Merced

El día 24 de septiembre la Iglesia celebra a la Santísima Virgen María, Madre de Dios, en una de sus tantas advocaciones, a saber, Nuestra Señora de la Merced, particularmente significativa en los países de tradición hispánica como el nuestro, en el que esta celebración reviste un carácter más especial aún, si cabe.

El origen de la advocación como tal se halla en la península ibérica del s. XIII, época en que los moros dominaban la región, reduciendo a numerosos cristianos a la esclavitud. Fue un laico, San Pedro Nolasco (1182-1256), quien emprendió la iniciativa de liberarlos, pagando el rescate de muchos de ellos de su propio bolsillo. Más tarde, y después de tener una visión de la Virgen María en la que lo orientaba en ese sentido, el mismo Pedro tomó la decisión de fundar, en 1218, la célebre Orden de los Mercedarios, cuya misión sería precisamente la de la redención de los cautivos cristianos. Conforme a lo relatado por las crónicas, los Mercedarios alcanzaron a redimir unos 80.000 esclavos, entregando muchos de ellos su vida en cumplimiento de esta noble misión.

La reconquista de la península ibérica, como es sabido, concluyó el año 1491, uno antes del descubrimiento de América. De este modo, entre la vasta y gloriosa herencia que de la Madre Patria hemos recibido, ha de contarse la devoción a Nuestra Señora de la Merced, que pronto se propagó por todo el continente, contando en la actualidad esta advocación con un buen número de patronazgos por todo Latinoamérica. En nuestro país, sin ir más lejos, posee más de uno, siendo el más destacado, al menos desde el punto de vista histórico, el que ejerce sobre el Ejército argentino. Vayamos al trasfondo histórico, pues, de este patronazgo.

En el contexto de las luchas por la independencia de nuestro país, debemos situarnos en una de aquellas batallas, a saber, la Batalla de Tucumán, librada el 24 de septiembre de 1812. En la antesala del combate, según se nos cuenta, fue el general Manuel Belgrano por la mañana a orar largo rato ante el altar de la Virgen, poniendo en Dios y en su bendita Madre toda su confianza, la cual no se vería defraudada, pues la victoria fue el resultado de la contienda. Así lo anunciaba el ilustre general con posterioridad al combate: “La patria puede gloriarse de la completa victoria que han tenido sus armas el día 24 del corriente, día de Nuestra Señora de las Mercedes, bajo cuya protección nos pusimos”.

El gesto que se ubica a continuación es quizá más elocuente aún que esta declaración, y en este sentido es comprensible que haya pasado a la historia. En efecto, no contento con el reconocimiento meramente verbal de la intercesión mariana, Belgrano puso en manos de la imagen de la Virgen su bastón de mando, en clara alusión a su maternal cuidado, proclamándola a la vez, no ya patrona, sino Generala del Ejército argentino. Desde entonces, fue moneda corriente antes de cada batalla encomendarle su suerte a la Madre de Dios, que supo responder generosamente a la confianza de nuestros soldados.

Al cumplirse el centenario de la batalla, en 1912, la imagen de Nuestra Señora de la Merced que se venera en la ciudad de San Miguel de Tucumán, fue coronada solemnemente en nombre del papa San Pío X.

El recuerdo de episodios como este, que jalonan la historia de nuestro país, produce en nosotros, inevitablemente, un dejo de tristeza y nostalgia, que se remonta a tiempos en que la devoción católica no era solamente una cuestión “de sacristía”, sino que impregnaba además el desarrollo de los acontecimientos históricos, muchos de ellos fundacionales de la patria, como en este caso. Con todo, la abismal distancia que separa nuestra realidad histórica de la de dos siglos atrás, debe impulsarnos, por encima de todo lamento, tanto a la imitación de estos ejemplos cuanto a la oración de intercesión por nuestra querida patria herida.

MARTÍN BUTELER

ARGENTINA