Es frecuente hoy en día invocar el sensus fidelium, el cual se puede describir como el instinto sobrenatural que permite a los fieles discernir lo que no es compatible con la fe que profesan. Si la grey oye una enseñanza sospechosa (u observa una práctica sospechosa), puede rechazarla porque no reconoce la voz del pastor. En ese caso, se niega a aceptar la novedad.
En cierta ocasión, un amigo me preguntó qué se entiende por aceptar un rito litúrgico, y si se puede decir que en realidad los fieles nunca aceptaron plenamente el Novus Ordo porque el sensus fidelium se rebeló. Y le di la razón, por dos motivos muy elementales.
Para empezar, la introducción del Novus Ordo coincidió con un éxodo masivo de fieles sin precedentes como no se había visto desde la rebelión protestante en Europa, y sin duda esa introducción fue en parte causa de dicho éxodo. Estaba claro que los católicos que abandonaron la Fe no aceptaron la nueva liturgia, sino que la rechazaron. Los creyentes que no están no aceptan lo que no quieren. Y la creciente disminución del número de católicos practicantes, al menos en Occidente, se puede entender como un síntoma de que, en todo caso, es innegable que la nueva liturgia no atrae al hombre de hoy. Y eso que fue ni más ni menos el motivo de su creación.

Recorte de prensa de 1971
En segundo lugar, y esto es más pertinente, cada vez que en la época postridentina había alguna reforma litúrgica y una nueva edición del Misal reemplazaba la anterior, la totalidad del clero y los fieles la utilizaban sin excepción1. En cambio, el Misal actualmente vigente se introdujo mediante una constitución apostólica que no cumplía los requisitos necesarios para abrogar el anterior (como descubrió una comisión de cardenales nombrados por Juan Pablo II, y declaró oficialmente Benedicto XVI en 2007; más destalles en este artículo). Además, lo cierto es que algunos sacerdotes obtuvieron autorización de Pablo VI para seguir usando el Misal de siempre. En realidad, no hacían falta esas autorizaciones, pero se pensó que eran necesarias. Y cuando surgió el movimiento tradicionalista hacia 1965 (antes incluso de la promulgación del Novus Ordo), ya había un grupo de católicos que mantuvo el culto antiguo y no quería saber de modernizaciones.
Tengamos en cuenta que institutos tradicionales como la Hermandad de San Pedro, el Instituto Cristo Rey, el del Buen Pastor, las diversas comunidades benedictinas de rito antiguo, monjas carmelitas, ermitaños, etc. rechazaron de plano la idea de esas instituciones y mantienen la costumbre inmemorial de conferir las cuatro órdenes menores y el subdiaconado.

Ordenación de lectores
Desde 1965, este sector minoritario de la Iglesia ha ido en aumento. Al principio más lentamente, y más tarde con un desarrollo espectacular a partir de la promulgación de Summorum Pontificum, impulso que no ha disminuido, ni siquiera con el perjuicio causado por Traditionis custodes.
En resumidas cuentas, se puede decir que nunca ha habido una aceptación universal de los nuevos libros litúrgicos con sus inusitadas innovaciones por parte de la Iglesia militante, en ningún momento ni a lo largo de un tiempo. Todo esto da a entender que el sensus fidelium ha emitido un veredicto claramente ambiguo en lo que se refiere al Novus Ordo2.
Sin embargo, fueron demasiados los que lo aceptaron
En ocasiones los católicos se han alzado en armas ante la imposición de una novedad litúrgica, como cuando a principios del siglo XV los milaneses protestaron contra el intento del legado pontificio cardenal Branda da Castiglione de sustituir el rito ambrosiano por el romano3, o cuando los laicos de Zaragoza se rebelaron a mediados del siglo XVI contra la tentativa de celebrar el oficio de Tinieblas según las normas inventadas por el cardenal Francisco de Quiñones4.
