fbpx

Una Navidad para hoy

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios. Todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.

Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos creyeran. No era él la luz, sino el que debía dar testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo se hizo por él, y el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron.

Pero a cuantos le recibieron les dio la potestad de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre, que no han nacido de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni del querer del hombre, sino de Dios.

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.  (Jn 1: 1—14)

Podríamos comenzar esta exhortación recordando los hermosos versos de Miguel Hernández, ya conocidos de vosotros:

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.   

Y así es, efectivamente, porque en un día como el de hoy ¡tendríamos que hablar de tantas cosas…! ¿Y cómo podríamos hablar acerca de lo que significa el Misterio de la Navidad, del hecho de que Dios se hiciera hombre, que naciera y viviera como uno de nosotros y que, al fin, muriera entre nosotros? Es decir: del hecho de que Dios se hiciera, no ya como nosotros, sino exactamente uno de nosotros. La verdad es que, por mucho que hablemos sobre el tema, no haremos otra cosa que balbucear. Siempre nos quedaremos demasiado lejos; incluso del umbral del Misterio. Pues es lo cierto que Dios se hizo un niño.

Recordad la consigna dada por Jesús a sus seguidores de todos los tiempos: Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. En la que está contenido el sentido de la existencia cristiana: que es necesario hacerse como niños para entrar en el Reino de los Cielos.

Pero Él no se hizo como un niño, ¡sino que se hizo niño! Tal vez convenga repetirlo: efectivamente; porque realmente se hizo un niño. Según lo cual, y siguiendo la misma pauta, hacerse niño y vivir como niño, o prolongar la infancia a lo largo de toda la existencia terrena, constituye el ideal de todo discípulo de Jesús. O dicho de otro modo, el ideal de la existencia cristiana consiste en ser siempre un niño.

Por supuesto que alguien podría pensar: Pero, ¿acaso la vejez, ya en la recta final de la vida, no significa haber alcanzado el punto culminante de la madurez humana y, sobre todo, del crecimiento y la identificación con Cristo y en Cristo? ¿Acaso la vejez, por otra parte, no es la decrepitud, el final de la existencia terrena para un ser humano, el agotamiento de las fuerzas y de las posibilidades?

Sin embargo pongamos las cosas en su sitio. Pues la vejez no es sino la culminación de la infancia. Lo que sucede, al contrario de lo que ordinariamente pensamos, es que no siempre vemos las cosas como son. Porque efectivamente —habrá que repetirlo— la vejez es el cenit de la infancia. O también, la misma infancia pero llegada al punto culminante al que estaba destinada la existencia. Es verdad que, a pesar de que nuestro cuerpo se deshace cada día que pasa, nuestro espíritu, en cambio, se va acercando cada vez más al Señor, en continua maduración. La vejez es la misma infancia del principio de la vida, aunque florecida ahora en una exhuberancia de madurez, de sabiduría y de experiencia; a la que le ha sido concedida, sobre todo, la gracia inestimable de alcanzar la plenitud mediante el procedimiento de compartir la vida, la muerte y la entera existencia del Señor.

Porque una cosa es la vejez del cuerpo y otra la del espíritu. La vejez del cuerpo, en cuanto que supone el desmoronamiento del organismo, día tras día, con la consiguiente disminución de las fuerzas físicas, es inevitable que llegue. Y sin embargo la infancia del espíritu siempre permanece. Más todavía, puesto que en increíble paradoja crece constantemente: cada día es más infancia, que es lo mismo que decir que es cada vez más gloriosa, a medida que va acumulando todas las maravillas que encierra la niñez. Por eso moriremos siendo más niños; a saber: más sencillos, más humildes, más puros, más sinceros, más generosos, y más limpios de corazón que el día en que fuimos bautizados y recibimos por primera vez la gracia del Señor.

