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Católicos perseguidos

NOTA DEL REPORTERO: en los últimos años, al acelerarse los ataques contra la Iglesia Católica en este mundo cada vez más socialista, las fuentes de noticias publicaron y televisaron noticias sensacionalistas sobre bebés enterrados bajo propiedades católicas, incluyendo el hogar para madres y bebés de Bon Secours de Tuam, Irlanda, y el orfanato de Smyllum Park de Lanark, Escocia.

Con jerga anticatólica, los reporteros escribían artículos – aparentemente sin dejar jamás que los hechos se interpusieran a una buena historia – calumniando a sacerdotes y monjas con cuentos denigrantes e insinuaciones de abuso y tortura, elaborando e hiperbolizando con palabras como horror, infame, repugnante, nefasto, y brutal.

Pero en los artículos había algo inexplicablemente habitual. Se pueden encontrar relatos similares en escritos históricos que llenan esos volúmenes de viejas páginas amarillentas en los estantes. Es que hace más de 60 años se lanzó la misma clase de acusaciones falsas contra los misioneros católicos de la República Popular China después de la toma del poder comunista.

Esto es lo que sucedió… TMM

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Bebés, con sífilis, ilegítimos, deformes, no deseados, enfermos, ciegos.

Abandonados. Arrojados en los callejones de las ciudades chinas, en calles sucias de pueblos perdidos, sobre dunas de polvo en ventosos tramos del desierto, entre pasajes de rocas en las montañas, entre tumbas vacías de silenciosos cementerios.

Asesinados. Arrojados a la basura, dejados a los perros salvajes, lanzados al río, tirados en pozos, sofocados con papel empapado en vinagre,  muertos de hambre, enterrados vivos.

Esa era la vida y la macabra muerte que recibía a los misioneros católicos cuando llegaban a China en la primera mitad del siglo XX, un llamado a poner en práctica el segundo gran mandamiento de Cristo: la compasión supranacional y sobrenatural por todas las creaturas de Dios.

En pueblos y ciudades orientales, mujeres occidentales con velos y hábitos abrieron orfanatos y enfermerías para albergar la urgente necesidad de consuelo, ayuda y protección de las víctimas más pequeñas e indefensas de la negligencia humana y la crueldad: los bebés abandonados.

Incontables niños, en su mayoría mujeres, llegaban a las misiones. Algunos eran encontrados vivos por extraños, algunas veces policías. Algunos eran dejados en la oscuridad de la noche en un escalón de la puerta o en una canasta que se reservaba afuera para los paquetes. Algunos eran rescatados por feligreses ancianos, que recibían algunos centavos por cada bebé que encontraban en sus búsquedas diarias por pilas de basura, costas y rincones oscuros.

Muy pocos fueron rescatados antes de que fuera demasiado tarde, la mayoría no sobrevivía los comienzos difíciles de sus vidas inocentes. Demasiado enfermos. Demasiado mordidos. Demasiado desnutridos. Demasiado más allá de la vida. La mayoría, más del 70 por ciento, llegaban a los orfanatos muertos o casi muertos.

Por caridad, las religiosas hacían lo mejor que podrían en las peores circunstancias posibles. Con sus pequeños cuerpitos en brazos, las monjas, en un trabajo angelical, bautizaban a los moribundos creyendo en la inmortalidad del alma. Para los muertos, el consuelo final era el entierro respetuoso para un alma no respetada. En el cementerio católico privado de la misión había una tumba común para los entierros de muchos bebés muertos.

Además de los que llegaban día a día, las abnegadas monjas – bajo estrés constante, con recursos y nervios escasos, psicológicamente golpeadas y emocionalmente heridas – luchaban contra la siempre presente amenaza de enfermedades e infecciones mortales como sarampión, tos convulsa, viruela, poliomielitis, tuberculosis, gripe, neumonía y pleuresía, entre otras, que se robaban incontables vidas.

Afortunadamente, algunos sobrevivieron e incluso mejoraron. En 1949, 254 orfanatos católicos en la China continental cuidaban de unos 15.698 niños abandonados.

Pero eso fue antes de que el régimen del Partido Comunista tomara el control del país.

Cuando en 1949 los rojos tomaron el látigo del poder, prometieron libertad religiosa y protección a las propiedades de extranjeros; sin embargo, como nuevos amos, comenzaron a realizar metódicamente un inventario, que actualizaban constantemente, en todas las esferas de la sociedad que controlaban. Querían una contabilidad exhaustiva, dado que bajo un gobierno comunista todo y todos están controlados, de no estar poseídos, por el gobierno del pueblo.

