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Acercamiento a la figura de Jesucristo

Profundizando en nuestra fe – Capítulo 7

Acercamiento a la figura de Jesucristo (I)

 lo largo de este capítulo 7, que por su importancia y extensión dividiremos en cuatro o cinco artículos, intentaremos hacer una sencilla y a la vez seria Cristología con el fin de llegar a conocer un poco más a Jesucristo nuestro Redentor.

La promesa del Redentor

Cuando Adán y Eva cometieron el pecado original fueron expulsados del Paraíso. Sabiendo Dios que el hombre no podía salvarse por sus propias fuerzas, -pues el pecado había abierto un abismo infranqueable para el ser humano y sólo alguien con poder infinito podía salvarlo-, le hizo la promesa de un redentor que aplastaría con su virtud el poder de Satanás. Esta promesa se fue concretando paulatinamente a lo largo de la historia del Pueblo de Israel.

La promesa se inicia nada más cometer el pecado original: “Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; éste te aplastará la cabeza, y tú le acecharás a él el calcañal”. (Gen 3:15). La tradición cristiana ha visto siempre en este pasaje un anuncio del nuevo Adán (1 Cor 15: 21-22. 45). Y así lo afirmó el Concilio de Trento (DS 1573).

Desde entonces se inicia entre Dios y el ser humano lo que se conoce con el nombre de la “Historia Salutis”. En esta historia de salvación son fundamentales, de un lado, el ofrecimiento de una salvación por parte de Dios a los hombres; y de otro, la promesa de un Salvador que lleve a cabo dicha redención.

Dios hizo una primera alianza con todas las naciones en la persona de Noé (Gen 9). Posteriormente, escogió al pueblo de Israel para que fuera el portador de la salvación. Con ese fin, hizo sucesivas alianzas con Abraham (Gen 15-17), Isaac (Gen 26: 2-5), Jacob (Gen 28: 12 ss; 35: 9-12), Moisés (Ex 19-34), David (2 Sam 7: 5.11-16).

Con el paso de los siglos, las alianzas hechas por Dios con su pueblo se van concretando. Llega un momento en el que ya se anuncia claramente que el Mesías Salvador nacería de una mujer virgen (Is 7:14) en la ciudad de Belén de Judá (Miq 5:2):

Is 7:14: “El propio Señor os da una señal. Mirad, la virgen está encinta y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Enmanuel”.

Miq 5:2: “Pero tú, Belén de Efratá, pequeño entre los clanes de Judá, de ti me saldrá quien señoreará en Israel, cuyos orígenes serán de antiguo, de días de muy remota antigüedad”.

Todas estas alianzas hechas por Dios con su pueblo preparan la realidad de Jesucristo, quien cumple a la perfección los requisitos de las mismas, pues:

  • Cristo es Dios que viene con su poder infinito a ofrecernos y a realizar la salvación plena y total.
  • Cristo es hombre perfecto, Cabeza de la humanidad, quien será siempre fiel a Dios.
  • Quien a través de su muerte en cruz realizará un sacrificio redentor perfecto y agradable a Dios para conseguir nuestra redención.

Por eso la Encarnación de Cristo es presentada como la “nueva y definitiva alianza” que consigue el perdón para los hombres (Mt 26:28; 1 Cor 11:25; Heb 8: 10-13).

Mt 26:28: “Ésta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados”.

La necesidad de un Redentor

En la Biblia se nos dice con toda claridad que sólo Dios puede restaurar la “justicia” destruida por el pecado de nuestros primeros padres. El Antiguo Testamento describe el fracaso de todos los intentos humanos de auto-redención. La historia de las continuas alianzas de Dios con su pueblo así lo demuestra. Es en el Nuevo Testamento cuando ya se nos dice claramente que sólo Dios puede borrar nuestros pecados y salvarnos (Mc 2: 5-12).