De ahí que el ideal de cualquier cristiano, en contra de lo que el mundo piensa, y también nosotros a veces, no puede consistir sino en ser el último entre todos. O el más pequeñito, el más débil y el que menos cuenta. Ya Jesús nos lo había advertido: Quien quiera ser el primero, hágase el último y el servidor de todos. De manera que, según esto, el último se convertiría en el primero. Para comprenderlo, podemos evocar sus palabras y hasta percibir sus sentimientos: Yo estoy en medio de vosotros como quien sirveYo no he venido a ser servido, sino a servirFijaos en lo que he hecho con vosotros —decía en la noche de la Última Cena— Me he puesto y os he lavado los pies; a vosotros que me llamáis Maestro, y en verdad, porque lo soy; y que me llamáis Señor, y con razón, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el Señor os he lavado los piesSi os he tratado con humildad, ternura y amor hasta el punto de ponerme, no ya a vuestra altura, sino en un grado aún más inferiorPara que, en el supuesto de que vosotros no podáis llegar hasta mí, yo llegue y pueda estar con vosotrosPues hemos de estar al mismo nivel, si acaso deseamos comprendernos y amarnos, hasta el punto de intercambiarnos el corazón y la vida

Palabras sublimes y llenas de ternura que sólo por los niños pueden ser comprendidas.

¡Los niños…! Pero si los limpios de corazón son los que ven a Dios (Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios), entonces son los niños los que ven a Dios. ¿No recordáis que era en su Primera Carta donde decía el apóstol San Juan: Os escribo a vosotros niños, porque habéis conocido al Padre? Por lo tanto, según el apóstol, quienes han conocido al Padre, o sea a Dios, son los niños. Precisamente los niños, porque aún conservan su corazón puro, y porque sus ojos limpios todavía no han sido oscurecidos por las nieblas y las suciedades del pecado. Porque ellos, los niños, son los que todavía viven la ingenuidad, creen en la rectitud de la verdad y sueñan en fantasía.

Mirad lo que sucede, por ejemplo, con la tarea de colaborar con Dios acerca de los nuevos seres humanos que vienen al mundo. Para los viejos de espíritu, o para los adultos que dejaron de ser niños, la procreación no es otra cosa que el resultado de la labor de la naturaleza, e incluso a menudo la consecuencia de un accidente. Nada más. Pero para los niños, en cambio, las cosas no son así. Cuando éramos nosotros tales niños, desconocedores de los misterios de la generación, nos preguntábamos acerca del nacimiento de los nuevos seres. Los adultos nos proporcionaban explicaciones extrañas que, precisamente por ser tales, nunca conseguían convencernos del todo. Al final, acabábamos pensando que los niños procedían de algún más allá desconocido para nosotros pero que, en último término, no podía ser otro sino Dios.

Y en efecto, así es. Pues el alma inmortal de cada niño, creada por Dios en el momento de la procreación, es infundida por Él en el cuerpecito de carne, formando así una unidad que ya en ese momento se configura como persona. Los niños están en la verdad, como siempre, cuando piensan que aquel nuevo ser viene de algún lugar desconocido y, en último término, de Dios.

Hablarle a los niños de Dios es como hablarles del agua, de los pájaros del campo, de las flores, de sus propios juegos o del aire que respiran. Oyen lo que se refiere a Dios como algo natural. Preguntad si así lo queréis a los catequistas, a los maestros cristianos y a todos los que hablan de Dios a los niños pequeños… Todos insistirán en su respuesta subrayando la buena voluntad, la apertura de corazón, la candidez y la sencillez de fe con que los niños escuchan.

Tened en cuenta un hecho importante acerca del cual los adultos también suelen estar equivocados. Los niños viajan con su mente al país de la fantasía: al mundo de las hadas, al de las brujas, al de los magos, o al de los gnomos y de los enanos. Por supuesto que piensan en todo eso…, y sin embargo no creen en eso. Alguna vez nosotros fuimos niños y leíamos con placer los cuentos de hadas, de enanos, de duendes, de gigantes y de cosas semejantes. Los leíamos con gran alegría y gozo en el corazón, al mismo tiempo que sentíamos volar nuestra imaginación… y sabíamos muy bien que nada de eso era real. Pero sí que estábamos convencidos de que existía un mundo de fantasía; o un mundo del más allá al que no llegábamos porque estaba demasiado alejado y por encima de nosotros. Pero que no por eso dejaba de existir. Nuestra niñez vivía en la creencia de que tal mundo habría de ser más sublime y hermoso, más verdadero y recto, más honrado y auténtico, de aquél en el que nos sentíamos sumergidos y en el que vivíamos. Por lo cual, en cierto sentido, hacíamos girar nuestra existencia dentro de ese mundo de fantasía.

