ADELANTE LA FE

DON DOLINDO RUOTOLO: Un sacerdote santo, alma víctima y amanuense del Espíritu Santo

A los numerosos napolitanos que iban a San Giovanni Rotondo para hablar y confesarse con San Pío de Pietrelcina, él les decía: “¿Por qué venís aquí si en Nápoles tenéis al Padre Dolindo? Id a verle a él que es un santo.” Todo el mundo conoce al Padre Pío, sus estigmas y sus extraordinarias dotes místicas. Pero ¿quién era ese tal Padre Dolindo al que el capuchino de Pietrelcina reenviaba las almas, seguro de ponerlas en manos tan santas como las propias?

Don Dolindo Ruotolo era un pobre y humilde sacerdote napolitano, también terciario franciscano, que llevaba con infinita paciencia unos sufrimientos indescriptibles y además tenía la fuerza de pedir al Señor aún más dolores para ofrecerlos por la salvación de las almas, sabiendo que no hay otro medio para alcanzar la santidad que el camino de la Cruz.

Dolindo nació en Nápoles el 6 de octubre de 1882. Quinto retoño de los once hijos del ingeniero y matemático Raffaele Ruotolo y de Silvia Valle, descendiente de la nobleza napolitana de origen español, Dolindo (nombre que entraña en sí mismo la referencia al “dolor”) tuvo una infancia difícil por reiterados problemas de salud y por los apuros económicos de la familia. En 1896, tras la separación de los padres, el joven Dolindo fue enviado con el hermano Elio a la Escuela Apostólica de los Sacerdotes Misioneros y, tres años después, fue admitido al noviciado. Emitió sus votos religiosos el 1 de junio de 1901. En 1903, pidió sin éxito ser enviado a China como misionero.

Tras la ordenación presbiteral el 24 de junio de 1905, fue nombrado profesor de los clérigos de la Escuela Apostólica y maestro de canto gregoriano. Durante un breve período fue enviado a Tarento (en la región de Apulia) y luego en el seminario de Molfetta, donde enseñó y trabajó también en la reforma del mismo seminario.

El 29 de octubre de 1907 le ordenaron volver a Nápoles, intimándole no ocuparse más del asunto y finalmente fue suspendido a divinis. Acusado de ser un “hereje formal y dogmatizante”, se fue a Roma para someterse al juicio del Santo Oficio. Después de cuatro meses de proceso, durante los cuales Ruotolo no se retrató, fue suspendido a divinis y obligado a someterse a pericia psiquiátrica, de la que salió con el veredicto de estar mentalmente sano. El 13 de abril de 1908, los superiores de su congregación lo convocaron a Nápoles, lo sometieron a exorcismo y lo expulsaron.

Don Dolindo se trasfirió entonces a Rossano, en la región de Calabria. La petición de revisión de la suspensión tuvo éxito positivo el 8 de agosto de 1910, cuando fue rehabilitado. Pero, por segunda vez, en diciembre de 1911, fue convocado por el Santo Oficio y reenviado a Nápoles en 1912. Sufrió otro juicio en 1921, fue condenado y nuevamente alejado. Para la rehabilitación definitiva, tuvo que esperar hasta el 7 de julio de 1937.

A partir de entonces, su vida de sacerdote diocesano se desarrolló en Nápoles, en la céntrica iglesia del San José de los Viejos, de la que el hermano Elio era párroco. En este lugar, Don Dolindo ideó la Obra de Dios y la Obra Apostolado Prensa.

Don DOLINDO RUOTOLO.2Don Dolindo consagró cada momento de sus jornadas a la oración, a la penitencia, al servicio de las almas y del mundo, a la escucha atenta de las numerosísimas personas que acudían a él en busca de ayuda, consuelo y dirección espiritual. Entre los muchos fieles que le seguían, había gente humilde, profesionales de todo tipo y científicos (como, por ejemplo, Enrico Medi que cada día se sentaba a los pies de Padre Dolindo para escuchar sus palabras). Muchos llegaban a él en la estela de la fama de santidad que se estaba esparciendo incluso fuera de Nápoles. De hecho, de la santidad tuvo también ciertos carismas “visibles”, como la bilocación, el don de profecía y de sanación, pero vividos siempre en la plenitud de las virtudes de la humildad, de la obediencia y del silencio.

