belleza de la liturgia tradicional.
https://dianemontagna.substack.com/p/bishop-schneider-cardinal-roches
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)




























