“Todo árbol bueno da frutos buenos y ningún árbol malo dará frutos buenos”; esa cita la tenemos en el evangelio (san Lucas, 6) y ha sido siempre norte y guía de la Iglesia en su labor pastoral. Podemos evaluar la bondad del árbol por los frutos que da aunque esa evaluación no se aplica con los criterios temporales del mundo. Es decir: no es válido el criterio de la inmediatez para certificar que la tarea apostólica sea la deseada. El criterio de lo inmediato, unido al criterio numérico, parece constituir el santo y seña de la evaluación actual dentro de la Iglesia. Y pongo algunos ejemplos al respecto:
En una parroquia se cita a los jóvenes para un concierto (con las debidas “precauciones” para no dañar la sensibilidad de los fieles) y una multitud de almas llena el templo ese día. Entonces el criterio de la inmediatez dicta sentencia: hay que programar muchos conciertos para que los jóvenes vengan a la Iglesia.
Se convoca a la comunidad para cultos extraordinarios que supongan procesiones, pregones, coronaciones de imágenes marianas…etc y todo el conjunto de eventos propios de la religiosidad popular. Y sin menospreciar a la misma (que dará buenos frutos siempre que vaya acompañada de formación), el criterio de la inmediatez impondrá la norma de seguir por ese camino para llenar los templos de fieles aun cuando se sabe que estos actos no garantizan la continuidad.
Se organizan determinados ejercicios piadosos donde el impacto emocional es el “anzuelo” para la convocatoria. Dado que vivimos en una sociedad de máximo nivel “sentimental” ello provoca una respuesta masiva de fieles en la Iglesia. De nuevo el criterio de lo inmediato aparece como “vacuna” contra la pastoral basada en la perseverancia dentro de un modelo sólido, tranquilo y tradicional.
Bien: hay que aclarar que los “resultados” y los “frutos” no constituyen siempre la misma realidad. Es cierto que los resultados a veces llevan a los frutos ya que el Espíritu Santo sopla donde quiere. Pero no debemos confundirnos con la fácil expectativa de los “números” a corto plazo. En dos milenios de historia la Iglesia siempre supo entender que “el reino de los cielos no vendrá con espectáculo” (san Lucas 17) sino que va creciendo gradualmente en el alma con firmeza y solidez. La Iglesia no debería verse tan contagiada por el espíritu mundano, hoy más fuerte que nunca, de la inmediatez, de querer obtener los “frutos” hoy y ahora. El fruto de un árbol bueno puede tardar años, décadas….siglos….en llegar pero finalmente llega y a veces es hasta bueno que el instrumento humano no se goce del mismo para no caer en vanidad. Los ejemplos expuestos no deben ser “condenados” desde una cierta soberbia espiritual sino reconducidos hacia una finalidad clara: la formación de las almas desde la doctrina católica que va regando las conciencias para llegar a una conversión plena y real. “No juzguemos pues por las apariencias sino con justo juicio” (san Juan, 7).




























