Cristo, nuestro bien, recibió el bautismo en el Jordán de mano de San Juan Bautista[1]. El Cielo se abrió, y se oyó la voz del Padre, [2] que le reconoció como su Hijo; y bajó el Espíritu Santo en forma de paloma sobre su cabeza.

PUNTO PRIMERO. Considera que, predicando san Juan[3] el bautismo de penitencia en remisión de los pecados, siendo Cristo la misma pureza se juntó con los otros pecadores como si fuera uno de tantos, y se presentó a recibir el bautismo de manos de san Juan. Pondera la humildad del Salvador, que quiso parecer algo que no era, para ser despreciado por los hombres y confundir, de este modo, tu soberbia. Tú siempre quieres parecer más de lo que eres, estimado por el mundo, encubriendo tus faltas y haciendo alarde de tu buena fama. Mira qué diferencia con el camino que llevó el Maestro de la vida, y tiembla ante tu perdición si no cambias el tuyo de derrotero. Llora postrado a sus pies tu torpe vanidad y dile de corazón: Señor, yo no soy digno de levantar los ojos a mirarte, ni de estar en tu presencia, pues soy la altivez personificada. Perdona mi ignorancia y dame gracias para que siga el camino de tu humildad. Continúa así humillándote ante él con consideraciones parecidas.

PUNTO II. Considera la santa contienda que tuvieron Cristo y san Juan sobre quién había de bautizar a quién, teniéndose por indigna la criatura de bautizar al Creador, a quien finalmente se sometió, y por obedecer su Voluntad lo bautizó. Pondera lo diferente que son las contiendas de los hombres, pues todos sus pleitos son sobre los intereses de la tierra, ya de riquezas, ya de honras, sobre quién será preferido y la tendrá mayor. Son hijos de perdición, porque  uno vale cuanto es delante de Dios, a cuyos ojos es mayor el que se considera a sí mismo como nada, y se humilla como un niño hasta lo más bajo. Y es menor el que se ensalza más. Aprende a no disputar sobre cosas tan viles como son las temporales. Y a dejar de porfiar, aunque sea sobre la virtud. Y a rendirte al parecer y voluntad de los otros, como lo hizo san Juan a la de Cristo.

PUNTO III. Entra, alma mía, despacio en el Jordán y contempla con devoción lo que allí pasa. Mira cómo se desnuda Cristo en presencia de aquélla multitud de pecadores, reputado por uno de ellos, y cómo entra en las aguas del Jordán y cómo humilla su cabeza, y cómo San Juan toma el agua y lo bautiza, y en medio de esta humillación alza los ojos al cielo y lo verás abierto de par en par, para honrar al Salvador. Toda la Gloria baja admirada a venerar tan profunda sumisión. El Padre le confiesa por su Hijo, y el Espíritu Santo baja visiblemente sobre su cabeza a vista de todo el pueblo. Alégrate de su gloria y de su honra, y aprende lo que hace Dios con los que se humillan por su amor. Y entra con Cristo en el Jordán. Y pídele que te lave y purifique todas las manchas de tu alma.

PUNTO IV. Considera que por este bautismo que recibió Cristo de manos de San Juan, le dio otro bautismo cuya excelencia es incomparable, ya que quita los pecados y purifica el alma, y la enriquece de gracia e imprime carácter y señal indeleble de cristiano y soldado de su santa milicia. Reconoce la generosidad del Salvador y gózate de  que sea tan bueno, tan santo y tan liberal. Y aprende a ser agradecido y anímate a servir a Señor tan bueno, que devuelve el ciento por uno al más pequeño servicio que recibe.

Padre Alonso de Andrade, S.J

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[1] Mt. 3

[2] Ibidem.

[3] Lc. 3

Meditación
Meditaciones diarias de los misterios de nuestra Santa Fe y de la vida de Cristo Nuestro Señor y de los Santos.