Eran casi las cinco de la tarde del 29 de marzo de 1796 cuando François-Athanase de Charette, el heroico general vandeano más conocido como simplemente monsieur de Charette, salió de la cárcel de Bouffay para recorrer el último tramo del camino de su vida.
Hacía seis días que lo habían capturado en los bosques de La Chabottiere, herido y agotado, al cabo de tres años de indómita resistencia. Ahora caminaba solo hacia la Plaza de los Agricultores, donde lo esperaba el pelotón de ejecución. Contaba treinta y dos años, y durante los últimos tres había encabezado la insurrección de La Vandea teniendo en jaque a los ejércitos de la república revolucionaria.
Avanzaba lentamente por culpa de las heridas, pero con dignidad. Llevaba el brazo derecho en cabestrillo. Se cubría la cabeza con un pañuelo anudado con cierta elegancia, en lo que podría calificar como el último gesto de vanidad del oficial de marina que había sido antes de convertirse en rey de La Vandea. En voz baja, Charette rezaba el Miserere y pasaba las cuentas del Rosario.
Cuando el cortejo entró en la calle Gorges, el general alzó por un instante los ojos hacia una ventana. Su hermana le había dicho que allí encontraría a alguien. Un anciano vestido de negro tenía un pañuelo blanco en la mano. Se trataba de un sacerdote refractario, es decir, de los que habían permanecido fieles a Roma en vez de a los jacobinos, como el el P. Guibert, que avanzaba al lado de Charette.
Charette inclinó la cabeza. Tras la ventana, la mano del sacerdote trazó en el aire la señal de la Cruz. Era la última absolución.
Faltaba poco para llegar a la plaza, en la que cinco mil soldados formaban un inmenso cuadrilátero. Dieciocho hombres de entre ellos habían sido seleccionados para componer el pelotón de fusilamiento. Y ante el paredón ya había sido colocado el que sería su féretro.
El clérigo que lo acompañaba le dirigió unas palabras de aliento. Charette le respondió con toda tranquilidad: «He desafiado en cien ocasiones a la muerte. Ahora me enfrento a ella por última vez, sin desafiarla ni temerla».
Tras rechazar la bebida que le ofrecieron, pidió autorización al oficial a cargo de la ejecución para dar él mismo la voz de «fuego» una vez rezada la última Avemaría. Le fue concedida. Rezó la oración en voz alta hasta las últimas palabras: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores ahora…» En este punto paró, alzó la mano y dio la orden de disparar. Dieciocho proyectiles lo acribillaron, y cayó a tierra entregando el alma a Dios.
Es indudable que Charette había pronunciado millares de veces a lo largo de su vida las palabras Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc et in hora mortis nostrae. Pero hasta aquel día las palabras nunc et in hora mortis se habían referido a dos momentos diferentes. El nunc era el presente; la hora mortis aludía a un futuro desconocido. Ante los fusiles republicanos, dejó por primera vez de haber diferencia entre ambos vocablos. No dijo las últimas palabras, «y en la hora de nuestra muerte», porque la hora de su muerte coincidía con el ahora, el momento presente. El Avemaría ya no era una petición para el futuro; se había convertido en la oración del presente. Todas las avemarías que Charette había rezado en su vida concurrieron en aquella última, que concluyó con la palabra ahora.
Este gesto de Charette contenía una profunda teología espiritual.
En Las glorias de María, San Alfonso María de Ligorio comenta con éstas las últimas palabras del Avemaría, Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc et in hora mortis nostrae: «Rogad siempre. Rogad ahora que estamos vivos en medio de tantas tentaciones y peligros de perder a Dios. Pero rogad más en la hora de nuestra muerte, cuando estemos a punto de salir de este mundo y presentarnos ante el tribunal de Dios». El nunc es el tiempo de combatir: «tentaciones y peligros de perder a Dios». La hora mortis es el momento en que la batalla llega a su fin y el hombre está a punto de comparecer ante el tribunal de Dios.
Cada vez que rezamos el Avemaría pedimos dos gracias: la necesaria para ser fieles en el momento presente y la de la perseverancia final para el último instante. Los dos tiempos contenidos en el Avemaría son el nunc, el momento actual, e in hora mortis nostrae. María tiene que asistirnos ahora, porque todo instante de la vida está expuesto al pecado, pero debe sobre todo asistirnos a la hora de la muerte, porque es el momento en que el alma se separa del cuerpo, sale de este mundo y comparece ante el juicio de Dios. La hora de la muerte es la hora decisiva, para la que en cierto modo nos preparan todas las demás. La vida consiste en una sucesión de ahoras hasta que llegue el último, en el que el nunc coincidirá con la hora de la muerte.
San Luis María Griñón de Monfort, apóstol de La Vandea que falleció en 1714, comenta en El secreto admirable del Santísimo Rosario el nunc recordando que sólo tenemos certeza del momento presente: «Ruega por nosotros ahora, durante el tiempo de nuestra vida corta, frágil y miserable. Ahora, porque sólo nos pertenece el momento presente». La hora de nuestra muerte –escribe– es una hora «tan terrible y peligrosa, cuando se agoten nuestras fuerzas, cuando nuestro cuerpo y
espíritu estarán abatidos por el dolor y el espanto», y Satanás redoblará sus esfuerzos, porque precisamente en ese momento se decide cuál será nuestro destino eterno. Por eso, San Luis María pide a la Virgen que aleje a los demonios en la hora de la muerte, que ilumine el alma ahuyentando las tinieblas que cubren la Tierra, y la invoca con estas palabras: «Guíanos y acompáñanos ante el tribunal de nuestro Juez, que es Hijo tuyo».
El santo de La Vandea propone por último que cuando se rece el Rosario se haga una pausa entre «ahora» e «y en la hora de nuestra muerte». El nunc es el único tiempo que verdaderamente poseemos. Pero entre todos los ahoras de nuestra existencia uno será diferente de los demás: el postrero. El 29 de marzo de 1796 aquella pausa no separó dos momentos diversos. Para Charette, en pie ante el pelotón que se disponía a ejecutarlo, aquellos dos momentos coincidían: el nunc se había convertido en la hora de la muerte. Y al alzar la mano para dar la señal de fuego, el general vandeano encomendó por última vez su alma a Dios.





