Pero fijad vuestra atención en los viejos, en la llamada gente madura y en todos los que han dejado de ser niños. Se ríen de los pequeños porque —así lo piensan ellos— creen en las hadas y en los duendes. Cuando en realidad son ellos, los mayores, los maduros y los que han dejado de ser niños, los que creen en las brujas y viven en su mundo de fantasía…, que en este caso sí que es enteramente falso. Pues, ¿quiénes son los que nos predican sus falsas y necias utopías, excrecencias de un mundo retorcido de inútil fantasía, el cual no existe sino en las imaginaciones corrompidas de aquéllos que dejaron de creer en Dios? La lucha de clases que nos conducirá a la igualdad entre las clases sociales, a través de la cual se implantará, por fin, la justicia social y desaparecerán las diferencias entre los hombres: el mundo en el que cada uno recibirá lo suyo, según sus necesidades. ¿Y qué decir de la paz? La paz, que nada tiene que ver con la que nos prometió Jesucristo, y que algún día se convertirá en realidad en todo el mundo cuando al fin sean respetados los derechos humanos (¡?). Incluso algunos miembros de la Jerarquía de la Iglesia lo creen así. Olvidando al parecer que el mundo de la utopía es el mundo de la mentira, o el de una fantasía que ha dejado de ser tal porque no es sino una verdad retorcida. Cuando en realidad los niños nunca han llegado a retorcer la verdad. Pero entonces, ¿quiénes son los niños y quiénes los viejos? De ahí que el corazón cutre de estos últimos haya intentado ahogar el verdadero mundo de fantasía y grandeza de los niños. Así se han esforzado tanto en sustituir las bellas fantasías en las que creíamos cuando éramos niños. El mundo, por ejemplo, de los Reyes Magos. Melchor, Gaspar y Baltasar llegaban cargados de juguetes durante la noche, aprovechando nuestro sueño. El mismo que ha sido sustituido ahora por el extraño universo de Papá Noel: un estrambótico personaje que nadie sabe quién es, que se exhibe en los Grandes Almacenes a plena luz del día y se fotografía con los niños, que toca la campana y se ríe nadie sabe porqué.

Nosotros sabíamos que los Reyes Magos fueron personajes reales e históricos. Creíamos de corazón, aunque de manera muy confusa, que venían durante la Noche de Reyes a regalarnos escondidamente los juguetes. Y aunque también es verdad que nunca llegábamos a comprender aquello con claridad, en el firmamento de nuestra imaginación no se afirmaba ni se negaba la realidad del hecho. Nuestra mente permanecía abierta a lo sublime, a lo desconocido, a lo fantástico y a lo maravilloso. A todo lo que nos transcendía y no acabábamos de comprender…, o como presintiendo la existencia de la belleza y de la bondad infinitas. Nos parecía tan natural la imposibilidad de entenderlo todo que habríamos considerado absurdo negarlo por esa sola razón. Gracias a lo cual, tanto nuestra imaginación como nuestra mente permanecían abiertas a Dios. Sí, porque en último término, como al final del camino, se encontraba Dios.

La sociedad moderna, en cambio, ha sustituido el mundo de la fantasía de los niños, lleno de alegría y de belleza, por una montaña de inmundicias. A través de sus televisiones, de su cine, de la manipulación de los medios de información y de otros instrumentos de destrucción de las mentes que el Sistema se ha preocupado de facilitar.

Muchas veces hemos reflexionado, y a mi parecer deduciendo conclusiones equivocadas, acerca del episodio del Niño Dios a los doce años discutiendo en el Templo con los Doctores de la Ley. Después de haber visitado el Templo con sus padres, y ya de vuelta al hogar, el Niño permaneció allí sin que nadie lo advirtiera. Sus padres lo buscaron con la consiguiente angustia, hasta que al fin lo encontraron, al cabo de tres días, hablando y discutiendo con los Sabios de Israel, que no salían de su asombro.

Siempre hemos visto el episodio como algo lógico y normal: al fin y al cabo el Niño era Dios. Según lo cual, bien podía discutir con los Doctores de la Ley y con quien fuera necesario.