Durante el primer año aproximadamente, los chupamedias del régimen visitaron cada casa, negocio e institución, y escribieron notas extensas y listas detalladas de propiedad y personas: extranjeras y locales, propietarias y campesinos, burgueses y trabajadores, contrarrevolucionarios y revolucionarios.

Una vez completado, dependiendo del área, las autoridades ponían en marcha su control sobre la población y sus posesiones. Tras purgar a sus enemigos políticos para provocar miedo en las masas, el régimen comenzó a implementar la redistribución de la riqueza, de la cual mucha fue a parar a los bolsillos del propio partido.

Los comunistas querían que toda propiedad privada y propiedad personal valiosa pasara al Estado, al gobierno popular que controlaba la producción y la distribución.

Estas fueron algunas de sus órdenes:

– Todas las instituciones extranjeras debían nombrar directores chinos antes del 17 de diciembre de 1950;

– Todas las organizaciones que recibían fondos de los Estados Unidos de América, considerados demonios extranjeros imperialistas, debían ser tomadas por la Sociedad Central de Beneficencia China, por decreto del Consejo de Estado Comunista Chino, antes del 29 de diciembre de 1950;

– Todos los propietarios de tierras, chinos o extranjeros, debían enviar sus títulos de propiedad y escrituras al gobierno popular antes del 6 de febrero de 1951;

– Todas las empresas e instituciones controladas directamente por extranjeros debían pagar impuestos excesivos y estaban sujetas a regulaciones incumplibles para asegurar su inevitable insolvencia;

Y las demás fueron apropiadas por las autoridades mediante otro tipo de coerción: con una política impuesta de miedo e intimidación, acusaron a propietarios de crímenes falsos, distorsionados, para quitar tierras y posesiones a sus dueños. Las víctimas se encontraron bajo ataque, frente a acusaciones falsas y exageradas por los medios pertenecientes y operados por el Estado con fines propagandísticos.

Los que dirigían orfanatos católicos se vieron atacados.

†††

Cuando los comunistas entraron y tomaron el control de Cantón (Guangzhou), la capital de la provincia de Kwangtung (antiguo nombre de Cantón), visitaron en la mañana del 26 de enero de 1951 la Sociedad de las Hermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción – con una orden de allanamiento.

Les ordenaron a todas que se quedaran quietas sin moverse, mientras que en todas las salidas soldados, como centinelas, vigilaban que nadie escapara. Mientras algunos soldados revisaban cada centímetro de la misión, más de una docena de ellos interrogaba a los huérfanos intentando forzarlos a acusar de crueldad a las hermanas.

“Admite que las hermanas te maltrataron,” exigió un soldado.

“Las hermanas son nuestras madres. Nos aman más que nuestros padres que nos abandonaron. Amamos a las hermanas con todo el corazón,” dijeron los niños.

“¡Vergüenza debiera darles, niños! ¿Por qué aman a estas desgraciadas extranjeras que vinieron a matar niños y robar nuestro dinero? Ellas dicen que vinieron a China para ayudar a la gente, pero son hipócritas que se cubren con una máscara de caridad.”

“Las hermanas nos rescataron cuando nuestros padres ya no nos querían. Amamos a las hermanas. Son amables y gentiles. ¡No queremos que las alejen de nosotros!”

Por la tarde, con los soldados comunistas aún en la misión, una mujer local llegó a dejar a su bebé, luego llegó otra y luego otra y así durante el resto del día: una niña de 5 años convulsionando por tétanos; un bebé prematuro y paralítico; un bebé de seis meses con neumonía tras un ataque de sarampión; un niño enfermo y poco desarrollado; y un recién nacido con pus verde entre los restos del cordón umbilical, cortado en condiciones insalubres.

Los soldados a cargo ponían caras y se encogían ante el cuadro de bebés enfermos y moribundos.

“¿Cuándo se van?” preguntó uno de los soldados.

“¿Irnos a dónde?” preguntó una de las monjas, la hermana Saint-Victor.

“A su propio país, por supuesto.”

“No nos vamos. Los huérfanos son nuestros niños; sin nosotras quedarán desamparados, así que decidimos quedarnos.”

A las 6:30 de esa tarde, los soldados hicieron firmar a la hermana superiora Saint-Alphonse-du-Rédempteur y a su asistente, la hermana Sainte-Marie-Germaine, documentos en los que decían que nada había sido robado durante el allanamiento; sin embargo, los hombres sí se llevaron libros contables, el registro de bautismos y registro de los niños que probablemente sobrevivirían.

