Hallose la Virgen Santísima en las bodas de Caná, y luego fue Cristo con sus discípulos a ellas. Faltó el vino y nuestra Señora intercedió con su Hijo, y aunque la respondió con alguna entere­za, ordenó a los que SERVÍAN que llenasen de agua las vasijas, y lo convirtió en generoso vino.

Punto I. Considera cómo Cristo Reden­tor nuestro y su Santísima Madre fueron a las bo­das para acreditar, come dice san Juan Crisósto­mo, el sacramento del Matrimonio y el estado de los casados, el cual aunque no es tan perfecto como el de los religiosos y continentes, es santo y bueno y aprobado por Dios, y así no debes des­preciar a los que le profesan; y si eres religioso, considera que habrá muchos casados que en su estado agraden más a Dios que tú en el tuyo: aver­güénzate en su acatamiento de ver que aquellos menos perfectos y mas ocasionados al divertimento, le sirven más que tú en el que Dios te ha puesto.

Punto II. Considera lo que dice el evangelista san Juan, que la Santísima Virgen nuestra Señora estaba en las bodas, y luego la siguió Cristo nues­tro Redentor y vino a ellas con sus discípulos, porque la sigue como sol a la aurora; y si rayare en tu alma la luz de su devoción, ten por cierto que vendrá el Señor a tí y con él sus discípulos; esto es, los santos de su corte, y celebrarán contigo desposorios y bodas celestiales: pide a la Reina de los ángeles que te admita entre sus esclavos, y a Dios que imprima en tu corazón su devoción, y alcanzarás con ella inmensas mercedes de su mano.

Punto III. Faltó el vino al mejor tiempo en las bodas no obstante todas sus prevenciones, porque falta el vino del contento en los mayores festines y regocijos del mundo, aunque más los prevengan y diligencien los hombres. Considera la inconstancia de los bienes terrenos, y cuán menguados son todos sus contentos y cuán amargos sus gustos: cotéjalos con los espirituales que goza el alma que tiene paz con Dios, y con los celestiales que gozan los santos en el cielo, y aprende a despreciar aquellos y estimar estos: pídeles al Señor de todo tu corazón, y todo tu cuidado sea desearlos y alcanzarlos con su gracia.

Punto IV. Considera cómo convirtió Cristo el agua en vino a instancia de su Santísima Madre, porque a sus ruegos convierte los pecadores en santos y los tibios en fervorosos; y vuelve los ojos a tí mismo, y reconoce tu tibieza y la fealdad de tu corazón; y pide al Señor que deshaga con los rayos de su luz el hielo de tus pecados, y te convierta de pecador en santo y de tibio en fervoro­so: no te rindas a cualquiera desvío, aunque te de con la puerta en los ojos; insta, clama, llora, gime y persevera pidiendo. Pon a la Beatísima Virgen por intercesora y a los santos del cielo que todos te ayudarán y alcanzarás esta misericordia del Señor.

Padre Alonso de Andrade, S.J