Acerca de la Carta Apostólica In Unitate Fidei

OTRO GOLPE HORRENDO A LA FE CATÓLICA

Noviembre de 2025: un mes que vio aparecer tres documentos que asestan durísimos golpes contra el catolicismo. La nota “Mater Populi Fidelis”, firmada por el Papa, el Prefecto de la fe y un secretario; el escrito del Prefecto Víctor M. Fernández, “Una caro”, sobre la cuestión matrimonial; y la Carta “In unitate fidei” aquí expuesta. Me centraré en la última misiva.

Como se verá seguidamente, “In unitate fidei” nada tiene que ver con lo que siempre se entendió en el mundo católico por la unidad de fe, sino que ahora se trata de una insistencia más en los lazos ecuménicos. La unidad de fe católica implicó siempre la creencia, confesión, práctica, resguardo y defensa de la única fe verdadera, esto es, la católica; en dicha unidad no tiene ingreso alguno las herejías, las heterodoxias, las invenciones humanas que se oponen al catolicismo. La unidad que pretende el documento de León XIV está parada en la yunta que, pretendiéndose superadora de diferencias, tienda a la unión; así, puede leerse en el punto 12 –verdaderamente escandaloso- cosas como: “debemos dejar atrás controversias teológicas que han perdido su razón de ser para adquirir un pensamiento común y, más aún, una oración común al Espíritu Santo, para que nos reúna a todos en una sola fe y un solo amor.”

El punto 8 presenta un engaño mayúsculo: “Desde el Concilio de Calcedonia, en 451, el Concilio de Constantinopla fue reconocido como ecuménico y el Credo niceno–constantinopolitano fue declarado universalmente vinculante. [11] De este modo, llegó a ser un vínculo de unidad entre Oriente y Occidente. En el siglo XVI lo mantuvieron también las Comunidades eclesiales nacidas de la Reforma. El Credo Niceno–Constantinopolitano resulta así la profesión común de todas las tradiciones cristianas.” El Credo Niceno, por ejemplo, confiesa la virginidad de la Madre de Dios, cosa que no hace el satánico protestantismo.

El punto 10, al igual que en los últimos documentos eclesiásticos, no deja pasar la oportunidad para meter la cuestión ecologista: “¿…la exploto, la destruyo, en lugar de custodiarla y cultivarla como casa común de la humanidad?«

Igualmente el punto 10 enfatiza algo que resulta una ironía de mal gusto: “El Concilio Vaticano II recalcó que los cristianos son al menos en parte responsables de esta situación, porque no dan testimonio de la verdadera fe y ocultan el auténtico rostro de Dios con estilos de vida y acciones alejadas del Evangelio.” ¿Un Concilio Vaticano II que con las introducciones que hizo llevó a una apostasía de escaladas impensadas es el que se presenta a sí mismo como testigo de la fe verdadera?

La Carta In Unitate Fidei del Papa León XIV nombra a San Atanasio. Todos  los pesares que vino a sufrir el santo obispo han sido precisamente por su irrenunciable amor y defensa de la fe católica, única y verdadera. Dice San Atanasio: “Vosotros sois los dichosos que por la Fe permanecéis dentro de la Iglesia, descansáis en los fundamentos de la Fe, y gozáis de la totalidad de la Fe, que permanece inconfusa. Por tradición apostólica ha llegado hasta vosotros, y muy frecuentemente un odio nefasto ha querido desplazarla, pero no ha podido; al contrario, esos mismos contenidos de la Fe que ellos han querido desplazar, los han destruido a ellos. Es esto en efecto lo que significa afirmar: ‘Tu eres el Hijo de Dios vivo’. Por tanto, nadie prevalecerá jamás contra vuestra Fe, mis queridos hermanos, y si en algún momento Dios os devolviere los templos, será menester el mismo convencimiento: que la Fe es más importante que los templos.

También el punto 12 es iterativo de la falsa unidad buscada: “Finalmente, el Concilio de Nicea es actual por su altísimo valor ecuménico. A este propósito, la consecución de la unidad de todos los cristianos fue uno de los objetivos principales del último Concilio, el Vaticano II. [16] Treinta años atrás exactamente, san Juan Pablo II prosiguió y promovió el mensaje conciliar en la Encíclica Ut unum sint (25 de mayo de 1995). Así, con la gran conmemoración del primer Concilio de Nicea, celebramos también el aniversario de la primera encíclica ecuménica. Ella puede considerarse como un manifiesto que ha actualizado aquellas mismas bases ecuménicas puestas por el Concilio de Nicea”. Y en otra parte del punto en cuestión se lee ese espíritu que apareció con Concilio Vaticano II, un espíritu de redescubrimiento, espíritu que siempre está pronto para “hallar cosas nuevas”: “redescubrir la única y universal Comunidad de los discípulos de Cristo en todo el mundo. Compartimos de hecho la fe en el único y solo Dios, Padre de todos los hombres, confesamos juntos al único Señor y verdadero Hijo de Dios Jesucristo y al único Espíritu Santo, que nos inspira y nos impulsa a la plena unidad y al testimonio común del Evangelio”.

Nada tiene que ver la unidad de Nicea con la unidad modernista anhelada en la Carta aquí tratada. La unidad de Nicea es defensa de la exclusiva verdad católica confesada en la ortodoxia, la unidad de León XIV es defensa de diversidad no católica confesada en la heterodoxia.

De hecho, el ojo avizor advertirá que en ninguna parte de todo el texto “In unitate fidei” se usa las expresiones “catolicismo, católico, católica, catolicidad; ni se habla de Cristiandad”. En cambio, por razones ecuménicas, aparece cada dos por tres la expresión “cristianos”, dicción esta que, insisto, es usada con la carga significativa que se le da en el ecumenismo moderno.

Hacia el final del documento se pide una conversión por parte de todos: “Como en Nicea, este propósito sólo será posible mediante un camino paciente, largo y a veces difícil de escucha y acogida recíproca. Se trata de un desafío teológico y, aún más, de un desafío espiritual, que requiere arrepentimiento y conversión por parte de todos”. ¿Arrepentimiento de qué? ¿Conversión a qué? ¿En qué debería convertirse el catolicismo?

Causa gran congoja el verlo, pero nada tiene que ver el Credo Niceno-Constantinopolinato con la Carta ecuménica del Papa León XIV. De hecho, por si alguien no lo recuerda, el tajante Credo de Nicea, confesando la única unidad en el catolicismo, dice redondamente: “Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.

Tomás I. González Pondal
Tomás I. González Pondal
nació en 1979 en Capital Federal. Es abogado y se dedica a la escritura. Casi por once años dictó clases de Lógica en el Instituto San Luis Rey (Provincia de San Luis). Ha escrito más de un centenar de artículos sobre diversos temas, en diarios jurídicos y no jurídicos, como La Ley, El Derecho, Errepar, Actualidad Jurídica, Rubinzal-Culzoni, La Capital, Los Andes, Diario Uno, Todo un País. Durante algunos años fue articulista del periódico La Nueva Provincia (Bahía Blanca). Actualmente, cada tanto, aparece alguno de sus artículos en el matutino La Prensa. Algunos de sus libros son: En Defensa de los indefensos. La Adivinación: ¿Qué oculta el ocultismo? Vivir de ilusiones. Filosofía en el café. Conociendo a El Principito. La Nostalgia. Regresar al pasado. Tierras de Fantasías. La Sombra del Colibrí. Irónicas. Suma Elemental Contra Abortistas. Sobre la Moda en el Vestir. No existe el Hombre Jamón.

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