Pero antes de irse, las autoridades exigieron y recibieron un recuento de los niños recibidos por día, la forma en la que habían llegado al orfanato, la cantidad de muertes y el tipo de entierro.

Según las notas de las monjas, entre el 14 de octubre de 1949 (día en que los comunistas tomaron Cantón) y el 10 de enero de 1951, el orfanato recibió 2.651 niños, todos abandonados y dejados a morir, muchos arrojados al costado del camino por refugiados que huían del continente y su régimen.

Los bebés que no sobrevivían eran colocados en lo que se creía sería su último lugar de descanso, una fosa común en el cementerio, rociados con cal como lo exigía la ley, y luego se colocaba un gran bloque de piedra por encima.

Si bien habían muerto 2.116, sobrevivieron 535 en la misión establecida en 1909 por la Sociedad de Hermanas Misioneras del Inmaculado Corazón, orden religiosa fundada el 3 de junio de 1902 en Notre-Dame-des-Neiges, Montreal, Canadá.

Con fondos provistos por su casa central en Norteamérica, así como con recaudadores de fondos y donaciones, las hermanas establecieron eventualmente el Orfanato del Sagrado Corazón, el Hogar del Santo Niño, dos escuelas y un leprosario, con dos pozos de agua dulce y electricidad.

Situados fuera de la ciudad, los edificios de la misión, incluyendo una guardería sobre una pequeña colina, eran espaciosos y estaban bien ventilados por grandes ventanas, todo había sido posible gracias a los regalos filantrópicos de Boon-Haw Aw (1882-1954), conocido como el rey del Bálsamo de Tigre. Todos los niños tenían su propia cama, todos los bebés su cuna, y dormían cubiertos con mosquiteros.

Con 60 bebés menores de un año, 33 entre las edades de 2 y 5 años, y 34 entre 5 y 18, y para asegurar el correcto cuidado y atención de los niños, las monjas establecieron un sistema por el cual ocho de las adolescentes eran designadas como pequeñas madres. Cada una cuidaba de un grupo de cinco bebés.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando la Administración de las Naciones Unidas para la Ayuda y Rehabilitación repartió ayuda, los doctores y enfermeras occidentales inspeccionaron detenidamente los terrenos y felicitaron a las monjas por su eficiencia y la limpieza de sus instalaciones. La cocina estaba impecable y la leche de bebé así como los biberones estaban esterilizados.

Cuando los comunistas completaron su investigación, las monjas les preguntaron si podían continuar su trabajo. No solo fueron alabadas por su servicio, sino que se las alentó a continuar. Así que las monjas retomaron sus quehaceres diarios, con permiso y a pedido de las autoridades.

Sin embargo, subsecuentemente, cada uno de los huérfanos fue ordenado a presentarse en el cuartel de policía, donde se los fotografiaba para registros oficiales e interrogaba largamente con intentos por parte de las autoridades de forzarlos para que acusaran a las hermanas.

Luego, el 7 de febrero de 1951, las hermanas fueron atacadas en los periódicos. Los comunistas las hacían responsables por los 2.116 bebés muertos, incluyendo los que habían llegado muertos a su puerta.

El primer ataque fue seguido por otro, el 28 de febrero de 1951, cuando los periódicos del régimen publicaron un editorial que aniquilaba a las hermanas. Se leía, en parte:

“Este orfanato, abierto en 1933 con dinero de organizaciones católicas internacionales, simboliza la máscara hipócrita de los imperialistas en su conspiración constante de agredirnos bajo el pretexto de obras de caridad. ¡Libremos a nuestra próxima generación de las manos de esas estafadoras de rostro amable y corazón de serpiente!”

El editorial de propaganda anticatólica agitó a las masas. Los periódicos publicaron cartas, de supuestos lectores indignados que exigían a las autoridades investigar y castigar a los imperialistas. Junto con las cartas, había artículos periodísticos sensacionalistas con relatos exagerados que eran más invento que realidad: que las monjas vivían con lujos, que los huérfanos eran tratados como animales, que las hermanas les sacaban los ojos a los huérfanos para producir medicina tradicional china, y que los orfanatos eran mataderos.

El 1ro de marzo de 1951, a las 3 de la tarde, y como parte del escándalo organizado, unos 30 oficiales entraron en la misión y llamaron a Lo-Sail Chan, uno de los huérfanos más grandes que había sido designado para administrar el orfanato cuando el gobierno popular decretó que las instituciones extranjeras debían tener directores chinos.

