La foto aquí arriba fue tomada el pasado 25 de marzo, fiesta de la Anunciación del Señor, en una misión de Bangladesh. Es un día ferial, el miércoles. Quien la celebra es un misionero italiano del Pontificio Instituto de las Misiones Extranjeras, el padre Carlo Buzzi, y los fieles se mantienen mutuamente a distancia, ya varios días antes que el gobierno ordenara un cierre general para detener la propagación del coronavirus.

Porque también el contagio llegó a Bangladesh. ¿Con qué impacto en la sociedad y en particular en la pequeña Iglesia Católica de ese país y de sus puestos avanzados de misión?

El misionero de la foto nos lo contó en el siguiente informe.

Los lectores de Settimo Cielo recuerdan del padre Carlo Buzzi dos vigorosas intervenciones “de frontera” contra la comunión de los divorciados que se han vuelto a casar. Era la primavera del 2014, cuando los dos sínodos sobre la familia no se habían celebrado todavía, pero la idea ya había sido lanzada con gran énfasis, en particular por el cardenal Walter Kasper en el consistorio de febrero de ese año, por encargo del papa Francisco.

 

En la mano de Dios. Por el padre Carlo Buzzi

Era el 8 de marzo, segundo domingo de Cuaresma, cuando al final de la Misa hice sentar a todos y les informé que en Italia, mi patria de origen, hay mucha gente que se enferma por culpa de un virus que había llegado desde China. Las personas mueren por miles. Para reducir la infección el gobierno hizo cerrar todo: escuelas, oficinas, transportes. Incluso la gente no pudo ni siquiera ir más a Misa. La enfermedad golpea especialmente a los ancianos y yo estoy preocupado porque mis hermanos y hermanos tienen entre 80 y 90 años. Recen por ellos – dije – y recen también para que esta enfermedad no llegue aquí por nosotros a Bangladesh, de otro modo será peor que en los tiempos de la viruela, cuando la gente moría como moscas.

Mi misión está en una zona rural en el noroeste del país, a lo largo del río Ganges, en los límites con la India, en el distrito de Sirajganj. La localidad se llama Gulta. Esta misión fue fundada hace cuarenta años. Abarca a personas pertenecientes a tres tribus: Oraon, Santal, Garo. Los cristianos son casi 800, esparcidos en 8 aldeas en un radio de 80 kilómetros. Comparada con otras misiones la mía es pequeña, adaptada a mi edad, la cual está por encima de los 70 años. Otras misiones tienen también 6-7000 cristianos esparcidos en más de 100 aldeas.

En el centro tengo un albergue para niños y otro para niñas con aproximadamente 150 estudiantes entre el tercer grado y la segunda escuela secundaria. Más de la mitad no son cristianos, pero sus padres los envían aquí porque confían en nosotros y aprecian la educación que brindamos.

Tenemos una clínica ambulatoria administrada por monjas, donde llegan muchos pacientes, especialmente mujeres musulmanas a las que no les gusta que las visiten médicos varones. Tenemos un banco de ahorro cooperativo al que sólo pueden acceder los cristianos y que está en constante crecimiento.

En 25 aldeas, casi todas no cristianas, hemos abierto escuelitas que preparan a los niños hasta el tercer grado y luego los enviamos a la escuela pública. Sin las escuelitas, estos niños tendrían dificultades para asistir a las escuelas públicas porque, como tribales, en sus casas hablan un idioma que no es bengalí. Tenemos campos de cultivo donde también los estudiantes trabajan sobre la base de sus capacidades, enriqueciendo así su capacitación, junto con el estudio.

Hay mucha armonía entre quienes trabajan en la misión, cada uno comprometido en su propia tarea. Pero lo bello también se ha detenido aquí.

El 17 de abril, de hecho, el gobierno ordenó cerrar todo: escuelas, instituciones, oficinas, transporte. Sólo pueden viajar los camiones que transportan los suministros.
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Después de haber dado todas las instrucciones para defenderse de la infección, tuve que despedirme de todos los estudiantes que volvían a sus aldeas. ¡Quién sabe cuándo los volveré a ver!

Por teléfono advertí a los maestros de las 25 escuelitas que tenían que suspender la enseñanza y siempre por teléfono les envié su salario del mes de marzo, informándoles que ya no podría darles más dinero durante todo el tiempo que las escuelas permanezcan cerradas, ya que no vendría más ayuda de Italia.

En la misión se quedaron conmigo tres religiosas, siete entre niños y niñas que no tienen familia, el cocinero, el jardinero que cuida los campos y un maestro, 14 personas en total. Podemos decir que somos casi autosuficientes.

Cada uno tiene un trabajo, pero el trabajo común de todos es la oración. El famoso lema que dice “el que no trabaja no come” lo hemos cambiado por otro lema: “el que no reza no come“.

