Al comenzar el dictado de segundo año de comunión, las dos catequistas de la Capilla “San Expedito” –uno de los centros neurálgicos de la eclesiología popular– advirtieron a sus alumnos que el sacerdote de la parroquia había cambiado. Jésica, una niña de once años que asiste regularmente a las misas dominicales de la Parroquia, irrumpió en medio de la clase y dijo:

-“A este Padre yo no lo entiendo. Al otro se le entendía todo”

El nuevo Padre es Javi Maldini, un apuesto porteño que viste jeans, camisas modernas y zapatos de gamuza. Fue puesto en funciones a principios del mes de abril por Monseñor Martiniano Raulín, recién bajado del avión que lo traía desde Medellín, al que asiste como Coordinador de la Comisión Permanente para Asuntos Pastorales Periféricos y sus Anexos de la Conferencia Episcopal de Latinoamérica y el Caribe-. La ceremonia fue bulliciosa plena de guitarreros y aplaudidores, que transmitían la “alegría del evangelio”.

El (muy) Ordinario del lugar venía a cumplir lo que le había anticipado al Profesor Maquiaveli: unificar al Pueblo de Dios, para que “todos sean uno” –como reza el jingle papal-, dejando de lado el oscurantismo y la tristeza que campeaba con el viejo Cura Héctor Castrera, que como su apellido lo sugiere había castrado a esta comunidad de pensamiento libre, alegría y misericordinas.

El nuevo párroco dijo que venía a instaurar una “iglesia de puertas abiertas” y lo cumplió ese mismo día, aunque desde afuera llegaran los ruidos de motos y autos, el sonido de alguna radio que trasmitía el partido de Boca Juniors y hasta algún perro atrevido que se animó a entrar ante tanto jolgorio, ahora que S.S. había decretado que también ellos irían al cielo.

El Padre Javi no predica desde el ambón, sino que “baja al pueblo” y se dirige a ellos con ojos entrecerrados, con cara de poeta enamorado. Les habla de los colores de su casulla símbolo de la alegría cristiana. Y de las líneas curvas que significan a “un Espíritu que es sólido pero no rígido”, siguiendo las líneas centrales de la nouvelle theologie de Monsignor Toucheaux y sus “Teoría del Poliedro”. En ese sentido, antes de misa, había entrado a la página web de la UCA y repasado que: “…Que no hay que obsesionarse demasiado por cuestiones particulares, limitadas, demasiado personales. Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. “Ni la esfera global que anula ni la parcialidad aislada que castra”. Por eso, el modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, sino el poliedro “que es la unión de todas las parcialidades que en la unidad conservan la originalidad de su parcialidad”…”.La magistral cita aún se encuentra en la página de la Universidad Católica Argentina, Cátedra Pontificia. (Fuente: aquí)

No hizo como el retrógrado Castrera que recordaba cada domingo la existencia del Pecado, el Purgatorio y el Infierno, atemorizando a las ovejas con un Dios premiador de justos y castigador de malvados.

Además, Castrera –con su negra sotana- se había quedado en Trento –como dijo una particular dama de la Obra- y anatematizaba, olvidando que siempre los “extremos son malos”, y que a veces andar por el medio, tocar un poco la guitarra y dar la paz a tutti cuanti ayuda a la “cultura del encuentro”.

Pero la niña, nacida y criada en las periferias reales, dijo a sus catequistas que al viejo Castrera “le entendía todo lo que hablaba”. La pobre Jésica aún está bajo el influjo del incienso, las sotanas –del cura y sus monaguillos-, el órgano y pizcas de latín. Igual les pasa a algunas mujeres maduras que les confesaron a las catequistas sus dificultades para entender a Maldini. Y a otros tantos que de a poco se alejaron de la parroquia.

El Padre Javi ante la incomprensión de estos fieles tallados en el oscurantismo consultó a su Obispo. Monseñor Martiniano Raulín, en un espacio de su apretada agenda, lo tranquilizó diciendo:

-Ya se amoldarán a esta Gran Iglesia Argentina, llamada a ser “faro en el mundo”. Algunos son gente ruda y desconfiada, que “no tiene asfalto” como noshotros que nos criamos en San Juan y Boedo, de la Gran Capital de Suramérica. Hay que poner más guiones en la misa para que expliquen lo que los evangelistas no supieron transmitir. Hay que esperar a la gente en la puerta como los relacionistas públicos de los “boliches de onda”. Hay que ponerle alegría a los templos y no agobiar a los feligreses que vienen con el estrés de la vida cotidiana. Hay que guardar el órgano, traer guitarras y acordeones. Sumar un grupito de buenos cantores que respondan el salmo hasta que la plebe aprenda a afinar. En fin, esperar que den resultados las “nuevas líneas pastorales de acción” que está delineando el episcopado latinoamericano. Educar al soberano  como dijo Domingo Faustino, el gran maestre de nuestro suelo.

Y se fue raudamente a tomar el avión, que lo alejaría unos días de estas tierras bárbaras y lo llevaría nuevamente a tierras colombianas, desde la cual idearía –junto a sus colegas indoamericanos del CELAM- nuevas estrategias evangelizadoras sin necesidad de recurrir –como Castrera- a los viejos dogmas que Jésica entendía perfectamente pero que le causarían un temor de Dios inapropiado para el Año Jubilar de la Misericordia.

Hildebrando Tittarelli