fbpx

Los setenta años de la “Humani Generis” de Pío XII

Propósitos de esta recordación

El 12 de agosto pasado se cumplieron setenta años de la publicación de la Carta Encíclica ´Humani Generis´ (12 de agosto de 1950), del Papa Pío XII, ´sobre las falsas opiniones contra los fundamentos de la doctrina católica´.

Excepción hecha de la Encíclica ´Rerum Novarum´ (1891) de León XIII, con la secuela de textos pontificios que la siguieron para celebrarla y actualizarla, no tengo presente que la Iglesia se haya propuesto la conmemoración y aclamación de un documento que retenga valioso por su doctrina, oportunidad y benéficos efectos que proporciona. Puede decirse, más bien, que la Encíclica que ahora me ocupa pretendió ser una suerte de continuidad de la ´Pascendi Domini gregis´ (1907), formidable condenación de los errores modernistas de la mano del preclaro San Pío X.

 ¿Por qué me propuse recordar esta breve y precisa página del Magisterio del Papa Pío XII? Las razones las pensé y escribí antes de la fecha conmemorativa.

Primero, porque es altamente probable que nadie la recuerde, ni la celebre; casi desapercibidos pasaron en la Santa Sede los cincuenta años de la ´Humanae Vitae´ (25 de julio de 1968), con la enorme vigencia que mantiene hoy, imagino, por tanto, que peor suerte habrá de correr la Humani Generis, con su desusado lenguaje y repleta como está de advertencias y condenaciones a puntos de doctrina, gestos y prácticas que han devenido habituales en la Iglesia de hoy. Segundo, porque valdría la pena reconquistar del olvido la extraordinaria figura y el magnífico pontificado del romano Eugenio Pacelli, Papa Pío XII desde marzo de 1939 hasta su muerte en 1959. Declarado ´venerable´ por el Pontífice Benedicto XVI, ha sido el único gesto brioso para arrancarlo del deprimente arcón de ´Papas preconciliares´.

A propósito de lenguaje, impactará de inmediato el  sub-título del texto pontificio para un lector actual del Magisterio de la Iglesia, acostumbrado al despojo sistemático de términos relativos a ´error´, ´falsedad´, ´amenazas´, ´fundamentos de la doctrina católica´, etc. Se trata de un vocabulario que la Iglesia mantiene en un confinamiento “preventivo, obligatorio” y  decepcionante desde una cuarentena inmemorial. La llamada ´guerra semántica´ no es principalmente un cambio en los términos significantes, por más que esas alteraciones sean las que llamen nuestra atención. En rigor, el vaciamiento lingüístico es un problema metafísico como bien lo ha explicado el P. Battista Mondin[1].

Siguiendo la conclusión de mi propia lectura, el texto de la Encíclica ofrece una división tripartita que, aunque no sea fiel al orden lineal de la exposición, puede presentarse de la siguiente manera. En primer término, tiene lugar una enumeración y refutación de los principales errores de su tiempo. Segundo, una explícita recomendación de la filosofía cristiana que la Iglesia ha aceptado, aprobado y recomienda para la formación de sus futuros sacerdotes, que no es otra que “el método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico” (25), citando el canon 1366, 2, del antiguo Código de Derecho Canónico. En tercer lugar, asegurar el valor del magisterio doctrinal y la autoridad de la Iglesia en las cuestiones concernientes a las nuevas propuestas de exégesis de la Palabra de Dios.

Concuerdo bastante con la estructura de la edición de la Encíclica que puede leerse en la página de la Santa Sede. En efecto, además de la Introducción, se enuncian tres partes claramente distinguibles. Una primera, sobre ´Doctrinas Erróneas´; la segunda, ´Doctrina de la Iglesia´, la tercera, finalmente, ¨Las Ciencias´. En rigor, esta división no está en el original latino de las Actas Apostólicas de la Santa Sede (AAS).

Ya dije cuáles son los propósitos de este recordatorio. Aunque no explicitada, descarto cualquier comparación de la Humani Generis, y de Pío XII, con el actual Papa Francisco y su Magisterio, admitiendo empero que dicho ejercicio resulta un tanto inevitable. La modesta lectura que propongo de la Humani Generis es arbitraria, pues podría haber escogido otros puntos relevantes en los que detenerme. Elegí los que siguen que a mi parecer merecen alguna consideración.  