“Yo soy el responsable de todo aquí, no las hermanas,” dijo Lo-Sail.

“En cuanto a la dirección y la administración del hogar, sí, y lo haces bien, pero en cuanto al gran número de niños muertos, solo las hermanas son responsables,” dijo el soldado.

Uno de los oficiales se puso de pie y leyó un decreto formal de confiscación: “El gobierno popular, consciente del mal manejo del hogar operado por las hermanas, les ordena entregar el establecimiento al gobierno, que asumirá de inmediato la dirección de esta obra.”

Al escuchar que el establecimiento iba a ser tomado, los niños, muchos de los cuales jamás habían salido del orfanato, gritaron y lloraron tanto que la lectura debió interrumpirse dos veces.

“¡Ustedes, niños, no están agradecidos con el gobierno popular que asume el control de su cuidado!” los regañó la autoridad.

Un doctor del partido examinó a los huérfanos. Disgustado porque algunos niños estaban enfermos o cubiertos de lesiones, expresó que no valía la pena un esfuerzo para salvar sus vidas, porque seguramente morirían.

Una de las huérfanas más grandes habló.

“¡Nosotros también habríamos muerto cuando llegamos así, si no hubiera sido por el cuidado de las hermanas!” exclamó.

Lo-Sail hizo un pedido al oficial superior, “Si desea asumir la dirección de la obra, no podemos resistirnos. Sin embargo, hay un pedido que queremos hacerle: dejen que las hermanas se queden, ellas nos criaron como verdaderas madres.”

“Su pedido es bastante razonable. Las hermanas pueden quedarse con ustedes,” dijo el oficial.

Si bien fueron acusadas como responsables por las muertes de los bebés, las monjas devastadas fueron ordenadas a permanecer en el convento y continuar con sus tareas hasta que el orfanato fuera tomado oficialmente por los comunistas.

Una de las autoridades preguntó a las niñas mayores qué harían cuando el gobierno popular tomara el control.

“Trabajaremos duro y mantendremos el hogar en funcionamiento hasta que regresen las hermanas,” respondieron.

En la mañana del 12 de marzo de 1951, tres hermanas obtuvieron permiso para retirarse del lugar y asistir a misa, pero fueron llamadas ni bien salieron.

“Hoy sucederá algo importante, les convendría permanecer aquí,” les dijo un guardia.

A la 1 de la tarde, cuatro hombres y una mujer del cuartel central de la policía llegaron a la misión y ordenaron a los niños reunirse en el comedor.

Presintiendo la fatalidad, Lo-Sail ordenó a los niños que no se reunieran en el comedor, sino en el cuarto de costura, junto a las habitaciones de las hermanas, donde escucharon a las autoridades que ordenaron a la hermana superiora Saint-Alphonse-du-Rédempteur y a la hermana Sainte-Marie-Germaine que los siguieran a la central.

“¡Oh, no! ¡Se están llevando a las hermanas!” gritaron los huérfanos corriendo hacia las monjas y aferrándose a ellas mientras las autoridades los separaban y los empujaban, hasta que el equipo de arresto atravesó las rejas, que quedaron cerradas detrás de ellos.

Pero el lamento de los huérfanos continuó cuando las monjas se alejaban. A la distancia, la hermana superiora Saint-Alphonse-du-Rédempteur se dio vuelta y con actitud desafiante agitó su rosario antes de que uno de sus escoltas la empujara violentamente.

Las dos mujeres habían dejado en sus camas los escapularios, medallas, pasaportes y dinero, que sus hermanas guardaron junto con sus sábanas, toallas, jabón y otros artículos de tocador para llevar a sus hermanas encarceladas.

El nuevo director comunista designado para el orfanato se quedó y fue enfrentado por los huérfanos.

“Ustedes siempre nos dicen que representan al pueblo. ¡Nosotros somos el pueblo! Somos las víctimas de sus conspiraciones turbias,” gritaron los niños. “Si no creen en las hermanas, créannos a nosotros. ¡Ustedes nos desprecian porque somos huérfanos, pero las hermanas nos amaban y nos cuidaban como madres! ¡Queremos a las hermanas! ¡Devuélvannos a las hermanas!”

El director intentó asegurarles que las monjas volverían pronto, que solo iban a estar afuera para ser interrogadas.

“¡Mentira! ¡Mentira! Han llevado a las hermanas a prisión, y sabemos todo acerca de ello. No intente engañarnos para que creamos sus palabras mentirosas. Las hermanas no tienen camas en prisión, se enfermarán.”

