«Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris»: Recuerda, hombre, que eres polvo y en polvo te convertirás. Con estas palabras, pronunciadas por el sacerdote que impone la ceniza sobre la cabeza de los fieles, se inicia el Miércoles de Ceniza la Cuaresma en el Rito Romano.
El origen de esta fórmula litúrgica se remonta al capítulo primero del Génesis, cuando el Señor le dice a Adán después de que este hubo pecado: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra; pues de ella fuiste tomado. Polvo eres y al polvo volverás» (Génesis 3,19).
Al comentar este pasaje, todos los Padres de la Iglesia coinciden en que a consecuencia de la caída de Adán la naturaleza humana se volvió corrompida y mortal. Y esta corrupción se transmitió a la humanidad precisamente porque Adán, al hacerse mortal, engendró hijos mortales. Dice San Agustín que de, no haber pecado el hombre no tendría que sufrir la muerte del cuerpo, que tiene lugar cuando el alma lo abandona.(V. De Genesi ad litteram VI, 25, 36).
A causa de su rebelión, el hombre, que nació de la tierra, vuelve a ella. El texto del Génesis contiene una exhortación a la humildad. Nos recuerda que el hombre no se ha creado a sí mismo, y nos insta a no apegarnos a las cosas materiales, dado que la palabra polvo denota la transitoriedad de todo lo terrenal. San Ambrosio de Milán comenta con estas palabras el mencionado versículo del Génesis: «Reconoce, hombre, tu naturaleza; que no se ensoberbezca tu carne: de la tierra saliste y a la tierra has de volver» (De Paradiso, XI, 51).
La misma referencia a la realidad de la condición humana resuena en los grandes maestros espirituales del Medievo. Con su ascética energía, San Bernardo de Claraval plantea al hombre tres preguntas que desenmascaran toda soberbia: «Quid fuisti? Quid es? Quid eris?»¿Qué fuiste? ¿Qué eres¿ ¿Qué serás? En los tres casos, la respuesta es la misma: pulvis.El polvo es algo más que el destino del cuerpo biológico: es prueba de la radical dependencia de la criatura. El hombre no es fruto de una transformación espontánea de la materia; una acción directa de Dios lo sacó del barro de la tierra. Y precisamente porque Dios lo creó de forma directa las Escrituras presentan su retorno al polvo como consecuencia de la culpa, no como una fase de un proceso evolutivo natural. La sentencia «Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris» posee tal densidad teológica que es mucho más que una alusión a caducidad de la vida. Expresa un concepto del origen del hombre que es antintético al evolucionista.
En los versículos precedentes, las Sagradas Escrituras describen en estos términos la creación del hombre: «Y formó Yahvé Dios al hombre (del) polvo de la tierra e insufló en sus narices aliento de vida, de modo que el hombre vino a ser alma viviente» (Gén. 2, 7). El texto no puede ser más claro: el hombre, compuesto de alma y cuerpo, no proviene de los homínidos, de los simios ni otras formas animales inferiores; Dios lo sacó directamente del barro de la tierra. Lo confirma la condena que sigue a la caída: polvo eres y en polvo te convertirás. El cuerpo de la primera mujer fue creado directamente por Dios extrayéndolo de una costilla de Adán (Gén. 2, 21-24). Y en este caso tampoco es posible adaptar lo que dice la Escritura a la narrativa darwinista.
En un trabajo titulado La teoria dell’Evoluzione secondo la scienza e la fede (Centro Librario Sodalitium, Verrua Savoia 2023), el cardenal Ernesto Ruffini da cuenta de un elevado número de citas que corroboran la unanimidad de los Padres de la Iglesia a este respecto: de San Irineo a San Cirilo de Jerusalén, de San Gregorio de Nisa a San Juan Crisóstomo, de San Jerónimo a San Agustín. Según este último, Adán fue «formado del limo de la tierra (…) en edad perfecta». Es decir, como un hombre terminado, no en estado embrional (De Genesi ad litteram 6, 18). Por su parte, Santo Tomás de Aquino explica en la Suma Teológica lo apropiado que fue teológicamente formar al hombre del lodo de la tierra. Destaca que dicho acto pone a la vez de relieve la humildad de la tierra y la nobleza de la forma espiritual infundida por Dios. Asimismo, su maestro San Alberto Magno, tras plantear la cuestión de si el hombre podría haber sido formado el cuerpo humano por alguien que no fuese Dios, responde: «Hay que decir, que conforme afirmaron los santos y según la Fe católica, no convenía que el cuerpo del primer hombrefuera creado por otro que no fuera el propio Dios, ni era posible otra cosa»(Summa Theologiae, II, Tract. XIII, q. 85).
La unanimidad de esta tradición patrística y escolástica está expresada por el Magisterio ininterrumpido de la Iglesia en lo que se refiere al origen inmediato del cuerpo del primer hombre. El decreto de la Pontificia Comisión Bíblica del 30 de junio de 1909 recalcó el carácter histórico sustancial de los primeros capítulos del Génesis excluyendo su reducción a un mito puramente simbólico.
Los evolucionistas niegan la revelación de las Escrituras en cuanto a que Adán y Eva fuesen los únicos progenitores de la humanidad y aceptan el poligenismo, el cual sostiene que la aparición contemporánea de hombres en diversas partes de la Tierra es el resultado de una larga transformación biológica a partir de especies inferiores. La doctrina de la Iglesia, por el contrario, enseña que el cuerpo de Adán no procedió de una forma corpórea preexistente, sino que fue creado directamente por Dios de un puñado de tierra, así como que Adán y Eva fueron la primera y única pareja, de la que desciende todo el género humano. Al negar la historia de nuestros primeros padres reduciéndola a una metáfora colectiva, cae por tierra el pecado original y con ello la necesidad de la redención de Cristo, Salvador de la humanidad.
El polvo del Génesis no es el residuo de una evolución animal, sino la materia inerte formada directamente por el Creador. Por eso, la teoría de la evolución es contraria a la fe católica. Y por eso también la fórmula con que se inicia la Cuaresma, «recuerda, hombre, que eres polvo y en polvo te convertirás», se puede considerar un manifiesto antievolucionista y nos invita a meditar sobre el origen y el destino del hombre.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)




