Juicio crítico del evolucionismo y del poligenismo

En primer lugar, la cuestión del evolucionismo y del poligenismo que aborda Pío XII en los puntos 29 y 30 de la tercera parte, dedicada a las ciencias. Concede el Pontífice que pueda investigarse con cierta libertad “la doctrina del evolucionismo” que examina el origen del cuerpo humano a partir de una materia viva preexistente, sin que dicha proposición abandone el estado de hipótesis de investigación para convertirse en una verdad inconcusa, pues algunos obran “como si el origen mismo del cuerpo humano de una materia viva fuese ya absolutamente cierto y demostrado por los indicios hasta el presente hallados”. Defensores e impugnadores de tal teoría deben disponerse por igual “a obedecer al dictamen de la Iglesia, a quien Cristo confirió el encargo de interpretar auténticamente las Sagradas Escrituras y de defender los dogmas de la fe” (29).

Por el contrario, el número 30 expresa una condena explícita y firme de la tesis ´poligenista´.  En efecto, ni “Adán significa el conjunto de muchos primeros padres”, ni tampoco “hubo en la tierra verdaderos hombres no procedentes del mismo protoparente (Adán) por natural generación”, como textualmente refiere la Humani Generis. La polémica poligenista pareciera haber perdido vigor al día de hoy, no así los diversos rostros que continúa adoptando la hipótesis evolucionista.

Por lo demás, y especialmente en los puntos 3 y 7 de la ´Introducción´, Pío XII se ocupa de enumerar y descalificar una serie de errores filosóficos, algunos de los cuales horadan las bases mismas de la labor teológica, que necesita de instrumentos nocionales proporcionados por la razón para desentrañar las verdades de fe. Así, por ejemplo, quedan estigmatizados el “sistema evolucionista”- que referí en el párrafo anterior – la “hipótesis monística y panteísta de un mundo sujeto a perpetua evolución” (…) y “los comunistas” que valiéndose de las antedichashipótesis propagan “su  materialismo dialéctico”.

Fuente de ulteriores errores es el evolucionismo puesto que al resistir “todo lo que es absoluto, firme e inmutable, abre el camino a una moderna seudofilosofía, que, en concurrencia contra el idealismo, el inmanentismo y el pragmatismo, ha sido denominada existencialismo, porque rechaza las esencias inmutables de las cosas y no se preocupa más que de la ´existencia´ de cada una de ellas”. Y en el párrafo siguiente despacha como inviable “un falso historicismo, que se atiene solo a los acontecimientos de la vida humana y tanto en el campo de la filosofía como en el de los dogmas cristianos destruye los fundamentos de toda verdad y ley absoluta” (3).

El “irenismo” condenado vuelve hoy por sus fueros

Olvidado el término en el lenguaje eclesial contemporáneo, por el desfallecimiento que supone caracterizarlo como error, extraña resulta la condena del “irenismo”, “tanto más grave cuanto más se oculta bajo la capa de virtud” (…) “Muchos, pasando por alto las cuestiones que dividen a los hombres, se proponen no sólo combatir en unión de fuerzas al arrollador ateísmo, sino también reconciliar las opiniones contrarias aun en el campo dogmático” (…) “Así tampoco faltan hoy quienes se atreven a poner en serio la duda de si conviene no sólo perfeccionar, sino hasta reformar completamente, la teología y su método a fin de que con mayor eficacia se propague el reino de Cristo en todo el mundo, entre los hombres todos, cualquiera que sea su civilización o su opinión religiosa”. Y por causa de  este “imprudente irenismo, parecen considerar como un óbice para restablecer la unidad fraterna todo cuanto se funda en las mismas leyes y principios dados por Cristo y en las instituciones por El fundadas o cuanto constituye la defensa y el sostenimiento de la integridad de la fe, caído todo lo cual, seguramente la unificación sería universal, en la común ruina” (7), remata Pío XII el análisis de este extravío.

Más arriba afirmé que resultaría un tanto inevitable la comparación de esta luminosa página con el actual Magisterio de la Iglesia y con las inveteradas prácticas eclesiales que, desde el conciliar acostumbramiento al lenguaje de “hermanos separados” hemos arribado al vacilante sostenimiento de la fe católica con la reciente ´luteranización´ de la Iglesia Romana.

