Dios llama al sacerdote, y Dios lo consagra. Es solamente entonces cuando, recibidas todas las gracias necesarias, el sacerdote puede desempeñar su sublime oficio, consistente en atraer hacia los hombres los favores divinos, ofreciendo a su vez a Dios los dones y sacrificios de los hombres: dones, es decir, todas las ofrendas no cruentas, las oraciones en especial, y sacrificios: puesto que el acto esencial del sacerdocio es el sacrificio en el sentido estricto de la palabra, es decir, la inmolación de una víctima.

En el Antiguo Testamento los sacerdotes recibieron de parte de Dios poder y autoridad para el ejercicio de sus sagradas funciones, sin embargo, como dice la Sagrada Escritura «estas cosas son sombra de las venideras» (Col 2, 17); el poder y la autoridad de los sacerdotes de la Antigua Alianza son sólo figura y sombra en comparación con el poder y la autoridad otorgadas por Nuestro Señor Jesucristo a los sacerdotes de la Nueva Alianza.

«El sacerdote es, en efecto, por vocación y mandato divino, el principal apóstol e infatigable promovedor de la educación cristiana de la juventud; el sacerdote bendice en nombre de Dios el matrimonio cristiano y defiende su santidad e indisolubilidad contra los atentados y extravíos que sugieren la codicia y la sensualidad; el sacerdote contribuye del modo más eficaz a la solución, o, por lo menos, a la mitigación de los conflictos sociales, predicando la fraternidad cristiana, recordando a todos los mutuos deberes de justicia y caridad evangélica, pacificando los ánimos exasperados por el malestar moral y económico, señalando a los ricos y a los pobres los únicos bienes verdaderos a que todos pueden y deben aspirar; el sacerdote es, finalmente, el más eficaz pregonero de aquella cruzada de expiación y de penitencia a la cual invitamos a todos los buenos para reparar las blasfemias, deshonestidades y crímenes que deshonran a la humanidad en la época presente tan necesitada de la misericordia y perdón de Dios como pocas en la historia.

Aun los enemigos de la Iglesia conocen bien la importancia vital del sacerdocio; y por esto, contra él precisamente, (…) asestan ante todo sus golpes para quitarle de en medio y llegar así, desembarazado el camino, a la destrucción siempre anhelada y nunca conseguida de la Iglesia misma».[1]

«El Sacramento del Orden nos permite recibir todos los demás sacramentos. Si comparamos a los sacramentos con las venas que corren a través de la Iglesia, este sacramento en particular es como la arteria principal. Si no existiera, tampoco tendríamos obispos y sacerdotes, y no podríamos recibir los demás sacramentos».[2]

«El sacerdote es el continuador en el mundo de la misión del Salvador. Esta es la razón de porqué el Señor no ha elegido los dispensadores de su gracia de entre los ángeles, por puros que sean y por mucho amor que le profesen, sino precisamente de entre los hombres… Todo ministro de Cristo debe tener siempre esta disposición de espíritu, porque, en virtud de su ordenación, ha sido consagrado, como Jesús, “a las cosas que convienen al Padre” (Lc 2, 49), a los intereses del reino celestial entre los hombres».[3]

Pero hoy el sacerdote ha perdido, el aura misteriosa, sublime, angélica, que poseía antiguamente sobre todo entre la gente sencilla, quienes besaban su mano en toda oportunidad, acudían a él en busca de un consejo acertado, ponían su confianza en intimidad con el ministro de Dios, veneraban su presentación con sotana que les presentaba a un hombre de Dios.

Ante un sacerdote así es más fácil para los creyentes arrodillarse y confesar los pecados, es más fácil para ellos -cuando participan en la Santa Misa- tomar conciencia de la unción del Espíritu concedida a las manos y al corazón del sacerdote mediante el sacramento de la ordenación.

El Pobrecillo de Asís por veneración a los sacerdotes, no sólo se arrodillaba ante ellos, sino que por veneración besaba los cascos de las cabalgaduras que habían transportado al hombre de Dios.

La guerra contra el altar, y por ende contra del sacerdocio, no ha perdido fuerza.

