Hace escasas fechas comprobé, entre atónito y ya escaldado —pues tal semeja que nada nos sorprenda, por hórrido o descabellado que sea aquello que se plante ante nosotros—, el alto grado de buenismo tontorrón que esta sociedad nuestra, tan descalabrada, ha cobrado durante los últimos años. Asistí entonces, con indisimulado regocijo, a la contemplación de un buen número de zurriagazos y bofetadas al ya feble concepto que tengo de los muñidores sociales, que dedican su pasar al único y vesánico fin de malbaratar el fundamento cristiano que nos ha venido constituyendo como pueblo; pues tales ideas, por absurdas, no han de merecer más que desdén y cachondeo.

En este caso, el zamarreo a tan feble concepto se debe a la curiosa iniciativa que ha llevado a unos cuantos bienintencionados a solicitar que los abusos sexuales a los animales sean, por abyectos y por guarros, tenidos por delito y penados, por tanto, con todo el plúmbeo peso de la ley —aunque la ley se vuelve grácil, liviana, casi ingrávida en ocasiones, para unos pocos, mientras que a otros los sepulta bajo escombros—. Y es que… veamos: asumo que los fregoteos genitales y todas las muy cochinas variantes con que unos cuantos ultrajan a ciertos animales ya no son, únicamente, algo repugnante y deleznable, que debiera merecer la reprobación y el escándalo por doquier, sino también, y sobre todo, el fruto empodrecido de una mente perturbada, el afán de un loco desbocado que evacúa, por vía seminal, las deyecciones de una trastabillada naturaleza. Y así, quien se empeñe en penetrar a una gallina, a una oca o a un muy pastueño pastor alemán debiera ser obsequiado, amén de con un fuerte picotazo o un apretado mordisco a sus propios tegumentos, con una muy larga —y esperemos provechosa— estancia en algún sanatorio psiquiátrico, donde pueda purgar sus dislocadas y aberrantes aficiones.

Sin embargo, se me antoja evidente que la bienquista petición a la que antes me refería viene lastrada por una muy errática y birriosa premisa; y al ser ésta errática y birriosa, igualmente lo serán las ilaciones que de ella puedan concluirse. ¡Y es que los animales no son, por mucho que se afanen ciertos fautores enflaquecidos de sentido, tenedores de derechos! Pues éstos —los derechos, no los animales—, no surgen como por ensalmo ni como el benéfico resultado de una graciosa concesión administrativa, sino que dimanan del ser, de la cualidad ontogénica, de la capacidad de obligarse y actuar en base a una libertad domeñada por el tenedor, que le permita actuar en pos de lo correcto y no de aquello que le plazca a cada instante. ¡Y esto es algo que los animalistas, enceguecidos como están por el cariño, no son quienes de atisbar!

Lo que en verdad resulta esperpéntico e inverecundo es el anhelo de los animalistas por equiparar la dignidad del hombre y la del animal; o incluso por sobreponer a éste sobre aquél, al considerar que el hombre es un ser malvado per se, incapaz de mitigar sus apetencias más deletéreas y sustraerse a ellas. Y así, ante tal absurda afirmación, las tesis que arguyen se vuelven como escurrajas de una razón casi siempre ausente. Pues, ¿Han de ser amparados de igual modo un bello y noble can que una inmunda babosa? ¿Ha de tener derechos una mosca, a la que aplastamos sin dudar cuando revolotea por sobre nuestras cabezas? ¿Ha de privilegiarse a las arañas, cuya presencia es de inmediato respondida por una muy extensa colectánea de gritos y de espantos bosquejados?

A la postre, lo que se oculta tras el anhelo animalista no es sino un profundo desprecio a la naturaleza humana; el mismo desprecio que nos ha llevado a considerar que el aborto es un derecho o que aquellos que sufren malformaciones pueden ser arrancados de los vientres de sus madres sin recato y sin pesar; el mismo desprecio que nos lleva a consentir que los pobres negritos de África, de vientres hueros y abultados, con miradas de elocuencia aspaventera, pueden ser arrasados por la hambruna por el mero hecho de nacer allí, tan alejados del opulento primer mundo; el mismo desprecio, en fin, que lleva a una muchedumbre infinita a negar la asistencia sanitaria a un sacerdote infectado por ébola, mientras se tornan en turbamulta por evitar el sacrificio de una mascota. Y así, de resultas de tan calamitosa deriva, este acendrado desprecio licúa nuestra sociedad y la convierte en un confuso y deletéreo campo de Agramante; en una sociedad maltrecha y cochambrosa, que venera a Sartre o a Simone de Beauvoir, por ejemplo, quienes, ávidos de experiencias mundanas, entreveraban su humanismo de alcantarilla con no muy soterradas invitaciones a la pederastia y a la zoofilia. Y con semejantes iniciativas y referentes morales terminamos por hociquear en un mundo solipsista y ensimismado, hedonista y despegado de Dios, escacharrado de valores y birrioso de moral, capaz de propalar en alta voz las más inicuas afirmaciones mientras se acalla, a un tiempo, la Verdad revelada. Un mundo, a la postre, donde el zoorasta será penado con órdenes que lo alejen del oscuro objeto de sus más deleznables pasiones mientras los nasciturus, apenas cúmulos de células, son arrojados sin rebozo a las cloacas.

Gervasio López