En la misa de hoy, un novicio pronunció sus primeros votos en la Abadía de Nuestra Señora de Fontgombault, razón por la cual el Abad trata tanto de la fiesta como de algunos aspectos de la vida monástica.

Sermón del Reverendísimo Dom Jean Pateau
Padre Abad de Nuestra Señora de Fontgombault
(Fontgombault, 1ero. de mayo de 2015)

Queridos Hermanos y Hermanas,
Mis amadísimos Hijos,
y muy especialmente tú, que vas a tomar tus votos religiosos,

En este primer día en el mes de mayo, mes de María, bajo el patrocinio de San José Obrero, vais a consagrar vuestra vida al Señor, pues deseáis volveros cada vez más hijos en el Hijo.

En dos versículos seguidos , el evangelio de hoy habla de una doble paternidad de Cristo. La voz del Padre Celestial se oye afirmar: “Tú eres mi Hijo amado”; mientras que para la gente Él era el hijo de José. Esta doble paternidad, que se nos recuerda cuando Jesús comienza su vida pública, nos devuelve a la memoria también el episodio del hallazgo en el Templo. San José y Santa María buscan desesperadamente a su hijo, y finalmente lo encuentran en el templo entre los doctores. María exclama: “¡Helo aquí! Tu padre y yo te hemos buscado con angustia. “(Lc 2:48)

La respuesta de Jesús, las primeras palabras de Su boca que aparecen en la Sagrada Escritura , dan testimonio de que para Él hay otra paternidad, la de su Padre en el Cielo: “¿No sabíais que yo debo ocuparme de los asuntos de Mi Padre? “(Lc 2:49)

¿No habría en esta respuesta, considerando que Jesús tiene apenas doce años, las semillas de un conflicto entre el padre adoptivo, San José, que en virtud de su responsabilidad tiene derecho a reclamar la autoridad de la Sagrada Familia, y el Padre Celestial , “mi Padre”. ¿La voluntad de quién ha venido Jesús a cumplir? Vamos a reflexionar sobre estos años de vida oculta, y en especial sobre aquellos años que comienzan con el hallazgo de Jesús en el Templo, y terminarán con el comienzo de la vida pública.

En primer lugar, tenemos en común con Jesús una doble filiación. El Bautismo nos ha hecho hijos adoptivos de Dios, hijos en el Hijo. Antes de eso, el amor de nuestros padres ya nos había dado la condición de hijos según la carne. Como Jesús, cada cristiano, y más aún cada monje, debería estar listo, conforme al llamado de Dios, a desaparecer de los ojos del mundo, y a veces incluso de los ojos de su familia, para dedicarse a los negocios de su Padre Celestial.

Una segunda razón urge al monje a reflexionar sobre la vida oculta del Señor en el taller de San José, el carpintero de Nazaret. En su Regla, San Benito considera el recinto del monasterio como un taller, donde se esgrimen las herramientas de la artesanía espiritual (Regla, conclusión del cap. 4). ¿No podría el taller de Nazaret enseñarnos algunas lecciones sobre la forma de trabajar en un taller? El que quiera buscar en el Evangelio un manual sobre las herramientas de un carpintero en el comienzo de la Era Cristiana, el que trate de desentrañar los intrincados secretos del santo carpintero, se verá decepcionado: no encontrará nada de eso.

No hay sino algunos versículos, pero de una gran riqueza, que hablan de los casi veinte años de vida oculta. Después de anoticiarnos de que José y María no entendieron la respuesta del Niño Jesús, el evangelista añade que el Niño fue obediente a Sus padres, y que crecía en sabiduría, en estatura y gracia, con Dios y con los hombres. En cuanto a María, Ella guardaba todas estas cosas en Su corazón (cf. Lc 2, 51-52).

¿Hemos de entender la obediencia de Jesús a San José y a María como un nuevo giro en Su vida después de Su “delito menor” en el templo? ¿El Niño durante los años de su vida oculta ya no se habrá ocupado de los negocios de Su Padre Celestial? Nada así surge del Evangelio. En efecto, después del episodio en el Templo, María y José renovaron su atención sobre los asuntos del Padre, pues se hicieron más siervos de los designios de Dios, y desarrollaron más perfectamente su vocación. La vida en la Sagrada Familia era armonía.

Ocuparse de los negocios del Padre Celestial al elegir la vida monástica, significa imponer a vuestra familia una separación material. Significa imponer a vuestros padres según la carne una vocación que es similar a la de María y San José: convertir el designio de Dios en el propio, con una entrega total de su hijo. La familia, que a primera vista podría parecer dividida, se encuentra más profundamente unida, ya que fomenta generosamente la voluntad de Dios en uno de sus miembros.

Como hizo María, todos nosotros deberíamos atesorar esas horas de gracia como las vividas esta mañana en nuestros corazones, las horas que son imposibles de entender a los ojos de los hombres, a los ojos de aquellos que no veían en Jesús sino al hijo de José. Hoy día, el Señor os dice: “Tú eres mi Hijo amado”.

El monasterio es un taller. Al igual que en Nazaret, es un taller en el que se sirve a Dios primero, más aún, en el que únicamente se sirve a Dios. María y José experimentaron los sufrimientos, las dificultades que entraña la aceptación del designio de Dios en nuestras vidas. Dios se aparece sin previo aviso y nos pide lo que hubiéramos preferido no dar. ¿No nos sentimos a veces con la tentación de preguntar, como María y José: “¿Por qué nos has hecho esto?”

María y José dejaron la caravana que venía de regreso a Nazaret y se fueron al Templo de Jerusalén. El monje renuncia a la caravana de la vida en el mundo con el fin de ir a la casa de Dios. Pero, ¿es esa la única caravana que a la que él debería renunciar? No es suficiente dirigirse a la casa de Dios, el monje también debe permanecer y trabajar en este taller. Vías alternativas, desvíos, errores en el itinerario, a veces malas guías, no dejarán de pedir el favor del monje. Seguir el camino de la obediencia, la pobreza, y la conversión de las costumbres, es seguir un camino áspero y accidentado. No es fácil permanecer ocupado en los negocios de nuestro Padre. El monje le dice al Señor: “¿Por qué me has hecho esto?” – “¿No quieres, tú también, ocuparte de los negocios de Mi Padre, que es también tu Padre?”

Imitemos la simplicidad y abandono de María y José. Pidamos su intercesión para nuestro futuro monje profeso. Siguiendo el ejemplo de aquellos, sigamos los caminos de Dios cada vez más generosamente, meditando sin cesar en nuestros corazones los beneficios de su misericordia inagotable.

Amén

[Traducido por GM. Artículo original]