“Los prisioneros tienen todo lo que necesitan. Vuelvan a sus habitaciones.”

Al día siguiente, el 13 de marzo al mediodía, nuevamente llegaron cuatro hombres y una mujer de la policía, encerraron a los huérfanos en una habitación común y vigilaron la puerta.

En otra habitación, la mujer policía ordenó a tres monjas retirar sus rosarios y crucifijos mientras uno de los hombres les gritaba detrás de la puerta cerrada para que se apuraran. Las empujaron fuera de la habitación y las escoltaron a través del edificio mientras los niños gritaban y lloraban; éstos solo fueron silenciados cuando un policía golpeó la puerta de forma amenazante.

Y se fueron, caminando por la calle Wai San hacia la prisión.

Las cinco monjas arrestadas esos dos días fueron:

La hermana superiora Saint-Alphonse-du-Rédempteur (nacida Antoinette Couvrette, 1912-98, Sainte-Dorothée, Condado de Laval, Quebec) había sido nombrada superiora del orfanato cuatro años antes, al haber llegado directamente de Canadá;

La hermana Sainte-Marie-Germaine (nacida Germaine Gravel, 1907-98, Saint-Prosper, Condado de Champlain, Quebec), asistente de la superiora, había llegado solo unos meses antes que la armada comunista. Previamente, había pasado 14 años en una misión de enfermería en Manchuria, seguidos por un año en Shanghai, donde se entrenó en pediatría;

La hermana Sainte-Foy (nacida Élisabeth Lemire, 1909-87, Baie-du-Febvre, Condado de Yamaska, Quebec) había estado en Cantón antes que las tropas nacionalistas abandonaran la ciudad anticipando el ataque e invasión japonesa de octubre de 1939. Su primera tarea fue el cuidado de 730 pacientes en el hospital psiquiátrico municipal;

La hermana Saint-Germain (nacida Imelda Laperrière, 1907-98, Pont-Rouge, Condado de Portneuf, Quebec) había llegado a Cantón tres meses antes de que los comunistas “liberaran” la ciudad. Previamente, había pasado 12 años cuidando niños abandonados en la isla Chung Ming (Chongming), cerca de Shanghai;

Y la hermana Saint-Victor (nacida Germaine Tanguay, 1907-77, Acton-Vale, Contado de Bagot, Quebec), había llegado a Cantón en 1948, y fue puesta a cargo de la administración material del orfanato. Previamente, había pasado 14 años en trabajo misionero en Soochow, provincia de Kiangsu (Suzhou, Jiangsu).

Tras los arrestos, el Comité de Asistencia del Pueblo Chino tomó el control físico completo de las instalaciones, y el 26 de marzo los niños fueron expulsados del orfanato para hacer lugar a las autoridades que se instalaron allí, aparentemente ese había sido el plan desde el comienzo.

La hermana Sainte-Victor, la hermana Sainte-Germaine, y la hermana Sainte-Foy

La misión de las Hermanas de la Inmaculada Concepción en Cantón no era la única víctima de los comunistas. En ese mismo año de 1951, las autoridades confiscaron 37 orfanatos católicos en el continente, tras perseguir a los sacerdotes y monjas que dirigían esos establecimientos.

Como parte de un programa para poner a las masas en contra de las hermanas y de la Iglesia, las autoridades comenzaron visitas públicas a las misiones anteriormente católicas, guiando a los visitantes para mostrarles los “horrores” del orfanato, con paredes cubiertas de dibujos de las hermanas sosteniendo bebés muertos, tratantes de esclavos, y golpeando niños.

El punto máximo de la visita era la muestra de huesos. Habían removido la piedra de la fosa común – llamada “el pozo de la muerte” – exhumaron los restos de los bebés y los utilizaron sacrílegamente como utilería morbosa con fines propagandísticos.

También con fines propagandísticos, el 22 de marzo, Jueves Santo, fotografiaron a las hermanas en prisión, con el cabello sucio y su uniforme carcelario sucio y cubierto de caracteres chinos y su número de prisionero.

Para condenar públicamente a las hermanas, realizaron una reunión de acusaciones en el Centro Cultural de la Juventud, el 30 de marzo. Dado que la asistencia era obligatoria, se reunieron más de 1.700 personas, incluyendo niños de escuela, militares, amas de casa, trabajadores, profesionales de la salud y otros, de quienes se esperaba un ataque verbal a las mujeres, un ataque emocional y psicológicamente perturbador.

Acusadas por la muerte de los 2.116 bebés durante los 15 meses posteriores a la “liberación” de Cantón, las mujeres quedaron indefensas, con las cabezas gachas, sin gorras ni velos para cubrir su cabello corto.

