Las condenas, por obra de tribunales seculares, de los cardenales George Pell y Philippe Barbarin han provocado diferentes reacciones en la cima de la jerarquía eclesiástica. Que a su vez han desencadenado dentro y fuera de la Iglesia posteriores reacciones de aprobación o de condena. Signo que este terreno de enfrentamiento está muy lejos de estar pacificado.

Además, el sábado 23 de marzo Francisco aceptó la renuncia del cardenal Ricardo Ezzati Andrello, de 77 años, como arzobispo de Santiago de Chile. Renuncia determinada formalmente por haber excedido la edad canónica, pero efectivizada precisamente pocas horas después del llamado a juicio del cardenal frente al tribunal de Santiago, por haber encubierto abusos sexuales. También aquí habrá que ver qué decisiones tomará el Papa. Y con cuáles contragolpes.

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En el caso del cardenal Pell, condenado en Australia a seis años de prisión, la Santa Sede ha hecho saber que quiere tener a su cargo un proceso canónico en la Congregación para la Doctrina de la Fe.

No se conocen ni los tiempos ni las modalidades de ese proceso. En todo caso se ha comunicado que en Roma se esperará, antes de cualquier pronunciamiento, el resultado del proceso de apelación pedido por el cardenal.

Pero a pesar de esto, “como medida precautoria” y “para garantizar el curso de la justicia”, la Santa Sede ha confirmado las dos medidas tomadas contra Pell cuando regresó a Australia: la prohibición del “ejercicio público del ministerio” y “el contacto en cualquiera de sus modos y formas con menores de edad”.

Medidas ambas incomprensibles ahora, al encontrarse el cardenal en una celda de aislamiento e imposibilitado de celebrar la Misa. Pero bien aceptadas por los paladines de la “tolerancia cero”, para ejercerla siempre y en forma preventiva también contra quien – como se lee a propósito de Pell en el comunicado vaticano – “ha manifestado su inocencia y tiene el derecho de defenderse hasta el último grado”

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En el caso del cardenal Barbarin, condenado en Francia a seis meses de prisión condicional y también a la espera de un proceso de apelación, la Santa Sede no anunció, por el contrario, ningún proceso canónico.

Tampoco ha tomado contra él medidas análogas a las impuestas a Pell.

No solo eso. El papa Francisco ha rechazado la renuncia como arzobispo de Lyon presentada a él por el cardenal, recibido en audiencia el 19 de marzo.

¿Cómo justificó Francisco este comportamiento de su parte? Fue el mismo Barbarin quien se refirió a las palabras del Papa, en una entrevista realizada en la televisora católica francesa KTO:

“El Papa me dijo que cuando hay una sentencia que es apelada, existe la presunción de inocencia. En consecuencia, si acepto la renuncia, reconozco que usted es culpable. No puedo hacer esto”.

De regreso en Lyon, Barbarin confirmó que se retira de la diócesis, confiada en forma provisoria al vicario general. Pero ha resaltado que se trata de una decisión personal suya, sobre la cual el Papa habría expresado su “comprensión”, agregando que “no corresponde a Roma intervenir en este género de cosas”.

Como se puede advertir, entonces, al contrario que en el caso de Pell, en el caso de Barberin el papa Francisco no se atuvo a los criterios de la “tolerancia cero”, sino más bien a esos principios garantistas que él mismo había pedido que se prestara atención en la cumbre vaticana del 21-24 de febrero en los 21 “puntos de reflexión” entregados a los participantes, en primer lugar “el principio de derecho natural y canónico de la presunción de inocencia hasta la prueba de la culpabilidad del acusado”.

Ninguna sorpresa, entonces, al ver las indignadas reacciones de los partidarios de la “tolerancia cero” en este comportamiento del Papa. Como también las defensas de lo hecho por él, por parte de los garantistas.

Entre las muchas voces en un campo y en el otro, son ejemplares las dos que se han expresado en las columnas del diario católico francés “La Croix”. De dos eruditos no católicos.

El primero es Dominique Wolton, autor del libro-entrevista más exitoso entre los publicados hasta ahora sobre el papa Francisco y al que quiso que estuviera entre los miembros de su comitiva en el viaje a Panamá el pasado mes de enero.

Wolton defiende la línea garantista adoptada por el Papa en el caso de Barbarin, pero – como teórico de la comunicación que es – critica las ingenuidades comunicacionales, porque al callar y enviar al futuro cualquier decisión, Francisco se expone indefenso a la “locura” de los que quieren que los procesos se lleven a cabo inmediatamente y en las plazas, en vez de hacerlos en las salas y con los tiempos de la justicia.

Escribe Wolton:

“No creo que la lentitud del papa Francisco en reaccionar sea una prueba de mala fe. El hecho que él se niegue a decir algo a cualquier precio no significa que está ‘escondiendo’ algo. Simplemente, se niega a entrar en la lógica de la inmediatez que domina hoy la opinión pública. Esta presión de los medios de comunicación, basada en un uso falsamente democrático de lo social, se ha vuelto intolerable. ¡El hecho que millones de personas expresen su opinión que el cardenal Barbarin es un malhechor no significa que él lo sea realmente! Se quiere que la Iglesia pronuncie inmediatamente un juicio moral. Pero sometida a una sospecha general de actuar con mala fe, la Iglesia ya no es capaz de hacerse entender, y las justificaciones del Papa parecen una retirada de su decisión de poner fin al clericalismo”.

Pero decididamente más crítica es – siempre en las páginas de “La Croix” – la socióloga de las religiones Danièle Hervieux-Léger, de la ”École des hautes études en sciences sociales” y autora en el 2003 de un libro que hizo época: “Catholicisme, la fin d’un monde”, en el que sostenía la “exculturación”, es decir, la expulsión total del catolicismo de la cultura de hoy.

Para Barbarin – dice Hervieux-Léger – “era quizás legítimo recurrir en apelación como ciudadano, pero no como obispo”. Como obispo debía aceptar la condena y el Papa debería haber aceptado su dimisión. Pero Barbarin “engañó al Papa, quien aparece hoy ya no coherente con la ‘tolerancia cero’ que quiere promover. Este estado de confusión es terrible, porque deja en la opinión pública la imagen desastrosa de una institución que se protege, que no realiza sus promesas. La Iglesia no es otra cosa que un objeto de indignación, lo cual me parece irremediable. La Iglesia ha perdido definitivamente su capital de confianza y esto es particularmente terrible para los sacerdotes de más de 75 años que han apostado todo en esta institución cuyo mundo colapsa. Hoy lo único posible – pero el Papa no lo hará – sería redefinir completamente el ministerio sacerdotal, no sólo ordenando a varones casados – cosa que sucederá seguramente algún día – sino sobre todo repensando el puesto de las mujeres en la Iglesia. Porque la cuestión capital es ésta. El clericalismo al cual se imputan todas las derivaciones presentes arraiga en su exclusión”.

Es curioso que tanto Wolton como Hervieux-Léger concluyan sus arengas culpando de todo al “clericalismo”, objetivo fijo del papa Francisco.

 

Sandro Magister, L’Espresso – 25 marzo 2019

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