Grandes teólogos católicos defienden el diseño divino


La Tradición católica frente al dogma de Darwin. Tercera y última entrega

«Pregunté a la Tierra [¿qué es mi Dios?], y respondió: «No soy yo eso», y cuantas cosas se contienen en la Tierra me respondieron lo mismo. Pregunté al mar y a los abismos, y a todos los animales que viven en las aguas, y respondieron: «No somos tu Dios; búscale más arriba de nosotros» (…) Entonces dije a todas las cosas que por todas partes rodean mis sentidos: «Ya que todas vosotras me habéis dicho que no sois mi Dios, decidme por lo menos algo de Él». Y con una gran voz clamaron todas: «Él es el que nos ha hecho». Estas preguntas que digo que hacía a las criaturas, era sólo mirarlas atentamente y contemplarlas, y las respuestas que digo que me daban era presentarse todas con la hermosura y orden que tienen en sí mismas».

En este ejemplo, San Agustín es el paradigma del estudioso que busca sinceramente, como dice el libro de la Sabiduría. El que, percibiendo las obras de Dios, entiende que han sido creadas y a partir de ahí venera a su Creador. Más adelante en el mismo tratado San Agustín explica por qué la respuesta de esas criaturas no es tan elocuente para todos:

«Esta hermosura y orden del universo, ¿no se presentan igualmente a todos los que tienen cabales sus sentidos? Pues, ¿cómo a todos no les responde eso mismo? Todos los animales, desde los más pequeños hasta los mayores, ven esta hermosa máquina del universo; pero no pueden hacerle aquellas preguntas, porque no tienen entendimiento que como superior juzgue de las noticias y especies que traen los sentidos. Los hombres sí que pueden ejecutarlo, y por el conocimiento de estas criaturas visibles pueden subir a conocer las perfecciones invisibles de Dios, aunque son llevados del amor de estas cosas visibles (…) Ni estas cosas visibles responden a los que solamente les preguntan, sino a los que al mismo tiempo que preguntan saben juzgar de sus respuestas (…) Por mejor decir, a entrambos y todos hablan; pero solamente las entienden las que saben cotejar aquella voz que perciben por los sentidos exteriores con la verdad que reside en su interior. Esta voz es la que me dice: «No es tu Dios el cielo ni la Tierra, ni todo lo demás que tiene cuerpo».

San Buenaventura

San Buenaventura desarrolla con entusiasmo franciscano lo que entendió el santo de Hipona de que la creación responde a todo el que esté dispuesto a escuchar:

«Todas las criaturas, consideradas ya en sus cualidades perfectivas, ya en las defectivas, con muy fuertes y elevadas voces proclaman que Dios existe, del cual necesitan a causa de su deficiencia y del cual reciben el complemento. De donde a proporción de su mayor o menor perfección, unas con grandes, otras con mayores y otras con máximas voces claman que Dios existe«.1

¿Qué hombre es capaz de oír esas voces? Responde San Buenaventura en su Itinerario de la mente a Dios: «Todas las criaturas de este mundo sensible llevan al Dios eterno el espíritu del que contempla y degusta»2. Quiere el sabio franciscano que nos fiemos de su palabra; Dios se da a conocer por medio de las propias criaturas, en las que ha dejado su firma. «Menester es decir que así como la causa se manifesta en el efecto y el la pericia del artífice en su obra, también Dios, artífice y causa de la criatura, es conocido por ésta)».³

Santo Tomás de Aquino

El fraile dominico Santo Tomás de Aquino dijo cosas por el estilo. En las fuentes que más valoraba –las Sagradas Escrituras, los Padres de la Iglesia, Aristóteles– descubrió argumentos que corroboraban el mensaje que leía en las criaturas: que existe un Dios, que es actualidad pura, posee todas las perfecciones y es esencial y de manera suprema bueno, infinito, omnipresente, inmutable y decididamente uno; el origen de toda la realidad. En igual medida que para San Buenaventura, para el Aquinate la creación es comparable a un libro, como observamos en un comentario a Romanos 1,19. Salvo por revelación especial,

«Así fue como Dios se manifestó a los hombres, infundiendo una luz interior, y con los signos exteriores visibles de las criaturas, en los cuales, como en un libro, leyeran el conocimiento de Dios».