Los acusadores afirmaron que las hermanas habían arrancado los ojos de los bebés para fabricar la medicina tradicional china que se realiza con la creencia de que un órgano o parte del cuerpo mejora si se come ese órgano o parte del cuerpo correspondiente.

Otros afirmaron que algunos huérfanos habían sido mordidos por ratas hasta morir y que las plagas de mosquitos habían picado a los bebés porque las dos viejas y ciegas amahs, niñeras locales que ayudaban a alimentar a los bebés por las noches, no habían colocado los mosquiteros correctamente.

Pero nadie mencionó jamás algo sobre las madres originales, las que habían abandonado a esos bebés que terminaban en el orfanato, ya sea en la tumba o en una cuna.

De nuevo en sus celdas, hacia fines de abril, las hermanas observaron secretamente al salir de sus celdas para ir al lavabo, a una de las huérfanas mayores, Lick-Si Wong, que se estaba lavando la cara mientras una policía la vigilaba.

Una noche, los guardias sacaron a Lick-Si para que se diera un baño.

“Las mujeres demonio (las monjas) se van. ¿Te gustaría acompañarlas?” preguntó un guardia.

“Si las mujeres demonio se van, no me molestaría irme,” dijo Lick-Si escondiendo su felicidad ante la pregunta.

Por 10 minutos Lick-Si, la hermana superiora Saint-Alphonse-du-Rédempteur y la hermana Sainte-Marie-Germaine pudieron comunicarse.

Las hermanas supieron que las autoridades habían intentado forzar a Lick-Si para que acusara a las monjas, le dijeron que ellas ya habían confesado, pero por no querer levantar falso testimonio contra las monjas fue arrestada el 24 de abril de 1951.

También se enteraron que los huérfanos más grandes habían sido enviados a trabajar; que los bebés seguían llegando a la misión pero que todos morían; que los huérfanos aseguraban que los bebés moribundos recibieran el bautismo; que los comunistas habían destrozado las estatuas de la capilla y el jardín; y que por respeto los pequeños habían enterrado los trozos.

Antes de partir, la hermana superiora Saint-Alphonse-du-Rédempteur la alentó a mantenerse fiel y ser fuerte para que triunfara la verdad.

Desde el 30 de junio al 24 de septiembre, las monjas fueron encerradas en calabozos de menos de un metro cuadrado. La única forma de entrar o salir era por una puerta pesada con un candado y un pequeño agujero por el que los guardias espiaban cada 15 minutos. Por la mañana, se les permitía a las mujeres usar el baño. Tenían dos comidas diarias, a las 11 de la mañana y 3:30 de la tarde, compuestas por arroz únicamente y agua caliente para beber.

Un día, cuando el arroz se sirvió con cebollas, la hermana superiora Saint-Alphonse-du-Rédempteur golpeó la pared y cantó, “¡Arroz y cebollas! ¡Arroz y cebollas! ¡Esto realmente sabe a jamón de primera clase!”

Pero incluso en tiempos de desolación, buscaban consuelo. Cada domingo por la mañana cantaban misa, y por la tarde cantaban himnos y el “Oremus” de la bendición del santísimo sacramento.

De pronto, el 17 de octubre, sin previo aviso, las hermanas fueron transferidas en una camioneta policial desde Lam Sek Taou a la prisión de Sail Chuen, donde comenzó un intenso lavado cerebral. Se les prohibió estrictamente rezar o incluso mencionar el nombre de Dios.

En la celda de la hermana Saint-Victor, ella debía memorizar junto con sus compañeras de celda, “Había una vez, un microbio. Cada organismo vivo puede ser explicado únicamente a través de la evolución.”

Cuando llegó su turno de repetir la frase, ella dijo, “Ustedes saben que no solo soy católica, sino además hermana misionera. Hace dieciocho años vine a China para enseñar a los que ignoraban acerca de Dios, el único Dios verdadero, creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas. ¿Ustedes dicen que el hombre evolucionó del mono, pero de dónde provino el primer mono?”

“El mono provino del primer microbio,” gritó la maestra.

“¿Pero de dónde vino el primer microbio?”

La maestra permaneció en silencio.

“Este primer microbio provino de Dios,” dijo la hermana Saint-Victor, respondiendo su propia pregunta.

Escribiendo junto al nombre de la monja, la maestra puso: “Dice que hay un Dios que creó todas las cosas. Intentamos convencerla de lo contrario, pero permanece ingobernable.”