Por supuesto, también hubo alguna resistencia a la imposición del Novus Ordo. Por eso existe hoy en día un movimiento tradicionalista. Pero el hecho de que no fuera objeto de la oposición de millones de católicos, tanto clero como seglares, es prueba de hasta qué punto un siglo de papolatría había sustituido el carácter vinculante de la Tradición por una ciega adulación de la piedad personal y la autoridad del pontífice reinante, que estuvo a punto de acabar con la sensibilidad católica a la Tradición como elemento constitutivo, normativo y no negociable de la Fe.
Según mi entender, fue esa falta generalizada de disposición para sostener la tradición litúrgica ante una insensata modernización –actitud equivalente a mera indiferencia y perezosa pasividad– lo que provocó la justa ira de Dios contra la Iglesia durante el periodo postconciliar y allanó el camino al pontificado de Francisco, que funcionó como una especie de reductio ab absurdum del aggionarmento, un último estertor antes de sucumbir a la intrascendencia.
Con la severidad de su misericordia, el Señor permite ciertos males a fin de despertar a los fieles haciéndoles ver la perentoria necesidad de redescubrir y renovar la práctica tradicional de la Fe en todas sus dimensiones. A veces, la única manera de conseguir que se levante un negligente perezoso es arrojarle un balde de agua fría. Hay muchos católicos que ya están abriendo los ojos, ¡y no puedo menos que dar gracias a Dios por ello!
Nos queda mucho que rezar y que trabajar si, como nuevos discípulos de San Benito que quieren vivir conforme al lema ora et labora, deseamos reconstruir la Cristiandad en medio de una época oscura, o sea la modernidad. El brazo del Señor no se ha acortado; si pudo levantar una Europa cristiana aquella primera vez, podrá volver a levantar la Iglesia del mundo occidental. Pero eso sólo sucederá a condición de que heredemos un dogma preestablecido y un orden perfecto de oración, no a partir de lo que se nos ocurra o lo que salga de los sínodos vaticanos.
Se habla mucho de que en cierta forma nos hemos vuelto indiferentes a las más terribles noticias a consecuencia del constante bombardeo de información al que estamos sometidos las veinticuatro horas del día. ¿Hemos perdido la capacidad de indignarnos o de actuar? Y lo mismo se puede decir de la reforma litúrgica. Es muy fácil descubrir lo que pasó en realidad y darse cuenta de la tremenda ruptura que se llevó a cabo contra la tradición católica, pero aun así nos sentimos impotentes, atascados, incapaces de movernos. Al fin y al cabo, ¿qué podemos hacer? Y por lo que se ve hay otros que siempre están negando la realidad, y que prefieren vivir conforme al dicho ojos que no ven, corazón que no siente.
El Diablo es muy astuto. Hizo cuanto pudo para que cuando se realizó la reforma litúrgica no tuvieran idea de cómo se había producido. Es como fiarse del Ministerio de Salud: «Si las autoridades lo han aprobado, será que ese medicamento es bueno».
Aunque gracias a Internet es mucho más difícil que los eclesiásticos oculten sus maquinaciones, no deja de ser cierto que después de Amoris laetitia muchos católicos se encojan de hombros y digan: «Pues si el Papa ha dicho que está bien divorciarse, ¿quién soy yo para juzgar?» El Sumo Pontífice agita su varita mágica y, ¡abracadabra!: ha cambiado la Ley de Dios. Han cambiado las reglas.
La lógica de la que se valió Bergoglio no se diferencia mucho de la de Montini: «si al Papa le parece que hay que cambiar la Misa de arriba abajo, ¿quiénes somos nosotros para ponerlo en duda?» Y tampoco podemos lavarnos las manos afirmando que se está mezclando una cuestión de moral con otra disciplinaria. El mundo de la liturgia está lleno de connotaciones y consecuencias morales y dogmáticas.
Aceptar automáticamente todo lo que decrete el monarca absoluto no es en modo alguno una mentalidad acertada. No es ser fiel, ni veraz, responsable ni honrado. Nadie que tenga integridad actúa de esa manera. ¡La Iglesia no es una compañía fabricante de automóviles que lanza un nuevo modelo cada año, supuestamente mejor que el anterior!

