Sermón de Nuestra Señora de Fontgombault en el día de la Candelaria: “Las naciones modernas se hunden en las tinieblas de la muerte”.

 

Sermón del reverendo Dom Jean Pateau
Abad de Nuestra Señora de Fontgombault
(Fontbombault, 2 de febrero de 2015, día de la Candelaria)

 Fiat lux.
Hágase la luz.

(Gen 1:3)

Queridos hermanos y hermanas,

Mis muy queridos y amados hijos,

Ayer, domingo de Septuagésima[1], las lecciones de maitines, tomadas del primer capítulo de Génesis, nos recuerdan la creación del universo. Volveremos a escuchar de nuevo estos párrafos al final del largo periodo de penitencia, durante la gran Vigilia Pascual.

“Hágase la luz”: estas son las primeras palabras pronunciadas por Dios. Ellas abren el libro del Génesis y hacen que la tierra cambie del caos y la oscuridad hacia la luz. El texto continua: “Y vio Dios que la luz era buena” (Gen 1:3). En este primer “día”, “hubo una tarde y una mañana” (v. 5). La historia de la Tierra evolucionaría desde entonces alternándose la luz y la oscuridad, día y noche. Una gran luz, el sol, para gobernar el día, y una luz menor, la luna, para gobernar la noche.

El hombre fue creado en la tierra a imagen de Dios y, por tanto, para la luz. Desde el principio el hombre ha tratado de producir y domesticar el fuego, y luego la luz, para de esta forma expulsar la oscuridad. Así él parece estar buscando una “verdadera luz que ilumine cada hombre que viene al mundo” (Juan 1:9), una luz que nunca fallará.

Esta narración de la creación, que se lee dos veces, consagra, como en un marco precioso, un tiempo favorable: el tiempo de preparación para la nueva creación que tiene lugar en el misterio Pascual y que informa el misterio de la Encarnación. Y como había recibido de Dios la primera luz el día en que el universo fue creado, el hombre, que está perdido en la oscuridad del pecado, anhela recibir una nueva luz, para ser creado de nuevo. Esta luz, como la primera luz, no puede venir sino de Dios. El profeta Isaías lo había anunciado:

“La gente que camina en la oscuridad ha visto una gran luz: para aquellos que moran en la sombras de la muerte, se ha alzado la luz” (Is 9:1).

Simeón y Ana la profetisa esperaban esta luz. Simeón estaba “esperando la consolación de Israel” (Lc 2:25). Por lo tanto, cuando recibió en sus brazos el Niño a quien había esperado, el anciano bendijo a Dios y dijo que sus ojos habían visto la salvación de Dios dispuesta ante la cara de todas las gentes, “una luz para la revelación de los gentiles y la gloria de Tu pueblo Israel” (Lc 2:31-32).

Cristo es la Luz del mundo, como enseña San Juan Evangelista en el prólogo de su evangelio: la Palabra “era la verdadera luz, que ilumina cada hombre que viene a este mundo” (Juan 1:9).

Cristo dijo:

“Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Juan 8:12).

“Caminad mientras tenéis la luz, para que no os sorprendan las tinieblas; el que camina en tinieblas no sabe a dónde va”(Juan 12:35-36).

“Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas” (Juan 12:46)

El hecho de que el hombre, desde los tiempos más antiguos de la historia, haya buscado la luz, el hecho de que Cristo, el Hijo de Dios, “la luz verdadera”, haya venido a nuestro mundo para iluminar a cada hombre, muestra que la luz es una necesidad vital del hombre, y que la luz no es equivalente a las tinieblas; pero aquel que persigue lo bueno anhela la luz, y debe dársele la posibilidad de alcanzarla, pues Dios mismo ha venido para proponernos la luz, de manera que iluminados por Él podamos iluminar el mundo.

Lo que parece obvio cuando se trata de hablar de una luz concreta, o de nuestro camino hacia Dios, parece mucho menos obvio a los hombres de hoy en día en lo que respecta a los actos prácticos de su vida. El evangelio de San Juan describe la conducta de los hombres:

“El juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal aborrece la luz y no va a la luz, para que sus obras no sean censuradas. Pero el que obra la verdad va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios” (Juan 3:19-21).

Hacer el trabajo de uno en Dios significa actuar de acuerdo a la verdad, que es la verdadera luz del intelecto. Cuando la verdad se hace embarazosa y uno no es en nada reacio a justificar abiertamente sus mentiras, la solución pasa por falsificar la verdad. Relativizar la verdad, que tiene sus cimientos en Dios, cuando se mezclan en ella las tinieblas de la mentira, es lo que se llama relativismo.

Paradójicamente, el hombre moderno es mucho más particular que el hombre de la antigüedad, o incluso que el hombre del Medievo, en cuanto a la calidad de la iluminación de los lugares donde vive; pero es mucho menos consciente de la iluminación de su propia inteligencia y de la educación de su conciencia. Por lo que a él respecta, las tinieblas y la luz son equivalentes, o incluso depende de la inclinación de cada uno de ellos.

Imaginemos por un momento cómo podría ser la vida en un mundo donde unos encienden la luz por la noche, mientras que otros la apagan ¡porque para ellos la oscuridad es la luz!

Frente a Cristo, la Luz del mundo, la civilización moderna puede vanagloriarse de haber liberalizado la cultura de la muerte y que se está esforzando activamente en conseguirla: con el aborto y la eutanasia, la vida humana tiene un valor relativo; el respeto a la conciencia y creencias de los otros se relativiza frente a la libertad de expresión, que se le niega a aquellos que abogan por la verdad, o incluso por el sentido común; los bienes de la creación se despilfarran sin cuidado alguno sobre lo que dejar en heredad a los hombres del mañana.  No hay paz en ningún sitio, y las naciones se hunden en las tinieblas de la muerte.

El Templo recibe hoy su salvador:

“Este Niño será puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción. Y a ti misma una espada te atravesará al alma, para que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones” (Lc 2:34-35).

Que la luz de hoy haga que nuestros corazones y los corazones de los hombres de hoy en día estén libres de la esclavitud de la muerte. ¡Que María, Madre de los hombres y Reina de la Paz, nos lleve a esta verdadera Luz que ha venido para cada hombre, a esta paz que no viene sino de Dios!

Amén.

[1] La Septuagésima es el período litúrgico de tres semanas que precede a la Cuaresma. Marca el inicio del tiempo de Carnaval, un tiempo de preparación a la Cuaresma, en el que se inicia la abstinencia de la carne en días laborables. El domingo de Septuagésima cae el día 64° (9 semanas) antes de Pascua, y debe su nombre a una simplificación, que puede ser explicada históricamente: el primer domingo del tiempo de Carnaval al ser introducido en el calendario litúrgico fue el domingo de Quincuagésima (siglo VI). En el siglo VII se añadieron otros dos domingos, el primero, que cae casi sesenta días antes de la Pascua, fue llamado domingo de Sexagésima y el segundo de Septuagésima. El domingo de Septuagésima puede caer del 18 de enero al 22 de febrero. El color litúrgico de este domingo es el morado. En la forma ordinaria del rito romano el Domingo de Septuagésima ha dado paso a un domingo del tiempo ordinario. El domingo de Septuagésima está presente también en el calendario luterano. (Extraído de Wikipedia) (Nota del Traductor). 

[Traducido por Alberto Torres Santo Domingo. Artículo original]