Más tarde, uno de los guardias entró y reprendió a la monja: “Usted debe creer que la evolución lo explica todo y que el hombre desciende del mono.”

“Usted crea lo que quiera. Por mi parte, no apoyo ninguna ascendencia con el mono,” respondió la monja.

En noviembre, durante dos semanas, las autoridades interrogaron a las mujeres, molestándolas, burlándolas y ordenándoles que admitieran que Dios no existe e intentando asustarlas con historias de tortura realizadas a otras que se rehusaron a negar la existencia de Dios.

Luego, el domingo 2 de diciembre de 1951, se les ordenó abruptamente a las hermanas salir de sus celdas. Iban a ser acusadas en la corte del pueblo, dentro del rojo Salón Conmemorativo de Sun Yat-sen, frente a una multitud de 24.000 “jueces” obligados a asistir.

Mientras esperaban el comienzo del juicio, el traductor intentó calmar a las monjas.

“No teman. No las matarán. El gobierno solo quiere darles una lección,” les dijo, intentando darles seguridad, ya que todos sabían de las incontables ejecuciones ocurridas desde la toma de los comunistas.

Antes de que comenzara el juicio, la muchedumbre cantaba canciones  militantes, incluyendo “Eres el Faro”, también conocida como “Sigue al Partido Comunista”:

Eres el faro,
Que brilla en el océano antes del amanecer;
Eres el timonel,
Que mantiene la dirección de navegación;
Gran Partido Comunista de China,
Eres el centro, la dirección;
Te seguiremos para siempre,
La humanidad debe ser liberada.

Hubo una señal. Cuando terminaron las últimas notas, el público hizo silencio, y comenzó el proceso. El fiscal Pai-Chen Hsih gritó las acusaciones por sus crímenes: asesinato, negligencia, trato inhumano de niños chinos y venta ilegal de niños chinos.

Con carteles colgados de sus cuellos, las monjas eran arriadas hacia un salón circular a medida que sus nombres y edades eran comunicados por un sistema de transmisión público. Las cinco parecían delgadas y enfermas. Desde que habían sido apresadas, tres contrajeron tuberculosis y dos sufrieron problemas cardíacos, todos confirmados por una enfermera comunista que examinó a las mujeres cuando se quejaron de que no sobrevivirían mucho más con las miserables raciones de arroz.

Varios testigos de la fiscalía hablaban por micrófonos puestos para transmitir a la gente lo que iba sucediendo en el juicio público por altoparlantes en la ciudad y también en vivo a las masas a través de Radio Cantón.

“¡Las occidentales vinieron a China a amedrentar a los chinos! ¡Abajo con las occidentales! ¡Larga vida a los chinos!” gritó uno al micrófono.

Uno de los huérfanos tomó el micrófono. Era Tak-Po Leung.

Una niña poco inteligente que había sido cuidada durante ocho años por la hermana Sainte-Foy, quien cada mañana la levantaba de su cama donde dormí cubierta por su propio orín, habiéndolo eliminado durante la noche. Intentando no sentir nauseas por el olor nauseabundo, la monja lavaba y vestía a la niña.

“Lo hago por Dios,” les decía la hermana Sainte-Foy a los niños que la burlaban por su cariño especial hacia Tak-Po.

Frente al micrófono, Tak-Po lloraba y señalaba, pero no decía nada.

La muchedumbre gritaba. Después de cada orador, cada acusador, la audiencia se tornaba más agitada, más furiosa. El propósito del juicio no solo era enjuiciar a las monjas. También era desacreditar a la Iglesia, calumniando a los fieles, denigrando y ridiculizándolos, así como también para generar miedo en los católicos y asustarlos para que se unieran al movimiento de reforma de las tres autonomías, la iglesia católica comunista oficial.

Al declarar a las mujeres culpables, el juez Ze-Hsien Wen anunció que la sentencia dependía del pueblo, quienes según él eran sus propios amos y ya no estaban oprimidos por extranjeros.

Durante una hora la muchedumbre gritó en la corte, a medida que los individuos se acercaban a los micrófonos a ordenar el destino que debía dárseles.

“¡Córtenlas en pedazos!”

“¡Entiérrenlas vivas!”

“¡Enciérrenlas!”

“¡Mátenlas!”

“¡Expúlsenlas!”

Cuando el enojo se fue tornando incontrolable, el juez golpeó su martillo e intervino, “¡No! ¡No las golpeen todavía!”