En Nápoles todos lo veían caminar con una bolsa de tela negra llena de piedras: era una forma de penitencia que le pesaba mucho, dado que aumentaba los dolores provocados por una artrosis que lo estaba literalmente doblando en dos. En la otra mano siempre llevaba la corona del Rosario, de la que nunca se separaba, para orar por todas las almas que le confiaban sus penas. Su vida fue una entrega continua. Él mismo se convirtió en una Hostia viviente consumida con y por amor a la Iglesia. La elección voluntaria de ser un alma víctima lo transformó en un auténtico “Himno a la Vida”: así el Dolindo-dolor fue cada vez más Dolindo-vida.

Además de toda una vida de oración y penitencia, Don Ruotolo escribió una poderosa y vasta obra compuesta por libros de teología, ascetismo y mística, escritos de doctrina católica y también autobiográficos. Destaca su Comentario a la Sagrada Escritura en 33 volúmenes, en el que adoptaba un método exegético tradicional intentando recomponer en la exégesis la fractura entre ciencia y fe. Como recuerda el Profesor Roberto De Mattei en su fundamental ensayo El Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita, Don Dolindo fue objeto de una implacable persecución por parte del Pontificio Instituto Bíblico, dirigido por el jesuita Augustin Bea, y por la Pontificia Comisión Bíblica, capitaneada por el Cardenal Eugène Tisserant. Don Dolindo se había atrevido a desafiar la nueva orientación racionalista de las dos potentes instituciones pontificias emprendiendo su comentario de las Sagradas Escrituras siguiendo el método exegético tradicional de los Padres y Doctores de la Iglesia, método basado sobre las tres verdades reveladas que sustentan toda exégesis auténticamente católica: la inspiración divina de las Sagradas Escrituras, su inerrancia absoluta y la historicidad de los cuatro Evangelios. El pio y erudito sacerdote napolitano, acompañaba además el estudio de la Biblia con la oración y la meditación. Pero, no obstante la defensa de Mons. Giovanni Maria Sanna, obispo de Gravina e Irsina, y de Mons. Giuseppe Palatucci, obispo de Campagna, y el apoyo de otros ilustres prelados italianos, Don Ruotolo fue condenado por el Santo Oficio.

Bajo el pseudónimo Dain Cohenel, Don Dolindo escribió y publicó, en mayo de 1941, un opúsculo que fue presentado al Papa Pío XII por el Cardenal de Nápoles Alessio Ascalesi. En este escrito, Don Ruotolo arremetía contra la exégesis histórica y supuestamente científica, viendo en ella el grave peligro de una “dictadura intelectual” en el campo de los estudios bíblicos. Como era de esperar, la Comisión Bíblica reprobó esta tesis que ponía en tela de juicio el “reduccionismo bíblico” fuertemente sostenido por el Padre Bea.

Pero las preocupaciones que Don Ruotolo expresaba no eran ni gratuitas ni infundadas, como la historia posterior ha demostrado con creces. Lamentablemente, hemos comprobado desde hace tiempo que la exégesis católica ha sido enterrada precisamente por esa misma Pontificia Comisión Bíblica y ese mismo Pontificio Instituto Bíblico que los Pontífices Romanos habían querido para combatir el modernismo en el campo bíblico. El caso de Don Dolindo es indicativo del giro que estas dos instituciones empezaron a dar justo por aquel entonces, cediendo a las aperturas en boga hacia las protestantes “historia de las formas”(R. Bultmann y M. Dibelius en los años 20) e “historia de la redacción” (1945) que parten de la negación de la verdad histórica y autenticidad de los Evangelios y, consecuentemente, niegan la inspiración divina de las Escrituras y limitan la inerrancia a los solos pasajes relativos al dogma.