La realidad, sin embargo, más bien parece mostrar el episodio como otra muestra de la enternecedora Humanidad del Señor. A mi entender, no existe ahí milagro alguno que valga. Efectivamente es el Dios hecho Hombre quien está dialogando con los Sabios de Israel. O si lo preferimos así, es Jesucristo como verdadero Hombre; sin necesidad de recurrir por esta vez a su naturaleza divina, aunque no la excluyamos. Yo diría incluso que, para saber más que aquellos Expertos en la Ley, solamente hacía falta tener el corazón limpio… y, por lo tanto, la mente clara. En un sentido contrario, aquellos vetustos Maestros de Israel, que habían retorcido y corrompido la Ley con sus arbitrarias interpretaciones, no habrían conseguido sino oscurecer su mente y privarla de la Luz. Como una ventana que ha sido tapizada, o cuyos cristales están cubiertos de suciedad, y no deja pasar la claridad del día. Cuando no existen obstáculos y el corazón es honrado, la mente se abre libremente a la luz de la verdad. Pues un corazón limpio siempre impulsa a la mente, a través de la luz, por los rectos caminos que conducen hasta la verdad. Hubiera sido suficiente con que aquel Niño extraordinario poseyera un corazón extremadamente limpio, una mente bastante despejada, y una inteligencia natural sumamente elevada, para dejar atónitos y asombrados a los Peritos de la Ley.

Los niños suelen ven las cosas como son. En cambio no ocurre así con los viejos que, habiéndose empeñado en dejar de ser niños, se han acostumbrado a retorcer la verdad.

Recordad, por ejemplo, el caso del tan famoso y no menos traído y llevado cuadro de Guernica. Los mayores, los expertos, los adultos, los entendidos y sobre todo los muy cultos, no dudan en ver en el cuadro un mensaje político. Conocida la ideología de Picasso, el autor de tamaña obra de arte, no es de extrañar que las ideologías izquierdistas la hagan propia y la exploten hasta obtener abundante jugo. Con lo cual quedan justificados el gasto de numerosos millones, además de la entrega de algunos cuadros de Velázquez (de cuyo valor artístico no hay discusión en este caso), que quiso pagar el Gobierno español a cambio de la mayor obra maestra que han contemplado los siglos. La cual significa, según los expertos en Arte (ya es mala cosa, para una obra de Arte, que sea necesario recurrir a los significados para entenderla) el cruel bombardeo del pueblo de Guernica por el Ejército de Franco durante la Guerra Civil española. Desgraciadamente, si preguntáis a un niño (o a cualquier persona con sentido común y todavía no impuesta en Política) acerca de lo que se aprecia en el cuadro, os contestará que algo parecido a un toro degollado…, que efectivamente es lo que más se aproxima a lo que aparece en el cuadro. Después de todo los niños ven las cosas como son. Y por eso perciben la verdad, la belleza, y hasta la misma poesía, de un modo como ya no son capaces de hacerlo los que dejaron de ser niños.

Recordad también el cuento del Rey Desnudo. Al que le habían confeccionado una túnica de pedrerías y joyas preciosas, tejida con hilos de oro y adornada de un conjunto de no sé cuantas maravillas más… Pero que solamente podía ser vista por los que fueran hijos de madre honrada; y solamente por ellos. Ya podéis suponer que todo el mundo veía la túnica; o tal vez sucedía, según podemos sospechar, que nadie se atrevía a confesar lo contrario. Hasta que por fin llegó el día en que el Rey salió a desfilar por las calles de la capital de su Reino. Cabalgando en brioso corcel y vestido de su famosa túnica. Todo el mundo lo veía brillantemente ataviado y todo el mundo lo aclamaba: ¿Y quién se iba a atrever a decir que en realidad estaba viendo a un Rey desnudo, como así era en realidad? ¿Quién sería el primero en confesar que su madre no había sido honrada? Porque es lo cierto que todo el mundo ¡veía al Rey completamente desnudo! ¿Pero iban a ser acaso los hombres provectos y maduros los que estarían dispuestos a reconocer la dudosa honradez de sus progenitores? Por lo cual, según ellos, y así lo reconocían a voz en grito, el Rey iba lujosa y brillantemente ataviado con su túnica… Recordad a ciertos fariseos de los que nos habla el Evangelio. Habían sorprendido a una mujer cometiendo adulterio, por lo que ellos, hombres cumplidores de la Ley, querían hacer justicia y que muriera apedreada.

