El dilema de escoger entre mantener la integridad de la Fe católica sin ambigüedades y ser reconocidos canónicamente

Conviene recordar el caso histórico de un gran santo que se vio ante el siguiente dilema: había que decidir entre mantener sin ambigüedades la integridad de la Fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa. Ese santo fue un Padre de la Iglesia del siglo IV, San Atanasio de Alejandría. En el año 357 el papa Liberio, tras haber firmado una profesión de fe ambigua, pues omitía una palabra tan fundamental doctrinalmente como consustancial, ordenó a San Atanasio que estuviera en comunión con los obispos arrianos y semiarrianos. Prelados con los que el Sumo Pontífice, presionado por el Emperador, se había puesto desgraciadamente en comunión. San Atanasio se negó a obedecer al Papa, por lo que éste, según el testimonio de San Hilario de Poitiers y otras fuentes históricas, lo excomulgó acusándolo de perturbar la paz en la Iglesia. A pesar de que el Pontífice lo había excomulgado, San Atanasio siguió gobernando su diócesis de Alejandría, y hasta manifestó comprensión hacia la lamentable conducta de Liberio. Pero San Dámaso, sucesor de Liberio en el trono pontificio, mostró gratitud hacia San Atanasio y lo consultaba en cuestiones relativas a los obispos de Oriente. Liberio fue el primer pontífice no canonizado, mientras que San Atanasio no sólo fue canonizado sino incluso declarado Doctor de la Iglesia.

Según la definición de cisma en el Código de Derecho Canónico hoy vigente, San Atanasio sería declarado cismático por rechazar la comunión con eclesiásticos (herejes y semiheréticos) que estaban canónicamente reconocidos y sometidos al Romano Pontífice.

Las consagraciones episcopales celebradas en Écône por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X el pasado 1º de julio son otra muestra de este raro dilema: el de tener que decidir entre mantener sin equívocos la integridad de la Fe católica tal como la ha enseñado el Magisterio a lo largo de los tiempos y gozar del reconocimiento canónico del Santo Padre. El dilema es palpable en las condiciones exigidas por el Papa para el reconocimiento canónico de la FSSPX: la obligatoriedad de aceptar ambigüedades doctrinales recientes (expresadas en algunas doctrinas no definidas del Concilio Vaticano II, que fue un concilio pastoral) y, no sólo aceptar la validez, sino también la legitimidad del rito de la nueva Misa a pesar de su vaguedad doctrinal y ritual que manifiesta una clara ruptura con el Rito Romano de siempre.

Al hablar de este complejo asunto es esencial mantener una perspectiva sobria, aclarar los términos y no perder de vista el objetivo auténtico y primordial y la gran tradición de la Iglesia. Porque esa Tradición se remonta a mucho más allá de las últimas décadas y siglos. Y al mismo tiempo hay que tener en cuenta situaciones análogas que se dieron en algunas de las grandes crisis de la historia de la Iglesia.

En los últimos siglos se han dado dos graves situaciones en la Iglesia que han tenido como resultado una visión reduccionista de la realidad: la tendencia a dar al aspecto legal un carácter poco menos que absoluto, lo que se llama legalismo. Y la tendencia a otorgar un carácter absoluto a la persona del Sumo Pontífice y la obediencia que se le debe; o sea, papolatría. El legalismo, es decir la adherencia rígida a la letra de la ley, y la papolatría, o sea, la obediencia indiscriminada y casi incondicional al Papa, han llegado a ser más prioritarios que la necesidad de que no haya ambigüedad en la Fe y la liturgia. Y eso que a lo largo de todas las grandes crisis doctrinales de la historia de la Iglesia la norma inquebrantable consistió en evitar toda ambigüedad doctrinal como la del papa Honorio I, cuyas equívocas cartas doctrinales, publicadas como parte de su magisterio ordinario, fueron firmemente condenadas por sucesores suyos y por tres concilios ecuménicos a pesar de que su sucesor Juan IV intentó establecer cierta hemenéutica de continuidad.