Nuevas advertencias sobre esta falsedad pueden leerse en diversos pasajes de la Encíclica. “No crean, cediendo a un falso ´irenismo´ – escribe Pío XII en el número 34 – que pueda lograrse una feliz vuelta —a la Iglesia— de los disidentes y los que están en el error, si la verdad íntegra que rige en la Iglesia no es enseñada a todos sinceramente, sin ninguna corrupción y sin disminución alguna” (…) “Algunos no se consideran obligados por la doctrina (…) según la cual el Cuerpo Místico de Cristo y la Iglesia católica romana son una sola y misma cosa. Otros reducen a una pura fórmula la necesidad de pertenecer a la verdadera Iglesia para conseguir la salud eterna” (21)

Notablemente señala Pío XII que estos, y otros errores, “se divulgan o por cierto afán de novedad o por un inmoderado celo de apostolado. Pero sabemos también que tales nuevas opiniones hacen su presa entre los incautos, y por lo mismo preferimos poner remedio en los comienzos, más bien que suministrar una medicina, cuando la enfermedad esté ya demasiado inveterada” (33).

Cuando menos llamativa parecería esta sugerida relación entre “irenismo” e “inmoderado celo de apostolado”. Dos imágenes actuales se presentan con posibilidades de conjugar aquel vínculo. O bien, pasar por alto lo que divide a los creyentes, cristianos en particular, a fin de que todos formen parte de esta nueva “Iglesia en salida”, sin doctrinarias exigencias previas o recaudos sacramentales discriminatorios; o bien, convertir la Iglesia en ese augurado “hospital de campaña” en el que no sería ´religiosamente correcto´ indagar sobre los indicadores normales de salud de los “heridos graves”. Bien se sabe que ambas son grandilocuentes metáforas de propiedad intelectual del Papa Francisco que no han hecho otra cosa que sembrar una espesa bruma en el recto ´intellectus fidei´ del pueblo cristiano fiel.

La otra cara del modernísimo “irenismo” eclesial no consistiría sino en borrar todo límite entre la Iglesia de Cristo y las confesiones religiosas y concluir amasando toda creencia en una suerte de religión universal, revestida de las espléndidas notas de humanismo, fraternidad universal, pacifismo, ecologismo, encuentro, diálogo, compulsiva comunión en la boca, diaconisas, o ´monaguillas a lo menos, y otros atributos que no dejan de escucharse como “graznidos desconsoladores” desde los vértices supremos del Poder Eclesial.

Con Pío XII, roguemos para que “la enfermedad no esté ya demasiado inveterada”, y concluyo esta parte pidiendo disculpas pues acabé haciendo lo que había prometido que no iba a hacer aunque resultase un tanto inevitable.

La recomendación de Santo Tomás de Aquino en la ´Humani Generis´

Como se dijo, ´el método, la doctrina y los principios del Doctor Angélico´ refiere la cita textual del antiguo Codex Iuris Canonicis (CIC) (canon 1366, 2) que recomienda a Santo Tomás de Aquino en lo concerniente a la formación filosófica de los futuros sacerdotes (Humani Generis, 25).

Esta recomendación tiene su origen y fundamento en la encomiable ´Aeterni Patris´, del Papa León XIII, dedicada a proponer ´la restauración de la filosofía cristiana conforme a la doctrina de Santo Tomás de Aquino (4 de agosto de 1879). Y bien, “(…) la preferencia que da la Iglesia al método y a la doctrina del Doctor Angélico no es una preferencia exclusiva; al contrario, se trata de una preferencia ejemplar, que permitió a León XIII declararlo: “inter Scholasticos Doctores, omnium princeps et magister” (Aeterni Patris13). Y esto es verdaderamente Santo Tomás de Aquino, no sólo por la competencia, el equilibrio, la profundidad, la limpidez del estilo, sino aún más por el vivísimo sentido de fidelidad a la verdad, que también puede llamarse realismo. Fidelidad a la voz de las cosas creadas, para construir el edificio de la filosofía; fidelidad a la voz de la Iglesia, para construir el edificio de la teología”, expresará Juan Pablo II en el discurso de despedida a los participantes del VIII Congreso Tomista Internacional (13/09/1980, 2).

Aquella originaria recomendación ha perdurado hasta el Decreto ´Optatam totius´ (Concilio Vaticano II), sobre la formación sacerdotal,  que en su número 16, explicando las exigencias a las que ha de atenerse la formación de los candidatos al sacerdocio en lo que respecta a las disciplinas teológicas, declara que “(…) para ilustrar de la forma más completa posible los misterios de la salvación, aprendan los alumnos a profundizar en ellos y a descubrir su conexión, por medio de la especulación, bajo el magisterio de Santo Tomás”, citando a pie de página precisamente un discurso de Pío XII a los alumnos de los seminarios (24/06/1939) y dos alocuciones de Pablo VI; una pronunciada en la Universidad Gregoriana de Roma (12/03/1964), la otra leída a los participantes del VI Congreso Tomístico Internacional ( 10/09/1965). Desde luego que en estas tres piezas discursivas consta la expresa recomendación de la autoridad doctrinal del santo Doctor de Aquino.

