[sí sí no no] Monseñor Brunero Gherardini, ex profesor de eclesiología en la Universidad Pontificia de Letrán, escribió un libro que lleva por título el mismo que hemos transcrito más arriba (Concilio Vaticano II: Una explicación pendiente) y le mandó un ejemplar al Papa con la súplica de que aclarara de manera definitiva los interrogantes que el Vaticano II le viene planteando a la conciencia católica desde hace ya cincuenta años.

VATICANO_II__UNA_5097daa1f3728_360x360Monseñor Gherardini, que ha seguido el iter [camino] conciliar desde 1962-1965 [se ordenó de sacerdote en 1948, se licenció en teología en 1952 y se especializó en Tubinga en 1954-1955] escribe lo siguiente: «Confieso (…) que no he dejado nunca de plantearme el problema de si, en efecto, el pasado concilio salvaguardó en todo y por todo la tradición de la Iglesia, y de si, por ende, la hermenéutica de la continuidad constituye un mérito innegable suyo y se puede dar fe de ello» (op. cit., Casa Mariana Editrice, Frigento, 2009, pág. 87; título y texto original italianos). Afirma con toda razón que hasta ahora se ha pretendido, pero no demostrado, que se da continuidad entre el Vaticano II y la tradición católica: «no se ha ido más allá de una declaración vehemente puramente teórica» de la susodicha continuidad (pág. 14); y deplora una «tautología colosal», un «error de método» que «responde con el Vaticano II, y sólo con él, a las cuestiones que se suscitan como consecuencia del Concilio» (pág. 21). Pide por eso que se demuestre por fin lo que se afirma (es decir, la “hermenéutica de la continuidad”), visto que no han desaparecido las dudas suscitadas por el Concilio y que se impone la «necesidad de una reflexión histórico-crítica sobre los textos conciliares que busque, si existen realmente, qué títulos tienen para insertarse en la continuidad de la tradición católica. Considero ser éste uno de los deberes más urgentes del magisterio eclesiástico»

Por otra parte, también Pablo VI habló en 1969 del “humo de Satanás” que había entrado en la Iglesia y de la “autodemolición” de la Iglesia de Dios, y dijo el 29 de junio de 1972: «se creía que después del Concilio amanecería un día soleado para la historia de la Iglesia; pero lo que amaneció fue, por el contrario, un día de nubes, de tempestades, de tinieblas». Juan Pablo II habló posteriormente, el 6 de febrero de 1981, del “estado de apostasía silenciosa” del catolicismo contemporáneo, y Ratzinger, cardenal a la sazón, habló primero de “autodestrucción, autocrítica, tedio y desánimo, de decadencia progresiva, de caminos erróneos que han conducido a consecuencias negativas” (en su Informe sobre la fe), y después, en el 2005 (en el Via Crucis de Semana Santa), poco antes de ser elegido Papa, denunció “suciedad en la Iglesia, que parece una barca que está a pique de hundirse y que hace agua por todas partes”.

El corazón del problema

En cuanto a la responsabilidad de tanta confusión constatada por tres Papas, Gherardini es de la opinión de que, en general, se trató sobre todo de «ligereza (…), optimismo irreflexivo e infundado, (…) confianza ilimitada en el hombre (…). Por tanto, la „culpa‟ de los Padres conciliares, al menos en su inmensa mayoría, no fue la formal „de la plena advertencia y del consentimiento deliberado‟ (…), sino la material de la inadvertencia, de la ligereza, de un optimismo superficial y exagerado (…). Tal vez, al menos en algunos casos (…), hubo asimismo negligencia y falta de vigilancia» (pág. 19), así como cierto “desenfreno” y “superficialidad” (pág. 33).

El autor llega después al corazón del problema, o sea: ¿el Vaticano II es «un Concilio rigurosamente dogmático», que vincula, por ende, a la Iglesia entera, o bien es un concilio “pastoral”, que «excluye por lo mismo toda intención definitoria»? (pág. 23). Si resulta que es sólo pastoral, el que «lo equipara al tridentino y al mismo Vaticano I, acreditándolo con una fuerza normativa y vinculante que no posee de suyo, comete un acto ilícito y, en último análisis, no respeta el concilio», porque «cuando… un concilio se presenta a sí mismo (…) bajo la categoría de la pastoralidad‟ al autocalificarse de pastoral (…), no puede pretender que se le califique de dogmático ni otros pueden conferirle tal nota». Sin embargo, el autor que comentamos reconoce que una obra de «revisión y reevaluación de los textos del Concilio podría realizarla sólo un buen puñado de especialistas, (…) decenas y decenas de autores altamente especializados» (pág. 24). Se trata, en efecto, de «comprobar si el Vaticano II enlaza, y en qué medida lo hace, de hecho y no sólo por conducto de sus declaraciones [de fidelidad a la tradición], con las doctrinas enseñadas por los concilios o por los pontífices en particular» (pág. 57).