Con las siguientes palabras, Santo Tomás pone fin al debate de por qué es palpable que la naturaleza tiene una finalidad:

«Es claro que la naturaleza no es sino la razón de cierto arte, el divino, ínsito en las cosas, por el cual las cosas mismas se mueven a un fin determinado; es como si el artífice que construye la nave pudiera distribuir la madera de tal modo que ella misma se moviera para producir la forma de la nave»5.

Es la misma estrategia que encontramos en la quinta de las célebres Cinco Vías que demuestran la existencia de Dios:

«La quinta vía se toma del gobierno del mundo. Vemos, en efecto, que cosas que carecen de conocimiento, como los cuerpos naturales, obran por un fin, como se comprueba observando que siempre, o casi siempre, obran de la misma manera para conseguir lo que más les conviene; por donde se comprende que no van a su fin obrando al acaso, sino intencionadamente. Ahora bien, lo que carece de conocimiento no tiende a un fin si no lo dirige alguien que entienda y conozca, a la manera como el arquero dirige la flecha. Luego existe un ser inteligente que dirige todas las cosas naturales a su fin, y a éste llamamos Dios»6.

En un sermón que predicó al pueblo de Nápoles hacia el final de su vida, Santo Tomás seguía insistiendo:


«Dios es quien lo gobierna y provee todo. Cree en Dios quien cree que todo en este mundo está sujeto al gobierno y providencia de Dios. Si alguno cree que la existencia de las cosas se debe al azar, es que no cree que existe Dios. Quién va a ser tan insensato que niegue que toda la naturaleza, que obra conforme a un tiempo y un orden muy concretos, está supeditada al dominio, la previsión y el orden dispuesto por Alguien. Observamos que el Sol, la Luna, las estrellas y todas las creaturas siguen un rumbo determinado, lo cual sería imposible si fuesen fruto de la casualidad. Así pues, como dice el salmista, es de insensatos no creer en Dios: «El insensato dice en su corazón: “No hay Dios”» (Sal. 13,1).

El ateo. Grabado de Cornelis Huyberts, 1725

San John Henry Newman

A partir de la conclusión implícita en Sal.3,1 de que reconocer la existencia de Dios es ante todo una cuestión del corazón y de sed de verdad, John Henry Newman formuló una perspectiva que se centraba más en la conciencia que en pruebas de orden cosmológico o teleológico.

Es innegable que Newman desconfiaba de la capacidad de los argumentos para convencer a incrédulos que no querían creer, o siquiera escuchar. Sabía que era esencial una actitud de simpatía hacia el Evangelio, estar dispuesto a dejarse convencer, para que los oídos aceptaran los argumentos apologéticos, no digamos para que la mente los evaluara.

Pero Newman no eran un solipsista cartesiano para el que toda certidumbre tuviera su raíz en la propia alma. Todo lo contrario: era particularmente sensible a la belleza y el mensaje del mundo natural (como San Agustín) que hablan al corazón despierto:

«¿Acaso el mundo entero no expresa su alabanza a Dios? Cada estrella del firmamento, cada árbol y cada flor sobre la Tierra; todo cuanto crece, todo cuanto existe, los bosques frondosos, las perdurables montañas… ¿no nos hablan de Dios? Las perlas marinas, las piedras preciosas incrustadas en las rocas, el metal de las minas, el mármol de las canteras… criaturas hermosas y valiosas dan por doquier fe de Aquel que las creó. ¿No son acaso todas ellas obra, rúbrica y testimonio de Él? El cielo, la Tierra, el mar, ¿no forman parte de un inmenso templo natural, una amplia catedral para el Prelado de nuestras almas, el Sacerdote que se basta por Sí mismo y lo creó todo al principio, y que comprándonos volvió a adquirir posesión de todo ello»?8

En Discursos sobre la fe, Newman proclama, conforme a Sabiduría 13 y a Romanos 1, que en el mundo natural se pueden encontrar huellas de Dios:

«Ha dejado calcados en él muchos de sus atributos: su inmensidad, su sabiduría, su poder, su bondad y su maestría. Pero ante todo, la propia faz del mundo con la gloria y belleza de la eterna excelencia divina (…) Se trata de una cualidad que, según la ley de nuestra naturaleza, nunca de suscitar en nosotros una admiración que aviva nuestros afectos suscitando un desinteresado homenaje. Y nos lo prodiga a manos llenas, manifestando a su Creador por todo el mundo visible. Escapad, pues, de la prisión de vuestros razonamientos, la ciudad, la obra del hombre, el acoso del pecado. Alejaos, hermanos, de las tiendas de Cedar y el fango de Babilonia. Salid al campo a meditar con el patriarca, y a partir del esplendor de la obra haceos una idea de la inimaginable obra del Arquitecto»9.

