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La Asunción, un dogma para nuestros tiempos

Hace setenta años, el 15 de agosto de 1950, fue proclamado el dogma de la Asunción al Cielo de la Santísima Virgen María. La promulgación tuvo lugar el 1º de noviembre de dicho año por la constitución apostólica Munificentissimus Deus, pero Pío XII lo anunció el 15 de agosto, fecha en que desde tiempos inmemoriales se celebraba la festividad de la Asunción.

La Asunción es el tránsito de la Santísima Virgen en cuerpo y alma desde la Tierra a la vida celestial. Esta verdad de fe se deriva de la maternidad divina y la integridad virginal del cuerpo de María. Por ser Madre de Dios e inmune al pecado original, no convenía que estuviera sometida a la corrupción de la muerte, que es castigo del pecado. El dogma de la Inmaculada es la premisa, y la Asunción la conclusión, de un concepto coherente de los privilegios de la Madre de Dios.

«Cristo, con su muerte  –explica Pío XII en la encíclica por la que proclamó el dogma–, venció la muerte y el pecado; y sobre el uno y sobre la otra reporta también la victoria en virtud de Cristo todo aquel que ha sido regenerado sobrenaturalmente por el bautismo. Pero por ley general, Dios no quiere conceder a los justos el pleno efecto de esta victoria sobre la muerte, sino cuando haya llegado el fin de los tiempos.»

A consecuencia del pecado original, también los cuerpos de los justos se descomponen después de morir y hasta el último día no se volverán a unir con su alma gloriosa. «Pero de esta ley general quiso Dios que fuera exenta la bienaventurada Virgen María. Ella, por privilegio del todo singular, venció al pecado con su concepción inmaculada; por eso no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro ni tuvo que esperar la redención de su cuerpo hasta el fin del mundo».

El 30 de octubre de 1950, antevíspera de la definición del dogma, Pío XII había tenido la gracia extraordinaria de contemplar en los jardines vaticanos el mismo espectáculo solar en que el astro rey hizo cabriolas en el cielo como un globo de fuego. Más de treinta años antes, el 13 de octubre de 1917, 70 000 peregrinos habían presenciado el mismo fenómeno en Fátima. La danza del sol se repitió ante los ojos del papa Pacelli el 31 de octubre y el 8 de noviembre. El Sumo Pontífice entendió el prodigio como el sello de confirmación del Cielo al recién proclamado dogma y un estímulo para desarrollar el gran movimiento mariano que tras la proclamación de la Inmaculada Concepción y la Asunción clamaba a voces por la proclamación de la Mediación de María y la consagración de Rusia a su Corazón Inmaculado.

Eugenio Pacelli había sido consagrado obispo en Roma el 13 de mayo de 1917, día en que se inició el ciclo de apariciones marianas a los pastorcitos de Fátima: Lucía, Jacinta y Francisco. El 31 de octubre de 1942, Pío XII había consagrado la Iglesia y el mundo al Corazón Inmaculado de María. Desde entonces, el nombre y el mensaje de Fátima habían comenzado a difundirse por todo el orbe católico. Por ese motivo, lo consideraban el Papa de Fátima, y estaban convencidos de que durante su pontificado se cumpliría lo que había pedido la Virgen a los tres videntes de Cova de Iría: la difusión de la práctica reparadora de los primeros sábados de mes y la consagración solemne de Rusia al Corazón Inmaculado de María por parte del Papa con todos los obispos del mundo.

Desgraciadamente, no fue así. Ni Pío XII ni los pontífices que lo sucedieron han hecho caso plenamente de dichas peticiones. El mensaje de Fátima nos ayuda, con todo, a ver a la luz de la Asunción otras verdades de la Fe católica, en particular las de la realeza de María y su mediación universal.

El dogma de la Asunción está estrechamente ligado al privilegio de la realeza de María, por el cual Ella fue coronada en la gloria celestial y reina sobre el Cielo y la Tierra como soberana de la Iglesia militante, purgante y triunfante y como reina de los ángeles y de los santos. El día de la Asunción es de hecho el día de la glorificación y coronación de María en el Cielo. Si en la eternidad pudiera distinguirse un día de otro, habría que decir que no hubo jamás día más hermoso y extraordinario.

El grandioso plan que había previsto Dios para María en la ilimitada visión de su mente infinita había previsto que hallara su pleno cumplimiento en el día en que la Virgen abandonó definitivamente la Tierra para instalarse en cuerpo y alma en el Cielo en el trono de la eterna gloria. El profeta Elías fue arrebatado al Cielo en un carro de fuego que, según los exégetas, fue un grupo de ángeles que lo elevaron del suelo. En el caso de María no se trató sólo de un grupo de ángeles, sino que también –como dice San Alfonso María de Ligorio en su obra maestra Las glorias de María— el propio Rey del Cielo vino a recogerla y la acompañó al Paraíso acompañado de toda la corte celestial. Por eso afirma San Pedro Damián que la Asunción de María fue un espectáculo más grandioso aún que la Ascensión de Jesucristo, porque en el caso del Redentor vinieron a su encuentro únicamente los ángeles, mientras que al de la Virgen salió el Señor mismo, Rey del Cielo, con toda la muchedumbre de los ángeles y los santos.

