Sus centinelas son ciegos, ninguno sabe nada. Todos son perros mudos que no pueden ladrar, soñadores acostados, amigos de dormir (Is 56,10)

Escribí este artículo con ocasión de las últimas elecciones catalanas; pero no fue posible publicarlo a tiempo (antes de las elecciones). Me ha parecido oportuno recuperarlo ahora, ante la resaca electoral que estamos sufriendo, para añadir un elemento de análisis: ¿Cómo estaría hoy el panorama político español si los movimientos laicos, los curas, las órdenes religiosas, los obispos y la Conferencia Episcopal hubiesen tomado partido en la defensa de los valores morales que aporta la Iglesia Católica en su doctrina a nuestra sociedad, empezando por la defensa de la vida y de la familia? ¿Qué imagen queda de la Iglesia? Pues la real: que no está por lo que ha de estar…

Es una lástima que hayamos consentido que el gran conflicto del aborto, que atenta de frente contra el 5º mandamiento de la Ley de Dios, el que nos dice “No matarás”, se convirtiera en un tema político, siendo como es desde hace muchos miles de años un tema religioso, y por tanto de conciencia y, sobre todo, de Derecho Natural; es ciertamente una lástima que al tratarlo los curas y los obispos tengamos que ir con pies de plomo para no pisar callos políticos.

Por eso no me he abstenido de sacarlo a colación durante la últimas campañas electorales en Cataluña y en España, precedidas de una interminable precampaña. Y ahora, con la matraca del independentismo catalán. Que son dos tazas del mismo caldo podrido de democracia liberal y laicista.  Porque efectivamente, a la hora de ir a votar, a los católicos coherentes nos importa mucho no ayudar con nuestro voto a partidos que se declaran a favor del aborto: puesto que sabemos que si alcanzan el poder o alguna cuota del mismo, legislarán y administrarán en ese sentido. Es una cuestión de conciencia y de coherencia.

Y es absolutamente legítimo luchar a favor de las propias convicciones sin andarse con distingos de oportunidad, que de eso sufrimos en exceso. Es legítimo decirle al católico que va a votar, que procure no ayudar con su voto a un partido abortista a alcanzar el poder. Seguramente que hay mecanismos estadísticos que nos pueden informar sobre el porcentaje de católicos practicantes que han votado a partidos abortistas. Por supuesto que son los suficientes miles como para inclinar la balanza de unos cuantos diputados hacia un partido o hacia otro. Y sin embargo, nuestra jerarquía eclesiástica ni siquiera ha abierto la boca para orientar a los fieles con claridad meridiana. Ahí está el caso de la jueza que autorizó a una menor a abortar contra la voluntad de sus padres el pasado octubre en Vigo.    Y es que parece que existe un pacto no escrito por el que los obispos renuncian a intervenir, pase lo que pase, durante el periodo electoral… ¡para no influir! Y para muestra un botón: la acongojada tibieza con que el episcopado enfrentó la eutanasia que le practicaron –matándola de hambre y de sed- a una niña en coma en Santiago de Compostela apenas hace un mes.

La razón es obvia: una parte significativa del arco parlamentario nacional y autonómico, está formada por partidos que además de ser nacionalistas son abortistas. Y no estaría bien que los obispos de la Conferencia Episcopal Catalana (llamada Tarraconense), pusieran palos a las ruedas del secesionismo catalán, restándole votos por una “bagatela moral” como el aborto. Y no estaría bien que los obispos de la Conferencia Episcopal Española pusieran palos en las ruedas, por el mismo motivo, al Partido Popular. No se les esperaba, ni se presentaron a orientar concretamente a los fieles al respecto y así han enterrado el voto católico y ha pasado lo que ha pasado.

Teniendo tanto el secesionismo como el aborto la consideración de cuestiones políticas, el episcopado ha decidido que, estando en juego lo que está en juego –el 0,7%, las subvenciones, la escuela concertada, la clase de religión, que emplea a tanto incompetente y el buen rollo con el poder-, no deben pronunciarse, ni menos ser insistentes sobre esta última cuestión. Pero el silencio sólo les alcanza para la cuestión del aborto, porque respecto a la cuestión nacional  y al calentamiento climático, algunos prelados sufren una verdadera incontinencia verbal.

Sin embargo, no se circunscribe el problema a los partidos explícitamente abortistas, sino que se extiende más allá. Porque no está nada claro que le esté bien a la Iglesia propiciar el voto a favor de los partidos hipócritas que dejan que sean otros los que tiran la piedra. Quizá debiéramos llamarlos abortistas por omisión, aunque acaso sea todavía esta calificación demasiado piadosa. Porque resulta que estos partidos que nunca han roto un plato, siguen encantados la senda de los partidos abortistas. No promueven el aborto legislativamente, pero lo siguen administrativamente a rajatabla; y a veces con mayor entusiasmo que los partidos abortistas. Por eso, no está nada claro que un verdadero católico tenga que votar a esos partidos en aras del mal menor, porque con su voto se convierte en cómplice tan remoto o secundario como se quiera, pero cómplice al cabo de innumerables abortos; no tan explícito como si votase a un partido declaradamente abortista, pero al final, cómplice necesario y colaboracionista vergonzante.

Por supuesto que me planteé seriamente esta cuestión a la hora de meditar mi voto. Tuve bien claro que si votaba a uno de esos partidos, mi conciencia de cristiano coherente no estaría como para dar saltos de satisfacción ni para premiarse con parabienes, porque con mi voto contribuía cuanto menos a su hipócrita política abortista por omisión.

Pero entendí también muy claramente que tantas veces los pastores están en la misma situación. Ellos no son partidarios del aborto, claro que no, pero circunstancias hay que les convierten también a ellos, en comparsas de una música que ellos no han compuesto ni tocado, ciertamente, pero los abortistas por adscripción ideológica o por convicción, y agazapados tras ellos los que dicen no serlo en absoluto, les están metiendo una goleada de vergüenza.

Y entonces, ¿qué se puede esperar del rebaño? Lo que más abunda en él son también los abortistas por omisión: por no presentar batalla cuando se discute sobre el tema, por no hacerse notar, por no buscarse un problema que, en el fondo, no les va ni les viene, porque a ellos nadie los va abortar. La eutanasia -¡esa sí que nos afecta a todos!- es harina de otro costal… De eso, del pecado de omisión, habló precisamente el clérigo alemán Martin Niemöller tras la II Guerra Mundial:

Cuando los nazis vinieron a buscar a los socialistas, guardé silencio,
porque yo no era socialista,
Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata
Cuando vinieron a buscar a los católicos,
no protesté,
porque yo no era católico,
Cuando vinieron a buscar a los judíos,
no pronuncié palabra,
porque yo no era judío,
Cuando finalmente vinieron a buscarme a mí,
ya no había nadie que pudiera protestar.

De aquellos polvos vienen estos lodos, reza el sabio refrán. Ya es demasiado tarde para lloriquear.  La noche está avanzada, y el día se echa encima. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz (Rm 13, 12) para combatir por la Verdad y morir con Cristo para resucitar un día con Él (cf. Flp 3, 8).

Padre Custodio Ballester Bielsa