Unas consagraciones episcopales necesarias



Eduardo Tomás Toro

Las consagraciones episcopales de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X del 1 de julio en la pradera del seminario de Écône han sacudido los cimientos del panorama eclesial actual. Ha habido muchas reacciones tanto antes como después de las mismas, y como testigo que ha vivido ese día en primera persona me propongo escribir con el corazón en la mano.

«Por fin ha llegado el día», se escuchaba entre los fieles congregados como un pequeño ejército de almas buscadoras y sedientas de fe y esperanza. Si pudieran volver a aquel día y escuchar a todo aquel que se acercó ese día, no escucharían ningún ánimo revanchista ni combativo en contra de Roma, sino el clamor de unos hijos fieles de la Iglesia.

Con este artículo no pretendemos justificar extensamente las consagraciones, ni explicar detalladamente el proceso por el que se llegó a las mismas, para ello recomendamos leer y escuchar el sermón realizado por el superior general de la Fraternidad Rvdo. P. Davide Pagliarani el día de la ceremonia. ¿Qué queremos entonces? Hacer una reflexión profunda y breve del statu quo, escuchar el sentido cristiano que brota del sensus fidei vivido aquel día.

Un testigo en Écône

Amaneció el gran día con lluvias intermitentes, como se despiertan los grandes acontecimientos de nuestro tiempo. Inasequible al desaliento, la pequeña cristiandad de Écône se congregó con familias, religiosos, seminaristas y sacerdotes. Nada más empezar la ceremonia el sol radiante de la esperanza llenó con su luz a aquellos que nos encontrábamos allí. La ceremonia era de una solemnidad tal que podría conmover a cualquiera que pasara por allí.

Después de los primeros ritos de la consagración episcopal y del Canon, empezó una tormenta increíble. Era como si el tiempo hubiera estado conteniendo el aliento mientras se desarrollaban los ritos esenciales y el Señor permitía al diablo probar nuestra fe. La reacción fue de reunirse en las carpas preparadas para la comida y así escapar de la tormenta, pero lejos de interrumpirse la oración, la fuerza del rosario cantado se transformó en el clamor del pueblo fiel que no quería ser acallado. Después se produjo la comunión y la continuación con total normalidad, saliendo un sol radiante para recibir las primeras bendiciones de los obispos consagrados.

El sensus fidei ante la tormenta

Había gente venida de todas partes, de diversas nacionalidades y lenguas, era como un nuevo Pentecostés en el que se presenció una renovación de fe. ¿A qué veníamos todos? Leyendo y escuchando las opiniones que encontramos en los medios de información ajenos al espíritu que allí se vivía, podría parecer que, a rebelarse contra Roma, en actitud revolucionaria y de desobediencia, para así consumar un cisma. Pero este no era el sentir de los que allí estábamos.

Muchos nos encontramos cansados y agobiados por la situación de la Iglesia y escuchamos la voz del Señor «y Yo les aliviaré» (Mt. XI, 28). ¡Cómo nos duele nuestra Iglesia! Aquella en la que caben todos, menos los que hacen la Misa en latín, en la que todas las sensibilidades y experiencias tienen la bendición de nuestros pastores. Nosotros no queremos otra cosa más que vivir lo que la rica tradición milenaria de nuestra fe católica ha vivido, y con la esperanza de continuar tan gran obra nos dispusimos a ir a estas consagraciones.

¡Qué imagen más diabólica y estigmatizada la que tienen actualmente de nosotros! Y todos aquellos que condenan a la Fraternidad y sus prácticas, en especial lo sucedido el primero de julio, ¿hablaron igual cuando la Pachamama entró en la Basílica de San Pedro? ¿o cuando se denigra continuamente nuestra santa religión promoviendo un espíritu mundano?

Estamos tan tristemente acostumbrados a tantos escándalos dentro de nuestra Iglesia, no solo morales y sexuales, sino a problemas institucionales sin precedentes, que hemos perdido la esperanza de un verdadero cambio. La Fraternidad no ha pretendido desgarrar la túnica de Cristo, sino remendarla por medios extraordinarios. Han pedido audiencia al Santo Padre, han tratado de dialogar con él, pero no ha habido recibimiento; ¿por qué? Porque ya no quedan argumentos. Suena el grito de Louis de Saint-Just durante el Terror revolucionario jacobino en 1793: «No hay libertad para los enemigos de la libertad».