Esta continuidad, con sus más y sus menos, se mantuvo con Juan Pablo II (tengamos presente la admirable Encíclica ´Fides et Ratio´, de 1998) y hasta Benedicto XVI, con tres catequesis dedicadas a Santo Tomás, filósofo (02/06/2010), teólogo (16/06/2010) y educador (23/06/2010); no obstante no haber tenido el Papa Ratzinger primaria formación tomista.

Pero retornemos a Pío XII y la ´Humani Generis´. Primeramente, puede leerse un clarísimo elogio del Aquinate al decir que “(…) por la experiencia de muchos siglos sabemos ya bien que el método del Aquinatense se distingue por una singular excelencia, tanto para formar a los alumnos como para investigar la verdad, y que, además, su doctrina está en armonía con la divina revelación y es muy eficaz así para salvaguardar los fundamentos de la fe como para recoger útil y seguramente los frutos de un sano progreso (AAS XXXVIII, 1946, 387)” (25).

Patente es el elogio de la doctrina de Santo Tomás al parangonarla con la Divina Revelación y para asegurar dentro de saludables cauces todo legítimo progreso de investigación en las disciplinas filosófico-teológicas.

Los errores de ayer, de hoy y de siempre

Se lamenta, empero, Pío XII de una deplorable crítica de la ´sana filosofía´ que la Iglesia ha adoptado, denominándola, sus detractores, “anticuada por su forma y racionalística (así dicen) por el progreso psicológico. Pregonan que esta nuestra filosofía defiende erróneamente la posibilidad de una metafísica absolutamente verdadera; mientras ellos sostienen, por lo contrario, que las verdades, principalmente las trascendentales, sólo pueden convenientemente expresarse mediante doctrinas dispares que se completen mutuamente, aunque en cierto modo sean opuestas entre sí” (26).

Esta afirmación arroja luz sobre la tesis evolucionista, en los términos dialécticos del idealismo de G.W.F. Hegel (1770-1831); además, patrimonio del historicismo sería el tenor de la segunda crítica que reprocha a “la filosofía enseñada en nuestras escuelas” (la Escolástica) no ser “un método filosófico que responda ya a la cultura y a las necesidades modernas”, concediendo que pueda haber desempeñado su papel histórico de acuerdo con la “mentalidad del Medioevo”. Conviene tener presente que el error historicista no es sino el ´eterno retorno´ que acompaña inevitablemente el costado dialéctico del idealismo, casi como si fuese el rostro bifronte de Jano.

De hecho, cercano a nuestro tiempo, Juan Pablo II ha fustigado el error historicista en la ´Fides et Ratio´, ´sobre las relaciones entre Fe y Razón´. Explica que “la tesis fundamental del historicismo consiste en establecer la verdad de una filosofía sobre la base de su adecuación a un determinado período y a un determinado objetivo histórico. De este modo, al menos implícitamente, se niega la validez perenne de la verdad. Lo que era verdad en una época, sostiene el historicista, puede no serlo ya en otra (…) la historia del pensamiento es para él poco más que una pieza arqueológica a la que se recurre para poner de relieve posiciones del pasado en gran parte ya superadas y carentes de significado para el presente” (87).

De ningún modo es banal este ejercicio confirmatorio de la continuidad del Magisterio de la Iglesia para sostener los ánimos decaídos frente a la ruptura que nos ofrece el presente, cuando se escuchan autorizadas voces eclesiales que profieren con el alborozo imbécil de los ignorantes la emergencia de “nuevos paradigmas”.

Por lo demás, inmanentismo e idealismo son censurados en el número 26 de la Humani Generis. Lo son por las razones que venimos considerando, pero también porque las fórmulas que expresan el dogma católico no pueden “ligarse a cualquier sistema filosófico efímero”, que es una de las tesis preferidas del modernismo teológico.

´ ¿Si Tomás se apropió de Aristóteles y sus categorías, estando prohibido el Filósofo en su tiempo, por qué no apropiarse de Hegel, de Kant, de Heidegger y de otros para la necesaria labor teológica que dé respuestas al hombre contemporáneo?´. Pregunta obligada de la progresía teológica. Historicista como es, sostenía que así como las categorías aristotélicas y neo-platónicas sirvieron como base racional para la elaboración teológica del pasado, bien podría suponerse, por ejemplo, que las categorías de la filosofía contemporánea, las de un Martin Heidegger (1889-1976) y su ´existencialismo´, pueden emplearse para la edificación de la teología de nuestro tiempo, a la vista de nuevas realidades culturales, sociales, etc.

