La fiesta de la Anunciación, que se celebra el 25 de marzo, ha caído en 2026 en la Semana de Pasión, que precede a la Semana Santa. Esta proximidad de fechas nos ayuda a entender mejor la profunda verdad de la Corredención de María, que se funda precisamente en un misterioso vínculo entre su fíat en Belén y su presencia junto a su divino Hijo en el Calvario.
«La Corredención, profetizada por Dios en el protoevangelio inmediatamente después de la culpa original, comenzó a verificarse el día de la Anunciación (Lc. 1, 38 ss.)», afirma un eminente teólogo como el P. Gabriele Maria Roschini (Corredenzione, en Enciclopedia Cattolica, vol. IV, Roma 1950, p. 642).
El pasaje bíblico que expresa con más claridad la participación de la Virgen en la redención de la humanidad es el del primer capítulo de San Lucas (vv. 26-38), donde el arcángel Gabriel anuncia a María el misterio de la Encarnación. Esta pasaje nos muestra que, con miras a cumplir sus eternos designios, todos ellos destinados a la salvación de los hombres, Dios dispuso como condición previa y necesaria el libre asentimiento de la Santísima Virgen María.
Los Padres y Doctores de la Iglesia exaltan la eficacia de dicho asentimiento, y afirman que Dios lo puso como condición para la obra de la Redención del género humano y que, con ese fin, concedió a María una gracia eficaz que hizo su fíat libre, saludable y meritorio. Por eso, con las palabras fiat mihi secundum verbum tuum con que repuso al saludo angélico, la Santísima Virgen dio su consentimiento a la Encarnación redentora. Explica monseñor Pier Carlo Landucci que el fíat fue un acto de sublime sacrificio. De hecho, a la Virgen no podía faltarle un conocimiento adecuado al cumplimiento de su misión. Así pues, tenía pleno conocimiento de la inmensa dignidad a la que se la estaba elevando, pero también de los inmensos sacrificios que la aguardaban. María no sólo veía ante Sí la grandeza de la divina maternidad y la gloria que la esperaba como Reina del Cielo y de la Tierra, sino también de los inauditos padecimientos que tendría por ser Madre del Verbo Encarnado, destinado a inmolarse por la humanidad en el Calvario. De ahí que su fíat deba considerarse «el más heroico acto de abandono a Dios y oferta dolorosa que quepa concebir en este mundo tras el del Divino Salvador» (Pier Carlo Landucci, Maria Santissima nel Vangelo, Edizioni Paoline, Roma 1953, p. 64).
Afirma San Bernardo que la Pasión de Jesús se inició con su nacimiento. Y añade San Alfonso María Ligorio: «María, del todo semejante a su Hijo, padeció su martirio durante toda su vida. Por eso se le aplica el pasaje de Jeremías: “Grande como el mar es tu quebranto” (Lam. 2, 13). Sí, porque como el mar es amargo y salado, así la vida de María estuvo llena de amargura a la vista de la pasión futura de su Hijo» (Las glorias de María, 2ª parte, sección 1, discurso 9º 1,1).
Y si la Anunciación fue el fundamento de la Corredención y Mediación de María, su compasión en el Calvario fue el cumplimiento perfecto. Benedicto XV lo explicó así: «De tal modo, juntamente con su Hijo paciente y muriente, padeció y casi murió; y de tal modo, por la salvación de los hombres, abdicó de los derechos maternos sobre su Hijo, y le inmoló, en cuanto de Ella dependía, para aplacar la justicia de Dios, que puede con razón decirse que Ella redimió al género humano juntamente con Cristo. Y por esta razón, toda suerte de gracias que sacamos del tesoro de la Redención nos vienen, por decirlo así, de las manos de la Virgen dolorosa» (Carta apostólica Inter sodalicia, 22 de marzo de 1918).
Pero la Corredención de María no terminó en el Calvario. Continúa hoy en día cuando aplicamos a nuestras almas los méritos del Redentor. Es decir, la ampliación actual de las gracias divinas que a diario se otorgan a todo cristiano para permitir que se salve y santifique. En este sentido se podría decir con monseñor Landucci que nos concibió en el acto mismo de la Encarnación del Verbo Divino en su seno inmaculado. Nos hizo nacer también al pie de la Cruz con el tremendo desconsuelo de su compasión. Y actualmente nos hace nacer y crecer al continuar su acción maternal en el Cielo aplicándonos las gracias de la Redención (Cento problemi di fede, Tip. Francati, Roma 2003, p. 367).
Por esa razón, asevera el P. Bover que la cooperación de la Virgen a la obra de la redención de la humanidad y, por consiguiente, su mediación universal abarca tres fases o momentos principales: la Encarnación, el Calvario y el Cielo. Es más, la obra de Cristo se inició en el momento de la Encarnación, se consumó en el Calvario y se perpetúa hoy en el Cielo gracias a su perenne intercesión. La cooperación de la Santísima Virgen comprende esas tres mismas fases aunque, según explica el padre Bover, exista una diferencia entre la obra del Hijo y la cooperación de la Madre. El momento principal para Jesucristo fue la muerte en la Cruz, que se preparó mediante la Encarnación, y la intercesión en el Cielo es su cumplimiento o aplicación. En cambio, para María el momento principal fue necesariamente la Encarnación, ya que Ella interviene en la obra de la Redención ni más ni menos que como Madre del Redentor. Y evidentemente esa maternidad tenía como principal objeto la Encarnación del Redentor. Estos tres momentos o fases, aunque lógicamente sean distintos, no están separados en la mente y los planes de Dios. No son tres obras en Jesucristo, ni tres cooperaciones en María, sino una sola obra y una sola cooperación, de la que se podría decir que en el pensamiento de Dios un bloque único o una unidad indivisible (V. Jose María Bover, María mediadora universal, BAC Madrid 1946).
Contra toda forma de minimalismo mariano, evocamos la sentencia lapidaria de aquel gran teólogo dominico que fue el padre Réginald Garrigou-Lagrange: «El principio rector de la mariología es el siguiente: que María es Madre del Dios Redentor y está por tanto asociada a su obra» (La Madre del Salvatore e la nostra vita interiore, tr. it. Fede e Cultura, Verona 2023, p. 215).




























