Apenas nacido Jesús se anuncia a los hombres la buena nueva con el nombre característico de “un gozo, nuevo” ––“Evangelizo vobis GAUDIUM MAGNUM”––Jesús es la alegría del cielo que aparece sobre la tierra. Su doctrina es el Evangelio de la alegría, que transforma en alegría el dolor y sabe sembrarla en todo, hasta en la muerte. Su Iglesia es la Escuela de la alegría y la única que hace de la alegría un precépto. Recorred su ciclo litúrgico y no encontraréis nada tan encarecido, con tanta insistencia recomendado. Y hasta en los tiempos de mayor penitencia y austeridad, ––el Adviento y la Cuaresma––, interrumpe: la nota dominante de sus enseñanzas para recordar e insistir en el precepto dé la alegría en las Domínicas de Gaudete y Litare (III de Adviento y IV de Cuaresma).

Cuando el corazón desborda de alegría, ya no bastan las palabras y nos desahogamos cantando. El canto es El lenguaje de la alegría. Por eso es el canto el lenguaje oficial de la Iglesia.

La Iglesia siempre ha cantado. Inició sus cantos entre las sombras de las catacumbas; y cantó sobre la arena del Coliseo empapada con la sangre de sus hijos; y cantó en la hora del triunfo, cuando se irguió pujante sobre las ruinas del paganismo; y ha cantado en las prisiones como en los palacios, en los cadalsos como en los tronos; y es la única que lo mismo canta: sobre la cuna de sus hijos, bendiciendo su primer sueño, como canta sobre su sepulcro donde arrulla y  bendice el ultimo sueño de la muerte …. Ha pasado Siempre a través de  todos los tiempos cantando la inmensidad de su alegría.

Los santos nos ofrecen un extraño espectáculo. Cuando se trata de sufrir no saben decir “basta”, antes. Exclaman como San Francisco Javier:“Amplius, Domine” –– ¡Más Señor, más!: Pero cuando al contrario; nuestro Señor los inunda, con sus consuelos, desfallecen, y sintiéndose sucumbir, se ven precisados aclamar “Santis est, Domine, satis est” ––Basta, Señor, basta porque muero… ¿Será que en esta vida el corazón humano es tan inmenso para sufrir como limitado para gozar? ¿O más bien que las alegrías divinas, aun en esta vida no sufren comparación con nuestros dolores, superándolos incomparablemente? Si así es, esto mismo nos hace comprender que inefables son las alegrías divinas, pues sobrepujan sin medida a. nuestros dolores, y sin embargo, ¡se sufre tanto en la tierra!….

La vida del cristiano, aún en el destierro, debe pues ser de intensa, profunda y perenne alegría. La alegría es un deber, es una virtud, es un apostolado…

Estar alegres en ciertos momentos de la vida y manifestarlo a las personas que nos agradan es cosa, muy natural; pero estarlo siempre; con todos y a pesar de todo, ¡cuánta virtud supone!

Pero al mismo tiempo, la virtud alegre ¡cómo se hace atractiva y cómo la sonrisa constante crea en torno suyo un ambiente de paz y bienestar!

Más para que esta virtud sea genuinamente cristiana debemos poner en nuestro corazón la mismas causas que en el Corazón de Jesús y de María produjeron el gozo que acabamos de admirar, y los efectos serán también semejantes.

La verdadera alegría cristiana; nace de sabernos amados por Dios, de sentirnos en nuestra pequeñez objetó de sus complacencias, de comprobar la fecundidad de nuestros dolores. Para lo cual bastan dos cosas: una gran fe en el amor de Dios y una generosidad semejante que nos aplique a complacerlo en toda y siempre. En una palabra: creer en el Amor y complacer al Amor.

Si ay tantas almas abatidas, desalentadas, tristes, es porque no creen en el Amor… Si llegáramos a creer ciegamente en esta palabra; ¡Jesús me ama!¡Ah! ¡Habría para volveros locos! … Con razón San Juan, el apóstol del amor, en medio de una de sus epístolas lanza este grito de triunfo: “¡Nos vero credidimus caritati! ¡Por fin, hemos creído en el amor!” Mientras no se llega a esta fe, las almas languidecen en la mediocridad y se agotan en la tristeza. ¡Sólo el amor; el amor divino puede iluminar, expansionar y hacer fecunda una vida!

Si S. Francisco clamaba corriendo por valles y colinas: ¡El Amor no es amado! L’amore non e amato, podíamos completar y explicar su queja exclamando; “¡No se cree en el Amor! ¡No se cree en el Amor!” Si se creyera en El. ¡Cuánto se le amara!

Nosotros que no podemos resistir a la menor prueba de afecto que recibimos de las criaturas ¿Cómo podríamos permanecer indiferentes, si creyéramos en la inmensidad de amor con que Jesús nos ama?

No digamos: Jesús no me ama porque soy muy miserable ¿No nos ama acaso con Amor de misericordia? ¿ y que busca la Misericordia sino miserias?

Y si lo amaramos, ¡Cómo nos esforzaríamos por agradar y complacer en todo al amado! Diríamos entonces como Jesús “Siempre hago lo que más agrada  a mi Padre”; y juntamente con El, las complacencias infinitas envolverían nuestra alma, abriendo en ella la fuente de la alegría cuyas aguas saltan hasta la vida eterna.

Tenía razón un autor profano terminando una de sus obras con este atinado epifonema: “Sólo hay una tristeza sobre la tierra, la de no ser santo…”

¡CONFIEMOS EN ÉL!

G. Treviño
Misionero del Espíritu Santo