Hoy, la respuesta católica nos parece ya establecida y diríamos sin ambages que hay incompatibilidad irreductible entre la ´filosofía del ser´ y esta del ´devenir´; y que no es lo mismo decir “el Ser en su develación histórica”, que decir “historicidad del Ser”, aunque los términos sean casi los mismos.

La firmeza de aquella respuesta, con todo, no despejó la niebla de unos cuantos hombres de talento dentro de la Iglesia que sí adhirieron a la ´historicidad´ del Ser en los límites propuestos por el filósofo de la Selva Negra. Un precioso libro del P. Cornelio Fabro (1911-1995), traducido al castellano como “La aventura de la teología progresista” (EUNSA, Pamplona, 1976), muestra cómo la ontología fundamental de Martin Heidegger rechaza la “inversión antropológica” de la teología “de la secularización”, impulsada por nombres de peso, algunos de los cuales prohijaron discípulos hoy vivientes[2].

Un ulterior reproche a Santo Tomás, como el exponente más egregio de la filosofía perenne, recoge la Humani Generis cuando parafrasea el pensamiento de los críticos al decir que aquélla “no es sino la filosofía de las esencias inmutables, mientras que la mente moderna ha de considerar la existencia de los seres singulares y la vida en su continua evolución. Y mientras desprecian esta filosofía ensalzan otras, antiguas o modernas, orientales u occidentales, de tal modo que parecen insinuar que, cualquier filosofía o doctrina opinable, añadiéndole —si fuere menester— algunas correcciones o complementos, puede conciliarse con el dogma católico. Pero ningún católico puede dudar de cuán falso sea todo eso, principalmente cuando se trata de sistemas como el Inmanentismo, el Idealismo, el Materialismo, ya sea histórico, ya dialéctico, o también el Existencialismo, tanto si defiende el ateísmo como si impugna el valor del raciocinio en el campo de la metafísica” (26).

Algo anticipé sobre el existencialismo en las páginas precedentes. La abolición de la metafísica por parte del existencialismo está preludiada en el punto 3 de la Humani cuando Pío XII asegura que, tratándose de una filosofía en oposición al idealismo y al pragmatismo, pecó de un lastimoso abandono metafísico al desentenderse de “las esencias inmutables de las cosas” para ocuparse, con evidentes limitaciones, de “la existencia de los seres singulares” (3). Tal vez por esa intrínseca fragilidad ontológica fue fácil presa del corrosivo ácido del ´pensiero debole´ y del nihilismo, de tal suerte que solo de un modo lejano y con tono melancólico evocamos aquella filosofía como un endeble gemido.  

´At the end of the day´, Tomás fue un santo

Nada dice Pío XII en su Encíclica sobre la intimidad del santo fraile Tomás de Aquino. Por eso, acabando este homenaje a la Humani Generis y a Pío XII,  lo último que diré es solamente mío, aunque con elogiables ayudas.

La santidad de Tomás es lo que ha de contar pues su vida de teólogo, profesor, maestro, escritor, predicador y de religioso no pudo haber sido lo que fue sino hubiera “corrido la carrera” del mejor modo concebible, tal como testimonia San Pablo de sí mismo. Y así fue su corta vida y su bella muerte, esto es, que vivió y murió como hombre de Dios con la gravedad que tienen estas palabras

´Al fin de cuentas´, lo que realmente  importa es que no gozaríamos de las precisas distinciones de Tomás, no beberíamos sin jamás saciarnos de su magnífica ciencia, no nos deleitaríamos de elevarnos a las altas fuentes de sabiduría si fray Tomás no hubiera consumado en amor la obra a la que la Sabiduría Divina lo destinó.

“´Tú has hablado bien de mí, Tomás´ – respondió el Crucifijo -. ´ ¿Cuál será tu recompensa?´. Y la respuesta que dio Tomás es la que también nosotros, amigos y discípulos de Jesús, quisiéramos darle siempre: ´ ¡Nada más que tú, Señor!´”, concluye Benedicto XVI su catequesis sobre Santo Tomás, filósofo.

Ernesto Alonso


[1] Mondin, Battista. Cómo hablar de Dios hoy. El lenguaje teológico. 2da., edición. Madrid, Paulinas, 1979, pp. 9 a 16.

[2] Fabro, Cornelio. La aventura de la teología progresista. Pamplona, EUNSA, 1976, pp. 47 a 52. 

Del mismo autor

Las crisis de la Iglesia como oportunidad para el cristiano

Si aceptamos llamar crisis de la Iglesia a aquellas situaciones en...

Últimos Artículos