¿Qué hacemos con ella, Maestro? Ya conoces la Ley

Y la respuesta de Jesús:

—Pues si esperáis mi respuesta, ahí la tenéis: Aquél de vosotros que esté sin pecado, que sea realmente honrado, que arroje sobre ella la primera piedra.

Y ahí acabó el episodio. En cuanto al Rey de nuestro cuento, vamos a repetirlo, ¿cómo iba alguien a reconocer públicamente que no veía su lujoso atavío? Cuando en realidad nadie lo podía ver… por la sencilla razón de que no existía. La cruda verdad consistía en que los sastres que habían confeccionado la túnica, recabando para ello preciosos materiales, eran vulgares estafadores. Habían engañado y robado al Rey y se habían burlado de él y de sus súbditos. Les bastó para ello aprovecharse de los más bajos sentimientos de unos y de otros: de la hipocresía, de la cobardía, de la estúpida vanagloria, del temor al qué dirán, etc. Hasta que por fin surgió un niño de entre la muchedumbre. Y como no podía ser de otra manera, como suelen hacer los niños, habló claro y sinceramente: ¡Pues yo digo lo que veo: que el Rey va desnudo y que me demuestren lo contrario si no es así! A la cual confesión se unió inmediatamente el griterío y el asentimiento general de la muchedumbre, en medio de la más espantosa y general de las rechiflas.

Por eso, en un día como el de hoy, es importante impetrar del Señor que infunda en nuestro corazón el espíritu de la infancia espiritual. Aquello de lo que tanto habló Santa Teresita del Niño Jesús, tal vez con un lenguaje un poco pasado de moda pero cuyo fondo permanece siempre en la verdad de su doctrina. Lenguaje tierno en la forma si queréis, aunque con la entereza de espíritu de la doctrina que ella denominó infancia espiritual.

A este propósito, recordad uno de los episodios que se cuentan del niño Tiberio en la novela Las Campanas Tocan Solas. Cuando el señor Pedro, muy celoso de su huerto en general, y de los frutos de sus higueras en particular, sorprendió a Tiberio y su pandilla encaramados en una de ellas —la mejor, por supuesto—, comiéndose con entusiasmo las mejores brevas; a saber: las más gruesas y las más sabrosas… El señor Pedro, armado de su garrote y sumamente indignado, se encaró con todos ellos:

—¿Qué hacéis ahí? ¿Os estáis comiendo mis brevas?

A lo que contestó Tiberio, con la sencillez propia de un niño angelical:

—Si lo estás viendo, ¿para qué lo preguntas…?

Los niños entienden mejor lo poético porque captan mejor lo bello. Están más abiertos a la fantasía y, por lo tanto, también al más allá. Y Dios, a pesar de estar bien presente en nuestro corazón y en todas las cosas, solamente es visible en el más allá del Cielo. En un mundo que, si ahora a nosotros se nos antoja en forma de fantasía, algún día lo percibiremos en la realidad. Será cuando contemplemos a Dios cara a cara, y cuando lo imperfecto haya dejado de serlo para dar paso a lo perfecto.

En cuanto a vosotros, si algún día hacéis el descubrimiento de comprobar que sois los últimos según los parámetros del Mundo, consideraos felices. Es hermosa la virtud de la humildad. Y los hombres hacemos alarde de locura cuando pretendemos sobresalir frente a los demás, que prevalezcan nuestros criterios o que se valoren nuestros méritos. ¡Desgraciados los que nunca necesitan que nadie les aconseje! Los que piensan que son más listos o mejores que los demás, o los que se entristecen porque consideran que no son suficientemente apreciados sus méritos. Ahora bien, ¿cuál sería el puesto que a nosotros nos correspondería en justicia? Porque si Santa Teresa de Jesús estaba convencida que el suyo propio no era otro que el Infierno, ¿qué decir entonces del nuestro? Y la respuesta, sencilla por otra parte, no puede ser sino ésta: puesto que somos niños, no nos queda sino abandonarnos en los brazos amorosos de nuestro Padre Dios. Cuya Bondad y Amor son infinitamente superiores a lo que pueda significar nuestra debilidad. También es cierto que, cuanto más nos alegramos de que Dios es, tanto más nos sentimos felices de ser pequeños en la consciencia de nuestra infancia espiritual. El Ser Infinito se identifica con la grandeza de la Belleza Infinita. Pero para nosotros, que somos creaturas, lo más hermoso capaz de ser alcanzado por nuestra imaginación es el hecho de que somos pequeños. Por lo demás, ¿qué puede importar todo eso después de que nos ha sido dicho que Ya no os llamaré siervos, sino amigos? No olvidéis nunca las otras palabras, también del Señor:

—¡Oh Padre!, te doy gracias, porque has revelado estas cosas a los pequeños y humildes y en cambio se las has ocultado a los sabios y prudentes del mundo.