«El Demonio es muy astuto. El Demonio es el padre de la mentira, él sabe que si puede atacar al sacerdocio esto afectará a la Iglesia entera. Un sacerdote es un ser humano, un hombre con pecados, quien es tan humano como cualquiera de nosotros. Por eso Satanás hace cualquier cosa para engañar a los sacerdotes. Cuando un sacerdote cae o se involucra en un escándalo, los periódicos lo difunden como noticia de ocho columnas. ¿Por qué hacen esto? Ellos jamás reportarían las cosas buenas que hizo ese mismo sacerdote. Satanás quiere desmoralizarnos, y los católicos somos muy tontos cuando minimizamos el sacerdocio, porque esto nos afecta a todos. Nadie más moriría de hambre por el Pan de Vida –sólo nosotros. El Sacramento del Orden es el sacramento que es dado a los hombres elegidos por Dios para que ellos a su vez, nos transmitan a nosotros la vida divina».[4]

La sotana sacerdotal identifica al hombre que ha seguido espectacularmente a Jesús por sus rutas de santidad y por el cumplimiento de su misión de salvación, empero, en las últimas décadas se ha desvanecido este retrato del sacerdote, como pierden color y claridad las fotografías añejas colocadas venerablemente sobre la cómoda familiar.

Alguien decía: «Muchos consagrados empezaron vistiendo la sotana, pasaron luego al clerman; luego solo una pequeñísima cruz en la solapa mantenía la identificación, y ahora ya no queda indicativo alguno. Llego un poco antes de empezar la Santa Misa y observo que un individuo trajeado va repartiendo besos a las mujeres y resulta que es el cura que revestido luego de alba y estola empieza la celebración eucarística».

La vestimenta secular del clero es uno de los susurros del diablo, dizque, para «agradar» a la gente, ser populares, aunque la norma del Apóstol es la contraria: «si todavía tratara yo de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo» (Gál 1, 10).

«En una sociedad secularizada y tendencialmente materialista, donde tienden a desaparecer incluso los signos externos de las realidades sagradas y sobrenaturales, se siente particularmente la necesidad de que el presbítero -hombre de Dios, dispensador de Sus misterios- sea reconocible a los ojos de la comunidad, también por el vestido que lleva, como signo inequívoco de su dedicación y de la identidad del que desempeña un ministerio público. El presbítero debe ser reconocible sobre todo, por su comportamiento, pero también por un modo de vestir, que ponga de manifiesto de modo inmediatamente perceptible por todo fiel -más aún, por todo hombre- su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia».[5]

Los modernistas promueven la desacralización del sacerdocio católico, buscando una desvinculación del presbiterado con el celibato, fomentando una mundanización del clero, ya que según éstos, el sacerdocio ministerial es únicamente una función de servicio comunitario.

Juan Pablo II dijo que «no es posible cerrar los ojos, ante la oleada de materialismo, hedonismo, ateísmo teórico y práctico, que desde los países occidentales se ha volcado sobre el resto del mundo». Es principalmente en las naciones opulentas descristianizadas del «primer mundo» occidental, donde han tenido origen esa desacralización y todas las demás.

Nuestro Señor Jesucristo ha exigido a sus apóstoles la renuncia a todos los afectos terrenos. Pedro y otros de los Doce eran casados, pero renunciaron a todo por seguir a Jesús, y ellos deberían ser modelos para todos los sacerdotes que llegarían después de ellos.

Otra de las tentaciones del maligno, es justamente la de querer desviar esa entrega total al Maestro hacia la vida conyugal.

Así, algunos de estos presbíteros juegan al escondite, viviendo en un lugar como sacerdotes y en otro como casados. Ese hecho revela dos realidades importantes: primera lo difícil, lo imposible –según muchos- de vivir el celibato sin compañía de mujeres, pero no se olvide que hay miles de sacerdotes católicos en el mundo, de los que la mayoría vive su celibato con veneración y con entusiasmo y con continuas luchas.

Pero no se olvide tampoco que es una gloria para la Iglesia, el que en un mundo tan corrompido sexualmente, y en el que pocos casados podrán afirmar que viven su matrimonio fielmente, haya decenas de miles de varones ilusionados con vivir lo mejor posible su voto de castidad.

Germán Mazuelo-Leytón

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[1] PIO XI, Carta encíclica Ad catholici sacerdotii.

[2] McKENNA, BRIEGE, OSC, El poder de los sacramentos.

[3] MARMION OSB, Beato COLUMBA, Jesucristo, ideal del sacerdote.

[4] McKENNA, BRIEGE, OSC, El poder de los sacramentos.

[5] CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, nº. 66.

Germán Mazuelo-Leytón
Es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines