El Papa, en cuanto pastor supremo de la Iglesia universal, tiene pleno derecho de remover de su cargo a un obispo o a un cardenal, incluso insigne. Célebre fue el caso del Cardenal Louis Billot (1846-1931), uno de los mayores teólogos del siglo XX, que depuso la birreta cardenalicia en las manos de Pío XI, con el que había entrado en conflicto por el caso de la Action Française, y acabó su vida como un simple jesuita, en la casa de su orden en Galloro.

Otro caso clamoroso fue el del Cardenal Josef Mindszenty que fue destituido del cargo de Arzobispo de Esztergom y Primado de Hungría, por su oposición a la ostpolitk vaticana. Además, en los últimos años, muchos obispos han sido depuestos por estar involucrados en escándalos financieros o morales. Pero, si nadie puede negar al Soberano Pontífice el derecho de destituir a cualquier prelado, por las razones que considere más oportunas, nadie tampoco puede quitar a los fieles el derecho que tienen, como seres racionales, antes incluso de como bautizados, de interrogarse sobre las razones de estas destituciones, sobre todo si tales razones no se declaran explícitamente.

Esto explica la consternación de muchos católicos ante la noticia, comunicada formalmente por la Oficina de Prensa vaticana el pasado 8 de noviembre, del traslado del Cardenal Raymond Leo Burke de su cargo de Prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica a Patrono de la Orden de Malta. En efecto, cuando, como en este caso, el traslado concierne a un cardenal aún relativamente joven (66 años) y además se produce desde una plaza de máxima importancia a otra meramente honorífica, sin ni siquiera respetar el incluso discutible principio promoveatur ut amoveatur, entonces nos encontramos ante un castigo público. Pero, en este caso, es lícito preguntarse cuáles son las acusaciones contra el prelado en cuestión.

De hecho, el Cardenal Burke, ha desarrollado de manera impecable el rol de Prefecto de la Suprema Signatura Apostólica y es estimado por todos como un eminente canonista y un hombre de profunda vida interior. Recientemente, Benedicto XVI lo definió como «un gran cardenal». ¿De qué es culpable?

Los observadores vaticanos de las más dispares tendencias han respondido a esta pregunta con claridad. El Cardenal Burke sería reo de ser «demasiado conservador» y en desacuerdo con el Papa Francisco. Tras la desgraciada relación del Cardenal Kasper del 20 de febrero de 2014, en el Consistorio sobre la familia, el cardenal americano promovió la publicación de un libro en el que cinco acreditados purpurados y otros estudiosos expresan sus respetuosas reservas hacia la nueva línea vaticana y el reconocimiento de las uniones de hecho.

Las preocupaciones de los cardenales fueron efectivamente confirmadas por el Sínodo de octubre, en el que las tesis más arriesgadas, en el plano de la ortodoxia, fueron incluso recogidas en la síntesis de los trabajos que precedió la relación final. La única razón plausible es que el Papa haya ofrecido en una bandeja la cabeza del Cardenal Burke al Cardenal Kasper y, por él, al Cardenal Karl Lehmann, ex presidente de la Conferencia Episcopal alemana. En efecto, es conocido por todos, al menos en Alemania, que quién aún organiza el disentimiento contra Roma es precisamente Lehmann, antiguo discípulo de Karl Rahner. El padre Ralph Wiltgen, en su libro El Rin desemboca en el Tíber, esclareció el papel de Rahner en el Concilio Vaticano II, a partir del momento en el que las conferencias episcopales empezaron a desarrollar un rol determinante.

En realidad, las conferencias episcopales estaban dominadas por sus peritos teológicos y dado que entre ellas la más poderosa era la alemana, decisivo fue el rol del principal teólogo, el jesuita Karl Rahner. El padre Wiltgen lo resume eficazmente, describiendo la fuerza del lobby progresista reunida en la llamada “Alianza europea”. «Dado que la posición de los obispos de lengua alemana era regularmente asumida por la Alianza europea y dado que la posición de la Alianza era, a su vez, adoptada por el Concilio, bastaba que un solo teólogo consiguiera que los obispos de lengua alemana adoptaran sus ideas para que el Concilio las hiciera suyas. Este teólogo existía: era el padre Karl Rahner de la Compañía de Jesús».

