Hoy, último domingo de octubre, corresponde la celebración de la Festividad de Cristo Rey en el calendario de la liturgia tradicional. Esta fiesta, si bien fue instituida el año 1925 por el papa Pío XI, viene a confirmar una verdad evidente y sostenida de antaño: Cristo es Rey y soberano de todo el orbe, de las almas y de la sociedad entera.
Dada la importancia de esta fiesta, compartimos con ustedes un somero croquis doctrinal sobre la realeza de Cristo:
I. POTESTAD REGIA: es la facultad suprema de dirigir a un fin común a los hombres congregados en sociedad. Esta potestad es doble: temporal, que tiene por objeto dirigir a los súbditos en orden a obtener el bien temporal, y espiritual, que dirige a los hombres a la felicidad sobrenatural.
a) Jesucristo es Rey temporal de todo el mundo. «Erraría gravemente -dice en su hermosa Encíclica Quas Primas (11-XII-1925) el Papa Pío XI, de feliz memoria- el que arrebatase a Cristo Hombre el poder sobre todas las cosas temporales, puesto que Él ha recibido del Padre un derecho absoluto sobre todas las cosas creadas››.
Adviértase, con todo, que mientras vivió fue, como dicen los teólogos, Rey de derecho, según aquello de San Pablo a los Corintios (I, XV, 27): «Todas las cosas le están sujetas»; y se abstuvo de serlo de hecho, puesto que Él mismo dijo: «Mi reino no es de este mundo» (10, XVIII, 36), y eligió con libre voluntad vida pobre y humilde, y aun se sometió a pagar el tributo sin estar a ello obligado.
b) Jesucristo es Rey espiritual, en cuanto que fundó sobre la tierra una sociedad espiritual, la Iglesia, cuyo verdadero señor es Él, y a la que Él mismo, con entera verdad, gobierna. Esto es indudable:
1) porque repetidas veces es llamado Rey, así en el antiguo como en el nuevo Testamento;
2) es Rey de los hombres:
a) a título de herencia, en cuanto que es Hijo de Dios, de la misma sustancia del Padre, y tiene de común con Él todo lo que es propio de la Divinidad, con el señorío absoluto de todas las cosas creadas;
b) a título de Redención y por derecho de conquista. Porque habiéndonos arrancado de la cautividad del demonio, nos hizo suyos a precio de su propia sangre. «No somos, pues, nuestros, porque nos ha comprado Cristo con el más alto precio» (I Cor. 6, 20);
c) a título de libre elección puesto que todos los que por el bautismo se hacen hijos de la Iglesia o reafirman después sus promesas bautismales, por el mismo hecho se sujetan libremente al imperio de Jesucristo, que es Rey Supremo de la Iglesia.
II. EJERCICIO DE ESTA POTESTAD. Y esta potestad la ejerce:
a) sobre las almas, a las cuales llena de luz de suave unión y de fortaleza, y las pone bajo su propio dominio y el de su Padre;
b) sobre la Iglesia, a la cual rige y gobierna por medio de la sagrada jerarquía que Él estableció; y
c) sobre la sociedad civil; entre los príncipes cristianos, y tiene derecho a que la sociedad sea gobernada conforme a los principios cristianos.
III. CARACTERES DE LA POTESTAD REGIA. Ahora bien, la excelencia de la potestad regia de Jesucristo se colige de sus caracteres, es:
a) esencial y necesaria; todas las demás potestades, fuera de la de Cristo; son accidentales, esto es, pueden dejar de existir sin absurdo ni contradicción alguna. Pero Jesucristo-Dios, desde el momento que creó al hombre y formó la sociedad, esa sociedad y esos hombres son de él, y antes dejaría de ser Dios que de ser Rey y dueño de lo mismo que salió de sus manos;
b) suprema con derecho legislar y juzgar, por ser Él el origen y fuente de todo poder, y así tanto tiene de poder los hombres cuanto de Él participan, y nada más;
c) universal, pues se extiende a todos los lugares, a todos los tiempos y a todas las criaturas, sin que nadie se pueda escapar de su dominio;
d) eterna, esto es, durará siempre y no pasará como pasan los demás reinos, imperios y dominaciones; sus derechos son imprescriptibles y eternos como Él;
e) ordenada a un fin sobrenatural y a la eterna bienaventuranza, según los medios
más perfectos y adecuados.
Fray Luis de León, con varios siglos de anticipación a la institución de esta fiesta litúrgica, ya nos hablaba acerca de este reino de Cristo: “Y si permite que algunos reinos infieles crezcan en señorío y poder -como el de los turcos-, hácelo para por su medio de ellos traer a la perfección las piedras que edifican su Iglesia; y así, aun cuando éstos vencen, Él vence y vencerá siempre, que irá por esta manera de continuo añadiendo nuevas victorias, hasta que cumpliéndose el número determinado de los que tiene señalados para su reino, todo lo demás, como a desaprovechado e inútil, vencido ya y convencido por sí, lo encadene en el abismo donde no parezca sin fin; que será cuando tuviese fin este siglo, y entonces tendrá principio el segundo estado deste gran reino, del cual desechadas y olvidadas las armas, sólo se tratara de descanso y de triunfo, y los buenos serán puestos en la posesión de la tierra y del cielo, y reinará Dios en ellos solo y sin término, que será estado mucho más feliz y glorioso de lo que ni hablar ni pensar se puede” (Fray Luis de León, De los nombres de Cristo, II, 2).