I. El Evangelio de este Domingo (XXX del Tiempo Ordinario, ciclo A) se sitúa en un contexto especialmente polémico. Son los últimos días de la vida pública de Jesús: el Martes Santo, dos días después de la entrada triunfal del Salvador en Jerusalén, y tres antes de su crucifixión. Fariseos y herodianos se habían confabulado para plantear a Jesús la difícil cuestión del tributo al César; siguen después los saduceos con la no menos delicada de la resurrección de los muertos; ahora se juntan en consejo los fariseos y mandan uno de los suyos, un escriba, para proponerle otra cuestión que consideraban insoluble: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?»

Esta pregunta no tenía respuesta fácil entre los judíos que habían multiplicado los preceptos y habían establecido una serie complicada de reglas para determinar su mayor o menor categoría. Algunos, subrayaban el postulado del Sábado por encima de todo; otros, el de la circuncisión; otros los requisitos relativos a los sacrificios…

«Amarás al Señor tu Dios de todo corazón, con toda tu alma, y con todo tu espíritu. Este es el mayor y primer mandamiento» (37-38). El escriba había preguntado sólo por el primer mandamiento, Jesús añade: «El segundo, le es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la Ley y los Profetas”» (39-40).

En varias ocasiones, Jesús había recordado la exigencia de cumplir la Ley entera, los diez mandamientos: «No vayáis a pensar que he venido a abolir la Ley y los Profetas. Yo no he venido para abolir sino para dar cumplimiento» (Mt 5, 17). Ahora subraya que estos mandamientos se resumen en el amor a Dios y al prójimo. Es decir, el Decálogo debe ser interpretado a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, plenitud de la Ley (cfr. Rm 13,9-10). La razón estriba en que nuestro amor al prójimo procede de nuestro amor a Dios; así como el amor que tenemos a Dios procede a su vez del amor con que Él nos ama y por el cual nos da su propio Espíritu que nos capacita para amarlo a Él y amar al prójimo (cfr. Mons. Straubinger, in 1Jn 5, 2).

II. «Amarás al Señor tu Dios de todo corazón, con toda tu alma, y con todo tu espíritu». La Caridad es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nuestra alma, con la que amamos a Dios por Sí mismo sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.

Hemos de amar a Dios porque es el sumo Bien, infinitamente bueno y perfecto, y, además, por el mandamiento que nos ha dado de amarle y por tantos beneficios como de Él recibimos. Y hemos de amar a Dios sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda la mente, con toda el alma y con todas las fuerzas.

  • Sobre todas las cosas: quiere decir que le hemos de preferir a todas las criaturas más queridas y perfectas y estar dispuestos a perderlo todo antes que ofenderle y dejar de amarle.

  • De todo corazón: quiere decir consagrarle todos nuestros afectos

  • Con toda la mente: quiere decir encaminar a Él todos nuestros pensamientos.

  • Con toda el alma: quiere decir consagrarle el uso de todas las potencias de nuestra alma.

  • Con todas nuestras fuerzas: quiere decir que procuremos crecer constantemente en su amor y obrar de modo que todas nuestras acciones tengan por motivo y por fin su amor y el deseo de agradarle (cfr Catecismo Mayor).

III. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Hemos de amar al prójimo porque Dios lo manda y porque todo hombre es imagen suya.

Este mandato no es exactamente igual al primero, porque si bien el fin último es el mismo en los dos, el objeto inmediato en el amor de Dios sobrepasa infinitamente al objeto inmediato en el amor al prójimo. Pero se asemeja al primero, porque así como Dios ha de ser amado sobre todas las cosas creadas por causa de su perfección infinita, de la misma manera nuestro prójimo ha de ser amado sobre toda otra cosa, porque en sus dones naturales y más aún en los sobrenaturales, es la imagen de Dios. Además, estamos obligados a amar aun a los enemigos, porque también son nuestro prójimo y porque Jesucristo lo mandó expresamente.

Amar al prójimo como a nosotros mismos quiere decir desearle y hacerle en cuanto sea posible el bien que debemos querer para nosotros y no desearle ni hacerle mal alguno (ibid.).

«La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos» (S.Agustín, ep.Jo. 10,4). Amar al Señor con todo el corazón, guardar fielmente sus mandamientos y hacer todas las cosas por amor suyo; y de manera muy especial, las cosas que manifiestan nuestro amor al prójimo. Esa será la llave de oro que nos abrirá el cielo, haciéndonos ver y gozar de Dios, el objeto de nuestro amor, para toda la eternidad.

Padre Angel David Martín Rubio