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San Juan Bautista vs. Kasper el bautista

Hace dos semanas, en el sermón, hablé del concepto bíblico de la levadura. En el Evangelio de ese domingo, Nuestro Señor usa la levadura en una breve parábola para describir la expansión del Reino de Dios, algo que no se ve; sin embargo, es muy poderoso y se expande, como la levadura en el pan. También hablé sobre cómo se usa la levadura, en sentido bíblico: para describir la expansión, la propagación de algo malo. San Pablo advirtió sobre la levadura de la inmoralidad sexual al grupo cristiano de Corintio.

Nuestro Señor nos advirtió de la levadura de los fariseos, con la que Él se refirió, sin lugar a dudas, a la hipocresía religiosa, ya que los fariseos eran conocidos, a los ojos del resto de sus hermanos judíos, por mantener la Ley por encima de la voluntad de Dios, para su propio beneficio.

Pero, en el Evangelio, Nuestro Señor nos advirtió acerca de la levadura de Herodes. Herodes aparece en la lectura del Evangelio de hoy (13 de diciembre de 2015). Tengan cuidado con la levadura de Herodes, no es la levadura de los fariseos. Cuando observamos a Herodes (y hubo varios llamados así en su dinastía), parece que su levadura no es otra cosa que el secularismo; se da prioridad al secularismo frente a la verdadera religión. Hay gran número de Herodes en la Historia y reinaron en tierras de Israel; algunos son citados en los Evangelios y en el libro de los Hechos. El más conocido, y repudiado, es Herodes el Grande, aunque debería llamarse Herodes el Horrible.

Los Herodes eran mitad judíos y mitad edomitas, pero los césares de Roma les dieron el poder de gobernar sobre su gente, siempre que fueran leales a Roma. Así que, para los Herodes, primero era el césar y después Dios; el Imperio Romano, antes que la religión verdadera.

Herodes el Grande fue el monstruo que ordenó, en la época del nacimiento de Cristo, la matanza de niños; pronto escucharemos la historia de cómo temía al Niño Cristo y quiso su asesinato allá en Belén. El hecho de que Herodes tuviera una muerte horrible, parece ser un castigo divino; fue poco tiempo después del nacimiento de Cristo, tras el fallido intento de asesinato del Hijo de Dios.

El Herodes del Evangelio de hoy, es uno de sus tres hijos, Herodes Antipas, que reinó en su lugar. Este Herodes, reinó en la zona norte de Galilea y en la región que bordea el río Jordán. Es el que hizo arrestar a San Juan Bautista. En el texto del Evangelio de hoy, los discípulos de San Juan Bautista van al encuentro de Jesús ya que, el Bautista, les dirige hacia el Hijo de Dios.

¿Por qué fue encarcelado San Juan Bautista en la prisión de Herodes? Porque denunció públicamente –y varias veces-, al tetrarca, el rey de esa región, por vivir en estado de adulterio; por haber dejado a su esposa –de hecho, ella tuvo que huir del país y buscar la protección de su padre en otras tierras-. Los Herodes eran conocidos por hacer matar a sus propios hijos y a sus esposas cuando se cansaban de ellos. Por esta razón, César hizo una vez el siguiente comentario: “Es mejor ser un cerdo en el reino de Israel, que un hijo de Herodes”, teniendo en cuenta que, los Herodes eran medio judíos y no tocarían un cerdo, pero un Herodes haría matar a su hijo o, como en este caso, a su esposa.

Así que, Herodes, tomó por esposa a Herodías, la mujer de su hermano, cautivado por su juventud y belleza. Como sabemos, ella tenía una hija: Salomé. Esto sucedió en una época en que divorciarse y volverse a casar eran tolerados; la excepción es que Herodes tomó a la esposa de su hermano y eso estaba prohibido. De hecho, es probable que ella también estuviera inquieta por este tema.

Por tanto, San Juan Bautista no pudo quedarse callado: eso era un escándalo. Este jerarca de los judíos, y siendo él mismo medio judío, respetaba la ley romana pero estaba en contra de la Ley Divina. Tengan, pues, cuidado con la levadura de los Herodes: cuando sea necesario, ellos escogerán al césar sobre Dios; escogerán al mundo por encima del Reino de Dios; escogerán el mundo secular por encima de lo Sagrado.

Por eso estaba San Juan Bautista en prisión; por eso San Juan Bautista fue asesinado. Ya conocemos esa historia.

Ahora imaginemos otro escenario. En lugar de San Juan Bautista tenemos a Kasper el bautista. Y, esta vez, tenemos una propuesta presentada por este cardenal, un defensor contumaz de que se admitan a la Sagrada Comunión y al Sacramento de la Penitencia, a las personas que permanecen en un estado continuo de adulterio; es más, que sean admitidos por completo en la Iglesia, sin estigmas.

San Juan Bautista no bautizaba con el Sacramento, bautizaba con el arrepentimiento. El arrepentimiento incluye: la aflicción o pena, incluso el odio, por nuestros pecados; el propósito de enmendar el pecado y el propósito de no pecar más. Éste era el bautismo de San Juan Bautista; ésta era su prédica, su enseñanza; no aceptaba excepciones.

Y, mientras, la gente se agolpaba para escuchar a San Juan; a él, que era la voz de la conciencia, la voz de la Iglesia que, en aquel tiempo, llegó al clímax y al final de la Vieja Alianza en su persona. La gente venía a escucharle, sin duda porqué sus conciencias les perturbaban al oírle. San Juan no decía: “Herodes, si tienes la conciencia tranquila, entonces estás bien. Continúa viviendo en matrimonio con la esposa de tu hermano; después de todo, tiene una hija. ¡Adelante! ¡Paga sus clases de baile! Críala como si fuera tuya. Confía en mi, estás bien ante Dios y ante los hombres”.

Si el Bautista hubiera dicho esto, habría vivido hasta la ancianidad y habría fallado por completo a su Salvador y a su Misión. Pero no, él no se callaba ni  en público ni en privado. Y sólo al Bautista se puede acallar y comprometer el pecado mortal.

¡Que ningún líder de la Iglesia amenace hoy con hacer lo mismo! ¡Basta de Kasper el bautista y sus propuestas! Y las de cualquier otro que busque rebajar la voz y el dolor de la conciencia, las únicas que podrían llevar al pecador a la contrición y de regreso a la gracia en el camino de la salvación. Escuchemos, también, la voz de San Juan Bautista, cualesquiera que sean nuestros pecados.

Que en este tiempo de Adviento, no sólo nos preparemos para celebrar el Nacimiento de Cristo, sino que, también nos preparemos para el hecho de que, un día, Cristo vendrá a por cada uno de nosotros y, en el último día de este mundo, en el último día de nuestra vida individual, seamos capaces de decirle: “Señor, escuché la voz de Juan el Bautista; escuché la voz de mi conciencia y en mi mejor disposición y posibilidad, he buscado cargar con mis cruces y seguir sobre las huellas de mi Salvador, Jesucristo”.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Sermón del sacerdote de la parroquia de San Pablo en Minnesota, Estados Unidos

[Traducción de  Cecilia González. Artículo original. Video del sermón]




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Edición en español de The Remnant, decano de la prensa católica en USA

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