Cuando se acalló el debate frenético, se leyeron las sentencias en voz alta:

Para la superiora, la hermana Saint-Alphonse-du-Rédempteur, y su asistente, la hermana Sainte-Marie-Germaine: cinco años de prisión y expulsión;

Para la hermana Saint-Germain y la hermana Saint-Victor: expulsión de por vida;

Y para la hermana Sainte-Foy: una simple expulsión.

Después de cuatro horas de juicio durante el cual no se les permitió a las monjas hablar o defenderse, las mujeres fueron arrastradas por la fuerza alrededor del salón circular, forzadas a inclinarse y pedir perdón por sus “crímenes” y a dar gracias al pueblo por sus veredictos benevolentes, mientras el público gritaba.

Cuando el sol comenzó a ocultarse, las cinco con los carteles aún colgados al cuello, fueron subidas a la parte trasera de una camioneta que circuló despacio como en una procesión sádica afuera del Salón Conmemorativo y luego por las calles repletas de hombres, mujeres y niños que escupían y gritaban y arrojaban piedras a las monjas en su camino hacia la prisión. Con un golpe en la frente, una de las monjas sufrió un corte y la sangre corrió por su cara mientras ella se mantenía de pie, con la frente en alto, y los ojos cerrados.

El 4 de diciembre, la hermana superiora Saint-Alphonse-du-Rédempteur y la hermana Sainte-Marie-Germaine fueron transferidas a otra prisión. Las demás hermanas observaron cómo las dos salían de sus celdas, casi sin poder caminar, arrastrando con dificultad las sábanas que envolvían sus objetos de aseo.

Casi tres meses después, por la mañana del 25 de febrero de 1952, les avisaron de golpe a la hermana Saint-Germain y a la hermana Saint-Victor que debían abandonar China; recibieron sus hábitos de religiosas y fueron escoltadas bajo guardias militares hasta la frontera.

Las otras dos monjas, la hermana superiora Saint-Alphonse-du-Rédempteur y la hermana Sainte-Marie-Germaine, permanecieron otros 10 meses más, comiendo raciones ínfimas a la vez que cosían, lavaban y hacían zapatos para el ejército rojo durante 14 horas al día.

Luego, por la tarde del 25 de diciembre de 1952, en la fiesta de la Navidad, día en que la luz vence a la oscuridad, las autoridades dijeron a las dos mujeres que el gobierno popular había perdonado con benevolencia sus sentencias y que serían expulsadas al día siguiente.

Fueron transferidas a un hotel frente a la estación de tren, donde esperaron su liberación. Al día siguiente, habiendo recuperado sus hábitos religiosos, se quitaron los harapos de prisión y fueron escoltadas a la plataforma del tren, donde encontraron a una monja china clandestina perteneciente a su congregación que se había enterado de su liberación. Vistiendo ropa de calle, las saludó discretamente.

Por la tarde del 26 de diciembre de 1952, en la fiesta del protomártir San Esteban, las monjas cruzaron finalmente el puente Lo Wu, desde una tierra de esclavitud a una tierra de libertad.

Pero abrazaron su liberación con tristeza, porque quién iba a cuidar de los bebés y niños abandonados de China.

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NOTA FINAL: Quiero agradecer a la Sociedad de las Hermanas Misioneras de la Inmaculada Concepción de Quebec, especialmente a la hermana Suzanne Labelle, por su amable ayuda. También agradezco a Wen-Li “Philip” Chen, por sus talentos para traducir del chino al inglés. Los datos para esta historia fueron extraídos de: “Bishop Walsh of Maryknoll: Prisoner of Red China,” de Ray Kerrison; “The Bridge at Lo Wu: A Life of Sister Eamonn O’Sullivan,” de Desmond Forristal; Catholic Herald; Boletín Misionero de China; Der Spiegel; “Nun in Red China,” de la hermana Mary Victoria (nome de plume de la hermana Maria Del Rey, nacida como Ethel Danforth); The Precursor; “Prison Memoirs,” por la hermana Sainte-Foy; y “Prison Memoirs: To Kom Hang Crèche Confiscated by the Reds,” de la hermana Saint-Victor.

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Theresa Marie Moreau es la autora de “Blood of the Martyrs: Trappist Monks in Communist China,” “Misery & Virtue” and “An Unbelievable Life: 29 Years in Laogai,” que pueden encontrarse en internet y en TheresaMarieMoreau.com.

Reedición de The Remnant, 30 de noviembre de 2017

Traducido por Marilina Manteiga. Fuente: https://remnantnewspaper.com/web/index.php/articles/item/3775-persecution-and-anti-catholic-propaganda




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