El hombre no era capaz de salvarse a sí mismo por tres razones:

  • La naturaleza del ser ofendido por nuestros pecados: Dios infinito. Nuestros pecados siendo actos humanos, y por ende finitos, tienen una malicia infinita en razón de la naturaleza que recibe la ofensa: Dios.
  • La naturaleza del mismo pecado: pues el pecado produce un estado de muerte espiritual permanente que sólo cambia con la intervención del poder divino.
  • El carácter sobrenatural de la salvación: pues remite el pecado, nos hace recuperar la gracia y produce una conversión sobrenatural de nuestro corazón.

Todo lo cual exige un poder sobrenatural para producirse. Pero el hombre había perdido todo lo sobrenatural por el pecado; había quedado separado de Dios y condenado al infierno…, pero Dios tuvo compasión de él.

La figura del Mesías Salvador en el Antiguo Testamento

La palabra “mesías” significa “ungido. Posteriormente, sería traducida al griego como “cristos” y al latín como “christus”. Entre los judíos, al hablar del “Mesías” con mayúsculas, se hacía referencia a la creencia y a la promesa hecha por Dios de un instaurador del “Reino de Dios”; reino que por ello llevaría el nombre de “Reino mesiánico”

El Mesías Salvador aparece a lo largo del Antiguo Testamento con rasgos humanos (hijo de Davíd, 2 Sam 7: 12-16) y también divinos (Enmanuel – Dios con nosotros, Is 7:14).

Lo vemos también como rey (2 Sam 7: 12-16; Sal 2, 89, 110, 132; Jer 22:29), profeta (siervo de Yahveh” Is 42: 1-7; Is 52:13-Is 53:12) y sacerdote (Deut 33: 8-11; Ex 40:15; Num 25:13; Eclo 45:24). Títulos que luego aparecerían recogidos en Jesucristo  como rey  (Mt 15:22), profeta (Jn 7:49), y sacerdote (Heb 5:10).

Junto con estas concepciones sobre la figura del Mesías que hemos repasado, aparece también la revelación de un Mesías que vendrá de lo alto y que actuará como mediador entre Dios y el Pueblo elegido. El título más importante que se le da a este Mesías celeste es el de “Hijo del hombre” del profeta Daniel (Dan 7: 9-14). Jesucristo utilizó para sí mismo este título en multitud de ocasiones pues era el que más le apartaba de las concepciones mesiánicas de tipo político y horizontalista, al tiempo que señalaba claramente su divinidad. Este título, se combina con el de “Siervo de Yahweh” de un modo tan claro en sentido de su divinidad, que produce el escándalo de los que rechazaban su mesianismo, condenando a Jesús por blasfemo (Mt 26:64; 17:12).

El hecho de la Encarnación en la Sagrada Escritura

Entendemos por “Encarnación del Hijo” al hecho de que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad tomara carne en el seno de la Virgen María por obra del Espíritu Santo.

Con el nacimiento de Jesucristo, la época de las largas preparaciones para la venida del Salvador ha terminado (Lc 2: 1-10; Gal 4:4; Heb 1:1)

Lc 1: 26-38: En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret.  A una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Entrando le dijo: Alégrate, llena de gracia; el Señor es contigo. Ella se turbó al oír estas palabras, y discurría qué podría significar aquella salutación.  El ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios,  y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.  y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin.  Dijo María al ángel: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?  EL ángel le contestó y dijo: EL Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios.  E Isabel, tu pariente, también ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el mes sexto de la que era estéril,  porque nada hay imposible para Dios.  Dijo María: He aquí a la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y se fue de ella el ángel.”

Con la Encarnación de Cristo la revelación de Dios llega a su plenitud:

Jn 1: 1-14: “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba al principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por ÉL, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la abrazaron…. Era la luz verdadera, (luz) que viniendo a este mundo ilumina a todo hombre. Estaba en el mundo y por Él fue hecho el mundo, pero el mundo no le conoció. Vino a los suyos, pero los suyos no le conocieron.  Mas a cuantos le recibieron dioles poder de venir a ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre; que no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos.  Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”.