En este País nuestro hay millones de ciudadanos que están convencidos de que el señor Zapatero, el Jefe del Gobierno, es poco menos que un profeta, o tal vez un poco más. Y que ciertos Partidos políticos, como el PSOE para unos o el PP para otros, son Partidos políticos al mismo tiempo que medios de salvación. Pero un niño comprendería fácilmente la verdad y advertiría la gran mentira del enorme montaje. Ni se dejaría engañar fácilmente por los que han falsificado la realidad, convirtiendo la belleza en fealdad y la rectitud en perversidad; por los que han vuelto sus espaldas a Dios y, en definitiva, por todos aquéllos que amaron la mentira más que la verdad.

Hoy celebramos el día de la luz, de la belleza, de la inmensidad, de la poesía, de la música y de la Bondad de Dios que se volcó sobre nosotros. El día en el que lo Infinito se hizo finito y se entregó a nosotros, a fin de hacernos también capaces de infinitud. Es verdad que somos creaturas y no somos capaces de abarcar lo infinito. Aunque sí podemos abrir por entero nuestro corazón y llenarlo en totalidad. Al fin y al cabo, puesto que hemos sido hechos participantes de la Vida Divina, bien podemos decir que de alguna manera estamos abiertos a la Infinitud: Nos hiciste, Señor, para ti

Por eso os dije al principio, citando al poeta Miguel Hernández, que

Tendríamos que hablar de tantas cosas…,
compañero del alma, compañero…  

Puestos a hablar de Dios no sabríamos acabar nunca. Dicen que San Francisco de Asís no hablaba en su predicación sino de Dios y del Amor de Dios. Pero la gente lloraba y se convertía. Sin grandes disquisiciones teológicas por su parte, hablaba de Dios y de su Amor por nosotros y le brotaban las lágrimas con la emoción. Se advertía fácilmente que aquel hombre amaba profundamente a Dios… y que Dios lo amaba profundamente a él. Pues no habéis de olvidar, como siempre os he dicho, que el amor es siempre y en todo caso bilateral y recíproco.

Que en un día tan hermoso, como es el de hoy, el Señor y la Virgen María Nuestra Madre os bendigan. A vosotros y también a nuestros hermanos. Los mismos que, estando en este momento lejos de aquí, se encuentran sin embargo presentes en espíritu entre nosotros. A un solo y único corazón, inundado por un mismo Espíritu, le corresponde una sola y suficiente bendición. Así sea.

Padre Alfonso Gálvez

(Capítulo tomado con permiso del autor de su libro: Homilías, Shoreless Lake Press, 2008)




Padre Alfonso Gálvez
Padre Alfonso Gálvezhttp://www.alfonsogalvez.org/
Nació en 1932. Licenciado en Derecho. Se ordenó de sacerdote en Murcia en 1956. Entre otros destinos ha estado en Cuenca (Ecuador), Barquisimeto (Venezuela) y Murcia. Es Fundador de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, aprobada en 1980. Desde 1982 reside en El Pedregal (Mazarrón-Murcia). A lo largo de su vida ha alternado las labores pastorales con un importante trabajo redaccional. Ha publicado Comentarios al Cantar de los Cantares (dos volúmenes), La Fiesta del hombre y la Fiesta de Dios, La oración, El Amigo Inoportuno, Apuntes sobre la espiritualidad de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote, Esperando a Don Quijote, Homilías, Siete Cartas a Siete Obispos, El Invierno Eclesial, Los Cantos Perdidos y El Misterio de la Oración. Para información adicional visite su web http://www.alfonsogalvez.com

Del mismo autor

La Mística y la Poesía (IV)

La metáfora en la descripción del Esposo en la Poesía mística Y junto a...

Últimos Artículos