Avancemos, camaradas, hacia la gloriosa reforma litúrgica del futuro
Basta ya de negar la evidencia
A estas alturas, ¿queda alguna excusa para seguir defendiendo o apoyando el Novus Ordo?
• Está claro que se ha ido mucho más allá de lo que pedían los padres del Concilio. Basta con leer su discursos y el texto exacto de Sacrosanctum Concilium que aprobaron (incluido un tal Marcel Lefebvre).
• Salta a la vista que en muchos puntos contradice el Magisterio de la Iglesia desde Trento hasta Mediator Dei
• Como si fuera la maquinaria de una fábrica, la nueva liturgia fue ingeniada y confeccionada en su totalidad por unos cincuenta comités que pasaron sus invenciones a una comisión central organizada por Bugnini, la cual se encargó de montar todo el aparato. Funciona y parece ni más ni menos lo que se esperaba desde el principio.
• Bugnini mintió y manipuló tanto al Consilium como a Pablo VI, de lo cual informaron de primera mano otros miembros del Consilium como Louis Bouyer y Boniface Luykx.
• Se consultó a observadores protestantes para ver cómo había que redactar el nuevo leccionario. Uno de los más íntimos amigos de Pablo VI, Jean Guitton, declaró que el papa Montini le había expresado su intención de asimilar la Misa a las formas de culto protestante centradas en la Cena del Señor, con vistas a promover el acercamiento ecuménico.
• La presentación de la Misa normativa de Bugnini (o sea, el borrador del Novus Ordo) ante el Sínodo de Obispos de 1967 no fue acogida con entusiasmo. Es más, fue objeto de considerable escepticismo. El cardenal Heenan llegó a decir que de llegar a introducirse el mencionado rito, sólo las mujeres y los niños seguirían yendo a la iglesia; los hombres no irían más. Y la exposición de la Misa normativa a los superiores de muchas congregaciones religiosas resultó decididamente escandalosa. Contados fueron los que querían aquella farsa.
• La primera edición de la Instrucción general del Misal romano proponía un concepto herético de la Misa: el mismo en el que se basaron los mismísimos arquitectos de la nueva Misa cuando la crearon. Y aunque Pablo VI se ocupó de que en la siguiente edición de la Instrucción General se corrigiese el error, no se llegó a cambiar la Misa en que tomó cuerpo dicho error.
• El nuevo Misal está repleto de modificaciones teológicas que alteran gravemente la lex credendi a los ojos del pueblo cristiano. No enseña la misma Fe que profesaban nuestros antepasados, sino una reinterpretación moderna que elimina totalmente algunos elementos, da una importancia excesiva a otros, introduce novedades y apenas toca de pasada dogmas que considera anticuados. Estos problemas afectan a la totalidad de los libros litúrgicos, incluidos el leccionario, las bendiciones y demás ritos sacramentales (basta pensar en escabechina sufrida por el rito de la ordenación).
• La nueva Misa nunca fue del todo aceptada por el sensus fidelium porque innumerables laicos, religiosos y sacerdotes abandonaron la Iglesia durante los caóticos tiempos de la reforma litúrgica, desde hacia 1964 hasta 1974, en tanto que otros se han negado hasta hoy a acoger los cambios. Nunca ha sido objeto de una aceptación pacífica, prueba de lo cual son las constantes batallas sobre la reforma de la reforma, las traducciones a lenguas vernáculas, el ars celebrandi, el tema de los ministerios femeninos, el usus antiquor, etc. La guerra no cesa, como no podía ser de otra manera.