 Heb 1: 1-4: “Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo el mundo; el cual, siendo esplendor de su gloria e impronta de su sustancia, y sustentando todas las cosas con su poderosa palabra, después de haber realizado la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, hecho tanto mayor que los ángeles, cuando heredó un nombre más excelente que ellos”.

 La existencia histórica de Jesucristo

Prácticamente nadie puso nunca en duda ni la historicidad de Jesucristo ni de los acontecimientos que se narran en el Nuevo Testamento. Fue a partir del siglo XVIII cuando aparecen algunos autores que, llevados por prejuicios anticristianos, agnósticos y ateos, cuestionan la existencia histórica de Jesucristo con argumentos disparatados.[1]

Tanto fuentes cristianas como paganas testimonian con toda claridad la existencia histórica de Jesucristo.

1.- Fuentes no cristianas

  • Plinio el Joven (a. 111): “Los cristianos se reúnen un día determinado antes de romper el alba y entonan un himno a Cristo como a un dios”.[2]
  • El historiador Tácito (a. 115) habla de la persecución que sufrieron los cristianos en Roma por parte del emperador Nerón: “Para ahogar el rumor público (Nerón) inventó culpables e infligió tormentos a los que el vulgo llamaba cristianos. Este nombre les viene de Cristo, que había sido, bajo el reino de Tiberio, entregado al suplicio por el procurador Poncio Pilato…”[3]
  • Suetonio (a. 120) refiere un acontecimiento que había ocurrido en el año 51, en el que el emperador Claudio “expulsó de Roma a los judíos por promover incesantes alborotos a instigación de un tal Cresto”[4]
  • El filósofo sirio Mará bar-Serapión (a. 90), menciona la crucifixión del Rey-sabio.
  • Flavio Josefo (a. 93), escritor judío nos dice: “El sumo sacerdote Anano acusó de transgredir la ley al hermano de Jesús (llamado Cristo), de nombre Santiago, y también a algunos otros, haciéndoles lapidar”.[5]
  • El Talmud menciona incidentalmente a Jesús. El judaísmo se preocupó de desfigurar la persona de Cristo; lo cual supone la afirmación de su existencia histórica.

2.- Fuentes cristianas

  • Los mismos Evangelios, cuya historicidad está más allá de toda duda a pesar de los vanos intentos de negarla por parte de las teologías liberales y modernistas, fueron escritos por testigos oculares (Lc 1: 1-4).
  • En el resto del Nuevo Testamento, la figura de Cristo es predicada a contemporáneos del Señor que le conocieron y oyeron de Él. Son típicos los discursos de San Pedro llenos de referencias a la vida histórica de Cristo, sobre todo a su Pasión y Resurrección.
  • Documentos de cristianos antiguos, como los Santos Padre Apostólicos y Apologetas, la Sagrada Tradición, las liturgias antiguas están cargados de datos y referencias históricos.

La figura de Cristo en el Nuevo Testamento

1.- Jesucristo hombre

  • En los sinópticos: Tanto las genealogías de Cristo que aparecen en San Mateo y San Lucas, como la descripción de su nacimiento, ya hablan de la realidad humana de Cristo. Cristo nace y crece (Lc 2:52); está sujeto a necesidades como nosotros (Lc 4:2; Mt 11:19); se alegra (Lc 10: 20-21) y desalienta (Mt 23:37); está triste (Mt 14:34) y tiene cólera (Mt 21:12). No conservamos una descripción física de Cristo,[6] pero sí una psicológica que refleja un equilibro y dominio muy sólidos (Mc 3:21; Mt 4: 1-11; Lc 11:37).
  • En los Hechos de los Apóstoles: Aparece la humanidad de Jesucristo de modo especial cuando en la comunidad primitiva aparece como profeta (Hech 3: 19-22) y siervo de Dios (Hech 3: 13-14).
  • En San Pablo: Aunque para San Pablo la dimensión especial que se ve es el Cristo glorioso y resucitado, sin embargo también estudia su existencia temporal. Lo vemos como hijo de David (Rom 1: 1-3); como profeta y patriarca (Rom 9:5); nacido de mujer y vinculado con la ley (Gal 4: 4).
  • En San Juan: la humanidad de Cristo se ve reflejada, al tiempo que su divinidad, en una frase inmortal que nos dejó San Juan: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre” (Jn 1: 14). La realidad de la humanidad de Jesucristo aparece continuamente en sus escritos: Vivió en Nazaret (Jn 4: 44.46); con una madre (Jn 2:18); que necesita comer (Jn 4:31), tiene sed (Jn 19:28); que muere en la cruz (Jn 19:30)