Monseñor Gherardini asegura que él mismo aborda el problema sin la menor intención o pretensión de emitir «juicios apodícticos» y proponer «remedios perentorios (…). La única palabra que puede realmente determinar el valor preciso de cada cosa (…) es la del Papa, en especial si la consigna en uno de sus documentos más autoritativos»; y concluye Gherardini diciendo: «Así, pues, pido e imploro tal documento; lo hago con humildad, pero también con intensidad» (pág. 25).

Valor y límites del Vaticano II

El autor habla de la naturaleza y los fines del pasado Concilio para establecer su valor teológico o magisterial. El Vaticano II fue, por naturaleza, un auténtico “concilio ecuménico” (pág. 48) porque se compuso de todo el episcopado y lo presidieron dos Papas elegidos válidamente: Juan XXIII y Pablo VI. Por eso no se puede hablar de «carencia de magisterio» del Vaticano II, pues ello equivaldría a negar la legitimidad de los Papas que lo presidieron y comportaría un juicio aventurado sobre la «inautenticidad del pasado concilio y, por ende, sobre su falta de autoridad eclesial» (pág. 79). Por eso ésta -“concilio ecuménico”- es la definición genérica. Para llegar a la específica es menester sondear su finalidad «no definitoria, no dogmática, no dogmáticamente vinculante, sino pastoral» (pág. 47), que es lo que diferencia «al Vaticano II de otros concilios, en particular del tridentino y del Vaticano I» (loc. cit.). Pero ¿qué significa “pastoral” exactamente? Significa una actitud práctica que se sustenta en una base doctrinal, la cual, sin embargo, no lo vuelve “dogmático” o definitorio en sentido estricto.

El objetivo principal del Vaticano II fue “pastoral” o práctico, aunque para obrar y querer se necesite antes ser y conocer (agere sequitur esse: el obrar sigue al ser, y nihil volitum nisi praecognitum: nada se desea si no ha sido conocido previamente), de manera análoga a la ciencia práctica, que es un “conocer para obrar con rectitud”, y contrariamente a la ciencia especulativa, que es un “conocer para saber”.

El Vaticano II quería dar a conocer el cristianismo al hombre contemporáneo echando mano de un procedimiento más familiar para éste, o sea, práctico, “pastoral”, es decir, que lo que deseaba era «traducir la doctrina en términos operativos» (pág. 64), por lo que no quiso ser especulativo o “dogmático” (cf. pág. 63). ¿Es eso ilícito? No. De hecho, «un concilio no habla a las nubes (…). Le interesan los hombres, estos hombres, la sociedad que forman, su vida diaria, su salvación eterna. (…). No obstante, tenía la obligación de evitar caer en el error de ceñirse a la investigación sociológica (…). Aun sin poner en tela de juicio la oportunidad de tal enfoque congnoscitivo y hablar pastoralmente de Cristo al hombre contemporáneo, habría debido parecer discutible y desaconsejable fiarse en criterios de valoración que (…) sabían a inmanentismo, idealismo, positivismo, existencialismo y hasta materialismo» (pág. 69). De hecho, «nadie puede sostener, según parece, que toda reformulación [del dogma] sea ya por sí misma un error. Lo había dicho ya San Vicente de Lérins, que agregó, no obstante, eodem sensu eademque sentencia: según un mismo sentido y una misma expresión» (pág. 89). Con todo y eso, «parece que difícilmente se puede negar que el postconcilio siguió su camino sin temores ni inhibiciones de ningún tipo, y que si bien apelaba formalmente al Concilio, de hecho rompía los espigones con que el propio Concilio había intentado al menos mantener su curso dentro de un cauce determinado» (pág. 89).

Así, pues, «no se dio» en el Vaticano II «carencia de perfil doctrinal, sino que lo que hubo fue carencia de intenciones definitorias y, en consecuencia, de nuevas formulaciones dogmáticas. (…). En la práctica, sin embargo, lo que predominó siempre fue la pastoral. (…) Sólo tocante a una conclusión no se yerra: se quiso un concilio pastoral y nada más que pastoral» (pp. 64-65).

Gherardini sigue afirmando: «Me apresuro a decir que ni la Lumen gentium ni ningún otro documento del Vaticano II albergó el propósito de formular ni siquiera una sola definición dogmática. El Concilio, conviene no olvidarlo, no habría podido tampoco proponerla, puesto que que se negó a ponerse en la línea trazada por los concilios anteriores» (págs. 49-50).