Cincuenta años después, la sombra de Rahner aletea aún sobre la Iglesia católica, manifestándose, por ejemplo, en las posiciones pro-homosexuales de algunos de sus discípulos más joven que Lehmann y Kasper, como el cardenal Arzobispo de Múnich Reinhard Marx y el Arzobispo de Chieti Bruno Forte.

El Papa Francisco se ha expresado en contra de las dos tendencias del progresismo y del tradicionalismo, sin aclarar por otra parte qué cosa comprendan estas dos etiquetas. Pero si con las palabras él se distancia de los dos polos que hoy se enfrentan en la Iglesia, en los hechos toda comprensión va al “progresismo”, mientras el hacha se abate sobre lo que él define “tradicionalismo”. La destitución del Cardenal Burke tiene un significado ejemplar, análogo a la destrucción aún en curso de los Franciscanos de la Inmaculada.

Muchos observadores han atribuido al Cardenal Braz de Aviz el proyecto de disolución del Instituto, pero hoy es del todo evidente que el Papa Francisco comparte plenamente esa decisión. No se trata de la cuestión de la Misa tradicional, que ni el Cardenal Burke ni los Franciscanos de la Inmaculada celebran regularmente, sino de su actitud de disconformidad con respecto a la política eclesiástica dominante hoy día.

Por otro lado, el Papa se ha largamente entretenido con los representantes de los llamados “Movimientos populares”, de orientación ultramarxista, que se reunieron en Roma, del 27 al 29 de octubre, y ha nombrado el pasado julio consultor del Consejo Pontificio de la Cultura a un sacerdote abiertamente heterodoxo como el padre Pablo d’Ors. Hay que preguntarse cuáles serán las consecuencias de esta política, teniendo presente dos principios: el filosófico de la heterogénesis de los fines, según el cual ciertas acciones producen efectos contrarios a los esperados, y el teológico de la acción de la Providencia en la historia por la que, según las palabras de San Pablo, «omnia cooperantur in bonum» (Rom. 8,28). En los diseños de Dios, todo coopera para el bien.

El caso Burke y el caso de los Franciscanos de la Inmaculada al igual que, en otro plano, el caso de la Fraternidad San Pío X, son sólo unos indicios de un malestar difuso que efectivamente hace aparecer a la Iglesia como un barco a la deriva. Pero si la Fraternidad San Pío X no existiera, los Franciscanos de la Inmaculada fuesen disueltos o “reeducados” y el cardenal Burke reducido al silencio, la crisis de la Iglesia no cesaría de ser grave. El Señor ha prometido que la Barca de Pedro nunca se hundiría, no tanto por la habilidad del timonel, sino por la Divina asistencia a la Iglesia que, podemos decir, vive entre las tempestades, sin dejarse nunca sumergir por las olas (Mt 8, 23-27; Mc 4, 35-41; Lc 8, 22-25).

Los católicos fieles no están desanimados: cierran filas, vuelven su mirada hacia el Magisterio continuo e inmutable de la Iglesia, que coincide con la Tradición, buscan fuerza en los Sacramentos, siguen rezando y actuando, con la convicción de que en la historia de la Iglesia, como en la vida de los hombres, el Señor interviene sólo cuando todo parece perdido. Lo que se nos pide no es una resignada inacción, sino una lucha confiada en la certeza de la victoria.

Y por lo que concierne al Cardenal Burke, con vistas también a las nuevas pruebas que ciertamente le esperan, podemos repetir las palabras que el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigió el 10 de febrero de 1974 al Cardenal Mindszenty, cuando: «las manos más sagradas de la tierra sacudieron la columna y la tiraron al suelo, quebrada. Si el arzobispo ha caído perdiendo su diócesis, la figura moral del buen pastor que da la vida por su rebaño ha crecido hasta las estrellas».

Roberto de Mattei

[Traducido con permiso del autor por María Teresa Moretti para Adelante la Fe, puede reproducirse enlazando el origen.]

Texto original

Roberto de Mattei
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.