En nuestros tiempos se afirma generalizando dentro de la Iglesia que no puede haber un problema de conciencia en obedecer al Papa y mantener clara la pureza de la Fe. En el fondo, eso quiere decir que se valora tanto la obediencia al Romano Pontífice que es preferible tolerar ambigüedades en materia de fe y de liturgia que desacatar un mandato pontificio. Aunque ese mandato sea una orden humana y por tanto falible. Igualmente ha surgido un concepto reduccionista de la comunión con el Papa o con la Iglesia. Existe el peligro de equiparar la obediencia al Sumo Pontífice con la obediencia a la Revelación divina.

También es preciso distinguir entre ley positiva –las normas disciplinarias impuestas por las autoridades eclesiásticas humanas– y la ley divina, o sea las verdades reveladas por Dios. Es imposible contravenir la Ley Divina y seguir siendo católico. Pero en circunstancias verdaderamente extraordinarias y excepcionales un católico puede verse obligado en conciencia a incumplir la ley positiva precisamente por fidelidad inquebrantable a la Ley Divina.

Los conceptos mismos de cisma y de sumisión no han sido claramente definidos en cuanto a su aplicación práctica y concreta. El canon 751 del vigente código define cisma como «rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los hermanos de la Iglesia a él sometidos». Lo cierto es que un concepto muy reducido de lo que se entiende por sumisión, cisma o apostasía ha surgido como un fenómeno reciente en la historia de la Iglesia, en el que una desobediencia material al Papa, independientemente de su intención, se equipara prácticamente con un cisma formal.

Hay que tener en cuenta el cisma formal, que supone el rechazo en principio de la autoridad pontificia mediante el establecimiento de una jerarquía paralela. Fue eso lo que pasó con la Iglesia Ortodoxa griega en 1054 y ha sucedido más tarde con diversos y numerosos grupos sedevacantistas hasta el día de hoy. Pero no se puede hablar de cisma formal en tanto que se mantengan la fe sobrenatural en el dogma del primado y la infalibilidad pontificios y el deseo de vivir en concreta sumisión a la autoridad pontificia aunque por culpa de la crisis sin precedentes que atraviesa la Iglesia no pueda por el momento materializarse plenamente. Una crisis tan extraordinaria puede incluir la ofuscación o suspensión temporal del supremo deber del ministerio petrino, que consiste en defender y proclamar sin medias tintas la integridad de la Fe católica y liturgia.

Lo mismo se puede decir del concepto de estar en comunión con el Papa. Durante muchísimo tiempo las ordenaciones episcopales se llevaron a cabo sin la intervención directa del Vicario de Cristo, e iglesias y prelados expresaban la comunión de diversas maneras. Hasta mucho tiempo después no empezaron a exigir los pontífices que toda ordenación episcopal debía realizarse con un mandato de ellos. Y aun entonces, el derecho canónico no consideraba las ordenaciones sin mandato –o sea, sin permiso del Papa– delitos contra la unidad de la Iglesia, actos de por sí cismáticos ni algo intrínsecamente malo. E incluso hoy, el Código actual considera las ordenaciones sin mandato simples faltas relativas a la celebración de los sacramentos o usurpación de cargo.

De hecho, la norma que exige el mandato pontificio para las consagraciones episcopales es de derecho positivo, no divino. De lo contrario, esa norma se habría observado a lo largo de toda la historia de la Iglesia, por todos, en todo lugar, siempre y sin excepción. Por supuesto que el mandato pontificio para una ordenación episcopal es normalmente necesario, y es una norma prudente que se estableció con miras a garantizar la sujeción jerárquica de los prelados al Papa.

La extraordinaria naturaleza de la crisis que atraviesa hoy la Iglesia se manifiesta en este caso en que una congregación cuya característica esencial es el deseo de ser fieles al Romano Pontífice –que es lo que considera la FSSPX que es– se ve entre los cuernos de un dilema: u obedecer al Papa y verse por tanto obligada a aceptar aspectos ambiguos y nada claros de doctrina y liturgia, o desacatarlo en una cuestión grave como es la creación de obispos con la mera intención de transmitir la Fe y la liturgia en toda su integridad para el bien de las almas, y por ende de toda la Iglesia, el propio Papa incluido.