¿Qué es lo que defiende la Fraternidad Sacerdotal San Pío X? ¿Quiénes son? Antes de desacreditar su obra, hay que conocer quiénes están detrás. Se habla continuamente en nuestra Iglesia de que en todo tiene que estar en el centro la persona humana; ¿han estado en el centro las personas con la gestión de este drama? ¿Excomulgar a 600.000 personas de un plumazo sin escucharlas es coherente y razonable? No quiero entrar aquí en el análisis jurídico-canónico de la validez de estas excomuniones, o de su real aplicación, pero es del todo dudoso.

El estado de necesidad

El estado de necesidad ha sido la justificación de la Fraternidad para consagrar los obispos, y podríamos definirlo con el adagio clásico necessitas non habet legem. Las leyes positivas de la Iglesia existen para el bien de las almas, si hay una norma que se convierte en un obstáculo para la salvación o para la preservación del bien más alto, la ley debe ceder ante la necesidad. Los criterios son la existencia de un peligro grave, la inminencia, la imposibilidad de recurrir a otros medios y la proporcionalidad.

Me pregunto, ¿consagrar obispos sin la autorización de Roma es algo que va contra el derecho divino? Es una medida disciplinaria para mantener la unidad con el Sumo Pontífice, pero esta unidad no es en la persona de Robert Prevost como León XIV, sino en la fe que profesamos. La fe es el acto de asentimiento a la verdad revelada y debemos preservar los medios que ayudan a propagarla.

La Misa Tradicional no es una riqueza museística que debe preservarse, sino un medio de santificación fecundo. Se dice en contra de la Fraternidad que ahora hay posibilidad de asistir a la Santa Misa Tradicional con el beneplácito total de Roma en otros lugares; ¿y la continuidad a futuro? Cuanto más tiempo pasa nos damos cuenta de que se restringe y trata de prohibir, como se ve en el motu proprio Traditiones Custodes.

Todas las comunidades lícitas que están constituidas sobre el rito romano tradicional lo fueron gracias al motu proprio Ecclesia Dei de Juan Pablo II, como medida desesperada tras las consagraciones episcopales realizadas por monseñor Marcel Lefebvre el 30 de junio de 1988. Resulta paradójico y contradictorio que estas comunidades que gozan de la libertad jurídica para celebrar la liturgia tradicional lo hagan gracias a un camino que fue abierto, con enorme sacrificio y rechazo, por la Fraternidad hace décadas. Sin estos actos de valentía no habría futuro ni continuidad de la Tradición.

Obediencia católica

La postura de rebeldía caprichosa se contrapone a la obediencia católica como virtud intelectual y volitiva, no es una abdicación de la razón servil. La obediencia es la sumisión de la voluntad a un superior legítimo dentro del ámbito de su autoridad con el fin último de agradar a Dios. Tiene el límite en el que si lo que se manda va contra el bien de la fe o la Ley de Dios, no debe obedecerse.

Obviamente consagrar unos obispos no es un acto pecaminoso en sí, pero aquí el problema es la necesaria autorización de Roma. Nos preguntamos, ¿por qué no da Roma autorización? Simplemente nos espetan su negativa, pero no se conocen las razones, pero estas son obvias: esperar a que no haya continuidad para poder acabar con la buena obra empezada.

Debemos respeto y obediencia a la autoridad del Santo Padre, pero esta nunca puede ir en contra del bien común. El problema aquí radica en saber qué es el bien, y está claro que la Fraternidad no puede erigirse como autoridad suprema de sí misma. Pero, qué han de hacer, no hay alternativas, pues «Señor, ¿a quién iremos? Tú sólo tienes palabras de vida eterna» (Jn. VI, 68).

Todo se dirige desde Roma a la paganización y desacralización de las cosas de Dios para poner la dignidad humana en el centro. No es un mensaje ni análisis catastrófico, sino una visión realista. Recuerdo las conclusiones del libro de Stanley G. Payne, El catolicismo español, tras ver la herejía modernista, y siendo él completamente neutro en la materia religiosa, concluye que con el Concilio Vaticano II se implantó el modernismo.

La Tradición como deber

La Fraternidad no busca crear una Iglesia paralela ni romper con la jerarquía, su vocación es ser el guardián de un tesoro que no le pertenece mientras arrecia la tormenta. Como nos enseña S. Pablo, «Tradidi vobis quod et accepi» (os transmití lo que yo mismo recibí). Con estos medios extraordinarios se garantiza que cuando amaine el temporal, como lo hizo el día de las consagraciones tras la Sagrada Comunión, las futuras generaciones puedan recibir intacta la fe de siempre. No hay un deseo de separación, como demuestra la continua y sincera solicitud de diálogo, sino la caridad profunda de mantener encendida la luz de Cristo que brilla en la Tradición milenaria que transmite la fe.

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