En el momento en que la Virgen entró en el Cielo, los habitantes de la Gloria quedaron estupefactos ante tanta belleza y repitieron las palabras del Cantar de los cantares (8,5): «¿Quién es esta hermosura que sube del desierto de la Tierra, lugar de espinos y tribulaciones? ¿Quién es?» Según San Alfonso, los ángeles que la acompañaban respondieron con estas palabras: «Es la Madre de nuestro Rey, nuestra Reina, bendita entre todas las mujeres; la llena de gracia, la Santa entre los santos, la amada de Dios, la Inmaculada, la paloma, la más bella de las criaturas» (Las glorias de María, 165).

Si la mente humana, dice San Bernardo, no es capaz de comprender la inmensa gloria que Dios ha preparado en el Cielo para quienes lo han amado en la Tierra, ¿quién alcanzará a comprender –añade– la gloria que Él había preparado para su dilecta Madre, que en la Tierra lo amó más que ningún hombre desde el primer momento en que fue creada, más que todos los hombres y todos los ángeles juntos?

Allí la esperaba un trono pensado y preparado para Ella desde la eternidad. El Cielo quedó iluminado por una luz jamás vista. María fue elevada por encima de todos los coros de los ángeles y los santos. Sólo hay un trono superior al suyo: el de Jesús. Los otros están todos por debajo. Dice San Alfonso que «como la Virgen María fue exaltada para ser Madre del Rey de reyes, con toda razón la honra la Iglesia con el título de Reina». Mediante la encíclica Ad Coeli Reginam del 28 de octubre de 1954, Pío XII instituyó la fiesta de María Reina para que se celebrase en todo el mundo cada 31 de mayo, y dispuso que ese día se renovase la consagración del género humano al Corazón Inmaculado de María.

Al coronar a la Virgen Asunta como Reina, el Señor la hizo dispensadora de todas las gracias.

Desde su primer fiat la Virgen ya estaba asociada a la obra redentora de Jesús. La redención es una obra única que se compone, no obstante, de dos partes: una la cumplió Jesús con su Pasión, asociando a Sí a la Virgen como corredentora: de ese modo se adquirieron todas las gracias necesarias para nuestra salvación. La segunda parte es la que aplica tal tesoro de gracias, y la está cumpliendo en el Cielo Jesús, asociando una vez más a Él a la Virgen como mediadora de todas las gracias. Es una verdad de capital importancia para nuestra vida espiritual, y también para toda la humanidad. En realidad, sabemos que sin la ayuda de Dios nada podemos, y que al contrario, con la ayuda de Él todo es posible. Esa ayuda de Dios se obtiene a través de la gracia, a la que debemos corresponder con nuestra fe y nuestras obras. La gracia depende de Dios, peo Él ha dispuesto que la distribución de las gracias dependa de la Virgen. María es la mediadora universal y el conducto por el que nos llegan todas las gracias. Si un hombre, o un país, o un pueblo entero piden una gracia a María, la obtendrán. De lo contrario se perderían. No hace falta que creamos esta verdad de fe para que sea cierta. Es verdad independientemente de nosotros, pero creyendo en esta verdad, profesándola de palabra y en la práctica, alcanzaremos todos los beneficios. Y tenemos una grandísima necesidad de la gracia en los difíciles tiempos que vivimos. La necesitamos, cada uno de nosotros en concreto; la necesitan nuestras familias; la necesita nuestra nación; y la necesita sobre todo la Iglesia, que vive un momento dramático de su historia.

Debemos rezar porque sesenta años después de la proclamación de la Asunción se haga realidad la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María y la Iglesia proclame nuevos dogmas marianos. La proclamación oficial de un gran dogma mariano como el de la mediación universal de María y su corredención de la humanidad, podrían brindar una solución decisiva a la crisis de nuestro tiempo: mostrar a la humanidad que sólo en María y gracias a Ella está el ancla de salvación ante los problemas que la afligen.

A veces tenemos la sensación de encontrarnos en tinieblas, pero si miramos a lo alto, a la Virgen Asunta, se abre un trozo de Cielo y vislumbramos el fulgurante espectáculo de la Virgen, que vino en persona a Fátima para prometernos su reino en el Cielo y la Tierra con las palabras «al fin, mi Corazón Inmaculado triunfará». Quien confía en Ella no quedará defraudado.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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