Entre los muchos autores que han tratado estos temas podemos citar a Louis Bouyer, Boniface Luykx, Marcel Lefebvre, Michael Davies, Lauren Pristas, László Dobszay, Geoffrey Hull, Anthony Cekada, Michael Fiedrowicz, Henry Sire, Matthew Hazell, y Michael Foley (en realidad, enumerar a todos los autores, tanto eruditos como divulgadores, que han criticado la reforma ocuparía bastantes páginas, como se puede ver en las bibliografías de mis libros). En mi trilogía doy una lista muy completa:
•Obligado por la verdad: autoridad, obediencia, tradición y bien común
•Close the Workshop: Why the Old Mass Isn’t Broken and the New Mass Can’t Be Fixed.
Resultado de este despertar
En resumidas cuentas, no hay un motivo razonable para que un católico crea que debe apoyar el Novus Ordo. Ya es hora de que los católicos de rito latino lo abandonen y vuelvan al rito romano de ayer y hoy que nos ha sido transmitido desde tiempo inmemorial enriqueciéndose a través de los siglos hasta que en el siglo XX a unos pontífices engreídos se les antojó modernizarlo y reinventarlo o les dio por el arqueologismo.
La mentalidad tecnocrática supone una revuelta contra una religión que se cimenta en la Divina Revelación y la Tradición. Sólo hay una Misa de rito romano que constituye una tradición incesante y continua del culto: la que celebraron desde San Gregorio Magno hasta San Pío de Pietrelcina e infinidad de santos que están en el Cielo.
Es indudable que el Señor puede salvarnos sin que asistamos a dicha Misa; ciertamente, por su omnipotencia, puede salvar un alma sin auxilio de los sacramentos, como ha hecho en el caso de algunos que estaban aislados en la celda de una cárcel. Pero sería una osadía extrema creer que podemos contarnos entre quienes no necesitan de nuestra Tradición católica y pueden prescindir del Santo Sacrificio de la Misa en toda su plenitud, integridad y ortodoxia. Sería una temeridad pensar que apacentarnos a base de una dieta bugniniana de oraciones poco menos que protestantes nos va a mantener espiritualmente fuertes y bien nutridos.
Antes decían que la margarina era más saludable que la mantequilla, y se equivocaban. Se creía que no era sano comer carne y había que atiborrarse de verduras. Que había que evitar el queso y los huevos. Y luego resultó que la alimentación tradicional siempre había estado acertada. Necesitamos grasas saludables, colesterol del bueno y proteínas potentes. Pues bien: en el ámbito de la religión es algo equivalente. En estos tiempos de anorexia litúrgica no podemos permitirnos un catolicismo bajo en calorías, menos que nunca.

Es hora de hablar claro. Llevamos demasiado tiempo andándonos con rodeos, buscando excusas. Dejemos de rehuir la verdad. Más que ninguna otra cosa, es la nueva liturgia la causa de la ruina y desolación que afecta a la Iglesia Católica actual. El Novus Ordo diluye y disminuye la fe del pueblo. Nos presenta un concepto falso del Santo Sacrificio. Promueve una moral relajada, indiferencia espiritual, superficialidad intelectual y banalidad estética. Y promueve todo eso precisamente por la manera en que se formuló, por ser cómo es y por la forma en que actúa. La intención era dar cuerpo a una nueva teología diferente del culto y de los sacramentos e inculcarla. Una teología más acorde con los conceptos de la modernidad, eficiente y económica, liberada de supersticiones medievales, compatible con lo mejor del protestantismo e infinitamente adaptable.
Es imposible alterar drásticamente de la noche a la mañana los ritos de una religión sin que los cambios afecten a la propia religión. Que es lo que ha pasado. Las alarmas del sensus fidelium se dispararon y no han dejado de sonar.
Respuesta a una objeción
Cuando colgué en mi canal de Youtube el video de un sacerdote de Nueva Zelanda que llevaba a cabo una disparatada celebración eucarística llena de improvisaciones, estilo unisex y cósmico-teilhardiana, inválida desde luego, un comentarista indignado objetó que no debería haber posteado algo que representaba, según él afirmaba, el 1% de las celebraciones del Novus Ordo, y en vez de eso debería poner ejemplos de misas Novus Ordo que sean reverentes. Le respondí lo siguiente:
El Novus Ordo es una fábrica de abusos. Siempre lo ha sido. Desde hace más de 55 años.
