«Assumpta est Maria in cælum: gaudet exercitus Angelorum» – «María ha sido llevada al cielo; y de ello se alegra el ejército de los Ángeles»1.

El Papa Pío XII definió en 1950, «ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial»2.

Hasta ahora, ha sido la última vez que un Papa proclama una definición dogmática. ¡Cuánto hemos echado de menos en los años de autodemolición de la Iglesia y de confusión doctrinal que vivimos una voz autorizada que se hubiera alzado para explicitar las necesarias definiciones dogmáticas y exigir, con consecuencias prácticas, el sometimiento a las verdades de nuestra fe! Pero no ha sido así y en medio de la confusión, como el faro que guía hacia puerto seguro al marinero a punto de naufragar, brilla el recuerdo de aquella última definición de una verdad de Fe.

El contenido de este misterio de nuestra Fe Católica se puede resumir así en pocas palabras: la bienaventurada Virgen María, por privilegio del todo singular, venció al pecado con su Concepción Inmaculada. Por eso no estuvo sujeta a la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro, ni tuvo que esperar la redención de su cuerpo hasta el fin del mundo como el resto de los justos.

En realidad, Santa María es la criatura humana que realiza por primera vez el plan de la Divina Providencia, anticipando la plenitud de la felicidad prometida a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos.

Cuando decimos en el Credo «Creo en la resurrección de la carne» estamos confesando que Dios ha dispuesto la resurrección de los cuerpos para que, habiendo el alma obrado el bien o el mal junto con el cuerpo, sea también junto con el cuerpo premiada o castigada. Tan funesto y erróneo resulta concebir la muerte como el final de todo, ante la que se estrellan todas las esperanzas como presentar la resurrección como equivalente a la participación en la felicidad eterna. El mismo Cristo establece la distinción:

«Todos los que están en los sepulcros, oirán la voz del Hijo de Dios; y saldrán los que hicieron buenas obras, a resucitar para la vida eterna; pero los que las hicieron malas, resucitarán para ser condenados» (Jn 5, 28-29).

Por eso habrá grandísima diferencia entre los cuerpos gloriosos de los escogidos y los cuerpos de los condenados. Los primeros tendrán, a semejanza de Jesucristo resucitado y del cuerpo de María asunta al cielo, las dotes de los cuerpos gloriosos mientras que los segundos llevarán la horrible marca de su eterna condenación 3.

Podemos sacar dos consecuencias de esta doctrina para nuestra vida cristiana:

  1. Aunque es natural un cierto temor ante la muerte, el creyente debe ser consciente de la brevedad de esta vida terrena, que sabe que es única.

Precisamente por ello no puede dejarla pasar inútilmente, sino que ha de tener en ella aquel comportamiento santo que corresponde a su ser de cristiano y que le es posible con el auxilio de la gracia. La misma realidad del pecado que ha existido y existe en su vida, exige que el cristiano, mirando al futuro, reaccione para recuperar el tiempo ya perdido.

Jesús nos advierte en muchas ocasiones que recogen los evangelistas acerca de la insensatez de quienes descuidan el “negocio” de la salvación y los peligros que entraña ese olvido. Es preciso estar vigilante, sin distraerse ni dormirse un momento; vivir siempre en estado de gracia para que la muerte no nos sorprenda: «Estad, pues, prontos, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre» (Lc 12,40)

  1. Respetemos nuestros cuerpos, con la esperanza de que serán un día moradores del cielo

Recordemos con frecuencia que también nuestro cuerpo resucitará algún día y está destinado a la transformación gloriosa, con tal que aquí no abusemos de él, no seamos sus esclavos, no lo apliquemos a las obras de muerte. Si en este cuerpo mortal llevamos la imagen de Jesucristo crucificado, recobrará su incomparable nobleza; participarán algún día de la gloria de Jesús y de María.

La fiesta de la Asunción de la Virgen es para nosotros una invitación apremiante a vivir atentos siempre a los bienes celestiales, no dejándonos arrastrar por los halagos de la vida terrena. Por eso, dirigimos a Ella nuestra plegaria:

«¡Oh Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre de los hombres!

Nosotros creemos con todo el fervor de nuestra fe, en tu Asunción Triunfal en cuerpo y alma al cielo, donde eres aclamada Reina de todos los coros angélicos y de todos los ejércitos de los Santos; nos unimos a ellos para alabar y bendecir al Señor, que te ha ensalzado sobre todas las demás puras criaturas, y para ofrecerte las aspiraciones de nuestra devoción y de nuestro amor.

Sabemos que tu mirada, que maternalmente acariciaba la humanidad abatida y doliente de Jesús en la tierra, se sacia en el cielo con la vista de la humanidad gloriosa de la Sabiduría increada, y que la alegría de tu espíritu al contemplar cara a cara a la adorable Trinidad, hace a tu Corazón estremecerse de beatificante ternura; y nosotros, pobres pecadores, nosotros a quienes el cuerpo corta el vuelo del alma, te suplicamos que purifiques nuestros sentidos, para que aprendamos desde aquí abajo, a gustar a Dios, a Dios solo, en el encanto de las criaturas.

Confiamos que vuestras pupilas misericordiosas se inclinen hacia nuestras miserias y hacia nuestras angustias, hacia nuestras luchas y hacia nuestras debilidades; que vuestros labios sonrían a nuestros gozos y nuestras victorias; que vos oigáis la voz de Jesús deciros de cada uno de nosotros, como en otro tiempo del Discípulo amado: Ve ahí a tu hijo.

Nosotros, que os llamamos Madre nuestra, os tomamos como Juan, por guía, fuerza y solaz de nuestra vida mortal.

Nosotros, en fin, creemos que en la gloria, donde reináis, vestida del sol y coronada de estrellas, vos sois, después de Jesús, el gozo y la alegría de todos los ángeles y de todos los santos; y desde esta tierra, por donde pasamos como peregrinos, confortados por la fe en la futura resurrección, miramos hacia vos, vida nuestra, dulzura nuestra, esperanza nuestra; atraednos con la suavidad de vuestra voz, para mostrarnos un día, después de este destierro, a Jesús, fruto bendito de vuestro seno, ¡oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!» 4.

Padre Ángel David Martín Rubio

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1 Misal Romano, ed. 1962, 15-agosto: Alleluia.

2 PÍO XII, Bula Munificentissimus Deus (1-noviembre-1954).

3 Cfr. Catecismo mayor I, cap, 12.

4 Oración compuesta por Pío XII y recitada por él después de la definición dogmática de la Asunción.

Padre Ángel David Martín Rubio
Nacido en Castuera (1969). Ordenado sacerdote en Cáceres (1997). Además de los Estudios Eclesiásticos, es licenciado en Geografía e Historia, en Historia de la Iglesia y en Derecho Canónico y Doctor por la Universidad San Pablo-CEU, en la que fue profesor. Actualmente es Canónigo Archivero de la Catedral de Coria, Vicario Judicial y Profesor. Autor de varios libros y numerosos artículos, buena parte de ellos dedicados a la pérdida de vidas humanas como consecuencia de la Guerra Civil española y de la persecución religiosa. Interviene en jornadas de estudio y medios de comunicación. Coordina las actividades del "Foro Historia en Libertad" y del portal "Desde mi campanario".