Con tan sólo esta breve semblanza, podemos constatar cómo Don Dolindo fue calumniado y perseguido durante décadas. A quién lo calumniaba y perseguía, respondía con amor y con oraciones. No permitía a nadie que hablara en contra de sus perseguidores. Aislado, calumniado, tratado como un loco y hasta como un hereje, Don Dolindo escribía a sus hijos e hijas espirituales para infundirles fortaleza y prevenirles emitir juicios sobre la Iglesia Santa e Inmaculada.

En 1960 un ictus lo dejó inmovilizado en el lado izquierdo del cuerpo. Él supo llevar la parálisis con una maravillosa entereza, paciencia y hasta con alegría, siempre trabajando para la gloria de Dios, la salvación de las almas y la santificación de la Iglesia. Murió el 19 de noviembre de 1970, en la más extrema pobreza y en “olor de santidad”. Sus restos mortales descasan en la iglesia napolitana de San José de los Viejos y la Inmaculada de Lourdes.

Su biógrafo, Luca Sorrentino, traza el retrato de Don Dolindo con estas breves pero incisivas pinceladas: “Un amanuense del Espíritu Santo, una Sabiduría infundida desde lo alto, un taumaturgo de la talla de Padre Pío, un estigmatizado de Cristo ya desde el nombre, un hijo predilecto de la Virgen iniciado a la sabiduría de las Escrituras, un siervo fiel que quiso ser la nada de la nada en Dios y todo de Dios en los hombres”.

Actualmente es considerado como un maestro de la espiritualidad napolitana y está en proceso de beatificación.

Para más informaciones sobre Don Dolindo Ruotolo: http://www.dolindo.org/

La obra de Don Dolindo ha sido rescatada y divulgada por los Franciscanos de la Inmaculada y se puede pedir a través de su editorial:

http://www.casamarianaeditrice.it/catalogo.asp?idp=136&idm=137

LA ORACIÓN DE ABANDONO DE DON DOLINDO

NO QUIERO ANGUSTIARME, DIOS MÍO: ¡CONFÍO EN TI!

Jesús al alma:

¿Por qué os confundís, angustiándoos? Dejad a mí la gestión de vuestros asuntos y todo se calmará. En verdad os digo que cada acto de verdadero, ciego y completo abandono en mí, produce el efecto que deseáis y resuelve los problemas más espinosos.

Abandonarse en mí no significa atormentarse, alterarse o desesperarse, dirigiéndome luego una oración llena de inquietud para que yo os siga a vosotros y cambie así la inquietud en la oración. Abandonarse significa cerrar plácidamente los ojos del alma, apartar el pensamiento de la tribulación y confiarse a mí para que sólo yo obre, diciéndome: “ocúpate Tú de ello”. La preocupación, la turbación, el querer pensar en las consecuencias de un hecho son cosas contrarias al abandono, contrarias por naturaleza.

Es como la confusión que traen los niños que pretenden que la mamá piense en sus necesidades, pero quieren también resolverlas por sí solos y así obstaculizan, con sus ideas y sus fijaciones infantiles, su trabajo.

Cerrad los ojos y dejaos llevar por la corriente de mi gracia; cerrad los ojos y no pensad más que en el momento presente, alejándoos del pensamiento del futuro como de una tentación; reposad en mi creyendo en mi bondad, y os juro por mi amor que, diciéndome con estas disposiciones: “ocúpate Tú de ello”, yo lo haré por entero, os consolaré, os libraré, os guiaré.

Y cuando tenga que llevaros por un camino diferente de aquel que veis vosotros, yo os adiestraré, os llevaré en mis brazos, haré que os encontréis en la otra orilla, como niños dormidos en los brazos maternos. Lo que os turba y os hace un daño inmenso son vuestros razonamientos, vuestras preocupaciones, vuestros afanes, y el querer a toda costa ser vosotros quienes remediéis aquello que os aflige.