A la objeción de que se calificaron de “dogmáticas” las constituciones Lumen gentium y Dei Verbum, el autor responde diciendo que ninguna de las dos «echó mano de los acostumbrados cánones de condena, lo cual evidencia que renunciaban a dar carácter dogmático a sus doctrinas respectivas. ¿Por qué se habla entonces de “constituciones dogmáticas”? Evidentemente, porque recogieron dogmas definidos con anterioridad» (pág. 50). Además, Juan XXIII aseveró explícitamente el 11 de octubre de 1962 que el Concilio «no se había convocado para condenar errores y formular nuevos dogmas, sino para manifestar la verdad de Cristo al mundo contemporáneo. (…) Es lícito, por consiguiente, reconocerle al Vaticano II una índole dogmática sólo en los lugares en que propone de nuevo como verdades de fe dogmas definidos en concilios precedentes. En cambio, las doctrinas que le son propias no podrán considerarse en absoluto como dogmáticas porque carecen de las ineludibles formalidades definitorias y, por ende, de la correspondiente voluntas definiendi» (pág. 51).

Concilio y postconcilio

«El Vaticano II no prestó nunca su ayuda directa» a la debilitación ni, aún menos, a la superación de las posiciones doctrinales, disciplinares, litúrgicas y pastorales de la Iglesia preconciliar. «Fue el postconcilio el que pensó en ello» (pág. 74). No obstante, el concilio prestó una «ayuda indirecta» (loc. cit.) a tal vuelco, y «los interesados en la obra de debilitación y superación mencionada hicieron de esa ayuda indirecta un „regla hermenéutica‟ denominada „espíritu del Concilio‟» (loc. cit.). Ahora bien, observa Gherardini, aunque, «hablando formalmente», el espíritu conciliar no podía elevarse a la categoría de criterio interpretativo del Vaticano II, sin embargo, «se daban las premisas materiales para ello» (p. 75).

Los principios del espíritu del Concilio, «aunque eran ajenos formalmente a la letra del Concilio (…), provenían de sus patrocinadores más o menos ocultos y habían sido injertados por éstos en el tronco conciliar e introducidos a título pleno entre sus instrumentos de interpretación» (pp. 75-76). De ahí que, en opinión de los mismos, «quien no extrajese de ello las debidas consecuencias innovadoras hasta llegar a la creación de una religión nueva (…) demostraría no saber moverse cual se debe en el denso y oscuro laberinto de las antinomias conciliares y, sobre todo, postconciliares. Se dio de hecho, y sigue dándose todavía, una hermenéutica de la ruptura» (pág. 76).

El autor califica de «verdadero modernismo» tal interpretación del Vaticano II (pág. 77), razón por la cual le pide al Papa que sustituya la hermenéutica de la ruptura, o la de la continuidad aseverada pero aún no probada, por una hermenéutica teológica «que determine el valor, el significado, la vitalidad, la originalidad y las finalidades del Vaticano II a la luz de los principios citados» (pág. 84), que son los “teológicos” (pág. 87), para «poder así valorar el significado (…)y el alcance eclesial del pasado concilio» (loc. cit.). Una hermenéutica auténticamente teológica debe responder a la pregunta decisiva: «El Vaticano II ¿se inscribe sí o no en la tradición ininterrumpida de la Iglesia desde sus inicios hasta hoy?» (pág. 84).

La “hermenéutica de la continuidad, no de la ruptura”

Tocante a la «hermenéutica de la continuidad, no de la ruptura, como única hermenéutica que ha de adoptarse» para el Vaticano II (Benedicto XVI, 22-XII-2005, discurso a la curia romana), Gherardini escribe lo siguiente: «Confieso que dicha afirmación, aunque importante, no me pareció ni original ni satisfactoria del todo» (pag. 87), dado que el problema real que había que afrontar, la «demostración que quedaba por hacer», estribaba en «probar que el Concilio no se situó fuera del surco de la tradición» (pág. 87). Y una vez llegado a este punto es cuando añade: «Recién terminado el Vaticano II (…) hablé primero de „continuidad evolutiva‟ y luego escribí sobre la misma (…) para hallar, mediante esta fórmula, la posibilidad de vincular el Vaticano II (…) a la tradición precedente. Con eso y todo, confieso que nunca he dejado de preguntarme si el pasado concilio salvaguardó en todo y por todo la tradición de la Iglesia y si, por ende, la hermenéutica de la continuidad evolutiva constituye un mérito suyo innegable del que se puede dar fe» (loc. cit.).