Quienes lo confeccionaron querían una liturgia más espontánea y adaptable. Eso viene a decir Bugnini en su grueso libro. Todos creían que una oración improvisada era más sincera y propia de la Iglesia primitiva (afirmación muy engañosa, como demuestro aquí). Por eso dan tantas opciones al celebrante en las rúbricas, diciendo cosas como «con estas u otras palabras por el estilo», o «si es conveniente o las circunstancias pastorales lo exigen». Y permiten la inculturación musical, lo cual ha supuesto, en todo el mundo, una imitación de pésima calidad de la música mundana.
Nada de eso va a cambiar de forma significativa. Mucho, muchísimo antes de ver unanimidad a nivel mundial en la celebración del Novus Ordo de forma hermosa, reverente y tradicional (dentro de la limitada medida en que se puede ajustar a tales valores), veremos que, a nivel mundial, un importante sector del clero se pasa al usus antiquor, y por una razón muy sencilla: siempre que en una parroquia, una ciudad, una diócesis, se celebra el Rito Romano tradicional, empieza a ejercer una extraña fascinación, una fuerza gravitatoria sobrenatural que atrae de vuelta al rito de antes a sacerdotes sin prejuicios que celebran el nuevo. Y los libros y videos tradicionalistas surten el mismo efecto.
Una vez que se corre la voz, ya no hay forma de callarla.
En cuanto el P. Saturnino aprenda (o descubra que existe) la Misa de siempre y se vaya aficionando a ella, no puede menos que pensar, como dijo un chistoso: «Podía pedir la pizza tal, con todos los ingredientes, o la pizza cual, que no tiene prácticamente nada, e irlos añadiendo con mucho esfuerzo hasta que se parezca a la primera». Para entonces se verá en un dilema entre su amor por lo que sabe que es de por sí mucho mejor y la obligación (que él entiende como tal) de seguir con un producto defectuoso fruto de ideologías de mediados del siglo XX hoy plenamente desacreditadas. Menudo lío. Cuando disfrute de la libertad para ello, optará por el mejor de los dos caminos y se sacudirá el polvo de los pies.
La lex orandi tradicional inicia al clero y a los fieles en la lex credendi y la lex vivendi correspondiente. Por eso el papa Francisco, que se quejó de abusos litúrgicos pero nunca movió un dedo para eliminarlos porque él mismo los cometía y, fundamentalmente, porque no daba muestras de tener la Fe católica, se creyó en el deber de acabar con la rígida y retrógrada lex orandi romana mediante su infame documento Traditionis custodes. La religión de siempre no vale; ¡y menos en estos tiempos de sinodalidad!
Pero es tarde para ello. La religión de siempre está de vuelta. Es imposible erradicarla. Ha echado raíces, éstas han alcanzado una gran profundidad, y el divino Cultivador se ha adelantado a las langostas y las ha superado en astucia. Las novedades se atrofian antes de dar fruto mientras surgen por doquier los frutos de la Tradición, hasta en los más improbables rincones, donde se los veía desde hacía décadas, como en los Países Bajos (en el norte de Europa, epicentro de la apostasía). Los sacerdotes jóvenes no son unos ignorantes; a los fieles fervorosos les han mentido más de la cuenta, y están firmemente resueltos a perseverar y burlar a los pastores asalariados.
De conformidad con lo que aconsejó el Señor de «Diréis solamente): Sí, sí; No, no. Todo lo
que excede a esto, viene del Maligno» (Mt. 5,37), decimos que no a la revolución y sí a la Tradición. Y seguiremos diciendo que no a la ruptura y sí a la restauración.
Debemos ser «prudentes como serpientes y sencillos como las palomas» (Mt.10,16), pacientes como garzas, vigilantes como águilas, laboriosos como las abejas y fuertes como leones aprovechando todas las oportunidades que nos presente el Señor. Viene el futuro de la Tradición. Y tenemos el deber de ser y hacer lo que nos exija para que sobreviva.