Tampoco hay que pasar por alto la totalidad del alcance de la crisis que vivimos, sino verla objetivamente y remontarse hasta sus raíces. Las raíces están en ciertas declaraciones doctrinales vagas y ambiguas del Concilio que desde hace sesenta años siembran confusión, como el relativismo doctrinal fruto de la enseñanza y práctica del ecumenismo y el diálogo interreligioso, que han contribuido a socavar la exclusividad de Jesucristo y su Iglesia cómo única vía de salvación. Es más, algunas deficiencias de la doctrina y el rito provocadas por la reforma litúrgica, con sus tendencias protestantizantes, han eclipsado la naturaleza centralmente propiciatoria de la Misa y sacado a Cristo del centro.

San Juan Enrique Newman hizo la siguiente observación, muy atinada y oportuna: «Cuando los obispos no enseñan de modo formal [ex cathedra] pueden errar, y en el siglo IV encontramos error. El papa Liberio fue capaz de firmar una fórmula eusebiana (arriana) en Sirmium, y una mayoría de prelados congregada en Ariminum [actual Rimini] u otro sitio, podían a pesar del error se infalibles en sus pronunciamientos ex cathedra (Arians of the Fourth Century, Londres 1876, p. 464). Lo que monseñor Rudolf Graber, obispo de Ratisbona, dijo hace más de cincuenta años describe mejor todavía la situación actual de la Iglesia: «Lo que pasó hace más de 1600 años se está repitiendo hoy, si bien con dos o tres diferencias: hoy Alejandría es la Iglesia universal, que se está tambaleando, y lo que entonces se resolvía por la fuerza y la crueldad ha pasado a otro nivel. El destierro ha sido reemplazado por el silencio y el asesinato por la difamación» (Athanasius and the Church of Our Time, Edinburgo 1974, p. 23; original: Athanasius und die Kirche unserer Zeit, Abensberg 1973).

Se puede decir que la FSSPX es la única congregación de la Iglesia que en la actualidad señala abiertamente las evidentes ambigüedades doctrinales de ciertas declaraciones conciliares y del rito de la nueva Misa, pidiendo que se aclaren sin ambages y, de ser necesario, se corrijan conforme al Magisterio constante de la Iglesia. La hermenéutica de la continuidad o reforma de la continuidad –actitud válida y útil en sípuede volverse una camisa de fuerza que se limite a tapar cosméticamente las heridas causadas por las ambigüedades y la confusión en la doctrina y en la liturgia. A todos los efectos, la Santa Sede impone una forma de razonamiento circular: que todo está en orden en tanto que se hagan agotadores esfuerzos intelectuales para que así sea.

De hecho, con su incansable insistencia en la claridad doctrinal y litúrgica, la FSSPX presta un gran servicio a toda la Iglesia, un servicio de proporciones históricas. Si la Santa Sede se tomara en serio esta actitud de la Fraternidad –y reconociera por tanto las ambigüedades objetivas de ciertas declaraciones del Concilio y del nuevo rito de la Misa–, iniciaría con ello el fin de la campaña modernista que se está llevando a cabo en la Iglesia, y que en realidad dio comienzo hace más de un siglo.

La crisis actual entre la Santa Sede y la FSSPX se puede ilustrar también por la siguiente parábola: una casona se incendia, y el capitán de los bomberos sólo permite unos métodos nuevos de extinción que han demostrado ser menos eficaces que los de toda la vida. Varios bomberos desacatan la orden, siguen con los métodos eficaces de siempre, y hasta llaman a más bomberos. Y así, a pesar de la prohibición, es fuego queda contenido en diversos puntos. Pero luego los llaman desobedientes y cismáticos y los sancionan.

Ampliemos la parábola. Ahora el jefe de los bomberos sólo admite a los que aceptan los nuevos métodos y obedecen las nuevas normas de extinción de incendios. Pero en vista de cómo se ha propagado el fuego, los tremendos esfuerzos para contenerlo y la ineficacia de los métodos oficiales, intervienen otros abnegados voluntarios –a pesar de que el capitán lo prohibió– aportando su experiencia, conocimientos y buenas intenciones y terminan por salvar la casa que el jefe de bomberos se esforzaba por proteger.