En cuanto a los grandes teólogos “nuevos” y “novísimos” que participaron como “peritos” en el Concilio, el autor que comentamos admite que aunque Rahner, Schillebeeckx, Küng y Boff asestaron «hachazos directos» a la tradición (pág. 90), otros «célebres peces gordos, en cambio, como von Balthasar, de Lubac, Daniélou, Chenu y Congar» (loc. cit.), se los asestaban «indirectos» (loc. cit.). En efecto, «algo nuevo había nacido, que se extendió desde 1965 en adelante, aunque no carecía de raíces en el periodo 1962-1965 [durante el propio Concilio]; algo que destruía sistemáticamente los puentes que unían con la linfa vital de la tradición (…). Fue el humus del Vaticano II el que amacolló lo „nuevo‟, y fue su placet el que lo elevó al rango de lema y seña» (pág. 99). Así que no se trata tan sólo del postconcilio, sino también del propio Concilio, de su terreno, de su ambiente, de su asentimiento a la ruptura sistemática con la tradición.

Gherardini quiere ser claro y prosigue diciendo en la misma línea: «aun si pudiera probarse que [el Concilio] careció de responsabilidad directa, es cierto, de todos modos, que la tuvo indirecta y que, a consecuencia de ello, el debate teológico del postconcilio se desentendió de la tradición y la interpretó a su conveniencia» (pág. 103).

El autor aborda en su libro las cuestiones de la divina tradición, la colegialidad, la libertad religiosa, el ecumenismo y la reforma litúrgica para mostrar los puntos que las oponen, al menos materialmente, a la doctrina católica comúnmente enseñada hasta 1965. Hace ver que la Dignitatis humanae (la declaración sobre la libertad religiosa) y la Nostra aetate (la declaración sobre el diálogo con las religiones acristianas, especialmente con el judaísmo) se concibieron juntas, sobre todo por obra de Monseñor E. de Smedt, el 19-XI-l963, y que por eso un mismo lazo «une el ecumenismo con la libertad religiosa», como si la palabra divina «no hubiese establecido que la libertad depende de la verdad» (pág. 189).

Epílogo y súplica al santo Padre

El problema de fondo, que el Papa es el único que puede resolver (puede hacerlo incluso por sí solo) es el de probar si hay continuidad o discontinuidad entre el Vaticano II y los veinte concilios que le precedieron, o sea, si el postconcilio contribuyó o no a alejar al Vaticano II de la tradición (pág. 243). Es menester probar -no basta con limitarse a afirmarlo- que se da una continuidad homogéneamente evolutiva (eodem sensu eademque sententia) entre el Vaticano II y los otros veinte concilios (pág. 244). Monseñor Gherardini escribe: «Está a la vista de todos (…) el cambio radical de mentalidad que, habiéndose iniciado con el modernismo en los primeros años del siglo pasado, triunfó en los pródromos del Vaticano II, en el aula conciliar y, sobre todo, en el desastroso transcurso del postconcilio. Quien lo negara (…) demostraría que vive en las nubes» (pág. 246). Sigue una súplica al Santo Padre en la cual el autor pide «claridad a la hora de responder a la pregunta sobre su continuidad [la del concilio] con los restantes concilios, y una continuidad no aseverada enfáticamente, sino demostrada (…). [Pide asimismo] un análisis científico de los documentos en particular, de su conjunto y de cada tema que toquen, de sus fuentes próximas y remotas (…). Será necesario probar -más allá de cualquier aseveración enfática- que la continuidad es real; una continuidad tal sólo se manifiesta en la identidad dogmática de fondo. Cuando ésta no pueda probarse científicamente, en todo o en parte, será menester decirlo con franqueza y serenidad en respuesta a las exigencias de claridad, claridad que se desea y espera desde hace casi medio siglo (…). Se podrá así saber si, en qué sentido y hasta qué punto el Vaticano II, y sobre todo el postconcilio, pueden interpretarse en la línea de una continuidad indiscutible con los demás concilios, aunque sólo sea a título [homogéneamente] evolutivo, o si, por el contrario, son ajenos a éstos o incluso hostiles a los mismos» (pág. 257).

El libro que comentamos va precedido de dos cartas introductorias y de apoyo. La primera es del obispo de Albenga, Monseñor Mario Oliveri, quien se une toto corde (pág. 8) a la súplica de Gherardini y expresa su firme convicción según la cual «si una hermenéutica teológica católica descubriese que algunos pasajes (…) no sólo hablan nove (de manera nueva en cuanto al modo), sino que también dicen nova (cosas nuevas en cuanto a la sustancia) y respecto de la tradición perenne de la Iglesia, no estaríamos ya ante un desarrollo homogéneo del magisterio: se tendría allí una enseñanza no irreformable, ciertamente no infalible» (pág. 7). La otra carta es de Monseñor Albert Malcom Ranjith, arzobispo, secretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. De ahí que podamos afirmar que dos miembros de la Iglesia docente le piden al Papa, junto con el teólogo Brunero Gherardini, que dirima “autoritativamente” la cuestión que el Concilio le plantea a la conciencia de los católicos desde hace cuarenta años.

El libro puede pedirse en español aquí

Censor

[Traducción por tradicioncatolica.es. Los pasajes del libro son sobre la versión italiana]

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