¡Cuántas cosas realizo cuando el alma, tanto en sus necesidades espirituales como en aquellas materiales, se vuelve a mí, me mira y diciéndome: “ocúpate Tú de ello”, cierra los ojos y reposa. Obtenéis pocas gracias cuando os atormentáis por producirlas, sin embargo tenéis muchísimas cuando la oración es un encomendarse plenamente a mí. En el dolor, vosotros oráis para que yo obre, pero para que obre como creéis que debo obrar… No os dirigís a mí, sino que queréis que yo me adapte a vuestras ideas; no sois enfermos que piden al médico que les cure, sino que le sugerís la cura. No obréis así, sino orad como os he enseñado en el Padrenuestro:

Santificado sea tu nombre, es decir, sed glorificado en esta necesidad mía.

Venga a nosotros tu reino, o sea, todo contribuya a tu reinado en nosotros y en el mundo.

Hágase tu voluntad así en la tierra, como en el cielo, es decir, dispón Tú, en esta necesidad, como mejor te parezca en lo tocante a nuestra vida temporal y eterna.

Si me decís de verdad: “hágase tu voluntad”, que es lo mismo que decir: “ocúpate Tú de ello”, yo intervendré con toda mi omnipotencia y venceré las mayores dificultades. Mira, ¿tú ves que la enfermedad apremia en vez de menguar? No te turbes, cierra los ojos y dime con confianza: hágase tu voluntad, “ocúpate Tú de ello”.

Te digo que así lo haré y que intervendré como médico, y que hasta obraré un milagro cuando fuere menester. ¿Ves que el enfermo empeora? No te desanimes, sino cierra los ojos y di: “ocúpate Tú de ello”. Te digo que yo me ocuparé, y que no hay medicina más poderosa que una intervención mía de amor. Me ocuparé de ello sólo cuando cerréis los ojos.

No descansáis nunca, queréis valorarlo todo, escudriñarlo todo, pensar en todo, y os abandonáis así a las fuerzas humanas, o peor, a los hombres, confiando en su intervención. Es esto lo que obstaculiza, impide mis palabras y mis cálculos. ¡Oh, como deseo vuestro abandono para beneficiaros!, ¡Y cuanto me aflijo al veros turbados! Satanás tiende precisamente a esto: a turbaros para apartaros de mi acción y arrojaros a la merced de las iniciativas humanas.

Confiad por eso sólo en mí, reposad en mí, abandonaos a mí en todo. Yo obro milagros en proporción del pleno abandono en mí, y a la ausencia de preocupaciones vuestras. ¡Yo derramo tesoros de gracia cuando vosotros estáis en la plena pobreza! Si apreciáis vuestros recursos, por pocos que sean, o si los buscáis, os halláis en el campo natural de las cosas, que es a menudo frecuentemente obstaculizado por Satanás. Ningún razonador o ponderador ha hecho milagros, ni siquiera entre los santos: obra divinamente quien se abandona a Dios.

Cuando veas que las cosas se complican, di con los ojos del alma cerrados: “Jesús, ocúpate Tú de ello”. Y distráete, apártate de ti porque tu mente es penetrante… y para ti es difícil ver el mal y tener confianza en mí. Haz así para con todas tus necesidades; obrad así todos y veréis grandes, continuos y silenciosos milagros. Os lo juro por mi amor. Y yo me ocuparé de ello, os lo aseguro.

Rogad siempre con esta disposición de abandono y tendréis gran paz y grandes frutos, incluso cuando yo os concedo la gracia de la inmolación de reparación y de amor, que importa el sufrimiento. ¿Te parece imposible?. Cierra los ojos y di con toda el alma: “Jesús, ocúpate Tú de ello”. No temas, me ocuparé de ello y bendecirás mi Nombre humillándote. Mil plegarias no valen lo que un solo acto de abandono vale: recordadlo bien. No hay novena más eficaz que esta:

¡Oh Jesús me abandono en Ti, OCÚPATE TÚ DE ELLO!

María Teresa Moretti

María Teresa Moretti

Nacida en Italia, vive y trabaja desde hace más de veinte años en España. Es profesora de nivel universitario. Doctora en Antropología Social y Cultural, se ocupa de las problemáticas relacionadas con la transformación de los paradigmas que afectan a las concepciones de la naturaleza humana y del cuerpo, así como de las manifestaciones literarias y artísticas de la llamada “posthumanidad”.
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