¿Migas de pan para los pajaritos?

Robert Mutsaerts

A los protestantes les fastidia que en una iglesia católica no puedan recibir la Comunión. Es comprensible su resentimiento, pero tiene su origen en un malentendido. Un malentendido que, además, se basa en una cuestión fundamental. Porque no se trata de quién pueda sentarse a la mesa, sino de qué hay sobre la mesa. para muchos protestantes, la Cena del Señor es por encima de todo un banquete conmemorativo. Se conmemora la Última Cena, se proclama la muerte de Cristo y se vive la comunión de los fieles.

En cambio, la Iglesia Católica no cree que la Eucaristía sea una comida en forma de sacrificio, sino un Sacrificio en forma de comida. La diferencia parece sutil, pero en realidad media un abismo. En la Última Cena, Jesús no dijo: «Este pan representa mi Cuerpo». Dijo: «Esto es mi Cuerpo». Y del Cáliz no dijo: «Este vino evoca mi Sangre». Sino: «Ésta es mi Sangre». Palabras hondamente significativas e impropias de alguien que haya querido instituir un mero banquete conmemorativo. En el capítulo 6 de San Juan está más claro todavía. Cuando Jesús afirma que su Carne es verdadera comida y su Sangre verdadera bebida, se arma la de San Quintín. A sus oyentes les parece inaceptable. Algunos de sus discípulos hasta llegan a abandonarlo. Habría sido un momento ideal, se podría decir, para aclarar el malentendido. Para haber dicho: «A ver, muchachos, no se lo tomen tan literalmente. No es más que una metáfora». Pero Jesús no hace nada de eso. «¿También os queréis ir vosotros?», les pregunta. Por lo que se ve, estaba en juego algo esencial.

A veces se objeta que la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía no habría surgido hasta el siglo IV. Los primeros cristianos no habrían conocido otra cosa que un festín entre hermanos. Y más tarde la Iglesia habría desarrollado una teología compleja sobre el particular. ¿Seguro? Veamos qué dice San Ignacio de Antioquía, que vivió a comienzos del siglo II. O sea, no mucho tiempo después de los Apóstoles. Escribió que algunos falsos doctores se abstenían de recibir la Eucaristía porque no reconocían en ella la Carne de nuestro Salvador Jesucristo. No es la teología del siglo IV. Se remonta a aproximadamente el año 110 d.C. Y si no, vayamos a San Justino Mártir, que hacia la mitad del siglo II escribió expresamente que los cristianos no recibían las especies eucarísticas como simple pan y una simple bebida, sino como la Carne y la Sangre de Cristo encarnado.

Quien sostenga que la fe en la Presencia Real se originó varios siglos después no toma de los primeros cristianos más que lo que le interesa. Lógicamente, la doctrina se formuló posteriormente con más precisión. El concepto de transustanciación no alcanzó su precisión teológica hasta mucho más tarde. Pero la Iglesia no se pasó siglos distribuyendo mero pan y simple vino para luego decidir de la noche a la mañana que se trataba de Jesucristo mismo. El vocabulario teológico fue evolucionando. Pero la fe que expresaba es mucho más antigua.

Esto nos lleva a otra diferencia digna de atención.

Terminada la Misa católica, las hostias consagradas se conservan con suma reverencia en el Tabernáculo. ¿Por qué? Porque Cristo no deja de estar presente en cuanto termina la ceremonia. La Hostia no se convierte otra vez en pan cuando acaba la celebración. Por eso se arrodillan los católicos ante el Sagrario. Por eso tenemos la adoración del Santísimo Sacramento. En las iglesias protestantes, por el contrario, en la que la Cena del Señor se entiende como algo puramente simbólico, está claro que no es lo mismo. Después de la celebración no queda otra cosa que pan común y corriente, y por eso no hay problema en echar a los pajaritos las migas sobrantes, lo cual sería impensable para los católicos.

Lo curioso es que luego se acuse precisamente a los católicos de no ser suficientemente ecuménicos. Se dice que los protestantes admiten a los católicos en la cena del Señor mientras que los católicos les dan a ellos con la puerta en las narices. Pero una cosa es la hospitalidad y otra fingir que no haya diferencias sustanciales. Cuando un protestante invita a un católico a la cena del Señor lo hace conforme a su convicción personal de lo que sucede en ella. Y cuando un católico rechaza categóricamente que un protestante reciba la Comunión, también lo hace con arreglo a su fe en lo que es la Eucaristía.

Hay otro aspecto más. Según la doctrina católica, la Eucaristía es algo más que un encuentro personal con Cristo; es el sacramento de la unidad de la Iglesia. Quien comulga no sólo le dice amén a Cristo, sino también a la Fe de la Iglesia que celebra esa Eucaristía. Difícilmente se podrá expresar con un sacramento una unidad que no existe todavía en cuestiones esenciales de fe. La Iglesia Católica tiene previstas excepciones en circunstancias particulares, pero no altera los principios fundamentales. La Comunión no es un medio que permita cerrar los ojos a diferencias que hay en la fe. Es la máxima expresión de una unidad en la fe que tiene que estar físicamente presente. No es falta de caridad. Es cuestión de verdad.

Otro motivo por el que la Iglesia Católica no puede tomárselo a la ligera es que la Santa Misa es algo más que una simple conmemoración del Sacrificio del Calvario. Es el Sacrificio único de Cristo en la Cruz que se hace presente de un modo sacramental. Jesús no es crucificado de nuevo. Su Sacrificio no se repite. Es el mismo Sacrificio, el mismo Sumo Sacerdote, el mismo Cordero el que se sacrifica, pero se hace presente de manera incruenta. Ahí está el corazón del culto católico. Cristo se ofreció al Padre en el Calvario por la salvación del mundo. En la Eucaristía, esa misma donación se actualiza sacramentalmente. Y luego recibimos como alimento para el alma al que se ofreció por nosotros. Primero el Sacrificio, luego la comida. Mejor dicho: la comida es la participación sacramental en el Sacrificio.

La Santa Misa no es un encuentro religioso en el que se consume un poco de pan y vino a modo de sugerente conclusión.

La Misa es el Calvario sacramentalmente presente entre nosotros. Por eso en el centro de todo templo católico hay algo más que una mesa para comer: hay un altar, y el sacerdote y los fieles miran preferiblemente en esa dirección.

El remedio a la división entre católicos y protestantes no está en invitarse unos a otros y luego hacer la vista gorda ante las diferencias. Eso no es ecumenismo. Es indiferencia teológica acompañada de un gesto de cortesía. La verdadera unidad no se alcanza colocando la verdad entre paréntesis sino buscándola juntos. Si la Iglesia Católica rechaza la comunión no es porque no quiera que sus hermanos separados tengan a Cristo. Todo lo contrario: se toma a Cristo tan en serio que no puede comportarse como si su Presencia Real, su Sacrificio y su Iglesia fueran detalles secundarios.

En definitiva, hay una sola pregunta: ¿qué hay sobre el altar? ¿El pan nos evoca a Cristo? ¿O es Cristo mismo en forma de pan? Si la primera tesis es la verdadera, no hay ningún problema en hablar de una mesa para todos. Pero si la verdadera es la segunda, ya no es lo mismo.

Como vemos, no es cuestión de hospitalidad sino de adoración. Y en ese caso el Sagrario no es una panera. Ni la Hostia consagrada migas para los pajaritos.

+Rob Mutsaerts

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