Desde la promulgación de Obergefell v. Hodges, la decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos sobre la definición estatal del matrimonio, un creciente número de prelados católicos estadounidenses han emitido sus propias declaraciones acerca de esta abominable decisión de cinco jueces de la Corte (dos de los cuales son católicos bautizados, incluyendo al mismo autor de la opinión mayoritaria). Algunos han condenado directamente la injusticia e inmoralidad de la decisión. Otros han reafirmado de manera clara la doctrina católica, pero sin la contundencia que claramente demanda la situación. Otros brindaron decididamente declaraciones tibias y débiles que repetían un mínimo de doctrina ortodoxa, pero de forma tan inofensiva y poco convincente como fuera posible, mientras aceptaban tácitamente elementos de la nueva ortodoxia secular y debilitando lo que de resistencia hacia esto queda entre los católicos.

La declaración más simbólica fue la del nuevo Arzobispo de Chicago, Blase J. Cupich, tan tibia y débil como pueda imaginarse. No hay que dejarse engañar: tras la fachada de ecuanimidad, esta declaración representa una capitulación, pura y simple:

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Precisamente porque una declaración de una página no puede incluir todo lo que requiere ser dicho, lo que el Arzobispo Cupich ha escogido decir asume mayor significado. Ha escogido decir precisamente las cosas que no sólo ayudarán a nuestros adversarios, sino que abrirán su apetito aún más. Al repetir (sin cualificación o refutación) el hecho de que esta decisión es acerca de los “derechos igualitarios para todos los ciudadanos” y “las demandas políticas de igualdad”, y que todo esto es sobre el “matrimonio civil”, el Arzobispo Cupich cede terrenos clave a los homosexuales y a su impulso de cercar la vida pública para ellos y sus fieles sirvientes. Ello lo hace cómplice de exiliar de la vida pública los principios católicos y de la reducción de la Iglesia a una institución meramente privada, conforme con esto mientras los sacramentos no se toquen y mientras gentilmente se le permita mantener sus creencias.

De hecho, no ha dicho nada sobre el grave daño que el “matrimonio gay” ha provocado y provocará en la religión y la sociedad en su conjunto. Decimos “religión” porque no nos hacemos ilusiones respecto a donde terminará esta fuerza destructora del “matrimonio gay”. Los activistas homosexuales no se conformarán con el “matrimonio” civil – no estarán conformes hasta que se las hayan arreglado para profanar incluso nuestros santuarios con sus perversas “nupcias”.

Es todavía más angustiante que en medio del veneno y genuino odio vertido por el “lobby gay” contra Cristo y su Iglesia, el Arzobispo Cupich elija enfocarse en sermonear a los Católicos para “respetar” a los homosexuales.

Al poner la mayor parte de sus esfuerzos en sermonear a los fieles católicos sobre la necesidad de ser “acogedores, “respetuosos”, “caritativos” y “amables” hacia el lobby homosexual, no pocos prelados y clérigos han encajado directamente en el manual de estrategias homosexuales. Es aún más desgarrador que muchos sacerdotes “conservadores” y “tradicionalistas”, quizá por miedo, se estén subiendo al carro de la amabilidad al distanciarse de los católicos “duros”, cuya única “dureza” radica en usar un lenguaje que hubiera sido leve y normal para los católicos hasta 1960.

Al legitimar la falsa narrativa homosexual de “víctimas”, por los “duros”, no caritativos y crueles católicos y otros cristianos, implícitamente conceden que los homosexuales tienen el derecho de definir quién es la víctima y quién el opresor. Esto sólo hará más difícil, si no es que virtualmente imposible, que nuestros hermanos continúen oponiéndose a la nueva “ortodoxia” que el estado americano desea imponer.

Para el “lobby gay”, cualquier declaración de ortodoxia católica está por definición “llena de odio” y “severidad”. Cualquier signo de oposición en contra de sus demandas es una forma de “intolerancia” que tiene que ser tratada, en consecuencia, con un mayor número de estrictas medidas legales -siendo como siguiente medida más probable el quitar la excepción de pago de impuestos a las instituciones religiosas-.

El lobby homosexual no se conformará con algo menos que el completo rechazo a la doctrina católica sobre la sexualidad y la aceptación de sus creencias como la nueva y fabulosa ortodoxia. Ellos explotarán cualquier signo de debilidad, cualquier signo de derrota, como puertas de entrada para presionar cada vez más sus indignantes demandas, confiados en el conocimiento de que a nuestro lado le queda poco coraje para dar la batalla.

La realidad es que en las pasadas décadas, los católicos han otorgado mucho respeto a los homosexuales y a sus seguidores en varias de sus erróneas, si no es que perversas, ideologías y doctrinas, al grado de sacrificar la militancia que la defensa de la fe legítimamente demanda. Si la Iglesia hubiera peleado en contra del pseudo matrimonio homosexual con la mitad de la militancia que usaba para resistir a las ideologías ateas hasta hace unas pocas décadas, ni un solo país occidental con un apreciable número de católicos hubiera legalizado esta perversidad -al menos no con católicos que estuvieran dispuestos en primer término al martirio genuino en un vasto número-.

Y sin embargo, enfrentados a una derrota tras otra, la única solución que muchos prelados -incluyendo al Papa Francisco- observan es insistir en evitar aún más un lenguaje “hiriente” y ofensivo. En las infames palabras del Sínodo del 2015 “Instrumentum Laboris” #78, se demanda de la Iglesia, y no sólo sobre la Iglesia, un lenguaje que sea “claro y acogedor, abierto, que no moralice, juzgue o controle”.

Este es el lenguaje de una Iglesia que se resiste a pelear, que rechaza defender a sus fieles y que tarde o temprano se encontrará a sí misma recluida en las catacumbas. Una Iglesia que se mete en el armario.

[Traducido por Ramses Gaona. Artículo original]