Conclusión

Podríamos multiplicar hasta la saciedad testimonios en este sentido de todos los siglos de la Cristiandad. Pocas dudas caben de la evidencia de la unanimidad de la Tradición en cuanto a la causalidad creadora e inteligente de Dios como Autor de toda la realidad. De su altura y profundidad, desde las galaxias hasta las partículas subatómicas. Esta causalidad fundamental se puede entender desde una perspectiva y contemplación racionales de la realidad creada. Puede ser cuestión de fe, pero no tiene por qué serlo necesariamente.

Fue este el sentido en el que Santo Tomás entendía que el mejor de los filósofos paganos, Aristóteles, alcanzó a vislumbrar al menos la creatividad del Primer Principio, del Motor inmóvil10. El Estagirita no sabía cómo ni por qué había creado Dios el mundo, pero observó que una Mente infinitamente perfecta era la fuente del orden del cosmos. Ha sido tema de debate si Santo Tomás acertó o no en su interpretación de Aristóteles; lo que sí está claro es que Platón, Aristóteles, San Agustín, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino, Newman e infinidad de otros pensadores concuerdan en que este mundo está ordenado por el bien, al bien y para el bien11. Con mayor o menor claridad, todos ellos comprendieron la primacía y causalidad del Bien, y junto con ella, de la Sabiduría que todo lo gobierna –pues ambas son inseparables–, y dieron testimonio de ella.

Que Dios en su providencia rige, en lo general y en los detalles, el mundo natural en que vivimos, y que el evidente orden que ha impreso en lo creado es la causa de su diversificación, es enseñanza de las Escrituras y la Tradición, y antítesis del dogma de Darwin. Cualquier otra opinión que quiera considerar un católico tiene que ajustarse plenamente a este esquema.

Gracias por su atención, y que Dios los bendiga.

1 Cuestiones disputadas sobre el misterio de la Santísima Trinidad, en Obras de San Buenaventura, tomo V, Biblioteca de Autores Cristianos, cuestión 1, artículo 1, conclusión. Madrid 1963.

2 Itinerario de la mente a Dios, en Obras de San Buenaventura, tomo I, Biblioteca de Autores Cristianos, capítulo 2, artículo 11. Madrid 1963.

3 En I Sent., dist. 3, pt. 1, qu. 2, cuerpo del texto, in Selections from Medieval Philosophers (Nueva York: Charles Scribner’s Sons, 1929), p. 131. Quien desee profundizar puede leer mi artículo The World as Symbol of Divine Beauty in the Thought of St. Bonaventure, en Faith & Reason XXIV/XXV (1999–2000): 31–54. Lo que quiere decir San Buenaventura es: no es que el concepto de Dios sea un postulado infinitamente remoto que responda a la ininteligible cuestión de por qué existe algo en vez de nada. Se manifiesta en los efectos deliberados del intelecto.

4 Comentario a la Epístola a los Romanos, lección 6. Nos hemos tomado una pequeña libertad para que quede más claro lo que quiere señalar Santo Tomás: «Sic ergo Deus illis manifestavit vel interius infundendo lumen, vel exterius proponendo visibiles creaturas, in quibus, sicut in quodam libro, Dei cognitio legeretur.» En este caso concreto, la repetición de preposiciones vel… vel… tiene más el sentido de tanto como que el de o… o.

5 Comentario a la física de Aristóteles, libro II, lección XIV, nº183, 2001, Universidad de Navarra.

6 Suma teológica, I, qu. 2, art. 3; cf. ST I, qu. 103, art. 1. El Aquinate desarrolla más el tema en I-II, q. 13, a. 2: «La virtud de lo que mueve se manifiesta en el movimiento del móvil y, a causa de esto, en toda cosa que es movida por una razón, aparece el orden de la razón que mueve, aunque la cosa misma carezca de razón; así una flecha se dirige directamente al blanco por moción del arquero, como si ella misma tuviera razón. Y lo mismo se ve en los movimientos de los relojes y en todos los ingenios artificiales humanos. Ahora bien, lo mismo que se relacionan las cosas artificiales con el arte humana, se relacionan todas las cosas naturales con el arte divina. Y, por eso, se ve orden en las cosas que se mueven según la naturaleza, lo mismo que en las que se mueven mediante la razón, como se dice en el libro II de la Física. Por eso sucede que en las obras de los animales brutos se ven ciertas sagacidades, porque tienen inclinación natural a ciertos procesos muy ordenados, como que están ordenados por el arte suprema. Y precisamente también por eso se llaman prudentes o sagaces algunos animales, no porque haya en ellos razón o elección alguna. Y esto se aprecia en que todos los que son de la misma naturaleza obran de un modo semejante».