A las 6.30 horas hay oración y Misa. A las 11 horas una hora de adoración que termina con el Angelus. A las 18 horas otra hora de adoración. A las 20 horas se reza el Rosario.

Todas las veces que comenzamos una oración, hacemos resonar las campanas de tal modo que también los cristianos que están en las cercanías se unen a nosotros. Es hermoso porque aquí se escuchan muchas resonancias religiosas. Los hindúes usan el corno, los musulmanes el altoparlante y nosotros los cristianos las campanas. Nuestra campanada del Angelus es apreciada por todos, porque señala que es el mediodía.

El virus entró en Bangladesh a mediados de marzo. Nadie estaba preparado y todos tenían la convicción que no llegaría aquí. También el gobierno tenía esta idea. No había ningún aparato idóneo en ningún hospital, tanto estatal como privado, incluidos los de lujo.

Un 70% de las clínicas privadas, para no sufrir molestias, cerraron las aldabas. Los hospitales gubernamentales de las ciudades capitales y algunas clínicas privadas han comenzado a reservar lugares, pero con equipo y ropa completamente inadecuados. Uno tras otro médicos y enfermeros se han enfermado y se están enfermando, sin contar a los que se han escondido. El verdadero problema será éste: dentro de poco no habrá más personal médico suficiente para asistir a los enfermos. Un uniforme completo de protección que viene del exterior aquí cuesta 100 euros, que es el equivalente a la mitad del sueldo de una enfermera. Los del personal médico que permanecen en servicio también trabajan turnos de 24 horas.

Para mí es un duro contragolpe, porque he orientado a muchas jóvenes justamente a la profesión de enfermería, para que se hicieran de una posición y ganaran algo para sus familias, y ahora me doy cuenta de que las he enviado a enfermarse y a alguna incluso a morir. A las que se esconden el gobierno les anula el diploma.

Se ha impuesto el cierre de todo y, en consecuencia, la gente que no puede trabajar comienza a vivir con estrecheces. Caritas y el obispo de nuestra diócesis de Rajshahi nos han hecho hacer listas de los necesitados, pero después por el miedo al contagio todavía no han tomado iniciativas concretas. Hasta ahora no ha llegado el pico de los necesitados, pero sé que rápidamente vendrá el tiempo en el que deberé ayudar especialmente a los cristianos, porque el gobierno los deja siempre de lado. Previendo la carestía he hecho un buen almacenamiento de arroz, con lo cual les podré ayudar.

Con esta pandemia se ha creado para nosotros una situación sin precedentes. En Bangladesh, casi todos los años acontecen desgracias, como son los aluviones y los ciclones. Y siempre nos ha llegado ayuda del exterior, de países donde la gente estaba a salvo. Esta vez, por el contrario, la desgracia del virus ha golpeado también a los países que nos ayudaban, razón por la cual no hay ninguno que nos tienda la mano.

Mientras tanto, con o sin cierres, desde fines de abril hasta mediados de mayo muchas personas romperán filas para ir a los campos a cortar el arroz que ya está maduro. ¿Cuál será el resultado? El ciclón llega casi todos los años en esta temporada. Quién sabe si el Señor nos dará un descuento este año.

Hasta ahora los números son estos. A mediados de marzo los contagiados era un centenar, ahora estamos en 6.462 contagiados, 139 curados, 155 muertos. Pero estas cifras están muy abajo de la realidad, porque muchos enfermos se han escondido, ya que prefieren morir en su propia casa.

Los policías están trabajando duro para hacer cumplir el cierre. Pero aquí entra en juego el factor cultural y religioso. Los musulmanes no quieren renunciar a sus prácticas de fe. Un gran líder religioso que tenía fama de santidad murió recientemente. En pleno cierre se reunieron 100 mil fieles para su funeral.

Los musulmanes creen mucho en la vida eterna, en el paraíso y en el infierno. A ellos no les importa nada el coronavirus. Se reunieron en masa en ese funeral porque saben que participando en la función de la sepultura de un hombre santo tienen la garantía adicional de llegar al paraíso con él.

Quiero terminar con una reflexión. Dios y Nuestra Señora ciertamente ven todo y ven que los hombres están muriendo por este virus. Oramos mucho porque tenemos la certeza de que estas oraciones pueden obtener la clemencia del Señor. Del mismo modo, si hacemos obras malas contra los mandamientos divinos y naturales, debemos creer que somos nosotros los que nos procuramos estos dolores y desgracias. ¿Servirá este virus para abrirnos los ojos y la mente?

 

Sandro Magister, L’Espresso – 30 aprile 2020

L’articolo De qué modo la pequeña Iglesia de Bangladesh responde al coronavirus. Nos escribe un misionero proviene da Correspondencia romana | agencia de información.

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