Con el tiempo, cambian las circunstancias y nombran a un nuevo jefe de bomberos. Éste se da cuenta de los desafortunados efectos de los nuevos métodos, y no sólo autoriza a emplear los tradicionales, de comprobada eficacia, sino que se convierte en ardoroso partidario de los mismos. Reconoce asimismo la contribución de los bomberos que en su momento no fueron entendidos y a los que se sancionó severamente, se los apartó y expulsó del cuerpo, y los reintegra. Al final, una vez pasado el trastorno, lo que en su momento se catalogó de desobediencia y rebelión resultó ser un acto de abnegado compromiso con el servicio.

Un día la historia mostrará cómo se aplican las siguientes palabras de San Agustín a la situación actual de la FSSPX:

«Muchas veces permite también la divina Providencia que hombres justos sean desterrados de la Iglesia católica por causa de alguna sedición muy turbulenta de los carnales. Y si sobrellevaren con paciencia tal injusticia o contumelia, mirando por la paz eclesiástica, sin introducir novedades cismáticas ni heréticas, enseñarán a los demás con qué verdadero afecto y sincera caridad debe servirse a Dios. El anhelo de tales hombres es el regreso, pasada la tempestad, o, si no les consiente volver, porque no ha cesado el temporal o hay amago de que se enfurezca más con su retorno, se mantienen en la firme voluntad de mirar por el bien de los mismos agitadores, a cuya sedición y turbulencia cedieron, defendiendo hasta morir, sin originar escisiones, y ayudando con su testimonio a mantener aquella fe que saben se predica en la Iglesia católica. A éstos corona secretamente el Padre, que ve lo interior oculto. Rara parece esta clase de hombres, pero ejemplos no faltan, y aun son más de lo que puede creerse. Así, la divina Providencia se vale de todo género de hombres y de ejemplos para la salud de las almas y la formación del pueblo espiritual» (De la verdadera religión, 6,11).

Es igualmente aplicable a los tiempos que vivimos lo que escribió San Atanasio a sus hermanos en el episcopado en medio de una crisis de incalculables proporciones:

«Los cánones y decretos de la Iglesia no se nos han dado hoy; nos los transmitieron correcta y firmemente nuestros antecesores. Tampoco comenzó la Fe en estos tiempos. Nos vino del Señor a través de sus discípulos. Para que los mandamientos que se han conservado en la Iglesia desde la antigüedad hasta hoy no se pierdan en nuestros días y se nos tenga que pedir cuenta de ello, avivaos, hermanos, como custodios de los misterios de Dios al ver como nos los arrebatan unos advenedizos» (Epístola encíclica, 1)

En su Providencia, Dios escribe derecho con renglones que desde una perspectiva meramente jurídica parecen torcidos. Quiera el Señor que ese día no tarde en llegar. Regocijémonos en las tribulaciones y digamos: Creo en la invencibilidad de la Iglesia y del Papado, y estoy convencido de que un día la Santa Sede volverá a refulgir ante el mundo entero como cátedra de verdad.

Mons. Athanasius Schneider
Mons. Athanasius Schneider
Anton Schneider nació en Tokmok, (Kirghiz, Antigua Unión Soviética). En 1973, poco después de recibir su primera comunión de la mano del Beato Oleksa Zaryckyj, presbítero y mártir, marchó con su familia a Alemania. Cuando se unió a los Canónigos Regulares de la Santa Cruz de Coimbra, una orden religiosa católica, adoptó el nombre de Athanasius (Atanasio). Fue ordenado sacerdote el 25 de marzo de 1990. A partir de 1999, enseñó Patrología en el seminario María, Madre de la Iglesia en Karaganda. El 2 de junio de 2006 fue consagrado obispo en el Altar de la Cátedra de San Pedro en el Vaticano por el Cardenal Angelo Sodano. En 2011 fue destinado como obispo auxiliar de la Archidiócesis de María Santísima en Astana (Kazajistán), que cuenta con cerca de cien mil católicos de una población total de cuatro millones de habitantes. Mons. Athanasius Schneider es el actual Secretario General de la Conferencia Episcopal de Kazajistán.

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