Sermon del Reverendo Dom Jean Pateau
Abad de Nuestra Señora de Fontgombault
(Fontgombault, 2 de abril de 2015)

Cum dilexisset eos… in finem dilexit eos.
Habiendo amado a los suyos, los amo hasta el fin.
Jn 13:1

Queridos hermanos y hermanas,
Mis hijos muy amados,

El Santísimo Sacramento de la Eucaristía, la institución de la cual conmemoramos esta noche, el Misterio Pascual, muerte y resurección de Jesús: ¿es esto algo que Dios nos da o que nos debe? 

Al inicio del Triduo Pascual  que cubre el período que se extiende desde la mañana del Jueves Santo hasta la de la Pascua, ésta es la cuestión crucial. Las acciones de nuestras vidas Cristianas dependerán de nuestra respuesta al enfrentar estos misterios en que subyace nuestra fe: “Y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana también la fe de ustedes.” (1Col 15:14).

Si el Misterio Pascual es mi causa, básicamente no debo preocuparme por él. Es, por así decirlo, el orden de las cosas. Dios cuida de mí, y es normal. Dios lo lleva a cabo, como si fuera el Trabajo de Dios.

Pero si el misterio Pascual es un don y el autor es Dios, el punto de vista cambia radicalmente. Dios, el Creador del universo Se da a Su creatura, el Todopoderoso a el que no puede nada. Una nueva dimensión se abre en  nuestra relación con Dios y consecuentemente,  en nuestra relación con los otros, la dimensión del amor gratuitamente dado.  El lavatorio de los pies, que la liturgia invita a recrear en este día, es parte de ese punto de vista.

Las primeras palabras del Evangelio que recién acabamos de oir es un resumen del regalo Pascual. En el Evangelio de San Juan se abre precisamente la narración del Triduo Pascual. La hora de Jesús, la hora de Su último testimonio de amor, de Su Pasión y su Sacrificio, ha llegado.

Antes de la fiesta de la Pasión, Jesús, sabiendo que Su hora ha llegado, que debía pasar de este mundo hacia su Padre: habiendo amado a Los suyos en este mundo, Los amo hasta el fin. (Jn. 13:1).

¿Habremos de aceptar recibir este testimonio? No es fácil dejar que Jesús lave nuestros pies.  Pedro, primero que todo, lo experimenta a su propio costo. Para él, la divinidad de Dios debería expresarse a sí misma en poder, no en la humildad del gesto de un esclavo. Quién entre nosotros no ha tenido algunas ideas concernientes a lo que Dios debería hacer o por lo menos, no tolerar?

Pedro está pronto a desenvainar su espada para proteger a Dios.  No esta listo todavía a hacerse, como Dios se hace, el sirviente de sus hermanos, al lavarles los pies.

Pedro considera que él no tiene necesidad de un Dios humilde y misericordioso, sino más bien un Dios poderoso y vengador. Será todavía el caso en unas horas más?

Después de haber traicionado a Jesus, negandolo tres veces, después de haber experimentado la mirada de Jesús sobre él, en la casa del gran sacerdote, Pedro comprenderá que el sendero de Dios en su vida conlleva su aceptación de una una mirada misericordiosa en su vida miserable. Al encontrar la mirada de Jesús viene a darse cuenta cabal de cómo el mismo Dios, cómo se hace El mismo mendigo el amor delante del  pecador. ¿Qué ha pasado con el orgulloso seguidor de Jesús? Ya no existe más. Pedro se retira y llora amargamente.  ¿Llora por su falta? Esa es la interpretación usual. No, más bien lloraría por el bien de la gracia que le ha sido concedida?  Pedro lo ha entendido y por eso llora.

El, quien desde el mismo principio ha querido ser el escudo de Dios a través de su fuerza y poder ha tropezado. El recibe la asistencia de la mirada de Jesús, un prisionero humillado, ridiculizado y que pronto sería coronado de espinas.

Pedro llora porque el Señor le ofrece Su testimonio de amor hasta el fin. Delante de su discipulo humillado, Jesus se hace muy pequeño, se hace mendigo de su amor. Pedro quería ofrecerle sus armas, Jesus requiere de él sus lagrimas, su corazón, su vida. Unos días después, por el mar del Tiberíades, esa mirada se convertiría en una palabra: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres tu más que estos?” (Jn21:15))

Hoy, esta pregunta debe resonar en nuestros corazones.

Mañana, el Crucificado a brazos abiertos al mundo ofrecerá venir a beber del costado perforado los flujos limpios de la gracia. “todo esta consumado” (Jn 19:30).

Así como El dio Su vida por Sus Amigos, muriendo en la cruz, Jesús ha explotado en la vida de cada hombre. Desde todos los tabernaculos de la tierra, bajo la humilde forma de la Hostia, este grito seguirá resonando: “¿Me amas?” Lo que está en juego de hoy en delante para cada hombre, cada sociedad,  es responder al llamado del Señor. A través de los sacramentos, en especial el de la penitencia, Dios viene y nos ofrece de nuevo Su Gracia.  Sacerdotes, personas consagradas, Cristianos, todas las personas de buena voluntad, son el eco de la palabra de Dios hacia los finales de la tierra.

¿Por qué hay tantas profanaciones, tantos tabernaculos aplastados, tantas iglesias quemadas? ¿Por qué tantos cristianos asesinados o excluídos de la vida pública, ridiculizados por hombres y sociedades?

Delante de la Cruz, delante del tabernaculo, nadie debe quedar indiferente. Escarnio, profanaciones no son más que el rechazo a recibir al mendigo de Amor Que toca a nuestra puerta y que no tiene que ofrecernos más que Su Amor. Es muy fácil tener en la vida de uno un ídolo, un conversador locuaz,  un entrenador…..es mucho mas difícil tener un mendigo, un Crucificado como Maestro. En Jesús, Pedro encontró el amor fiel, amor que puede soportar la traición, amor que se da a sí mismo como el regalo de vida, amor hasta el fin.

Cuando recibimos de rodillas el Sacramento de Su Cuerpo y de Su Sangre, Dios se da a sí mismo, mendigo de amor. Espera de nosotros nuestros corazones, no armas. El amigo de Jesus no puede satisfacerse con amor barato, fidelidad de tiempo parcial, si quiere convertir el mundo.

Así como Pedro, el mundo actual protege sus propios dioses: oro, poder, infidelidades, desprecio por la vida ajena, la cultura de la muerte y del desperdicio. En la escuela del Crucificado, el medigo de amor, convirtámonos a nuestra vez mendigos de amor, para nuestra gracia,  nuestras miradas hacia otros. Imitémos el gesto sel Señor, el lavado de pies y la mirada hacia San Pedro. Escuchemos sus Palabras de Consuelo. Luego, de los ojos nublados de los hombres de hoy, saldrán las lagrimas de aquella noche en el pasado que mojaron a San Pedro. A ellos están dirigidos los mandamientos del amor justo.

Quiera María, la amorosa Madre, hacernos en estos días mantenernos fuertes  los pies de la Cruz.

Amen.

[Traducido por Enrique Nungaray. Artículo original]