2.- Jesucristo, Hijo de Dios

  • En los sinópticos: Jesús se declara a sí mismo en repetidas ocasiones como Mesías (Mt 27:11) e Hijo de Dios (Mt 10:32; Lc 22:29); aunque Él prefería llamarse “Hijo del hombre” (Mt 16: 13ss.); título que tiene claras connotaciones divinas según aparece en el profeta Daniel (Dan 7: 9-14). Jesús actúa con poder divino cuando hace milagros (Mt 11: 2-6; Lc 6:19). Milagros que realiza en su propio nombre (Lc 11:20), mientras que los discípulos los realizaban en nombre de Cristo (Hech 3: 2ss.).
  • En los Hechos de los Apóstoles: aparece claramente su divinidad cuando Jesús es nombrado como “El Señor” (Hech 9:5), título reservado a Dios en el Antiguo Testamento (Sal 110); y también cuando los Apóstoles hacen milagros en “el nombre de Jesús” (Hech 3:6).
  • En San Pablo: la divinidad de Cristo aparece asociada a títulos como “El Señor” (Rom 1: 1-4; Fil 2: 6-11); “el Señor de la Gloria” que está a la diestra de Dios Padre (Rom 8:34; Col 3:1); “juez”, a semejanza de Yahveh (Rom 14:10; 2 Cor 5:10); “rey todopoderoso” (Rom 14:9; Ef 1:10); “Hijo de Dios preexistente” (Col 1: 13-15); “Imagen del Dios invisible” (2 Cor 4: 4-6).
  • De modo especial se ve la divinidad de Jesucristo en San Juan, tanto en su Evangelio como en las Cartas y en el Apocalipsis. De hecho, el tema esencial de su Evangelio es que el Hijo de Dios ha venido a habitar en medio de los hombres (“Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”). Para San Juan, ya la encarnación de Cristo tiene valor salvífico (Jn 1: 1-14). Aparece Jesús como venido del cielo (Jn 3:6), que tiene a Dios como Padre; que es pan del cielo (Jn 6:50); que da la vida eterna (Jn 4:14); que tiene el poder de resucitar a los muertos (Jn 11:25).

Con esto concluimos este primer capítulo de nuestra sencilla Cristología, para pasar en el siguiente a estudiar sus dos naturalezas (divina y humana) unidas hipostáticamente en la Persona del Verbo; y posteriormente su papel redentor, acabando con las herejías cristológicas que han estado presentes en la Iglesia de todos los tiempos.

Padre Lucas Prados

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[1] J.M. García Pérez, Los Orígenes Históricos del Cristianismo, Encuentro, Madrid, 2007.

[2] Plinio el Joven, Epistola 10, 96.

[3] Tácito, Anales, 3, 1; 15, 44.

[4] Suetonio, Vita Claudii, 25.

[5] Flavio Josefo, Antiguedades Judaicas, 20, 9, 1.

[6] No tenemos en cuenta la descripción que aparece en la Sábana Santa de Turín; pues aunque tiene muchos visos de ser real, no la podemos utilizar como argumento en un trabajo sólido y científico.




Padre Lucas Prados
Padre Lucas Prados
Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a [email protected]

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