7 Sermones sobre el Credo apostólico, art. 1, en The Catechetical Instructions of St. Thomas Aquinas, trad. de Joseph B. Collins (Nueva York: Wagner, 1939), 7. V. In De caelo III, ch. 2, nº. 434–37, dice: «¿Es posible o imposible que se mueven de un modo desordenado combinen su acción de la misma forma en que se componen los cuerpos compuestos de la naturaleza, como por ejemplo carne y huesos? Pues eso es lo que afirma Empédocles que sucedió por obra del amor. Asevera que muchas cabezas nacieron sin cuello (…) Movimiento desordenado significa en realidad movimiento no natural, dado que el orden propio de las cosas perceptibles está en su naturaleza. Es asimismo absurda e imposible la idea de que un movimiento desordenado se mantenga indefinidamente. Pues la naturaleza de las cosas es la que la mayoría de ellas posee la mayor parte del tiempo. Por eso, su observación las sitúa en la postura contraria de que el desorden es natural y el orden o sistema innatural. Pero ningún hecho natural puede tener origen en el azar. Parece que Anaxágoras lo entendió perfectamente, porque inicia su cosmogonía a partir de objetos inanimados» (el destacado es nuestro).

8 Del sermón Offerings for the Sanctuary, en Parochial and Plain Sermons, vol. 6, sermón 21; texto aquí (en inglés).

9 Discursos sobre la Fe, nº14: The Mystery of Divine Condescension; texto aquí (en inglés).

10 V. Mark Johnson, Did Saint Thomas Attribute a Doctrine of Creation to Aristotle?, en The New Scholasticism 63 (1989): 129–55. Santo Tomás estableció una clara distinción entre la actividad creadora entendida en un sentido metafórico, como donar a un ser su realidad misma de ser, su esse, lo cual únicamente Dios, que es el Ser propiamente dicho (ipsum esse per se subsistens) puede hacer, cosa que supone una dependencia continua del efecto hacia la causa; y, por otro lado, el modo libremente escogido por Dios por el que se realizó dicha actividad. Es decir, que tales criaturas no siempre existieron, sino que cobraron existencia a partir de la nada (o sea, que antes de ellas no había nada), y que por tanto el tiempo se inició en el momento exacto en que las criaturas comenzaron a existir (véase CCC, nn. 213, 296). Una vez establecida esta distinción, sostiene Santo Tomás que Aristóteles, y hasta cierto punto también Platón, sabían que en un sentido metafísico Dios era el Creador (en el sentido de aquel que da el ser (esse) o realidad última a las cosas, si bien ninguno de los dos pudo saber que la creación de Dios había tenido un principio en el tiempo (como el universo físico que conocemos alcanzará su fin con la Parusía), pues esto sólo se puede conocer mediante la Revelación.

11 Salvo donde el hombre o el ángel hayan introducido el mal a causa de sus pecados. Pero eso sería tema para otro trabajo, el ataque a la Creación. En este me he centrado en la Creación de Dios, no en la rebelión ni la Redención.

Peter Kwasniewski
Peter Kwasniewskihttps://www.peterkwasniewski.com
El Dr. Peter Kwasniewski es teólogo tomista, especialista en liturgia y compositor de música coral, titulado por el Thomas Aquinas College de California y por la Catholic University of America de Washington, D.C. Ha impartrido clases en el International Theological Institute de Austria, los cursos de la Universidad Franciscana de Steubenville en Austria y el Wyoming Catholic College, en cuya fundación participó en 2006. Escribe habitualmente para New Liturgical Movement, OnePeterFive, Rorate Caeli y LifeSite News, y ha publicado ocho libros, el último de ellos, John Henry Newman on Worship, Reverence, and Ritual (Os Justi, 2019).

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