1 Hay que reconocer que la revolución litúrgica ha causado tanto trastorno que muchos se están dando cuenta de los excesos a los que dio lugar el hiperpapalismo en la reforma litúrgica preconciliar, y por eso los libros litúrgicos de antes de 1955, los verdaderamente tridentinos, están volviendo a lo grande.
2 Entre paréntesis, conviene destacar que el cardenal Walter Brandmüller explica unos aspectos jurídicos importantes que todos conocemos por intuición pero nunca pensamos en ellos. Esas observaciones las hizo en concreto con relación a Traditionis custodes, pero pueden tener una aplicación mucho más amplia:
Para empezar, hay que señalar que no es obligatorio que una ley sea aceptada por las partes interesadas para que tenga carácter vinculante. Eso sí, tiene que ser acogida. Esto significa una aceptación positiva de la ley haciéndola propia. A partir de entonces es cuando se confirma y adquiere pemanencia, como enseñó Graciano, padre del derecho canónico († 1140) en su célebre Decreto. El texto original dice: «Leges instituuntur cum promulgantur. Firmantur cum moribus utentium approbantur. Sicut enim moribus utentium in contrariem nonnullae leges hodie abrogatae sunt, ita moribus utentium leges confirmantur» (c. 3 D. 4). Una ley queda establecida cuando se promulga. Y se confirma cuando los usuarios de dicha ley la aprueban con su conducta. Pues así como se han revocado actualmente bastantes leyes a raíz de la conducta de quienes la aplican en sentido contrario, de igual modo se corroboran las leyes con el comportamiento de quienes las aplican».
Ahora bien, esto quiere decir que para que una ley sea válida y vinculante tiene que contar la aprobación de aquellos a quienes va destinada. Así pues, nos encontramos con que hoy en día hay leyes que han sido derogadas porque no se cumplían, mientras que por el contrario se mantienen otras que son observadas por los afectados.
En dicho contexto, se puede aludir también a la oportunidad que brinda el derecho consuetudinario según la cual una objeción justificada a una ley de la Iglesia universal tiene, al menos en principio, un efecto suspensivo. Esto quiere decir, sin embargo, que hasta que no se haya aclarado la objeción no hay obligación de obedecer.
Es preciso recordar además que, de haber dudas en cuanto a la fuerza vinculante de una ley, eso significa que no es vinculante. Ahora bien, algunos historiadores considera este relato fantástico o legendario, pero si ha sobrevivido es prueba de cierto orgullo por parte del la Iglesia milanesa por haber sida confirmardo sus libro litúrgicos a pesar de que toda la Iglesia de Occidente va por otro camino.
3 Ver http://www.newadvent.com/cathen/01394a.htm. Algunos historiadores consideran fantástico, pero el hecho de que haya llegado hasta nuestros días da a entender cierto orgullo por parte de la Iglesia milanesa a pesar de que casi toda a Iglesia de Occidente va por otro camino.
4 Véase la Historia del breviario de Batiffol. El apego a la sagrada tradición (el cual incluye tradiciones (o monumentos como se llamaron en otro tiempo) que llevan el sello de la verdad, confesión, testimonio e identidad católica, es una manifestación de sensus fidelium. Cuando los católicos ingleses asistieron a la primera misa de Cranmer fueron muchos los que se rebelaron espontáneamente. Y cuando en nuestro tiempo algunas conferencias episcopales ha intentado prohibir la Comunión en la boca y de rodillas, los laicos han protestado y han terminado por ser apoyados por la Santa Sede. Actualmente en la diócesis de Charlotte (Carolina del Norte) hay fieles que se niegan a comulgar de pie a pesar de que el obispo se ha desvivido por dificultar la genuflexión. No vendría mal enumerar los muchos casos semejantes que ha habido a lo largo de la historia. Tenemos que meditar sobre este fenómeno y extraer algunas lecciones de ello.




























